Intimarios

Gonzalo Vázquez: Figurantes y traidores


Poco hay más respetable que el sacrificio de unos padres en la educación de un hijo. Menos aún si el chaval corresponde con la ilusión por alcanzar algún día su meta. En medio del marasmo social este pequeño núcleo sigue obedeciendo un postulado según el cual estudiar, formarse, es el único medio para asegurar un futuro.

Pongamos que a ese joven le dio por estudiar periodismo. Y que su pasión, fresca y veraz, es la deportiva, por lo que pretende algún día ejercer de periodista deportivo. Así el muchacho anda ya en cuarto de carrera y décimo de deporte, que lleva consumiendo compulsivamente desde sus primeros recuerdos. Dos años atrás decidió abrir un blog para dar forma a su abundante conocimiento, alentado además por uno de esos consejos que no pasan en balde: “Ábrete un blog, escribe y date a conocer”.

Añadió después una cuenta de Twitter con la esperanza de obtener algo de la megafonía. Hoy ronda el centenar de seguidores, la mayoría amigos y estudiantes como él. Ha enviado decenas de enlaces a tipos famosos, periodistas de renombre, a la espera de algún guiño. Jamás obtuvo respuesta. Pero su arrojo y la seguridad de que sus textos no palidecen ante lo que ve publicado a diario le impiden desfallecer.

Un perfil así se cuenta por miles en nuestro país y decenas de miles si añadimos los titulados en paro.

Ya contamos cuánto distan las ensoñaciones del joven estudiante de la realidad que le aguarda. Incluso en el caso de que el aspirante sea una chica. Tal vez falte un tercer capítulo, destinado también a desmentir ese viejo credo a cuya fe se entregan padres e hijos: que la preparación es el camino más recto al trabajo, la especialización el atajo a una nómina y la calidad, lo bien hecho, como una anfetamina al salario.

En los años tiernos, cuando el desencanto no ha invadido la vida, no queda más remedio que creer en este orden. Porque del otro nada sabemos.

Como metáfora coloquial llamaremos pastel al volumen total de empleos en una profesión. Esto significa que antes de proponerse al mercado laboral el estudiante entiende que el sector al que quiere acceder tiene unos límites, un número de plazas, como un pastel a repartir entre los invitados. Y la invitación, como vemos, hay que trabajársela.

Una de las presunciones más ingenuas de ese joven reposa en la confianza de que los encargados de distribuir el pastel serán, como él, periodistas. Incluso que los gestores de arriba seleccionarán profesionales de la información igual que el tráfico absorbe conductores.

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El origen de esta presunción nace también entre libros. Cuando el adolescente decide entre ciencias o letras presiente que el mercado laboral hará también esa distinción, que respetará el campo de estudio del que los licenciados provienen. Igual que el capital humano de un laboratorio lo forman técnicos y de un despacho jurídico abogados, confía en que el periodismo buscará periodistas. Y que toda excepción será incluso enriquecedora, como esos jueces que precisan de genetistas o criminólogos para casos complejos.

A ese joven, que tira de sentido común, no le cabe esperar otra cosa.

Pero la realidad comienza pronto a humillarle. Cada vez que diariamente abre un periódico comprueba que salpican sus páginas un total de, pongamos, doce columnas de opinión. Si se anima a un sencillo examen repara que tan solo cuatro de los doce columnistas son propiamente periodistas. El resto, exdeportistas, que aquí llamaremos figurantes y a los que alguien entregó una sección permanente.

Puede que un día se preguntase qué hacían ahí. Pero como ahí siguen y acostumbra a leerlos no pasa página sin padecer una incómoda perplejidad por la pobreza, obviedad o trivialidad de los contenidos, cuyo presunto rasgo diferencial no logra encontrar. Y cuanto peores son con más fuerza le acuden a la cabeza las palabras de uno de sus profesores de Facultad: “Uno de los géneros periodísticos más difíciles es la columna bien escrita, la brillante, la deliciosa. En un diario nacional la columna es la guinda, el rincón sagrado de los mejores escritores. No olvides que Clarín, Unamuno o Galdós lo fueron”. Creencia que el alumno absorbió arrojándose a la lectura de los mejores como combustible para embellecer su escritura. Sin saberlo enardecía además su espíritu crítico y, de paso, la alergia a lo vulgar.

Ocurre que con otras lecturas no le pasa lo mismo. Observa que los diarios generalistas, los semanarios y otros formatos han preservado como un formal respeto a esos rincones de firma, donde la calidad y sustancia preludian la fama porque carece de lógica el camino inverso.

Lamenta entonces que el periodismo deportivo vulnere en solitario este derecho de admisión. He aquí una de los primeros desengaños que padece el aprendiz.

Un buen día, uno de tantos que siguen a la licenciatura sin empleo, durante un partido de Champions junto a su padre, éste atinó a denunciar las estupideces que salían de pantalla con esa conciencia que parece hoy de otro tiempo. “Con la de millones que habrá ganado este tío (un exfutbolista al micrófono) qué coño hace ahí quitando el trabajo a la gente joven”.

En el fondo inquietaba a ese hombre lo que de verdad importa. Que el dinero empleado para la educación de un hijo, que el sacrificio conjunto del núcleo familiar, se estampara luego de bruces contra una realidad que el contrato social, la dura escalada al trabajo, no refería por ningún lado. Actuaba también la mentalidad obrera de otra generación, como sabiendo que aquel tipo se estaría embolsando en un par de horas lo que a él llevaría meses en el taller. Sin embargo no piensa en él. Sino en su hijo. Por alguna razón, que nadie cocinó desde abajo, lo que hace poco era una evidencia se ventila hoy como demagogia.

El fenómeno del figurante parece ya natural, como caído del cielo y sin vuelta de hoja. No es posible que las nuevas generaciones se sorprendan ante la televisión y la radio con las que han nacido. Siquiera preguntarse por qué en una retransmisión de fútbol o baloncesto la titulación valga únicamente para el narrador.

Fuera de los directos, en esos nuevos corrillos en torno a una mesa donde el número de comensales aumenta, la ecuación apenas sufrió variación. Si bien ahora, que no hay un céntimo, la mesa de Estudio Estadio se ha llenado de pronto de periodistas. De haber dinero para figurantes ni un asiento ocuparían.

El caso es que si alguno de esos universitarios tuviera acceso a los libros de cuentas comprobaría que los figurantes pueden llegar a cobrar, por término medio, diez veces más que el redactor por un volumen de trabajo veinte, cincuenta, cien veces inferior.

Esta ocupación sistemática, de especial incidencia en radio y televisión, reduce drásticamente el tamaño del pastel para los nuevos periodistas, que agazapados esperan a que el banquete entre gestores, directores y figurantes permita al menos la existencia de restos.

A estas alturas el muestrario es tan abundante en el último cuarto de siglo, más o menos el rato que lleva en España esta importación americana, que más que enumerar nombres se trata de recordar un estado de cosas contra el que prima el silencio. Hubo un tiempo en que los pasillos murmuraban de cómplice indignación. Pero cuando la supervivencia está en juego los últimos de la cola recelan de los que vienen detrás, concentrando sus aspiraciones en sumarse a esas camarillas de poder, a los causantes de la penosa situación que ahora atraviesan.

El fútbol es de largo el que más ejemplos ha dado. De aquellos Juanito y Di Stéfano en el Mundial del 90 se ha pasado a la aparente profesionalización del figurante en casos como los de Michael Robinson, Kiko Narváez, Poli Rincón o Santi Cañizares. De entonces a hoy Butragueño, Míchel, Sánchez Flores, Camacho, Sanchís, Amor, Zubizarreta, Ferrer, Salgado, Martín Vázquez, Bakero, Hugo Sánchez, Julio Salinas, Fernando Hierro, Manu Sarabia, Rafa Alkorta, Pichi Alonso, Guti, Lopetegui, Eto’o, Eusebio, Morientes y un larguísimo etcétera han sido incorporados a la comunicación a los precios más altos que los medios se han querido permitir.

El baloncesto ha dado también buen número de figurantes. De la generación del 59, la de la plata de Los Angeles, no queda prácticamente ninguno que no haya pasado por caja. Incluso alguno persiste hoy por la ley de la gracia y el mínimo esfuerzo allá donde el baloncesto se mueva. Pasada la primera fiesta se fueron colando Antonio Martín, Ferrán, Rogers, Antúnez, Arlauckas o Biriukov. Y a punto está de echarse encima la nueva generación, tan nutrida como la anterior y de logros como diez veces superiores. En cuanto vuelvan los cuartos habrá pescozones por ellos, para los que siempre habrá sitio.

Haremos una concesión: seremos modernos, que es lo mismo que tragar con esa tiránica banalización de lo deportivo que tiene como mantra el entretenimiento. Así se entiende que la radio absorbiera pronto el show business de pantalla y su lenguaje festivo al grado lógico de quien puede rascarse los huevos mientras pela la cáscara del once contra once, al modo de Guti en la COPE o Hugo Sánchez en el Mundial de Sudáfrica. Si en algún momento, en alguna mesa, en alguna cabeza, por cualesquiera razones, se reclamó fama en nombre del entertainment ahí la tienen a espuertas.

Pero el asunto cobra otra dimensión cuando pasamos a la prensa escrita, allá donde la matriz americana, contrariamente a lo ocurrido en pantalla, ha respetado eso que algún teórico llamaba “la especificidad misma de la escritura y la profesión”. Aquí también la fama se adelanta a la única porción donde al periodismo, desde el primer día de Facultad, se le exige una técnica. Aquí también hay espacio reservado para los figurantes, que de la noche a la mañana pueden contar con su columna al precio que ningún redactor olerá jamás.

La parte pública más numerosa, la masa acrítica, la misma que arremete contra el periodismo deportivo que nada como ella ha configurado a golpe de audiencia, suele defender la presencia de los figurantes por dos motivos: uno, por su visceral oposición al periodismo que paradójicamente consume a diario; y dos, en la peregrina idea de que los figurantes tienen mucho que aportar como resultado de su nutrida experiencia en primera persona, un valor contra el que ningún plumilla podrá jamás rivalizar.

De ser esto cierto, de verse ratificado entre páginas o micrófonos, el público al que los figurantes se deben habría acumulado en todos estos años, qué menos que alguna vez, riquísimas ponencias, discursos impecables, revelaciones a salvo de los mortales y hasta trabajos que conservar en estantería. Bien al contrario lo que nos deja el fenómeno es una retahíla de muletillas que han pasado a la sorna popular. Y todo por esa absurda presunción de creer que Indurain valdrá al micrófono lo mismo que a la bicicleta, que Gatti será al papel lo que fue bajo palos.

Y mira que dieron repetidas muestras en activo. Porque cuando a muchos deportistas socorre un “no tengo palabras”, efectivamente no las tienen, a pesar de la emoción.

Prueba de la deliberada estafa que las empresas promueven es que el campo donde estas figuras podría resultar más eficaz es, curiosamente, el más vacío. Las noticias y exclusivas que pudieran derivar de sus contactos y fuentes primarias es un terreno excluido por completo de su tarea. Es como si los figurantes preservaran un código ético hacia el mundo del que provienen, una prudente distancia con los que ahora son lo que ellos fueron, un respeto hacia sus verdaderos compañeros, a los que por nada del mundo quisieran molestar.

Bien al contrario los gestores del periodismo no guardan ningún código ético hacia los suyos, alfombrando la entrada de figurantes en los presupuestos de los que barren porciones enteras de esos jóvenes periodistas que, es de suponer, algún día fueron ellos.

Y si al figurante no se le exige informar su sentido pasa entonces al terreno de la opinión, ese campo donde la experiencia tanto vale y donde poder justificar el presunto ojo clínico motivo de su alto coste. Pues ocurre que tampoco. Su perfil le compromete. Y otra vez por su relación con los protagonistas. “Fue compañero de González, tuvo de técnico a Bermúdez, tiene el mismo representante que Langone, está casado con la hermana de Bianchini y es amigo de decenas de colegas”. Así la opinión, que “se entrega a quienes menos opinan”, zozobra como el acróbata en el alambre. Es lo que Jorge Barraza, en esas mismas líneas, llamaba “la opinión blandita”. Cómo van a reprobar a un colega.

Desechadas entonces la información y la opinión de las exigencias al figurante asoma ese otro terreno vagamente referido como análisis, que en prensa escrita debe articularse y suele anidar en el molde columna.

Puede que no lo sepan. Pero una de las tareas más indignantes y silenciadas de esta profesión consiste en que los jornaleros del teclado rehagan los textos en bruto enviados por los figurantes. No es difícil imaginar lo que ocurre. Toca al redactor ojear lo recibido, callar ante la infame flaqueza del contenido como también a los errores (ortográficos, sintácticos o semánticos).

Hubo una primera vez, antes de que esa tarea —de la que nada dice su contrato— pasara a recargar aún más su trabajo, en que informó de ello a un superior. A la siguiente supo que le tocaría en adelante rehacer los textos, dándose penosos extremos en los que la pieza final es más firma del redactor que del colaborador. Este automatismo se halla tan instalado en la rutina mediática diaria como repicar sin lectura las notas de agencia por falta de tiempo.

Porque al figurante, que es adonde queremos llegar, no se le exige más que figurar. Y si no fuera así Clemente, Indurain o Di Stefano escribirían —del verbo escribir— las columnas que firman y por las que cobran.

El facultado siente entonces pisoteada su dignidad. Pero carece de valor para denunciarlo.

A diferencia del periodismo (deportivo) hay algo de honorable en ese código según el cual el deporte vela deportistas y se nutre de ellos durante la carrera en activo y, más allá, en instituciones y organismos. En cambio, no consta equipo de fútbol que haya contratado periodistas entre su cuerpo técnico. Lo que no parece lógico en un sentido encuentra fácil acomodo en el otro.

La tensión permanente entre prensa y futbolistas durante la vida profesional de estos encuentra después, curiosamente, un caldo de encuentro, una aparente amistad previo pago.

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No es necesario mencionar los más monstruosos extremos, como el millón y medio de euros que Televisa ofrecía a Guardiola y Mourinho por comentar la Eurocopa, ni los 300.000 a Luis Figo por hacer lo propio en el Mundial de Sudáfrica. Sino de casos más cercanos, como los 6000 euros por velada de Champions a Manolo Sanchís, cobrados con dinero público comentara o no su jornada, es decir, trabajara o no.

Hasta hace bien poco, antes de que la crisis lo asolara todo, uno de estos columnistas podía embolsarse centenares de euros por pieza o un comentarista miles por partido. El parentesco echa además un cable. A este último grupo pertenece un caso que lo tuvo tan fácil como tirar de suegro, también figurante en la casa, para colarse a comentar NBA en una lengua ajena cuando de esa competición se le ignoraba trazo alguno en vida. La dolce vita del retirado aburría y decidió que su sitio estaba allí.

Poco antes, en uno de esos asientos, vimos a un exjugador —que ejercía entonces como cuerpo técnico— cuidarse muy mucho de pronunciar nombres de jugadores durante los partidos que comentaba. Porque se admitía como analista NBA a alguien que no la seguía, que tal vez nunca la hubiera seguido (600 euros se embolsaba por noche). Durante las Finales de 2006 entre Miami y Dallas uno de los invitados en plató, jugador profesional, urgió a un trabajador de la cadena una plantilla de los Heat para enterarse así de quiénes la formaban.

Estas cuitas y cifras palidecen ante lo que ha venido ocurriendo en el fútbol. Hablamos, por ejemplo, de los 9000 euros a Santi Cañizares por edición de El Día Después o de los 108 millones de pesetas para Míchel por sus comentarios en TVE. A nivel interno, incluso hubo algún sorprendido al ver cómo Pichi Alonso abandonaba TV3 (camino de Sogecable), donde las cantidades eran igualmente desorbitadas.

En España la principal fuente de trabajo fue siempre el enchufe. Pero en el asunto que nos concierne cobra también importancia el nepotismo del figurante, otra suculenta fuente de ingresos para esos pocos elegidos.

Vaya por delante que la columna o el micrófono de un figurante no hurta trabajo a un periodista. Es el precio del figurante lo que encubre el homicidio. Y el coste de todos, un verdadero genocidio a la profesión.

En septiembre de 2012 el paro registrado en el colectivo de periodistas alcanzó los 27.443 individuos. Únicamente el registrado. Son cifras que no recogen, por ejemplo, al periodismo zombi, un cuarto del colectivo que lleva en paro más de tres años y que ha renunciado por completo al empleo en su sector. La otra parte, la más numerosa, sigue buscando mejorar el perfil profesional con cursos de posgrado y de idiomas. Hay un alto grado de actualización profesional entre los parados de la información. No constan, en cambio, figurantes que aprovechando la coyuntura resolvieran titularse, bien por correlación, por ansia de conocimiento o por pura vergüenza. No debe de proceder cuando el trinque es automático.

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Se ha desestimado emplear la noción de intrusismo porque suele abusarse de ella. Y porque hay profesiones cuyo ejercicio opera en márgenes muy vagos y poco definidos, tal es el caso del periodismo deportivo. Su matriz, el periodismo generalista, admite regularmente las entregas del científico, del catedrático, del lingüista, del político o del economista con resultados espléndidos. Se admite en todo ello la presencia del especialista. En cambio su homólogo deportivo no cumple con los figurantes ninguno de estos requisitos y así hemos tragado con perfiles como Leticia Sabater, Gonzalo Miró, Fran Rivera o Bertín Osborne.

Obvio que la contratación de los figurantes corre a cargo de la elite directiva. Pero asimismo de los subalternos que actúan de enlace con la parte baja de las redacciones. De la salud financiera de cada medio, como también de lo que se publica, ambas partes son responsables.

Sin embargo la motivación de cada una no tiene por qué coincidir. Mientras el gestor directivo compite con otros medios en la adquisición y exposición de estrellas, de lo que ellos entienden como prestigio derivado de esos nombres, la de los directores y jefes de sección lleva tiempo infectada de humana vanidad. Para estos secuaces de mando, que soltaron la herramienta en cuanto ocuparon un despacho, nada más seductor que codearse con los figurantes, que compartir a diario con ellos lujos de mesa y mantel, que sumergirse en las intrigas y favores de poder propios de los estómagos agradecidos. Nada como los placeres del interiorismo para esta aristocracia que dirige con mano de hierro la industria del periodismo deportivo.

En cargos intermedios, ese español arquetipo de los espabilados de redacción, nada como fingir aparente amistad con los figurantes, como lucir esas llamadas al teléfono frente a los jornaleros del teclado, a quienes toca sostener todo ese entramado de figurantes y traidores.

El fenómeno ha avanzado lo suficiente para encontrar rasgos diferenciales. Mientras el diario Marca viene optando desde siempre por figurantes de raíz y calado profundamente ibéricos, de calientes toro y bandera, PRISA, en una aparente sofisticación de diseño, lleva años erotizado por los figurantes de origen extranjero. Como ejemplo, El País Digital. Su sección de firmas deportivas presenta un total de doce analistas siete de los cuales son figurantes. Tres de ellos ocupan presencia en deportes de prioritario peso como fútbol, baloncesto y motos: Santiago Solari, Paul Shirley y Randy Mamola.

Al margen de la presumible solvencia de cada uno de ellos, el mensaje admite una doble lectura. De un lado, no parece haber especialistas titulados en España —más de 75.000 desde 1976— que para los responsables de El País puedan ocupar esos puestos. Y dos, un ejemplo revelador acaecido hace unos meses. Un especialista de fútbol, periodista titulado con más de 25 años de profesión a sus espaldas, fue reclamado a escribir allí de fútbol internacional, su principal fortaleza. El gesto habría sido loable de no ser que la demanda no viniera acompañada de hacerlo de manera gratuita, esto es, sin cobrar un céntimo.

Algo así, como es fácil imaginar, resulta impensable entre los figurantes.

Así pues no parece darse coherencia entre la línea editorial del diario, beligerante contra la actual situación de paro entre la generación mejor preparada, y su política interna de actuación. Dicho en claro, la masiva presencia de firma extranjera apenas puede ocultar el maquillaje y pose de un vergonzante esnobismo, de cosmética similitud al caso Amy Martin.

De la imparable oleada de Expedientes de Regulación de Empleo los últimos en abandonar el barco serán además los figurantes. No saldrá uno sin que antes las redacciones hayan quedado diezmadas. Por cada Raúl Ruiz Benito vivo hay centenares de redactores muertos.

A estas alturas urge preguntarse cómo es posible haber llegado a esta aberrante postración. Qué razón condujo a la industria de la información deportiva a contemplar el inmenso yacimiento de sus facultados como grano estéril. Cuándo la dignidad de la profesión, sensu stricto, mereció el más profundo desprecio de quienes presuntamente debían velar por ella.

En Estados Unidos, paradigma del que somos precario eco, el star system funciona en televisión a niveles sin parangón. Son los padres de esta cultura. Sin embargo su prensa escrita, y en igual medida la radio, han sabido preservar el debido espacio a la profesión, como un último terreno que justifica la especificidad propia del periodismo, la primera y última razón de los suyos. Allí la especialización no ha perdido un ápice de importancia. Aquí en España más de la mitad de los especialistas —un 52.7% según el Informe Anual de la Profesión Periodística 2012— reparte su trabajo entre diferentes secciones. Y a menudo, sin ejercer la suya, cosa que corresponde al figurante, la única entidad de potencial valor para vender especialismo.

Ahora que en España bancos y corporaciones sostienen los pilares de grandes medios regulan también con cada vez menor disimulo quién y qué publicar. En una de esas reuniones con los inversores, parte de cuyo dinero publicitará la marca que patrocina contenidos, el grano de las conversaciones repite sin falta un estribillo:

—Bueno, tenemos varios especialistas…

—No queremos especialistas. Queremos nombres, caras que la gente conozca.

Acompañan los papeles de la mesa comercial un registro de nombres que recoja bien listado el número de seguidores en Twitter, esa nueva Agencia que ha suplantado a la Facultad. Así ocurre que aquel joven nonato, el blogger cercano a licenciarse, como el titulado en paro, no son para estos señores más que otro par de átomos condenados a agitarse inútilmente en el inmenso vertedero de Internet.

No es propósito de esta pieza cuestionar la capacidad de figurantes concretos, algunos de sobrada solvencia. Se denuncia la sonrojante claudicación a ellos en detrimento de porciones enteras de profesionales que entregaron algunos de los mejores años de su vida a cristalizar una ilusión, una preparación, siguiendo además el orden socialmente reglado, según el cual a ellos tocaría la transmisión, interpretación y entretenimiento en la industria informativa. O al menos, con razonable prioridad.

Naturalmente que es posible una feliz coexistencia entre figurantes y periodistas. Pero difícilmente parece justificable en los términos vigentes.

Viñeta de Forges

Para los responsables de esta industria la especialización pura, como una cátedra deportiva reflejo del masivo ejemplo americano, queda prioritariamente invalidada para el producto de las Facultades, mano de obra cada vez más barata condenada a procesar la información al teclado sin mayor ventana que la pantalla. Y las excepciones, que las hay, no hacen regla.

No pocos aprendices sufren muy pronto este primer revés. En 1991 un puñado de ellos formaba paciente cola en la planta baja de uno de los edificios de la UPV para entregar la matrícula. La fila llegaba hasta el parking. De pronto vieron llegar un coche, del que se bajaron dos tipos, uno de los cuales era Julen Guerrero, que también venía a echar la suya y aguardó junto al coche. Mientras la cola daba algunos bandazos por el revuelo armado, el otro sujeto corrió delante de ella hasta plantarse en la ventanilla y colar allí la matrícula no sin antes pronunciar en voz alta en nombre de quién lo hacía. La oficinista cogió los papeles y le devolvió una sonrisa. Acto seguido el tipo volvió al coche y ambos desaparecieron. Nadie dijo nada y la cola volvió a su sitio.

Fue una impecable ocasión de descubrir cómo la realidad, la de todos aquellos futuros periodistas, alfombra el paso de estos famosos. A decir verdad, apenas nadie vio a Julen por clase en los siguientes años. Pero al segundo o tercer curso el futbolista ya tenía su propio programa en ETB, uno de animales que duró más bien poco.

No corren los mejores tiempos para defender algo en esta profesión. Menos aún, en el gremial deportivo. Pero no deja de llamar la atención que los caudillos del entertainment, la máscara bajo la que se ocultan auténticos pirómanos de masas, sean precisamente los responsables de que el periodismo deportivo haya descendido al peor índice de valoración pública jamás conocido en España.

Entre ellos y el inmenso graderío que aún sostiene el negocio han condenado al redactor base, al recién titulado, al jornalero invisible, a la licenciatura misma, a la derrota más grave que haya sufrido nunca la figura del periodista deportivo. No en vano esa expresión ha dejado de sonar seria.

Es fácil intuir el sumarísimo juicio que puede promover en una mayoría neutra el objeto de esta denuncia. “Para hablar o escribir de fútbol no hace falta una carrera”. Entonces también hay aquí otro buen número de ciudadanos estafados. Y entre figurantes y traidores la culpa no pertenece a los primeros.

 

Gonzalo Vázquez: El telepibón deportivo


De un tiempo a esta parte el agitado panorama audiovisual, y especialmente el deportivo, subraya una tendencia cada vez más acusada. Lo ha hecho además sin disimulo ni cita previa, extendiéndose con la sibilina rapidez del contagio.

Mientras en las redacciones la proporción de mujeres y hombres no ha variado gran cosa se podría admitir una mayor presencia femenina en pantalla. Pero incluso ese posible repunte no explica el nuevo fenómeno que consiste, básicamente, en el aspecto, en exhibir un tipo de mujer muy definido, en la preferencia por un canon, o mejor, por un molde que antes asomaba, como el florero en decoración, y ahora además presenta. No es que la información haya pasado por el bisturí de la cirugía plástica. Es que información y cirugía empiezan a compartir el mismo principio. De ahí que nunca como ahora hayamos visto tanta chica mona en los espacios deportivos. No es otra la realidad a considerar.

Para avistar con mayor claridad el contraste, cuya cresta atravesamos, basta echar un vistazo a una televisión anterior.

Entre la fiebre del destape en el cine y su resurrección por los canales privados en los años noventa, con la Telecinco de Lazarov en incesante desfile mudo de hembras danzantes, de carne a la parrilla, hubo en la pantalla española, que es lo mismo que decir TVE, unos años de tregua donde tal vez lo último a denunciar era esa ampolla conocida como sexismo.

Por aquel entonces, en ese como periodo de calma, la presencia femenina en televisión, de peso gradual y tono discreto, no tenía nada de género y sí de natural fusión con el medio. La mujer era en pantalla lo mismo que el hombre, un elemento básico de la comunicación, a su entero servicio, de manera que el sexo de los profesionales y su genuina forma eran accidentales y no fundamentales. Mensaje y contenido primaban en los programas por ellas presentados. Y que las elegidas fueran guapas o feas resultaba, como el género, cosa incidental. Que pudiera haber una preferencia, que la había, no desalojaba en ningún caso una competencia anterior. De ahí que hasta los ensayos por embellecer lo femenino en pantalla, como las azafatas en Ibáñez Serrador, vinieran precedidos de una rigurosa selección artística al modo de las actrices. Aquellas chicas podían ser hermosas. Pero tanto lucían muslamen como voz y resolución, de la vis cómica al arte dramático.

En el fondo, y ayuda mucho la perspectiva, fueron años de aparente inocencia felizmente a salvo de retorcidos yugos de audiencia o paridad. La mujer fluía en pantalla y su aspecto lo hacía al gobierno de la comunicación y no al revés.

Detrás del discurso filocomunista de La Bola de Cristal se ocultaba el cerebro creador de Lolo Rico así como la promoción del respeto al público infantil veía su encarnación en la enternecedora figura de María Luisa Seco. Aquel periodo cercano a la década es tan femenino como presentador, artístico o directivo. De ello dieron cuenta mujeres como Sandra Sutherland, Beatriz Pécker, Mayra Gómez Kemp, Verónica Mengod, Sonia Martínez, Isabel Tenaille, Mercedes Milá, Rosa León, María Teresa Campos, Rosa María Sardá, Victoria Prego, Mari Cruz Soriano, Marisa Abad, Tina Sáinz, Marta Angelat, Eva Nasarre, Paloma Chamorro o María Casanova. Y en deportes, donde más escueta era la cosa, Mari Carmen Izquierdo y Olga Viza.

Andando el tiempo el flanco posterior al 11 de septiembre, que también alteró la televisión, vendría vertebrado por un batiburrillo de formatos y pastiches donde lo informativo volvía a primer plano y la guerra al terrorismo como nuevo mundo servía de coartada para la escorada politización de las cadenas. El resto, a grandes rasgos, lo formaban el género ya fallecido del testimonio, la emergencia del reality, los shows de alto presupuesto bajo el hegemónico Noche de Fiesta, que rescataba en tono satén a bailarinas que luego hacer desfilar en lencería, la epidemia totalitaria del llamado corazón que todavía padecemos con fuerza y la futbolización del deporte, siempre el deporte.

Y es precisamente bajo el gigantesco manto deportivo que se asiste de unos años acá al género más reciente, un género televisivo en sí mismo: el telepibón deportivo, esto es, la incorporación a los espacios de deportes de una o más bellezas sin mayor prioridad que su mera exposición. Es crucial el matiz. No se incorporan especialistas mujeres. Lo hacen modelos.

No deja de sorprender que fuesen los medios más ligados a la izquierda, donde el feminismo anidó siempre, quienes tomaran la delantera en esta radicalización de la cosmética informativa que rápidamente absorbería el resto del espectro televisivo. Y la sorpresa proviene de la presunción en la izquierda teórica de unos principios donde el valor de lo profesional debiera preceder al aspecto exterior, donde el presumible talento y el espíritu de sacrificio quedaran como muy por encima de la simple belleza.

De hecho ninguna cadena actuó con igual fuerza detonante y animó más el contagio que LaSexta, la selección de cuya nutrida plantilla de presentadoras y colaboradoras apenas dista de la que Zara, Bershka o cualquier otra cadena de moda promueve con sus dependientas.

Para la perspectiva futura incluso es posible establecer un efecto llamada en el programa Sé lo que hicisteis, una porción nada insignificante de cuyo éxito reposaba en la espectacular puesta en escena de ejemplares como Patricia Conde, Pilar Rubio, Berta Collado, Cristina Urgel, Paula Prendes o Cristina Pedroche. Y como en un plano de aparente mayor rigor pero en el seno de la misma estrategia se añadían en informativos Mamen Mendizábal, Cristina Saavedra, Cristina Villanueva o Helena Resano. El pastel lo coronaba un equipo de deportes que incluía a Sandra Sabatés, Sara Carbonero, Susana Guasch, Carlota Reig o Karina Kvasniova.

Al amparo de la nueva ola Marca TV presentaba de golpe y porrazo un plantel de pasarela formado por Ana Cobos, Lara Álvarez, Carolina Bueno, Marina Palmero y Alba Lago. La llamada Televisión del deporte absorbía así la nueva estrategia y se animaba a llevarla incluso más lejos. Una corte de pibones sin trampa ni cartón.

Antes, durante y después se habían venido sumando al entero espectro audiovisual nuevos encantos de cámara en los nombres de Mónica Martínez, Noemí de Miguel, Fe López, Carolina Alcázar, Nira Juanco, Ainhoa Arbizu, Desirée Ndjambo, Lourdes García Campos, Marta Solano o Irene Junquera entre otras. En suma, no queda cadena que no se precie de ellas.

Se abre así con periodos anteriores una fractura reseñable, un salto cualitativo, como una revolución estética de la presentación, eso sí, exclusivamente femenina. Allá donde el hombre puede ofrecer una mayor diversidad de aspecto se encuentra el molde de la mujer cada vez más encorsetado y uniforme, más a salvo de alternativas.

Es evidente que todo ha cambiado mucho y nada cabal habría en recular a ningún sitio. Pero mucho más flagrante aún el reciente y como repentino ascenso del criterio estético, su total predominio sobre cualquier otra consideración, incluida la competencia profesional, en relativo suspenso en el proceso de selección.

No se trata de desgranar la capacidad de cada una de las profesionales citadas, que sería como hacerlo con la de sus homólogos hombres. Como en ellos las hay buenas y malas. Se trata de poner en la diana el denominador común, especialmente en las meras lectoras del prompter, de su cosmética poderosa, de la primacía del atractivo radiante, inmediato y gomoso, formando todas en conjunto una nueva generación, un género televisivo paradójicamente no basado en el género como ingenuamente pudiera parecer. Sino en la salvaje selección de género. Porque donde antaño pudiera haber una ligera inclinación ahora no cabe alternativa.

Es evidente que en televisión se cumple como en ningún otro sitio aquella máxima de Berkeley según la cual “ser es ser visto”. Ante la proliferación de canales y la fragmentación de las audiencias los directivos promovieron diferentes estrategias comerciales una de cuyas manifestaciones más compactas ha dado en el telepibón deportivo, un intento por redoblar la atención del espectador y hechizarlo a base de rostros bonitos, mejor cuanto más llamativos.

De la desvergonzada puesta en escena de las mamachicho a estas muñecas de la información puede haber, y de hecho hay, un mundo de distancia. Se ha pasado de la glotona carne muda en movimiento a la maquillada locución de estilismo patrocinado. El cuerpo femenino se ha visto, pues, cubierto por esta sorda filigrana. Y sin embargo la raíz del fenómeno dista de aquellos lodos mucho menos de lo que pudiera presumirse.

En el fondo de la percepción directiva reposa, en términos de audiencia, la certeza de que a la atracción de la colosal manada de machos es posible sumar cierto magnetismo femenino a la belleza femenina, sea cual fuere su reacción espectadora, de la morbosa expectación ante Carbonero al primitivo recelo misógino de la competencia natural al finísimo examen que en ellas causa el estilismo. El caso es quedarse. Y la belleza parece que lo consigue.

Hace tiempo que la televisión suplantó al medio de comunicación por el medio de exhibición, a la estantería por el escaparate. El cinismo y una calculada presunción demagógica han conseguido que enunciar esto, tan solo enunciarlo, suene a como represivo y anticuado. Y sin embargo nada explica mejor lo ocurrido en estos últimos tiempos que la cosmética actualización del espíritu del destape a través de esta como playmateización deportiva y su plétora indumentaria en generosos escotes, labios pronunciados, curvas definidas y cabellos de anuncio.

No importa si hay algo que decir. Porque igual que los sucesos despolitizan la realidad los pibones desustancian el mensaje. La banalización es así extrema: se banalizan ellas, se banaliza la información, se banaliza el espectador, se banaliza el medio. Y todo ello en un contexto donde el deporte encuentra en la futbolización su ideal banalizado.

En un informe realizado conjuntamente por la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF), la Universidad Politécnica de Madrid, el Consejo Superior de Deportes y el Instituto de la Mujer (El Deporte Femenino en los Medios de Comunicación, nov. 2009) se establecían una serie de objetivos preliminares y conclusiones. De los seis que vertebraban el primer punto uno refería “la influencia que los medios de comunicación tienen en la visibilidad de las mujeres en el deporte” más allá del deporte. De las nueve conclusiones la cuarta denunciaba “el efecto fagocitador del fútbol en los medios”; la sexta el tratamiento “impregnado de estereotipos de género y la información” propensa “a resaltar más a la mujer que a la deportista, una creciente tendencia a presentar a las mujeres deportistas como iconos eróticos más que como ídolos deportivos en sentido estricto”, un debate aparte. Y la octava, en clave lapidaria, “la aplicación de una mirada androcéntrica”, esto es, una política de hombres.

En el fondo, deportivamente hablando, esto siempre ha sido así dada la condición incorregible de la genética masculina, inflamada para colmo por las urgencias del mercado y las cuotas de pantalla. Pero mientras antaño esta selección hormonal de mujeres quedaba en petit comité y se obraba, en última instancia, con arreglo a criterios de mayor peso profesional ahora el criterio de mayor peso, tal vez ya el único operativo, es el estético. Y todo ello sin el menor disimulo. Dicho en claro: “Usted está buena, adelante; usted no lo está, fuera”.

La exclusión salta pues a la vista.

El caso de Sara Carbonero, por enconada intensidad, es tal vez el más representativo del fenómeno. Para empezar el problema de Carbonero, como el de todas estas jóvenes, no es suyo. Es que a través de ella ha estallado por fin la raíz misma de la ofensiva, resumida en que una jovencita mona es colocada a dedo por directivos cuyo único interés reside en absorber la atención de una audiencia mayoritariamente masculina, caldearla y extraer un rédito comercial de todo ello. Que las presuntas cualidades pesaran algo en su selección, incluso merezcan ser reseñadas sobre su aspecto, es un atentado a la veracidad.

En el caso Carbonero interviene además un añadido explosivo. Su presencia algo distante y fría, como una endémica falta de gracia natural y un tono de princesona aburrida podrían resultar válidos, en términos televisivos, en el borde de un sofá de programa matinal en, pongamos, sección de moda. Pero ocurre que esta figura de aspecto delicado ha sido arrojada al campo de batalla más masculino de todos, a la trinchera del fútbol y su sanguínea simbología vociferante, enérgica y grosera. Incorporar a esta joven de cristalinos ojos manga que susurra aristocrática mientras se mesa el cabello equivale a colgar una lámpara de palacio en una cuadra. Es tal el contraste que difícilmente el fondo del debate debiera ser distinto si Carbonero luciera un aspecto menos afortunado. Mientras no habría la menor disonancia en otros formatos de pantalla su artificial admisión por el fútbol insulta al sentido de la proporción.

Así ha ocurrido, para desgracia de la chica, que la española costumbre de la inquina, la infecciosa envidia, su natural tendencia al linchamiento y la espantosa potencia de las redes sociales han llegado a convertir a Carbonero, en el peor caso, en mártir de una causa que no merece. Hasta sería digno de reflexión el connivente silencio del género femenino, que termina viendo en ella a la quintaesencia del nepotismo estético y el desprecio al criterio profesional; una niña bonita colocada a dedo bajo retribución astronómica, una reina de la noche a la mañana, como una Letizia del fútbol.

Hay algo aún peor en todo esto. Un fenómeno también típicamente español que Bordieu denunció hace ya tiempo: “Incluso puede suceder que periodistas de televisión alcancen posiciones muy importantes en la prensa escrita, lo que pone en tela de juicio la especificidad misma de la escritura, de la profesión: si una presentadora de televisión puede convertirse de la noche a la mañana en directora, por fuerza hay que preguntarse en qué consiste la competencia específica del periodista” (Sobre la Televisión, Bourdieu, Anagrama, 1997, p. 72).

Y es el caso. Porque la misma Carbonero, de quien se ignoraba todo escrito, aparece de súbito firmando columnas en un diario nacional, otra maniobra puramente comercial que actúa como contrapeso, un artificio revestido de compensación de la belleza, como una patética justificación de presuntas facultades.

Cabe preguntarse también por qué razón ocurre todo esto en el llamado periodismo deportivo. Una de las respuestas llega indirectamente de otra mujer, una periodista animal de la información, Àngels Barceló, recién entrevistada en estas mismas páginas. Preguntada por el fenómeno Carbonero la veterana periodista, a quien la dictadura estética le llega tarde, respondía por el desliz de Sara con el penalti de Iniesta. Y lo hacía a la presunta gravedad del error en contraste con otras esferas de la información: “Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente”.

Curiosamente, en un momento avanzado de la Eurocopa 2008, Barceló asumió el mando de la mesa que presentaba el especial Zona Cuatro desde la plaza de Colón. Una figura de informativos se colaba de pronto en el espacio deportivo de la cadena. Y lo hacía con rotundo acierto dada la poderosa versatilidad de la presentadora. Pero es el intercambio de escenarios lo que merece consideración. Porque resulta impensable en sentido contrario. Impensable que alguna de estas sports ladies ocupe de pronto papel prioritario en, pongamos, Internacional o Economía ante un evento de gran magnitud al modo en que Barceló lo hizo en la Eurocopa. La lectura de algo así pone en entredicho el presunto examen de cualidades y desciende el periodismo deportivo a su escala omnívora más baja, al ambiente del bar Manolo tras cuya barra parece admitirse todo: de Ronceros a Carboneros.

España no se ha abismado aún en algún ejemplo extranjero donde la presentadora de informativos o el tiempo va desnudándose frente a la cámara. Y tampoco el fútbol ha colado, de momento, una Marika Fruscio. No quepa duda de que si se diera el caso algún directivo, periodista orgánico o cualquier otro secuaz corporativo defenderían la maniobra en términos de imagen reiterando, como suelen sin más, que “es televisión”. Como si el lenguaje televisivo admitiera los hechos consumados como el militarismo los daños colaterales. Es lo que tiene la indiferencia ética.

La misma polémica Carbonero palidece ante ejemplos como los de Erin Andrews o la mexicana Ines Sainz. Pero en estos casos se observa cómo interviene lo peor masculino sobre lo frágil femenino. Cómo el encendido del negocio primario aplasta a un tiempo la entidad del valor profesional y del consumidor como sujeto inteligente.

Llevado esto a la realidad considere el telespectador cada vez que tenga frente a él a una de estas monadas lo verdaderamente ocurrido. Piense que en un momento de la selección que dio con una de ellas en pantalla, el momento decisivo, alguien a espaldas de la chica, alguien seguramente hombre, de traje, corbata, esposa, niños y buena reputación en el gremio, exclamó a otro igual o subalterno algo así como: “Ésta es la más guapa”, un mero formalismo que con seguridad se enunció al modo: “Joder, qué buena está”. Si esto es así, y lo es en, pongamos, la información deportiva, es de imaginar qué no ocurre cuando, sin restricción informativa por medio, la presa de caza tiene un cometido meramente ornamental.

Aquí es donde el sexismo de pantalla se dio siempre los mayores banquetes. Un fenómeno crudamente trazado por la socióloga Lorella Zanardo en el espeluznante documental Il Corpo Delle Donne (El Cuerpo De Las Mujeres) sobre las terribles consecuencias de la berlusconización de la TV en Italia.

Contra todo lo antedicho podrá alegarse que nada malo hay en disfrutar de una simple vista agradable con las informadoras de pantalla. Es posible. Pero entonces urge preguntarse dónde queda el sentido de la profesión, dónde el valor de la experiencia —Doris Burke o Jackie McMullan no cabrían en el modelo ibérico actual— y, dónde, he aquí lo grave, el derecho profesional de las menos agraciadas físicamente. Si no ha podido llegar para todas la fatídica hora de suplantar la Facultad por la Agencia de Modelos.

Gonzalo Vázquez: El drama tardolescente


Tiene casi treinta años. Podría tener veinte o cuarenta. En lo esencial nada ha cambiado ni lo hará. En algún momento su carácter y posición en el mundo se detuvieron, como el aire de las cuatro paredes que lo encierran. Son muchos. En realidad demasiados. No se les oye ni ve. Viven ocultos, palpitan en secreto y como perciben la existencia a solas se deslizan como espectros a la intemperie social, que con disgusto deben cruzar a diario.

Una ramplona perspectiva material los ha venido explicando por el retraso en su independencia. Viven en casa de sus padres como si algo dramático fuese a variar de hacerlo fuera, en el alquiler de una habitación que comparten con otros iguales, donde a lo sumo cambiará el marco pero difícilmente el cuadro, en cuyo tenue interior apenas se ha reparado.

En el alma de ese eterno joven dormita una vida afectiva que sigue enfermando. Muy temprano asumió que su emoción no era permeable, que del intercambio amoroso universal había sido descartado y que sentimentalmente habría de bastarse a sí mismo. Que mejor le sabría renunciar a la vida social que seguir deambulando por ella y castigar así la conciencia con la privación que mayor tormento le causa.

Nada más decidió que resignarse. Y los años de rutina solitaria fortalecieron los barrotes que le separan del mundo exterior, el abismo que subraya su vulnerable condición.

Hubo un tiempo en que agrupado sentía algún calor. De noche se entregaba con otros al alcohol y hasta empleaba su primera lucidez en cruzar la orilla y acercarse a ellas. Eran momentos de una valentía instantánea, de una ingenuidad sin nombre que atenuaba el sinsabor de las negativas hasta la noche siguiente, como creyendo que siempre habría una más.

Ese tiempo ha pasado. Voló en un suspiro. Ahora apenas encuentra arreglo entre los mortales. Se siente ridículo en cualquier bar, un pasmarote sin sombra en corrillos que no le apetecen. Alguna vez se anima y entre compañeros más que amigos disfruta un ligero cosquilleo. Pero de reojo no pierde ocasión en descubrir un rostro bello, unas piernas suaves o unas formas glotonas y lamentar que algún otro las goce. Por eso de un trago vuelve en sí para acabar matando la noche en su refugio consumiendo a solas cualquier cosa de la FNAC, el comercio que más frecuenta y del que se atiborra a ritmo endiablado.

Porque careciendo de vida afectiva afirma la vida culta, motivo por el que su conciencia le recuerda sin piedad qué le lleva a matar su tiempo entre románticos y foreros que como él dieron la espalda a la luz. Y en penumbra encuentra un sordo placer en ignorar el ardor de las pasiones y hasta en masturbar aprisa sus brotes, cuya insistencia maldice.

La distancia al otro sexo ha tornado ya infranqueable. Lo hizo en el momento de justificarla. No se identifica con el vulgar escaparate de bíceps y berzas. Tampoco con el cargante 15-M, de cuya tribal estética sospecha. Y nada repudia más que el veneno conservador de las niñas bien, de ninguna de las cuales disfrutó jamás una mirada. En esta terrible simplificación del mundo femenino, deformado en molde político, cree así agotada su fauna. Pero no su añoranza. Desea entonces una chica normal pero no sabe dónde encontrarla. Y su orgullo, ese gusano que devora sus entrañas, ha inflamado tanto que descarta entregarse a la red. La solución es, pues, la renuncia. La vuelta al ovillo sin haber dado un paso.

Pero el tormento vuelve enseguida a la carga. Porque la vida en quietud orbita en un bucle sin meta. Y porque sigue siendo un hombre. Solo que aún no ha tenido oportunidad de comprobarlo.

Por eso un encuentro sexual le viene grande. Ve el cielo abierto a su posibilidad. Pero se va nublando a medida que la inseguridad lo posee. No entiende cómo es posible haber deseado tanto lo que ahora le aterra. Así ocurre que la noche en que el azar del destino lo elige descubre con ingrata extrañeza la hediondez de un coño, la torpeza en acertar su diana a oscuras, las reacciones indescifrables de ella, su sospechoso silencio y como un terrible guión cuyo orden ignora de raíz. Habituado a la vida mental, al placer cognitivo, esta violenta sobrecarga de los sentidos dificulta su erección. Descubre entonces que la experiencia in situ nada tiene que ver con el atletismo sexual de que su sobredosis de porno le creyó convencido.

Admite así con horror la remota distancia entre el consumo y la escena protagonista. Es un novicio. Y la dictadura genital y el imperativo de satisfacción femenina con que ha sido bombardeado en vida le impiden el goce y hasta entender las razones por las cuales lo sexual era el último y como más importante plano de conquista. Aterrado desea entonces huir, desaparecer del fracaso, regresar al único espacio que comprende, al muelle de la obesidad solitaria.

Hasta podría enamorarse sin saber qué le ocurre. Y desatender ensimismado todo cuanto no concentra su objeto amado. No siendo correspondido su frustración aumenta y una de las primeras consecuencias es renegar de aquellas sensibilidades atribuidas a la feminidad. Antes bien se convence de su naturaleza diabólica. Habrá cruzado entonces una peligrosa frontera. Ya no verá mujeres. Solo enemigos envueltos en seductora forma de presa sexual. Una visión envenenada al punto de percibir la belleza que no hace suya como un calvario, peor cuanto más irresistible aquélla.

El desarrollo de la misoginia es más lento y silencioso de lo que su perspectiva histórica sostiene. No es tanto origen como desenlace. No medra tanto en el subconsciente y albores de la vida cuanto en las vívidas decepciones sufridas en los años de flor y conquista. La coartada biológica de Aristóteles o la genética en Schopenhauer palidecen ante la definición alfonsina de la mujer como la fuente de confusión del hombre, el peligro que no guarda medida. Esto lo sabe bien tanto el misógino como el que se quedó a las puertas de padecerlo antes de entregarse.

Misoginia y misandria son males del alma. Males adquiridos que nada podrá combatir si la experiencia de la víctima es verdadera. No será otro el motivo de futuras cautelas en el terreno que más libre debiera verse de ellas. De ahí que Russell lamentara la cautela en el amor como la más letal para la felicidad auténtica.

El sujeto tardolescente vive en silencio su drama interior. Ese joven nació y creció sin un solo defecto. No congénito. Tres décadas después sigue sin haberlo. Y sin embargo nada siente con más fuerza que el defecto de su vida, fuente de todos los demás.

Cabe incorporar este proceso paradójico al derecho de inadmisión a que la masculinidad ha sido sometida en el último cuarto de siglo.

Ningún fundamento arquetípico ha sido más despreciado por la cultura moderna que la noción clásica de hombre. Hace tiempo que la publicidad norteamericana se sacudió los complejos de beatificar a mujeres y negros por una especie de atávica culpa que compensar la cultura popular. Hoy día informa esa mercadotecnia un desbordante sentido del humor libre por fin de morales reparaciones a presuntas víctimas del pasado. Dominada por vehículos, seguros y comida la publicidad norteamericana no se mete en líos. Elude así dar motivos al sediento enjambre de papanatas dispuestos a saltar a la mínima.

En España el proceso publicitario de la compensación, que culpaba al hombre deificando a la mujer, ha remitido notablemente. Pero hasta hace bien poco un hombre valía menos que una lavadora y ninguna asociación ponía el grito en el cielo. En el mundo comercial, el pilar simbólico sobre el que se sostiene la sociedad de consumo, el hombre ha venido encajando todos los golpes sin rechistar.

La cultura popular en los Estados Unidos no ha fortalecido tanto la figura femenina como en España, que acomplejada sigue dando saltos sin orden ni concierto. Del destape al porno a una cultura tan hiperfeminizada como para hacer del gay un icono de modernidad. El prototipo saliente de esa huida de la vergüenza presentaba a una mujer firme, poderosa, liberada y autónoma. Pero al mismo tiempo insensible, material y superflua, un ente algo sádico que sobrevolaba al hombre cuando no lo pisaba con saña en su escrotal masculinidad reduciéndolo con moroso deleite a erótico delantal, a primario objeto sexual. Al fervor de la culpa masculina ocurrió que ni siquiera podrían darse mujeres frígidas. Solo falos incapaces. Así toda humillación encajaba para solaz de la nueva mujer, una estúpida caprichosa que ha venido triunfando en el discurso simbólico como preferible a toda mujer anterior.

Por el contrario el hombre no encontró un nuevo molde más allá de la erosión y desguace del anterior. No se repuso el cadáver. Admitir la congénita idiocia masculina y como una etérea superioridad del otro sexo pasó a formar parte del orden natural. La cultura devino así hermafrodita. Y cuanto más elevadas sus presunciones, cuanto más celestes sus metas, más lejos del empedrado masculino.

La campaña de Loewe por ejemplo, una oda al exterminio del publicismo indolente, exhibe en términos surreales a una pueril patulea de disfrazados con un único denominador común: la exclusión del hombre. Ni uno solo hace acto de presencia y cuanto lo sugiere es de plástico. Es el hombre, al margen de nociones, la figura de que huir, el polvo que sacudir bajo la alfombra. El hombre es lo primitivo y mostrenco, la realidad prosaica y velluda sin tacto ni cabida en esos bolsos que figuran una sexualidad difusa de la que únicamente se desprende que las sutilezas de estilo y diseño, los alardes del arte, no están al alcance de lo masculino real.

En su desbocada provocación erraba así Umbral refiriendo mujeres de piscifactoría. Más bien al contrario, es su orbe el sexo intacto siendo el hombre el nervio confuso, zarandeado, anómico y errante.

El peaje de un feminismo activista y una deplorable interpretación del correctismo político vapulearon –en términos de Hayward– al varón, que en adelante sufriría una grave crisis de identidad como impelido a renunciar a lo más sagrado de su ser.

En medio de la confusa renovación, dominada por represalias en lugar de ideales, admitió el sexo masculino un nuevo tipo de hombre menos superior que deseable. No era nada definido. Solo retales con que ir cubriendo sus vergüenzas cosiendo de paso a flechazos el cuerpo del guerrero, el alma del héroe, el hombre rampante. La solución pasaba por un tipo comprensivo, tierno y sensible. Que llorase si así procedía. Un hombre frágil como al servicio de la maternidad. Nadie tuvo en cambio el valor de advertir a los nuevos jóvenes que la bondad es a ellas la menos erótica de las cualidades. Y que más que deseo inspirará compasión.

El nuevo hombre se veía así abocado, lo quisiera o no, a amistar con ellas antes de dar otro paso.

Los efectos de la oleada pueden sentirse hoy día en una masa invisible. La primera generación que sucede al asesinato del hombre, la generación de jóvenes varones más inocente que ha conocido el sangrante pueblo español, padece hoy de improvisadas exigencias que nuevamente asestan golpes a su tierna medular. Un realismo exacerbado potencia al macho que en el corazón de la noche sigue triunfando muy por encima de las sutilezas presumiblemente efectivas. Y hasta la fecha no se conoce índice más fiel a la temperatura erótica de un pueblo.

El tardolescente solitario sufre la inercia de llegar a creer que fuera de su refugio, en el mundo exterior que ya no respira, se libra un festín de desenfreno sexual cuya exclusión llega a padecer como un condenado. No hace falta esa condición para hacer propia esa miopía. Un ciudadano de a pie puede experimentar igual desolación al incesante desfile de putas y futbolistas. Pero la pesadumbre que invade al primero será mucho mayor, tendrá una raíz más honda y poética.

Ese chico incapaz de disfrutar su juventud, que ha renunciado a ella, está preparado, es inteligente, hábil y adaptable. Sus valores no han sido enseñados sino asumidos. Es moralmente más justo que toda generación anterior. Y sin embargo es víctima de algo que no comprende. Sufre así arrebatos en maldecir su independencia llegando a codiciar la unión ajena y hasta su denostada figura del matrimonio, que vio formar uno a uno a sus antiguos amigos.

Se apresuró en España un tiempo de engaño donde la primera institución a derribar era el matrimonio. Qué terrible fracaso. Nadie reparó en la gigantesca torpeza de concebir el ensayo al mezquino espíritu español, combativo en lo vulgar y sin mayores ambiciones que las domésticas. Fromm no pensó en la piel de toro como el mejor laboratorio para el miedo a la libertad. Y sin embargo no habría encontrado ejemplo más ideal.

De estudiarse en profundidad el origen de la mayor parte de matrimonios jóvenes de este país, de cómo se formaron y qué cualidades condujeron al acuerdo, los pilares sobre los que se asienta esa institución tendrían el grosor de un lápiz. Porque apenas se hallarían pruebas más veraces que el miedo a la castración vital de ellos y a la soledad en ellas, privación del mandato biológico. Con deplorable frecuencia el hombre asume la mano del primer coño que toma. Ella, del primer interesado en tomarla. Así cumplen la trampa de Nietzsche de reproducir la especie sin la más remota intención de mejorarla ni divisar un horizonte de común felicidad.

Como hace tiempo que el lenguaje español perdió el mando de su destino, de bautizar a sus nuevos hijos, el nerd, el geek o el freak representan un tipo de inepto social que nutre el tejido en infinito mayor grado del que se presume. Pero a diferencia del idiota doméstico rendido al yugo forzoso este nuevo soltero, que pasó de ideal a denigrado, no entregó su vida a la primera carta y puede seguir jugando en libertad en torno a una pasión, una ambición, un especialismo en sana barbarie.

Es por ello que el tardolescente solitario puede ser el más digno de los infelices. Su alma está herida. Pero sigue siendo suya. No la vendió a la presión de un entorno que en el fondo nunca deseó así.


Gonzalo Vázquez: El imbécil digital


Érase un hombre a una pantalla pegado, un hombre dirigido, un hombre conectado.

El iPhone dirige sus manos, el GPS su rumbo, Facebook sus ritmos, Twitter sus ojos, Whatsapp sus dedos, iPod sus oídos, iPad sus deseos, Tuenti sus hormonas y la Play sus ratos libres, los pocos que le deja un teclado.

Un hombre que dice estar conectado. Que no repara dónde ni cuándo ni por qué ni si era necesario. Un hombre que fue conectado sin que nadie le advirtiera que tal vez nadie habría más desconectado. Un hombre que empieza a olvidar oler y ser olido, tocar y ser tocado, lamer y ser lamido, oír y ser oído, ver y ser visto. Un hombre sumergido a cada vez mayor profundidad en un océano invisible. Que se complace en perder la carne y hueso. Un hombre que cree sentir libertad porque ha dejado de ver cables. Un hombre sin tiempo ni espacio. Un hombre igual, antes imbécil que digital.

El imbécil digital es un pececillo que va de red en red, como encantado de su captura y hasta de no salir nunca a la superficie, donde se respira aire y no ancho de banda.

El imbécil digital ignora el reposo. En su impaciente frenesí es anodino y volátil. Y tan rápido cree viajar por la red de redes, por las autopistas donde solo bullen sus iguales, que teme toda detención como a la muerte. Prueba de ello es el ‘tic’ que padece su dedo índice y que le impulsa a no posarse nunca en nada. Hechizado, cree moverse. Y contrario al espermatozoide, que al menos lleva destino, el del imbécil digital no consiste más que en seguir creyendo que está sin saber que en ningún sitio, en correr sin preguntase a dónde.

Curioso parecido domina sus relaciones. El imbécil digital no sabe nada del otro. Cree saberlo. Por eso confunde a otros imbéciles con amigos sorprendiéndose luego de que desaparezcan a la menor ausencia de la red por cualesquiera razones de la vida, vida externa, la vida molesta, la que ya no importa. Y como la soledad le aterra vuelve aprisa a la fiesta, que tiene prohibido abandonar si no quiere dejar de existir.

Desplazó primero el contacto por el teléfono. Luego el teléfono por el correo. Después el correo por el Facebook. Y ahora prefiere tuitear, hacerlo todo allí. Y el lugar de una palmada en la espalda o una confidencia lo ocupa ahora el privado, el grado sumo de cercanía. No dice gran cosa y eso mismo espera del otro. Eso y rapidez. Porque la respuesta importa menos que su retraso y da igual la plataforma. El imbécil digital no da tregua ni comprende otra vida que la vida de pantalla, mejor cuanto más plana, más simple, más ligera.

Y ahí su lenguaje se parece al del indio en el peso y duración de las señales de humo. Y es que este nuevo individuo repudia lo extenso, lo grave, lo grueso, lo que hasta hace nada teníase por importante. Se da que sumergido a gran profundidad nada odia más que ésta. Por eso él ha menguado hasta caber cómodamente en una pizca de caracteres.

Si se diera el caso de cercanía, de cercanía real, de cuerpo a cuerpo en mesa o corrillos, corre a refugiarse en su aparato, que no suelta ni muerto, y sacude y sacude el pulgar hacia abajo. Su mano ya es un ratón, como esos de laboratorio que giran la rueda sin moverse del sitio ni comprender la jaula. Y hasta puede que a unos palmos del otro vaya a decirle algo y no abra la boca. Lo hará también por pantalla.

Al imbécil digital nada incomoda más que el gesto, la mirada, la cercanía del aliento, la gravedad de la palabra que suplica ser desentrañada. Y como se ve libre de aquello, de forjarse a diario en la vida como el actor en escena, siente una gran comodidad en no ver ni ser visto, en hacerse un espectro sin nombre y apellidos, sin voz ni rostro, sin mayor alma que un nick.

Para este tipo de hombre una buena parte de la humanidad ha dejado de existir. Solo percibe a los de su misma especie. Así reduce el mundo no a la aldea global ni al enfoliado de un mapa, sino a la velocidad de descarga.

Como cree que el mundo es natural, que le ha caído del cielo, el imbécil digital no se manifiesta. Cree poder hacerlo desde cualquier sitio donde el artefacto le lleve. Por eso la ciudadanía le suena anticuada. Ya no es ciudadano de pleno derecho. Éste reside ahora en la mera pulsación dactilar, a la que entrega su liviana voluntad de cambiar el mundo sin saber que el mundo, el de ayer y siempre, es todo aquello que la pantalla no es.

Hace tiempo que el imbécil digital abandonó la televisión. Creyó hacerlo por una instancia superior. No imaginó que la televisión se le acabaría colando también allí, que los amos serían los mismos y que ahora le ordenan abreviarse, reducirse, impacientarse. Por eso a este maníaco instantáneo un vídeo de cinco minutos se le hace también largo.

El imbécil digital ignora la humildad, razón por la que no sabe, sí contesta. Por eso se salta veinte, diez o cinco líneas y corre a rellenar de mierda un cajetín que algún otro imbécil, más astuto que él, bautizó con un embuste a título de comentarios. Y como carece de empatía mejor cuanto más daño crea causar. Y da igual su objetivo. Puede concentrarlo en uno o arrojarlo en masa, de madridistas a catalanes, de negros a maricones, de gabachos a tacones.

El imbécil que creó esa herramienta, o peor aquél que la dirige, valora la información no por su peso, su veracidad o su alcance. Sino por el número de imbéciles que ha logrado engañar.

Ese cretino digital sabe, por defecto, lo que es una biblioteca. Nunca pisó una pero se permite arremeter contra no sé qué males del papel. Tal vez piense en árboles y por eso le avergüencen los libros en el metro. Saca entonces su lector electrónico, a no más de dos o tres paradas, tantas como levanta la vista no se sabe si para ser mirado. Ni leía antes ni seguramente ahora. Porque hace con las letras lo mismo que el gorrión con el suelo.

Para el imbécil digital un penalti, un escote o una bronca es información. Y lo demás no le interesa. No le cabe en la pantalla, su encuadre del mundo. Porque este fabuloso progreso de la comunicación acontece cuando más debiera comunicarse sin que nadie predijera que de tan poca entidad.

Al imbécil digital importa mucho su número de seguidores. Ese numerito nunca se ve harto. Y cuantos más tiene, más quiere y más por encima observa a los que le quedan a la zaga. En esa fiesta de disfraces se invita y se ignora en forma de retuit. Y como en toda fiesta pagana arriba se hace por afinidad y abajo por interés, como si estos últimos pudieran sacar algún rédito del famoso al que persiguen dejando el mismo rastro que la babosa en la hierba.

Ese nuevo hombre sabe, también por defecto, lo que es un bolígrafo. Pero no usarlo. Y morirá sin escribir una sola carta. Porque el imbécil digital ni sabe escribir ni ser escrito. Y así tampoco hablar y ser hablado. Ese joven, por ejemplo, ese hijo de la era comunicante, anhela tomar algún día a una chica. Pero no ha llegado a decir algo, ni bonito ni feo, a una sola de ellas. Tal vez espere hacerlo algún día al través de la máquina.

El imbécil digital cree que las nuevas tecnologías le liberan del peso de la edad. Porque ahí dentro la experiencia, el conocimiento o la sabiduría es la jerarquía que menos importa. Le trae al pairo la madurez o la arruga. De hecho en tanto no digitales experimenta un intenso desdén hacia ellas. En esto se parece al imbécil analógico, el imbécil de siempre cuya necedad informa sin descanso todos los órdenes de la vida.

Sorprende que este nuevo imbécil no lo sea en su mayoría por constitución. Solo por esclavitud, que en el fondo él mismo se ha dado. Privarle de pronto de su vida aparatosa sería como hacerle caer de la cuna.

El imbécil digital cuenta entre sus mayores logros desmentir la pareja como último refugio.

No conviene confundir a este hombre que nada en la era digital, que en ella se pega refrescantes chapuzones, con el ahogado. Por eso, pese a insinuarse ya en buen número, este digital imbécil no es aún hombre de nuestro tiempo.

Solo se va echando encima.

 

Gonzalo Vázquez: Baloncesto y fase de flujo


En 1990 el doctor en psicología por la universidad de Chicago Mihaly Csikszentmihalyi coronaba décadas de trabajo con la publicación de Flow: The Psychology of Optimal Experience, traducida al castellano como Fluir: La Psicología de la Experiencia Óptima. La tesis central de la investigación, preludiada en Beyond Boredom and Anxiety (1975), The Creative Vision (1976) o Psychological Studies of Flow in Consciousness (1988), consistía en verificar “los aspectos positivos de la experiencia humana: la alegría, la creatividad y el proceso de involucración total con la vida” (prólogo a la ed. Kairós, 1996) que el autor denominaba flow (flujo). No cabía mayor presentación: una teoría que abrazaba la dimensión lumínica de la vida en su totalidad, una teoría vitalista en rigor.

Sin embargo del completo de la obra ejercían especial sugestión las manifestaciones concretas del llamado estado de flujo, los testimonios de aquellos que rara vez lo habían experimentado. Pasajes que radiografiaban el rendimiento cumbre a través del nutrido muestrario de protagonistas consultados en el seno de actividades tales como la creación musical, la danza, el deporte, la navegación, la cirugía, la matemática o el ajedrez. Pese a lo infrecuente y como etéreo de esas experiencias óptimas resultaban en pequeñas dosis mucho más asumibles que una existencia entera destinada a fluir. Era como si lo más relevante, aquello destinado a calar más fácilmente en el gran público, fuera la verosimilitud, la realidad palpable de un viaje fascinante que es dado experimentar en territorios de profunda cognición y creación artística. Porque el misterio del flujo reside en la elevación del sujeto creador a un plano de la existencia próximo a lo divino. Esto era lo que, por encima de la teoría general, ejercía una mayor atracción. En perspectiva podía ocurrir con Csikszentmihalyi lo mismo que con el doctor Raymond Moody década y media atrás, como si pudieran despertar mayor interés las experiencias cercanas a la muerte (NDE) y su descripción clínica que la trascendental proposición de Vida después de la Vida (1975).

El estado de flujo representa la dimensión más alta de la creación humana, como si los sentidos fueran secuestrados por una entidad superior durante un trance celestial. Lo que el investigador traía a colación trascendía la clásica noción literaria de beatitud o soplo divino. El profesor húngaro daba así cuerpo y realidad a una experiencia que hasta entonces vivía como instalada en las vagas fronteras de la poética.

De entonces a hoy son incontables los estudios y artículos que abordan la noción de flujo desde muy diversas perspectivas, todas ellas coincidentes en la asombrosa naturaleza real del fenómeno y como una restricción a muy pocos agraciados.

En el ecuador de los noventa el también psicólogo Daniel Goleman refería el trabajo de Csikszentmihalyi en Emotional Intelligence (1995). Sólo que Goleman desestimaba cualesquiera implicaciones filosóficas recayendo únicamente en la extraña y fascinante realidad de la experiencia óptima. Dentro del capítulo dedicado a la Aptitud Maestra un epígrafe por título El Flujo: La Neurobiología de la Excelencia, Goleman concentraba la teoría del flujo en una doble descripción beatífica y cerebral. Con la delirante prisa comercial de la obra el texto arrancaba con la confesión de un compositor en estado de gracia:

Usted se encuentra en un estado extático en el que se siente como si casi no existiera. Así es como lo he experimentado yo en numerosas ocasiones. En esos casos mis manos parecen vacías de mí y yo no tengo nada que ver con lo que ocurre sino que simplemente contemplo maravillado y respetuoso todo lo que sucede. Y eso es algo que fluye por sí mismo”. (Goleman, Kairós, 145).

Acto seguido Goleman, que al igual que su predecesor concedía una importancia vital al deporte como fuente de flujo, recogía las palabras de la esquiadora estadounidense Diane Roffe-Steinrotter tras conquistar el oro olímpico de 1994 en la prueba del supergigante, de la que decía recordar tan sólo un estado de plena relajación: “Era como si formara parte de una catarata”. El lector de seguro recuerda el poderoso efecto “Be water, my friend” de un Bruce Lee revivido por la publicidad. Con un sencillo eslogan el maestro de las artes marciales describía gráficamente el estado de flujo a través del agua, el fluido elemental.

De esta sugerente idea de absoluta empatía con el entorno que alguna vez los atletas experimentan en sus disciplinas la publicidad deportiva ha sabido igualmente sacar su rédito. “Fue una sensación alucinante. Jamás había sentido tanta potencia con esa nobleza. Estaba unido a la carretera. Éramos una sola cosa. Todo respondía a la velocidad de mis pensamientos. Era preciso, exacto. Era perfecto” (Fernando Alonso, Mercedes-Benz C-Class Sport, 2007).

Los diversos investigadores del fenómeno flujo parecen coincidir en el deporte como un potencial yacimiento para alcanzar experiencias óptimas. Pero al mismo tiempo cabe precisar que el deporte permite la excelencia con menos frecuencia de lo que se presume. Por eso cuando se alcanza, estos raros episodios aparecen tan fortalecidos por la literatura épica cuando en realidad sería más justo admitirlos como materia estética.

A lo largo de la historia no han sido pocos los deportistas que en su campo han experimentado la sensación de entrar en los dominios del flujo. Sólo que en su inmensa mayoría, como ocurre con los sueños, fueron incapaces de trasladarlo al lenguaje. “Nadie ha conseguido describir lo que puedes llegar a sentir dentro de esas cuatro líneas”, Isiah Thomas.

El deporte, en tanto frenetiza su actividad psicodinámica en innumerables parcelas de creación y rendimiento, permite una curiosa fragmentación del estado de flujo en pequeños microflujos que pueden durar un suspiro. El gol de Maradona a Inglaterra en 1986 o el de Lionel Messi al Getafe en 2007, los 200 metros de Michael Johnson en 1996, los 100 de Usain Bolt en 2009 o el salto de Bob Beamon en 1968, ejemplifican a la perfección la idea de microflujo en una elevación instantánea de la actividad a límites previamente ignorados.

El baloncesto es, de todos los deportes, uno de los más vastos continentes de creación y rendimiento. De entre la infinidad de territorios abiertos, esto lo saben bien quienes alguna vez lo probaron, dos canales destacan por sus condiciones ideales donde estallar la fase de flujo:

  • Las migraciones al aro.
  • El control de situación.

Y a menudo ambas simultáneamente. La primera es sin duda la más común. Son demasiados los jugadores que ingresaron en ese terreno que la literatura anglosajona alude como The Zone si bien el mismo ritmo entusiasta de las narraciones abusó con frecuencia de versiones muy menores tras tres o cuatro aciertos seguidos. En cambio la fase de flujo en los aciertos de tiro dista órbitas de ese fenómeno conocido también como Hot Hand cuya realidad aún hoy muchos teóricos ponen en cuestión.

En términos más concretos Michael Jordan universalizó el llamado efecto piscina con que describir el aparente ensanchamiento del aro para aquellos agraciados en fase de flujo. El mito se refería en concreto a 18 de sus 35 puntos en la primera mitad del estreno de las Finales NBA de 1992, provenientes de seis triples (como si hubieran hecho falta veinte).

Jordan es probablemente uno de los deportistas que mayor número de veces y a mayor profundidad acabó sumergido en los dominios del flujo. Fases como irreales donde la misma noción de maestría palidece ante relaciones con el objeto de juego más próximo a lo sexual. Con motivo de sus 63 puntos a los Celtics en abril de 1986 Jordan expresaba de manera sencilla qué es posible sentir en esa dimensión al alcance de casi nadie. “Cuando estoy haciendo mi juego, cuando me siento como me sentía en Boston aquella noche no creo que nadie pueda pararme. Sería capaz de estar corriendo durante días y desearía que los partidos no tuvieran fin. Es tal y como me siento en esos momentos” (Come Fly With Me, 1989).

Uno de los aspectos más llamativos de la aptitud maestra es la inequívoca dependencia de aquellos estímulos que han proporcionado un placer indescriptible a sus protagonistas. Como una íntima sumisión que Jordan desnudaba como el verdadero motivo para regresar de su primera retirada. “Llegué a echar de menos la sensación de dominio pleno que me hacía vivir una cancha de baloncesto”. Jordan podía ser consciente del motivo de su extrañeza. Era un adicto a la voluntad de poder. Pero lo que en verdad añoraba consistía en la naturaleza orgásmica que tan a menudo le procuraron los estados de flujo.

La psicología de la experiencia óptima era descrita en la obra de Csikszentmihalyi en términos casi místicos. El flujo es el estado del rendimiento resultado de la aptitud maestra, el decisivo momentum donde talento, trabajo y energía coinciden en el punto máximo procurando con ello un estado de satisfacción de beatífica plenitud.

Sobreviene entonces a los sujetos de flujo una sensación de calma, una fase de control absoluto y unión con el entorno. Mientras dura la conciencia está limpia, las emociones desaparecen y la concentración es tan intensa que alcanza el núcleo de la creación artística. “La conciencia de sí mismo desaparece y el sentido del tiempo se distorsiona”. La inmersión a ese plano de profundidad pertenece exclusivamente al sujeto que fluye. Pero en rarísimas ocasiones la evidencia es tal que resulta posible percibirlo.

Una de las migraciones al aro más asombrosas de todos los tiempos tuvo lugar en marzo de 1985 obra de Larry Bird. Fueron en rigor interminables minutos de flujo. Pero la cima de aquel rendimiento cumbre, una de las más claras reveladas nunca por el deporte de la canasta —basta ver la reacción del banquillo rival—, se produjo, paradójicamente, ante un acierto anulado. Aquella noche en Nueva Orleans, en un protagonista agotado y dolorido por la imprudencia de las millas recorridas en la víspera, es uno de los más diáfanos ejemplos de baloncesto de flujo. Al instante mismo de terminar el encuentro, con el enésimo acierto de Bird que hacía su punto número 60, son los compañeros quienes deben devolverle a la realidad, sacarlo a la superficie. Porque Bird estaba entonces como ausente. Salía de una dimensión exclusivamente interior.

A lo largo de su carrera el mito de Indiana ha excedido todo volumen imaginable de migraciones al hierro. No en vano seguirá siendo en el futuro verdaderamente complicado desplazar a Bird del Top 5 histórico de tiradores en potencia versátil. Los concursos de triples, por ejemplo, favorecen la emergencia de los microflujos. En palabras del investigador húngaro este tipo de juegos “ofrecen oportunidades para ir más allá de los límites de la experiencia ordinaria”. Mientras la mayor secuencia de aciertos en este clásico certamen NBA sigue correspondiendo a los 19 aciertos sin fallo de Craig Hodges en 1991, Bird ofrecía al término de la primera edición un fabuloso ejemplo de aptitud maestra, de perfecta simbiosis con el aro, como a salvo de toda distancia.

Cuando este concurso de lanzamiento era un embrión el alero de los Celtics daba un salto en el tiempo. “Look at the concentration”, ilustraba Rick Barry en televisión. Al exacto momento de comprobar que el primer lanzamiento quedaba milimétricamente corto Bird corregía en una fracción decimal ingresando acto seguido en trance de tiro, estirando incluso visiblemente el minuto en algo superior a 60 segundos. Uno de tantos trances, tal vez más que nadie, en sus trece años de carrera.

La cima de un jugador de baloncesto no convencional, solo aquellos a quienes es dada la excelencia, coincide casi automáticamente con una fase de flujo de distinta duración. El flujo puede no verse reflejado en la pobreza estadística, por muy nutrida que ésta sea. Recae en numerosas ocasiones en el llamado control de situación, un nivel que escapa con mucha mayor frecuencia a la percepción externa. La cima de la carrera de Larry Bird se instala en esta tipología suave de flujo. Hasta es posible situarla en el quimérico triple que liquida finalmente a los Rockets en los últimos minutos del sexto partido de las Finales de 1986. Con la quebrada narración radiofónica de Johnny Most y el rugido de las gentes del vetusto Garden se trata, pese al olvido, de uno de los momentos cumbre en la historia de la NBA. Porque no solamente Bird alcanzaría su mejor versión posible. Eran minutos de fase de flujo colectiva, de plena armonía de grupo (“Un equipo es un estado que rara vez se alcanza”). La asombrosa irrealidad de aquellos momentos admitía un memorable pasaje en su primera biografía. “I can remember getting my hands on two or three balls. (…) I couldn’t ask for anything more. (…) The ball went in and my heart started beating like crazy” (Drive. The Story Of My Lyfe, 1989).

Una carrera deportiva legendaria lo es por innumerables momentos. Pero barridos todos es imposible hacerlo con un ejemplo tan monumental que cuenta incluso con una particularidad dado que era muy poco común verle sudar a chorros.

Los sujetos de flujo parecen coincidir en la ausencia de emociones mientras dura el rapto. Y precisamente por esta ausencia de ruido emocional el flujo aproxima su sentido a las nociones teológicas de iluminación y bienaventuranza. Esta inmersión en un océano de calma aparecía igualmente destacada en Flow a través de otros dos protagonistas: una bailarina: “Me siento calmada y muy relajada. No tengo la preocupación del fracaso. ¡Qué sentimiento más poderoso y cálido! Quiero expresarme, abrazar al mundo. Siento un poder enorme para mostrar con mi baile la gracia y la belleza”; y un jugador de ajedrez: “Tengo un sentimiento generalizado de bienestar y controlo por completo mi mundo”.

No resulta sencillo percibir exteriormente la fase de flujo. El público testigo asiste en la mayoría de las ocasiones a una actuación superlativa como si con ello fuera suficiente. Sin embargo no nos es dada la claridad de reconocer los niveles de absorción del jugador protagonista. Uno de estos tocados, otro de incontable volumen de fases de flujo, era Magic Johnson. Pero al mismo tiempo nadie ha podido disimular en mayor grado la experiencia óptima que él, como un factor más de prestidigitación. Si hemos de creerle toda su carrera lo fue. Si en cambio pretendemos un mayor rigor puede no haber equivalente en la historia del baloncesto en cuanto a control de situación. Y ello es debido a la responsabilidad de lo que podríamos dar en llamar amplificación del juego. Al hecho de que difícilmente un reboteador, un taponador, un mero tirador o cualquier otro ejemplo de especialismo será susceptible de trascender los límites de la experiencia ordinaria. Si en cambio la condición pertenece al jugador all around en sentido extremo la dimensión de control de pista, de ensanchamiento de potencias, adquiere su más pleno sentido. Un estado neurofisiológico que procesa altísimos volúmenes de información compleja de manera clara (precognición). Eso era Magic Johnson en fase de flujo, una proyección transitiva que convertía en favorable la actividad de su entorno. Y este milagro es en rigor una manifestación mucho menos común que la manida falacia de “mejorar a los compañeros”.

Y sin embargo es por ese mismo encubrimiento que para reconocer la fase de flujo resulta más sencillo acudir a la más visible de todas las facetas: la migración al aro como una incesante secuencia de aciertos. Es ahí donde The Zone admite sin duda la trascendencia de los límites ordinarios, donde la escala abre infinidad de lapsos de tiempo. De los 8 puntos en 11 segundos de Reggie Miller en 1995, los 16 pts/94” de Isiah Thomas en 1984, los 13 pts/35” de Tracy McGrady en 2004, los 16 puntos/120” de LeBron James en 2009, a duraciones medias tipo 25 pts/cuarto de Isiah Thomas en las Finales de 1988 a prolongaciones mucho mayores en veladas de plena inspiración.

En este último apartado la versión más anotadora de Kobe Bryant ha dado innumerables capítulos, siendo la noche de sus 81 puntos en 2006, y muy especialmente sus 27 en aquel tercer cuarto –7/11 (T2), 4/4 (T3), 1/1 (T1)–, una experiencia óptima en rigor, allá donde “la conciencia se funde con la acción (…) y las tareas más complejas se realizan con un gasto mínimo de energía mental” (Goleman, 148).

Esta especie de espontánea naturalidad era uno de los grandes misterios en el juego de Drazen Petrovic, otro ensayo de difícil demarcación entre el flujo y la aptitud maestra.

Asimismo las reacciones de los tocados por la mágica varita son de muy diversa naturaleza. Que no haya, según los estudios, interferencias emocionales en esos periodos de absorción maestra no impide la disparidad de respuestas. Y ello no es debido exclusivamente al carácter de los protagonistas. Importa el momento decisivo donde el flujo acontece. Eso explica los fascinantes últimos minutos de Michael Jordan en las Finales de 1991. A medida que el anillo se acercaba, a medida que la consumación última de años y años de trabajo, a medida que la superación de repetidos fracasos quedaba finalmente a la vista Jordan fue presa de una inusual agitación en todos y cada uno de sus movimientos y reacciones.

En plena fase de flujo el mejor jugador del mundo presentaba, pese a las apariencias, uno de los momentos de concentración más intensa de toda su carrera, producto de la cual terminó acertando un inverosímil no look shot que podía no tener validez legal pero sí probar su incandescencia cerebral. Mientras el jugador que aparentemente había dado un paso al frente era John Paxson a través de 10 puntos decisivos no había el más mínimo rastro en Michael Jordan que permitiera un desenlace distinto al que finalmente se produjo.

Aquel fantástico episodio de control de situación volvería a repetirse innumerables veces, la más célebre de las cuales tendría lugar siete años después en torno al último centenar de segundos ante Utah Jazz en las series de 1998. Era una posición absoluta de mando. Canasta cuando había que anotar, robo cuando había que impedir y finalmente, como el momentum por excelencia, control del tiempo y dagger shot con un recreo total en el acierto (resonancia de los brazos arriba) motivado por el suceder exactamente como el cerebro había previsto.

Al término de un flujo pleno y compacto suele sobrevenir la exhibición de la recompensa final como una brutal sacudida, en forma de acting out. Así asistíamos entonces a un Jordan fuera de sí mostrando al mundo sus dos manos alzadas formando un seis. Emergía entonces a la superficie con la misma fuerza que segundos antes había penetrado a su núcleo.

En el lenguaje no verbal Jordan nunca fue un jugador especialmente extrovertido. Lo fue a un grado superior a Larry Bird y ambos a escala muy inferior a Magic Johnson, el más térmico de todos.

Este asunto de la temperatura gestual se adentra mucho más de lo que parece en terrenos invisibles. Goleman incide en el fantasmagórico rastro cerebral durante el estado de flujo, protagonista, según apunta, de un predominio del frío en los circuitos neuronales, de una disminución de la actividad cortical y, en suma, de un paradójico sosiego cuando el cerebro está trabajando en la zona cúspide de su eficacia (Kairós, 148). En esos momentos es cuando inteligencia y cuerpo forman una sola realidad. “El talento kinestésico manifiesto en la fluidez y la gracia corporal de Martha Graham o de Magic Johnson” (Kairós, 67). En suma, aquello que Csikszentmihalyi sugería como la alegría del movimiento. O tal vez sería mejor como simple y pura alegría. “La alegría es la emoción más valiosa. Y la más efímera. Nunca dura lo suficiente como para verse harto. No se juega para alcanzarla, sino para reproducirla” (Psicobasket, CXXIII).

Flujo y pulsión de juego. Más allá de la técnica. 

Todo gran jugador de baloncesto atraviesa a lo largo de su vida deportiva tres fases que, por lo general, se suceden con la experiencia de los años. Un primer periodo, hormonal y como apasionado, venal y sin resortes de control madurados, que es posible referir como pulsión física. Son esos años donde la energía del cuerpo en plenitud se impone a lo demás.

A esa etapa propiamente juvenil sucede la llamada pulsión técnica, donde las herramientas del juego ocupan un rango notablemente superior al influjo muscular. La pulsión mental, encargada de las sinergias, ya está viva en ambas fases. Pero es tan sólo gracias a ésta que el talento alcanza a conquistar la última y más elevada fase deportiva: la pulsión de juego, esto es, el conocimiento pleno, la sabiduría, el desarrollo sostenido de la intuición, la experiencia y el entendimiento, la optimización final de los recursos, la inmersión a la esencia lúdica del juego, el dominio en estado puro. Este terreno superior, el de la aptitud maestra, es el único vestíbulo posible para entrar en flujo. Lo demás será, a lo sumo, pura casualidad.

Porque el flujo es virtualmente la más alta representación de la sabiduría sea cual sea la actividad ejemplar. “Magic Johnson enseñó al mundo la existencia de un plano muy superior a la técnica. Un plano que se vale de ella. Pero que al mismo tiempo la oculta. Se trata de un terreno vedado a la mayoría de jugadores. Un plano de ejecución al alcance exclusivo de la condición del genio” (La Magia Eterna, 2009).

Unos pocos ejemplos son justos para entender la prodigiosa realidad de un tramo vedado a la mayoría.

Gonzalo Vázquez: El último trago de Joe Bird


A pasos cortos y pesados el batallón ascendía con sigilo la falda de la colina, a cuya cresta asomaba ya la primera de las tres líneas. Joe ocupaba la segunda, encogido, pegando a las costillas el metal del Garand y aguardando la orden de abrir fuego. Sabían del silencio de los M40, a unas dos millas atrás, como el preludio al ataque conjunto, cuando había que apretar el cuerpo y rugir con el fusil para no escuchar nada. Una señal delantera les detuvo, como si la avanzadilla divisara ya las curvas del Yalu. A unos metros a su izquierda Johnny temblaba. Congelaba su rostro una mueca de miedo y cada paso era un tormento. Un ligero ademán de Joe reclamó su atención enseñándole seguidamente los dientes en señal de fuerza, como cuando el muy animal sellaba en los barracones los broches sueltos. De pronto, sin previo aviso, el cielo se encendió y una violenta sacudida lanzó a todos por los aires. No supo cuánto tiempo quedó inmóvil, aturdido y ciego, tendido de espaldas en la tierra yerma sin que el zumbido en los oídos remitiera. Lentamente le despejaron los gritos, un hedor pesado, una segunda explosión al otro lado y, ahora sí, el tronar de los tanques en la retaguardia. Y cuando no sin esfuerzo pudo por fin incorporarse su mano izquierda tocó algo blando, una cubierta rugosa de tacto familiar. Era el uniforme de Johnny. Sus ojos miraban inertes al cielo. Por debajo del pecho no había cuerpo, no había nada salvo un puñado de hebras macabras, como cabellos gruesos que serpenteaban atraídos por la tierra. Y sólo entonces deseó con todas sus fuerzas no haber nacido.

En un segundo se enderezó como un resorte. Casi salió despedido de la cama, jadeando a estertores. Georgia, a su lado, abrió los ojos. Tampoco es que durmiera mucho últimamente. El que no lo hacía era Joe. Hasta temía el sueño. No recordaba cuándo fue la última vez que pudo dormir sin que le asaltara la misma escena, la misma pesadilla, el mismo horror. Georgia alargó la mano a su espalda reprimiendo un ‘cariño’ que, tanto lamentaba, hacía mucho que Joe no merecía. “¿Otra vez? Anda, duérmete, no es nada”. Un sudor frío le empapaba mientras suspiraba por recobrar la vista, por reconocer la oscuridad de la habitación. Porque los ojos sin vida de Johnny seguían allí. No se iban nunca.

De tanto repetirse este trance, aquellas crisis nerviosas que podían estallar en cualquier momento, de hasta sentirle llorar encerrado en el baño, Georgia se había cansado de sugerirle que acudiera a un médico. Alguien que lo viera. Pero Joe ni respondía. No era hombre de médicos. Sólo de una tozudez sobrehumana que alguna vez pudo causarle un disgusto. Una mañana, en la obra de Louisville, le cayó al tobillo un mazo de grandes dimensiones. Joe se retorcía de dolor en el suelo pero reprimía el menor gemido. Fueron los compañeros quienes le encontraron allí tendido. Hicieron falta tres de ellos para quitarle la bota. Su pierna terminaba en un enorme bulto rojizo que figuraba quedarse allí para siempre. Decidieron llevárselo al hospital. “Al primero que me toque —amenazó señalando al pie— esto le parecerá una broma”. El capataz lo mandó a casa. Al día siguiente allí mismo estaba, al pie del cañón, canturreando como si nada. No sería hasta meses después que desapareció la cojera. El dolor mucho antes. Lo combatía con la risa, como le había enseñado su padre.

Pero Joe había cambiado mucho. Bien lo sufría Georgia. Como si algo hubiera deshecho a pedazos al hombre que le había cautivado años atrás en la factoría de calzado de Paoli, donde se conocieron y prometieron en matrimonio. Joe se había traído de Corea un raro trastorno que sólo ella padecía en silencio. Porque conociéndole ya se encargaría él de que ni el aire lo supiera.

En poco más de una hora Georgia ya estaría arriba, madrugando más que el alba como hacía a diario. Levantarse, vestirse, preparar el desayuno, llevar a los niños al colegio y calzarse el delantal en Villager, un pequeño restaurante donde servir a los vecinos que tenían la suerte de sentarse a comer en los descansos de Kimball, Jasper y alguna otra factoría de los pueblos cercanos.

French Lick era el más pequeño de todos. Una villa menuda y simple. Valle abajo unas pocas casas salpicaban la llanura al otro lado de la cual, no más de una milla, West Baden Springs hacía de reflejo, como una gota de agua rota en dos al caer al suelo. La vida en aquel rincón del sudoeste de Indiana era sencilla porque de complicarse algo más podría no haber vida. El condado de Orange era el más pobre del estado. Eso decían los informes que allí no llegaban, que nadie allí conocía. En un ambiente rural y familiar la existencia en French Lick se limitaba a trabajar para poder comer. Salvo dos o tres familias el resto no tenía más que lo que llevarse a la boca. Nadie en un pueblo que no alcanzaba al millar de vecinos recordaba la vida de otra manera. Hacía tiempo que la economía del área había perdido la fuerza del campo y los aires de bonanza tras la guerra no querían llegar hasta allí. De no ser por la pequeña industria colindante French Lick sería un pueblo fantasma.

La familia Bird no podía explicarse sin ella. Georgia Kerns era fuerte, una estaca casi rocosa, de mejillas encendidas por un rosado barniz que combatía el aire duro de las Lowlands del que también parecían protegerse sus ojillos hundidos. Era una de esas hembras del bajo Indiana que agradecían el paritorio como un descanso. Podría haber alumbrado a cualquiera de sus hijos en la pila de la cocina y amamantarlos mientras fregaba. Georgia era víctima de un inquebrantable recato, del orgullo firme ante la desdicha, lo que suponía silenciar hasta la tumba las muchas miserias de la vida diaria con el pudor de la clausura. Una tarde, Amy, la mujer de los Reynolds, desde la ventana de la cocina y su ventajosa posición de centinela, viendo jugar a los Bird en el rellano, sospechó de la extremada delgadez de Larry y Linda. Unos minutos después se presentaba en la puerta. “Georgia, ¿no necesitas nada? No te dé vergüenza, mujer”. Pero ella negaba con la cabeza devolviendo una sonrisa mientras secaba las manos en un delantal que alguna vez tuvo color. Si tres tomates eran pocos para la ensalada de los niños ella no cenaría.

Georgia trabajaba como camarera, cocinera y limpiadora. Pero nunca gastaba en ella. Todo era para los pequeños. Si hubiera contado las horas que pasaba trabajando cada semana le habrían salido no menos de cien. Pero ella no contaba las horas. Contaba los dólares que rara vez llegaban al centenar cuando el gasto para dar de comer a los críos no bajaba de 150. Por eso cuando alguno de ellos llegaba con alguna prenda rota se las arreglaba para enmendarla con alguna de las suyas. Y cuando la cosa se torcía de veras era frecuente verla subir calle arriba, al otro lado de la escuela, en dirección a casa de mamá. Unas veces sola, otras con los niños cuando Joe hacía la vida imposible. “Toma, no digas nada y cógelo”. Lizzie Noble Kerns le hacía entonces entrega de un pequeño fajo que conservaba el arrebujo del monedero. La escena se repetía siempre en la cocina mientras los pequeños revoloteaban en la salita, sin un abuelo al que deleitar y que de haber estado allí no se privaría de gruñir algún recado para Joe. “¿Dónde anda ese pájaro? ¿Ya le han echado otra vez?”. Y Georgia, avergonzada, bajaría la mirada en silencio.

Mike, Linda, Joe, Mark, Georgia, Larry.

Cuando el pequeño Eddie vino al mundo Mike, el mayor, tenía catorce años, Mark trece, Larry diez, Linda nueve y Jeff tres. Georgia no contravino su naturaleza como ninguna mujer podía hacer. Sólo que las cosas llegaron así. Y Joe apenas la tomaba. La última vez que lo hizo se quedó dormido a medias mientras ella pegaba el morro a la almohada para evitar aquel pestazo a whisky.

En cuanto los críos levantaban dos palmos del suelo había que ayudar. Cualquier cosa valía. Una mano de pintura en el cerco de un vecino, el césped de un jardín perezoso o el embaldosado cojo de la capilla. A veces los mozos bajaban hasta el hotel, donde el mantenimiento brindaba siempre alguna oportunidad. Y los muchachos que la perdían hacían entonces de sabuesos en el primer contorno del bosque a la caza de pelotas de golf que luego revender por unos centavos a algún huésped generoso. “Vamos, largaos de aquí. Dejad libre la entrada”. Había que andarse listo.

El hotel había perdido el esplendor que sólo los más viejos del valle de Springs recordaban. Pero seguía siendo el orgullo del pueblo, a cuyos pies, en el cruce ferroviario de Southern y Monon, el alcalde irlandés de Indianápolis Thomas Taggart lo había levantado en 1904 con el excedente que brindaba la industria cervecera de Indiana. Durante la primera mitad de siglo el edificio, de seiscientas habitaciones, había alojado a incontables millonarios procedentes de toda la nación en busca de aquellos baños termales que anunciaban con ribetes los tabloides en sus páginas de lujo. El éxito del hotel animó a Taggart a fundar también allí la Pluto Water, una factoría de agua mineralizada que durante años se vendía masivamente como elixir de juventud procurando así empleo a decenas de familias en el condado, feliz por la agitación del hotel y sus continuas reparaciones. De una de ellas había sido testigo el padre de Georgia, John Riley Kerns, a quien el pueblo celebraría por la propina de 100 pavos entregada en mano por Al Capone ante la atenta mirada de sus cinco escoltas. Y si bien toda aquella prosperidad quedaba ya muy atrás aún caía de vez en cuando alguna visita de prestigio. La última, murmuraban los vecinos, del Gobernador de California, un tal Ronald Reagan.

Otra pequeña fuente de ingresos a contar en centavos era el billar de Shorty Reader, una divertida ratonera donde los jóvenes del pueblo mataban el poco tiempo libre. Shorty era muy espabilado y negociaba hasta con el aire, un diminuto demonio buen amigo de Joe con quien había ido a la escuela y que se las había arreglado para montar aquel negocio y ganarse la vida. Por ese aprecio de la cercanía diaria Shorty se ocupaba de que los chavales, sobre todo los que nunca sostenían un taco, tuvieran un cuarto en el bolsillo o en su defecto un refresco que servirles del fondo de las botellas, cuando el gas se había largado. “Toma, vete al mercado y tráeme esto”. En el billar nunca faltaban chiquillos mirones y vacíos. “¿Ves el suelo de la despensa? Pues quiero que brille como esta bola”.

Pero lo que verdaderamente encendía a los chicos eran unas ristras de papel que Shorty disfrutaba en descubrir los viernes por la tarde con el local repleto. Las izaba y sacudía en su mano derecha como un cebo irresistible. “¡Eh, muchachos! —vociferaba— ¿Queréis ver lanzar a canasta a McCracken y Pruett? ¡Tengo entradas desde cinco centavos!”. Los más afortunados se hacían con ellas sin reparar en que al día siguiente deberían buscarse la vida para un trayecto que nadie les aseguraba.

Shorty dejaba al cargo a un mozo de su confianza cada vez que tenía que subir a Norhtwood. Y esto era lo que más gustaba a los Bird. Que Shorty los montara en el Volkswagen, a veces siete u ocho críos, hipnotizados por la radio del coche y aquella espectral voz contando el partido de los Cubs. Al atravesar la comarcal que cortaba la colina Larry pegaba el hocico a la ventanilla poniendo ojos de lechuza mientras divisaba con gran curiosidad las llanuras de un mundo que ignoraba por completo. Y lo mismo cuando papá se hizo con un viejo Corvair en el 64. En el asiento de atrás se apretaban Mike, Mark, Linda, el pequeño Dave Qualkenbush y él. Con el paso de los años aquellas travesías al norte también se perdieron, como las dulces miradas entre Georgia y Joe.

Larry era el menor del primer grupo de hermanos. El más inocente y escuálido, el que callaba a las órdenes de Mark y Mike, el que gozaba de su seguridad y temía su fuerza, sobre todo sus pescozones, que rascaba contrariado en el cogote cuando alguno de ellos no daba con él en el suelo. Larry quedaba a cargo de ellos cuando papá y mamá trabajaban, que era como decir siempre que no estaban a las faldas de la abuela Lizzie.

Esperando a Shorty, allá en Northwood, se metían a batear al campo de golf antes de que Jason, el guarda, que siempre andaba de mal humor, los pillara y echase de allí a patadas. “Cuando os coja veréis, malditos. No volveréis por aquí”. Pero Jason, gordo y torpe, se agotaba enseguida vociferando siempre la misma amenaza. “¡Ya hablaré con Joe! ¡De ésta no pasa!”. Y ellos, sin mirar atrás, corrían hasta el coche dominados por la irresistible sensación de la diversión prohibida. Rara era la tarde que tenían la suerte de reunirse seis para el partido de béisbol, las más de las veces, en un descampado de unas cincuenta yardas a la espalda de casa, donde mamá prefería que estuvieran a pesar de que a los chicos les disgustaba jugar entre los montículos de hierba crecida, donde Larry solía engancharse y caer al suelo ante las risas del resto. El campito tras el jardín daba a la ventana de la despensa y más de una vez se cargaron el cristal. Como no podían pagarlo y el destrozo estaba hecho acabaron tapando el ventanuco con una triple capa de cartón que resistía los pelotazos.

Larry.

Si Larry jugaba mal sus hermanos la tomaban con él. Pero cuando cumplió los diez años se sentía capaz de responder a los pescozones y hasta apretar sus puños antes de lanzarlos con fuerza al rostro de ellos. Porque se pegaban. Se pegaban mucho. Y no era infrecuente que el pequeño llegara a casa con un ojo morado. Si no salía el culpable y pedía perdón Mark y Mike terminaban con la cara morada también.

Ya era un hombrecito. Por eso empezó a añorar la compañía de sus hermanos cuando salía con el bate a solas para golpear contra el muro una vieja pelota de tenis que había olvidado rebotar. Y así seguía y seguía mientras hubiera luz hasta que sus bracitos, doloridos, le pesaban lo bastante como para entrarle ganas de sorber la sopa en la cena antes que levantar la cuchara. “¡Larry!”, le fulminaba mamá si lo intentaba. Los domingos, tras las misa a que Georgia les llevaba como pinceles, volvían a juntarse todos no sin antes cambiarse y dejar la ropa doblada sobre la cama, como un uniforme que lucir una vez por semana.

Linda y Larry compartían habitación. Nunca se preguntaron cómo una habitación podía ser pequeña en el campo. Solamente por qué la compartían. Peleaban mucho. Larry no soportaba que su hermana le dijera lo que tenía que hacer. Y a menudo, cuando las riñas no tenían fin, Georgia, que no sabía quejarse, le pegaba un tirón del brazo y se lo llevaba como un pajarito a casa de la abuela, lo que en el fondo el astuto rubejo agradecía para poder gozar de espacio y dormir en paz.

Una tarde de visita familiar a casa de su tío en Hobart, a unas tres horas al norte, Larry, asediado por el aburrimiento, salió a dar una vuelta. Al rato se cruzó con unos muchachos algo mayores que le reclamaron. “Oye, ¿juegas? Nos hace falta uno más”. Por un momento creyó que batearía como un hombre pero enseguida vio un balón castigado bajo un sobaco. Algo contrariado Larry se unió a ellos y en un rato andaba corriendo entre unas canastas retorcidas por las heladas. Cuando sintió que era su turno lanzó el balón desde unos metros con la suerte de acabar dentro. A la siguiente se animó otra vez con el mismo resultado “Vaya —se detuvieron—, tú debes ser el mejor jugador de ahí abajo”, que era como se referían a las villas del sur. “¿Y dónde juegas?”. Y Larry se encogió de hombros porque a sus trece años no lo hacía en ningún sitio. “Oye, ¿por qué no vuelves la semana que viene? —se despidieron— Aquí mismo nos encontrarás”. Y nada prometió.

Pero de vuelta a casa le invadió un sordo orgullo por lo hecho resolviendo en adelante practicar más a menudo, prendándose aprisa por aquel juego que parecía dársele tan bien. Tanto como que su siguiente visita a Hobart el técnico del instituto, Jim Jones, lo hizo suyo enseñándole en lo sucesivo todo cuanto un jugador debía conocer. “Hijo, aprendes rápido. Tienes algo que no he visto antes en ninguno de mis muchachos”.

Linda, Mike, Larry, Mark.

Y Larry empezó a ocupar su tiempo en eso. Hasta levantarse a las seis de la mañana y practicar antes de las clases, tras las que luego seguiría hasta terminar agotado. Y como lo hacía en las pistas cercanas al Villager, al cabo allí se presentaba para que mamá le aliviara la sed con un refresco. “¿Quieres algo de comer?”. Si no era allí lo haría horas después en Flick’s, la otra taberna donde Georgia abatía la jornada. Para no incomodar demasiado ella sacaba cinco o seis pavos de propinas dos de los cuales dejaba a la vista del encargado sobre el mostrador. Al volver a la mesa Larry estaba ya con la boca llena. “Cuánto dinero tienes siempre, mamá”. Y Georgia sonreía mesándole el ribete rebelde de la coronilla. Larry no había visto dinero en su vida, como cualquier chico del pueblo cuyo mundo se limitara a unas cuarenta millas a la redonda.

Pero cuanto más crecían menos veían a papá.

Y eso que Joe era muy popular en todo el condado, uno de esos tipos capaces de animar un funeral. Divertido, bromista y lenguaraz siempre tenía dispuesta alguna ocurrencia que avivar la sonrisa en compañía. Si la vida hubiera consistido en complacer Joe no tendría rival en French Lick. Pero la vida era otra cosa y en el pueblo todos conocían su mayor problema. Los trabajos le duraban muy poco. Había hecho de carpintero, de pintor, de zapatero, de surtidor en una gasolinera, de camionero, de lo que hiciera falta pero de todo un poco. Gustaba de contar maravillas de sus empleos al acabar la jornada. Pero esto no solía durar mucho. Luego ocurría siempre algo que daba con él en la calle. Era como si todo lo grato que Joe resultaba a sus compañeros lo fuera en sentido fastidioso a sus jefes. “Bird, por qué no cierras el pico, ¿amigo? Me estás empezando a cansar”. Y Joe culminaba el azote con una de esas bromas diríase inconvenientes. Georgia nunca preguntaba porque él prefería no contar nada. Únicamente sabía del desenlace cuando, de pronto, lo encontraba en casa a deshoras, hundido en el sofá frente al televisor. “¿Has cenado? ¿Quieres que te prepare algo?”. Joe no respondía. Le habían despedido.

Para un urbanita que arribara al pueblo Joe sería una rara mezcla de hombre y animal silvestre. Un tipo rudo y transparente, sin vuelta de hoja. Un puro nervio de humor desbordante que sólo podía explicarse en aquel rincón del mundo. Para Georgia había en Joe un despilfarro de voluntad sin control. Ponía una excesiva fuerza en todo cuanto hacía. Y si causaba algún daño reaccionaba con una carcajada a la debilidad.

En los buenos tiempos, antes de los traumas que ahora le afligían, Joe trabajó un largo periodo en la Kimball, una fábrica de pianos de la que decía sentirse orgulloso. Antes de acostarse los niños solían arremolinarse en torno a él y Joe les contaba historias de teclas y cuerdas, de barnizados y patas, de macillos y pilotines, de palancas y grapas. Y los muchachos, que apenas entendían nada, se quedaban hipnotizados viendo cómo padre agitaba las manos en el aire y hasta llegaban a imaginar un piano entero sin que ninguno de ellos hubiera escuchado nunca una sola nota.

La abuela Lizzie y Georgia Kerns tras Larry, Linda, Mark y Mike

Cayendo una tarde Joe reunió a la familia frente al televisor anunciando que uno de sus pianos saldría en alguno de aquellos shows de la renacida América. Con el paso de las horas el entusiasmo inicial se fue apagando sin que nada parecido a un piano apareciera en pantalla. Georgia no dijo nada. Entrada la noche, cuando el canto de los grillos se colaba por la ventana, se levantó y fue acostando a los niños, que llevaban un buen rato dormidos. “Vaya, igual no han podido llegar a la fábrica”. Porque Joe era inocente, la viva imagen del campo y su natural sencillez.

Por eso mismo, o por haber renunciado de muy joven a la educación alistándose en la Marina, en casa había resultado un desastre. Un pedazo de energía sin fuste ni la menor habilidad de hacer familia a una mujer decente. Había hecho lo posible por los niños, que le adoraban. Pero no sabía cómo amar a su esposa, cómo hacerla un poquito feliz, como si sólo bastara su conquista, como si Georgia le fuera también un empleo.

En los últimos quince años se habían mudado varias veces de French Lick a West Baden y al revés. Algunas veces por el alquiler, otras por una mejor caldera o por el escueto deseo de Georgia por una habitación o una ventana. “Aquí entra el sol y no el viento. Me gusta para los niños”. Y cada vez que se mudaban los críos echaban una mano formando una pequeña tropa. Mover muebles, pintar paredes, arrancar y poner papel y esas cosas que la fuerza de Joe apresuraba. La última vez que regresaron a French Lick fue por la estufa, como una pipa gigante de metal en torno a la que se había levantado una casa. “Aquí estaremos mejor”. Pero no contaron con algún inconveniente. La estufa encerraba la maldita manía de atragantar algún pedazo de carbón vomitando lengüetazos de humo como si la casa empezara a arder. “Joe, Joe, despierta, los niños…”, le sacudía Georgia en la cama. Y como siempre ocurría de noche había que levantar a los niños, sacarlos de allí y esperar a que Joe volviera las cosas a su sitio. Afuera, medio dormidos, cubiertos por un par de mantas y pegados como polluelos, los hermanitos se preguntaban cómo padre era capaz no ya de abrir los ojos sino simplemente de respirar en aquel infierno. Los inviernos eran muchas cosas. Pero una de las más persistentes, la que todos conservarían para siempre, eran aquellas atroces esperas a la intemperie.

Joe nunca tuvo mucho tiempo para los críos. Y cuando lo tenía los educaba en los valores de la fuerza, como él había sido educado. Jugaba con ellos al fútbol, haciendo de quarterback y enviando un pase a Mark, luego otro a Larry y así con todos. Y cuando uno de los niños quedaba a solas con él le decía: “Eres mejor que ellos, demuéstraselo”. Y así el pequeño, encorajinado, se mordía la punta de la lengua y salía disparado como un pececillo. En casa Joe solía repetirles siempre la misma orden. “Ya podéis mirar unos por otros. Como me entere que no lo hacéis será mejor que ese día no volváis a casa”. Y como Joe no era muy de monsergas coronaba el asunto levantando en brazos al pequeño Eddie, al que adoraba por encima de todos por saber que era su último pedacito de sangre.

Pero Joe había cambiado mucho desde el despido en Kimball. En realidad lo había hecho mucho antes. El hombre se traía algo más allá que los niños no entendían. A base de encargos y chapuzas estaba de suerte si alcanzaba los 120 pavos a la semana. No era que fuese insuficiente. Era que Joe tenía la mala costumbre de deshacerlos en la taberna de Selby. “Esta ronda la pago yo”. Debía ser la tercera o la cuarta. Y era Qualkenbush el único que trataba de prevenirle. “Joe, déjalo. Has gastado ya bastante”. Pero Joe, que se calentaba enseguida con los primeros tragos, apartaba a su amigo con el brazo mientras improvisaba la enésima chanza que provocaba las risotadas del resto. En la taberna de Selby no cabían las penas. Y si lo hacían, callaban muy al fondo del pecho, que era donde Georgia encerraba la suya. Soportaba mejor que Joe llegara borracho a que lo hiciera con los bolsillos colgando. Cómo era posible que no pensara en los niños.

Casa de los Bird, el 983 de French Lick.

Las cosas fueron a peor cuando Joe empezó a estirar carreteras tierra adentro para una constructora de Louisville. Georgia le preparaba entonces una bolsita con alguna comida y un par de prendas duras que luego volvían hechas jirones negros. Su marido se largaba el domingo por la noche y no regresaba hasta el viernes a última hora. Y cada vez que lo hacía aparecía más y más chupado. Para entonces el alcohol le consumía por completo, lo que era aún más visible en la época de lluvias, cuando el trabajo descendía. Entonces apenas pisaba la casa más que para caer a plomo en la cama, a la que llegaba dando tumbos entre la oscuridad. Al día siguiente unas partidas a la herradura y de cabeza a la taberna de Selby. Eso era todo. Georgia tomó la decisión de enviar a los pequeños a casa de la abuela los fines de semana, como si los hubiera tenido que sacar del estado. Cualquier cosa con tal de que sus hijos no vieran así a su padre ni fueran testigos de las discusiones que para entonces eran diarias.

Con todo el dolor de su alma Georgia no pudo más. “Quiero el divorcio”. Como si en el fondo lo entendiera Joe no opuso resistencia y acabó mudándose a la casa de sus padres. Por un tiempo Joe creyó que las cosas allí, en el viejo hogar de su infancia, podrían enmendarse. Pero la soledad, los continuos baches para salir adelante, la ausencia de Georgia y la cada vez mayor de sus hijos le hundieron en una depresión que redobló los trastornos del sueño y las visiones de guerra, encontrando en el alcohol al único aliado con que combatir una vida que al cabo perdió todo sentido. Un corazón fatigado y una cabeza enferma difícilmente hallarían solución cuando se despertaba aullando en mitad de la noche ocultándose bajo la almohada para no despertar a sus padres, que ninguna culpa tenían de su fracaso como hijo, como marido y como hombre.

Con el paso de los meses Joe comenzó a tener serias dificultades para afrontar la manutención de sus hijos a que legalmente estaba obligado. La visita del pequeño Eddie en las Navidades del 74 estuvo cerca de traumatizar también al menor de sus hijos —“Papá, vuelve”— porque nada causa más daño a un hijo varón que el llanto de un padre deshecho.

Sin él Georgia intentó salir adelante con todas sus fuerzas. Jornadas de hasta dieciocho horas en dos y tres trabajos que resultaban insuficientes, incluso con la ayuda de mamá, para hacer frente a los gastos de la casa. El retraso en los pagos era una soga que apretaba el cuello a diario. Y Georgia se vio en la terrible necesidad de elevar la demanda. Ella no sabía de las cuentas de Joe. Si éste pagaba religiosamente su debe le quedarían no más de veinte dólares por semana. Pero no había más remedio.

Una tarde, sabiendo que Georgia no estaría, Joe se presentó en casa para poder abrazar a sus hijos. Qué crecidos estaban. Larry era ya un mocete que le sacaba la cabeza y asomaba vello duro en sus lechosas mejillas salpicadas de granos. Hasta había abierto un día la portada del diario local con sus prodigios en el equipo de Springs Valley. “¿No has visto lo que hizo ayer tu hijo? —le confiaron en Selby’s— Tu Larry es un hoosier de verdad”. Y como antaño Joe les reunió a todos en la salita. Tenía algo importante que decirles. “Hijos, me voy a quitar de en medio. Y eso os va a ayudar a todos”. Ninguno dijo nada. No entendían exactamente qué quería decir. Sólo lamentaban que ya no moviera las manos, enjutas y apagadas, como cuando construía pianos en el aire. A ratos se le trababa la lengua y sólo los mayores no ignoraban por qué. “Decidle a mamá que la quiero”.

Y aunque tristes y confusos eso harían los chicos. Informaron a Georgia de la visita de papá y todo cuanto les había dicho. “No le hagáis caso —objetó ella con ganas—. ¿No sabéis lo bromista que es? No dice más que tonterías”. Georgia había perdido también el buen porte y andaba molesta con Larry, al que llegó a retirar la palabra cuando volvió a casa fugado de la Universidad de Indiana dando al traste con la única alegría familiar en años. Para colmo Larry cambió los libros por la recogida de basuras y hasta había dejado de jugar. Los muchos reveses habían endurecido aún más el semblante de una mujer de piedra.

Con la ayuda de sus padres Joe se puso al corriente de los pagos hasta que en enero un nuevo retraso se le echó encima. No eran más que dos semanas pero ya era reincidente. A solas en casa, cuando aquella mañana abrió la puerta, Joe no vio a dos policías. Vio a su viejo amigo Frank, tan corpulento y rosado como siempre, y un joven espigado que lucía el uniforme con el orgullo del novicio. Por aquella nariz debía ser el primogénito de los Nobles. Frank se llevó la mano a la gorra antes de decir nada. “Joe, no nos pongas las cosas difíciles —el sargento sabía que no hablaba al hombre que años atrás había conocido—. Pero tienes que venir con nosotros”. Ahogando un suspiro Frank aún tuvo tiempo de una última observación. “Tienes un aspecto horrible”. Joe tragó saliva improvisando algo que pudiera hacerle salir del atolladero. Por nada del mundo quería la cárcel. No por él. Sino por la vergüenza de sus hijos. “Espera, Frank, espera amigo mío. Tengo… sí, tengo que ir a por ese dinero. Sólo os pido un par de horas. Al mediodía estaré listo. Lo juro”. Se hacía difícil mantener la vista intacta ante aquel balbuceo patético. “Dos horas”, le apuntó Frank con el índice al pecho antes de dar media vuelta.

Dos horas. Eso era todo cuanto valían los viejos tiempos.

Seguidamente Joe acumuló fuerzas para ejecutar un plan que ya tenía trazado. Se pegó un baño, se afeitó y arregló un poco, como ya no recordaba la última vez que lo hiciera. Salió de casa, cogió el coche y se acercó hasta la gasolinera del hermano de Georgia, donde estrechó la mano de su cuñado y los dos mozos con un escueto mensaje que parecía absurdo: “Hey, guys. I’ll see you later. It’s been great”.

De vuelta entró con aires renovados en la vieja taberna. “Selby, ¿cómo va todo, amigo? Ponme media pinta para llevar”. El bar estaba medio vacío y tampoco parecía muy entusiasmado con su presencia. Pero Joe seguía adelante como si nada, hasta esbozando la automática sonrisa del hombre que ha encontrado una solución bendita. No sentía ni el implacable frío del despuntar febrero.

En un rato estaba en casa. Cogió el teléfono y llamó al Villager preguntando por Georgia, que extrañada secó aprisa sus manos en el delantal antes de escuchar la voz de Joe. “Lo que voy a hacer te ayudará. A ti y a los niños. Te quiero, nunca te he dejado de querer”. Y la dejó con la palabra en la boca. Los padres de Joe, Claude y Helen, ya muy ancianos, habían llegado de la compra que desenvolvían en la cocina. Joe no les dijo nada y subió al piso de arriba donde tenía su habitación dejando atrás un portazo.

Minutos después del último trago rompía el silencio un disparo, nada extraño en un condado que alojaba cazadores a diario. El viejo Claude, medio sordo, viró los ojos a la ventana. “Ha sonado muy cerca, ¿no crees?”. Y siguieron a sus cosas. Una media hora después la patrulla de policía entraba en el recibidor. “Pasa, Frank, creo que Joe está arriba. ¿Ha ocurrido algo?”. Madre, preocupada, aguardó en el vestíbulo. Fueron los tres hombres quienes descubrieron a Joe tendido en el suelo sobre un charco de sangre y la macabra posición de un muñeco.

Por alguna razón la pequeña Linda corría calle arriba hasta casa de la abuela Lizzie. Cuando cruzó la puerta estuvo a punto de caer al suelo. Larry salió a su encuentro. Linda lloraba. Lloraba demasiado. Lloraba tanto que no podía hablar.

Cuentan que los ojos de Larry, que habían heredado la luz de los de su padre más que ningún otro de sus hermanos, se apagaron para siempre. Y de poco sirvió que la familia Bird percibiera entonces una pensión por la muerte de un ex combatiente de la Armada de los Estados Unidos, gracias a la que Georgia y sus hijos pudieron, por fin, salir adelante.

*Claude Joseph Bird (21 de septiembre de 1926 – 3 de febrero de 1975)

**Georgia Kerns (2 de junio de 1930 – 8 octubre de 1996)

Gonzalo Vázquez: Lazarillo de Goles


Entraba a las cuatro. Pero llegó a la una. Le habían despertado a primera hora. Nadie reparó en que anoche salió de trabajar otra vez a las tantas. “Oye, que Fran no puede venir esta tarde”. Sin rechistar, qué otra cosa podía hacer, cogió sus cosas, se preparó un bocadillo que malcomió a la salida del metro y allí estaba ya dándole que te pego al teclado. Más tarde supo que el tal Fran, por cuya amistad con el consejero delegado llevaba allí el tiempo que llevaba, había ido al Bernabéu con una de esas invitaciones semanales a repartirse entre los jefes que, se figuraba, tal vez le tocaran algún día.

El caso es que la mesa de redacción estaba un día más escuálida. Tres redactores para cubrir el temporal que acechaba aquella tarde. Tarde de Champions y Euroliga, partido de Nadal, las previas de la Fórmula 1 y las motos mas la obligatoria dosis diaria, convenientemente actualizada, de Mourinho, de Guardiola y secuaces a descubrir. Algo que los enfrentara, como se venía haciendo desde hacía ya ni se sabe, a puño limpio. Ponía en esto especial cuidado desde que, meses atrás, muy al poco de llegar, su primera reprimenda tuviera a ambos por motivo. Se habían dedicado elogios y él se limitó a exponerlos. Pues no, le dijeron. El buen rollo no vende. Y si se habían alabado era que mentían. Así recibió oportunas consignas que trabajar fuera de las comillas.

La reunión, editorial como la llamaban, duró apenas diez minutos. Fue un monólogo. El jefe no gastaba el mejor humor, no tomó asiento, llevaba la chaqueta en la mano y al poco desapareció de la oficina con un portazo. Los números, que por lo que el muchacho había oído triplicaban los del año anterior, habían bajado unos miles en los últimos días y la reunión terminó con una de aquellas habituales monsergas que ya no disimulaban el tono de amenaza: “Más vale que os pongáis las pilas”. Él no abrió la boca. Hacía tiempo que dejó de hacerlo. No porque quisiera. Sino porque dejó de tener sentido. Al principio proponía temas que estimaba interesantes. Pero la ilusión se fue apagando cuando ni una sola de sus ideas pasaba a la agenda.

Un día, al poco de empezar la temporada y casualmente festivo, tuvo por fin ocasión de escribirse unas líneas para explicar por qué el Levante estaba donde estaba. Pero las tuvo que escribir en casa. Esa fue su maniobra. Llegar a la oficina con el texto hechito, a ver si colaba. Le publicaron la pieza y cuando la vio estampada en la Home, no muy arriba, hasta hizo una captura que enseñar a sus padres. La siguiente vez que actualizó la página la pieza había desaparecido. De quince noticias once eran del Barça y el Madrid, otra de Torres en el banquillo, un video de unas muchachas en tanga, otro de un gol de Raúl y una movida de Guti en la noche turca. El alborozo le duró diez minutos.

Desde entonces ni un artículo más. Nada que él decidiera escribir. Se le habían quedado grabadas las palabras al cierre de un compañero. “Muy largo. Eso no lo lee ni dios. A quién cojones le importa el Levante. Como para ponerte a analizar no sé qué del juego. Tío, despierta”. No supo qué decir. Le costó horrores digerir que cinco párrafos fueran un texto largo. Nadie le advirtió de eso en la Facultad. Con lo que a él le gustaba escribir.

Pasadas las seis y media le atareaba ya el live de Nadal. El partido iba lento y tenía toda la pinta de coincidir con el fútbol. Veía la cosa de reojo porque le estaban entrando videos que calzar en la sección, no sin antes extraerlos, filtrarlos por la aplicación, buscar la captura que ilustraría cada uno, darles un título, quintuplicarlo en cada pestaña, añadirles un pie y publicarlos. Menudo ritmo llevaban. Como tres o cuatro por minuto.

En un abrir y cerrar de ojos la Champions se echó encima, como siempre, a toneladas. Era momento de ir al baño, orinar rapidito, llenar el botellín de agua y volver corriendo para recibir más órdenes. “Cógete el Milan y el Manchester”. Tenía que abrir otros dos lives. “Y el Bizkaia de basket, ya hago yo al Madrid”. Otro live más. Nadal retrasaba el saque. “¡Onces titulares, rápido!”. Encendió el monitor de la izquierda. Los dedos iban más aprisa que los canales hasta dar con el que ya mostraba el ambiente en San Siro. Encendió la radio sin recibir señal. Mierda, el enchufe. Se arrojó bajo la mesa entre una maraña de cables. “¡Titulares, joder!”. Se golpeó la cabeza contra la mesa. Le faltaban manos. Subió el volumen de la emisora y garabateó a mano las alineaciones que iban cantando entre la publicidad y que él repicaba como un eco mientras pegaba el oído a la pantalla. Sin darse cuenta se le había colado en el cajetín del Manchester un comentario del tenis. Había que borrarlo y pasarlo al otro, lo que la aplicación se tomaba con tranquilidad. Seguían entrando videos.

Al poco estaba en faena, con todo en marcha, todo en vivo, todo que contar. En esos casos cosía a monitores, radio, ojos, oídos y manos un hilo grueso, imbricado y voraz, como un gusano retorcido que chupara del cerebro hasta la última gota reduciendo el pensamiento a la misma ciega mecánica del vómito. Conocía bien ese trance. Tiempo, entorno y conciencia desaparecían. Era como sumergirse de cabeza a un estado subterráneo, oscuro y viscoso, donde ocupaba la percepción la inercia del autómata que ejecuta movimientos porque así está programado. Cada frase era un espasmo, un gargajo. Y si en la primera media hora llevaban sentido al poco se ignoraba si lo tenían. Así la última acción rossonera que acababa de volcar carecía de orden sintáctico y arrastraba dos o tres erratas. Daba igual. Era imposible retroceder. Un segundo atrás o una duda y el volumen de trabajo triplicaría por delante su magnitud.

Abismado en pleno vórtice le sobresaltó un grito sobre las voces de pantallas y radio. Era su compañero. “Que me digas las tarjetas, tío, ¿no oyes o qué?”. Se disculpó. Le llevó un minuto buscar los amonestados. Era lo más rápido que podía reaccionar y sin embargo nunca se sacudía la engorrosa sensación de retraso, de torpeza.

Cayeron los descansos. Pero él no podía levantarse. El tenis seguía adelante adentrándose en el quinto set. “Mete los videos que falten”, recibió desde la puerta. Bajaban a echar un cigarro. “Ah, y en cuanto termine Nadal sube los resultados del resto”. El muchacho tragó saliva. “¿De las chicas también?”. La puerta se cerró. El torneo andaba en sus primeros días. Eran no menos de treinta partidos.

Durante las segundas partes el calor aumentaba cinco o seis grados. Los nervios, el doble. Cuantas más cosas a la vez y mayor el caos más aprisa volaba el tiempo, impresión que poco aliviaba cuando a menor tiempo mayores aprietos se echaban encima. Un saque directo de Nadal ponía final al tenis casi cuatro horas después de empezar. No era el único. “Final en Roma, mete breve”. Un breve era una flash news que añadía al titular de la noticia una entradilla del tamaño de un tweet. “Final en Belgrado, 84-75”. Llevaban además su propia aplicación, que abrir aparte. Se hacían decenas y decenas. A veces centenares. Era la noticia reducida a la mínima expresión y el parpadeo dactilar de cada jornada. Por eso nunca daban tregua. No pasaban tres minutos sin facturar, al menos, uno. “Parece la máquina de Metrópolis”, soltó una tarde. La imagen pasó desapercibida.

Entraba el fútbol en su recta final cuando le sorprendió escuchar su propia voz, algo quebrada. No podía alcanzar a todo y en un momento de incertidumbre había perdido el orden de lo siguiente. “¿Meto los resultados ahora o espero a que termine el fútbol?”. No recibió respuesta. Los mismos apuros sofocaban a los otros dos. Siguió tecleando. Sólo que al poco los dedos empezaban a flaquear. Solía ocurrir. No eran los dedos lo que fallaba como no fallan los martillos. Sucedía que la cabeza reaccionaba al saqueo con sus propios límites y ante una oleada de tensión sin orden ni concierto los dedos presentaban repentinos vacíos en la ubicación de las teclas, como si de pronto el redactor flojeara en su mecanografía. Este era sin duda el peor momento. Sucumbir equivalía a tirarse del coche en marcha.

Había entonces que cerrar un instante los ojos, respirar hondo y luchar por volver la atención a su sitio, a todos a la vez y al mismo ritmo endiablado. Tenía la boca reseca. No recordaba ni haber bebido agua pero el botellín estaba exhausto. La calefacción tampoco ayudaba. En la oficina no había aire, sino un sucedáneo de electrones como le recordaban los latigazos cada vez que tocaba los monitores por si el volumen de algún otro competía con los suyos. “¿La crónica de Nadal?”. Resopló una vez más. Estaba con ella, que era lo mismo que abrir EFE y seleccionar a ciegas párrafos y párrafos que leer, si acaso, en otra vida.

Muy al principio, en sus primeros días, la relación con EFE, Europa Press o Reuters, la relación con las agencias, era natural. “Dale la vuelta”, le decían. Eso suponía desnudar el teletipo, leer lo escrito, comprenderlo y cocinar un poco la información recibida hasta hacerla propia. Enseguida entendió que aquella indulgencia se debía a una cortesía con el recién llegado, como para no asustarle. Cuando manos a la obra el tiempo inexistía todas las noticias se copiaban a bulto. Ahora también, pero la mitad o menos, no fueran a quedar muy largas. Esta circunstancia le había llevado alguna vez a pensar en absurdas consecuencias. Si en mitad de la crónica el escribano de agencia, por despecho o locura, se hubiera ensañado con la madre de Nadal así saldría publicado. Y ninguno de ellos lo habría visto.

¡Gol!”. Qué solidarios eran. Los goles se echaban encima siempre a la vez, como si les llamaran a comer en el peor momento. “¡Gol del Madrid… Cristiano!”. También a él le tocaban estos breves. “¡Gol en Milan!”, cantó él. “¡Gol del Liverpool!” (…) “¡Penalti… a favor del Bayern!”. Todos en tropel y en el preciso instante que subía a Nadal. Estaba terminando. Apuntó a lápiz los goles no sin antes preguntar dos veces quién había marcado en Anfield.

Publish, aporreó la pestaña como si al hacerlo con fuerza urgiera también a la máquina. Pero la máquina le hacía jugarretas. Oh, mierda. Se tostaba siempre en el peor momento. Recibía mal la emergencia de los dedos. “¿¡Cómo llevas la Euroliga!?”. Y en esos instantes de pantallazo blanco le invadía la culpa. Abría los dedos inútilmente, como dando aire al teclado mientras sentía el reojo de los compañeros, como una sospecha de vacación que le apuntaba directamente en mitad del incendio. “Vamos, vamos, por favor”, suplicaba al ratón.

¡Final en Munich!” (…). “¡Final en Marsella!” (…). “¡Qué le queda al Chelsea!” (…). También los finales caían a chorro como los goles. “Hostia, hay que meter esto”. Una coletilla que tampoco faltaba nunca al remate. Era oírla y saber que le tocaría a él. Entró por EFE. Alonso había dejado caer entre líneas alguna crítica al coche. No era gran cosa. De hecho nunca lo era pero con Alonso había que hacer por dónde, como con Guardiola y Mourinho, y más si cuestionaba a Ferrari. “Cógela tú”, como había previsto. No podía ser más inoportuno. Porque al concluir los partidos otra puntual cita comenzaba a desfilar. A las crónicas, los breves, los resultados, los videos y los directos en rueda de prensa que también tocaba abrir más esa irritante sección que llamaban La Polémica y que recogía apuros arbitrales que debían ilustrar una o varias capturas, todas a mano, se sumaba el incesante desfile de fotos que convertir en galerías y que entraban a ritmo como tres veces mayor que los videos. Fotos que seleccionar, fotos que descargar, fotos que abrir, fotos que redimensionar, que guardar, que publicar y que suplicar a la máquina en íntima oración. “¿Has metido los resultados en Twitter?”. Su silencio. “¡Joder, que luego nos echan la bronca!”.

El trance aquella jornada ni remitía ni parecía tener fin. Entre el caos de los monitores a pleno volumen con varias emisoras abiertas le pareció escuchar el teléfono, o varios a la vez. La oficina era grande. Pero aun jugándose el pescuezo habría sido incapaz de distinguir si provenía de algún anuncio en uno de los monitores, que arremetían elevando el volumen de la publicidad hasta el límite de lo soportable.

No supo cómo. Nunca lo sabía. Pero pasada la medianoche todo iba estando en su sitio. Las piezas, la cadena, el montaje, encajaban a golpes un día más. Un castillo de naipes que derrumbar en unas horas, a la mañana siguiente.

Los monitores fueron cediendo poco a poco. Ahora tan sólo era turno de los programas de radio, no fueran a decir algo que pudiera habérseles pasado. Sonó un teléfono. Ese u otro debían haber sonado cuarenta veces antes como un zumbido inaudible. Por eso el aparato insistía tanto, como malhumorado por no recibir respuesta. Se orinaba. Ni sabía desde hacía cuándo. En los últimos meses había desarrollado una especie de represión inconsciente de la orina, como amurallándola dos o tres cuartas vejiga adentro. Pero ahora que la tensión aflojaba, los bajos reclamaban su sitio de golpe, como estallando si no se les satisfacía. Corrió al baño cuando uno de sus compañeros cogió la llamada.

Nada más volver supo que era uno de los jefes, quien a su vuelta del Bernabéu había dado su habitual paseo digital comprobando que algo se les había pasado, no sé qué de Carbonero en una gala del deporte y, aun peor, que por lo visto había llamado un colaborador de la página, uno de los cuatro que tenían, muy molesto porque su columna tardaba en cargar y nadie le había cogido el teléfono. Se trataba del mismo que llamaba todas las semanas porque era incapaz de adjuntar un archivo a un correo electrónico y prefería dictarles el texto, dos o tres parrafillos de igual sustancia que un chupito de agua. “¡Cómo cojones no cogéis el teléfono!”. Los colaboradores, eso les habían dicho, eran sagrados. “Son nuestras estrellas, ¿entendido?”. Y como tal cobraban. A dos mil o tres mil euros la pieza, según había oído una tarde en el ascensor. Cuatro ex deportistas, también tertulianos, a los que, en silencio, se les rehacía por completo la ortografía y redacción de lo que mandaban, a veces, sin terminar.

La bronca había sido buena. Mañana darían buena cuenta de ella.

No era todo. De las decenas de correos recibidos uno pertenecía al responsable de una de las empresas colaboradoras, un tipo que se gastaba muy malas formas y que, adjuntando a todos los altos cargos, reclamaba mejor sitio a su producto indignado por el retraso, no más de unos minutos, en la publicación de un par de crónicas cuestionando hasta la aparente inconveniencia de alguna foto. El tipo alegaba que había tropecientos comentarios en una noticia de su patrocinio y que era inaceptable su cuarta o quinta posición en la Home. “Menudo marrón”, suspiraba el compañero mientras él ojeaba los comentarios de esa noticia, un interminable desfile de insultos y odio entre usuarios anónimos. Pero era orden expresa avivar las noticias calientes.

A última hora el ordenador le jugaba la última rehusando apagarse. Un botonazo lo consiguió.

Cuando se apresuraba hacia el metro, no fuera a perderlo como ya le había ocurrido alguna vez, el aire de la calle le supo a gloria.

Tuvo suerte de cazar el último con destino a Lucero, del que le separaban no menos de veinte estaciones. Llevaba desde el mediodía a una silla pegado. Y sin embargo cayó a plomo en el asiento, agotado.

Durante el trayecto dejó caer la cabeza hacia la ventanilla. Tenía el cuello hinchado, duro como una piedra. Conocía de sobra esa sensación que alguna vez, a mitad de la noche, le causó algún disgusto, como si la cabeza le quisiera estallar. Para combatirlo sacó de la mochila El eclipse de Dios, un librito de Buber de los que gustaba comprar baratos en El Rastro. Con lo que a él le gustaba leer. Pero en cuanto lo abrió y trató de fijar la vista en las letras tuvo que cerrarlo. No las veía o, a lo sumo, veía manchones. Sentía el cerebro pesado, plomizo, como un vertedero calcinado. Habría sido incapaz de realizar una simple suma. También sentía los ojos hinchados, muy sensibles a la luz blanca del vagón. Mejor cerrarlos. El estómago le devolvió un sordo rugido. Un panecillo era cuanto se había llevado aquel día. Y sin embargo no tenía hambre.

Al rato se dejó vagar la cabeza. Allá en el pueblo, en Segovia, sus padres estaban muy orgullosos de él y eso le reconfortaba. Satisfechos de haberle enviado a la capital, a hacer de su único hijo un hombre de provecho. El campo no daba para mucho. Pero oye, como repetía madre a los vecinos, por los estudios del chaval lo que haga falta.

Padre había torcido el gesto cuando en Navidad supo que el muchacho no cobraba un duro. “Pero a los seis meses me hacen contrato”. Y ya lo tenía, aunque él no entendía mucho lo que los papeles decían. O poco salvo los 500 euros que cobraba, de los que 320 se llevaba el alquiler. Había que seguir echando un cable al mozo. Con suerte, les había prometido, llegaría a ganar los 800 de sus compañeros, que llevaban allí unos años.

Qué tarde era cuando por fin entró en casa. Cerró la puerta de su habitación con sigilo, no fuera a despertar a los demás, que a esa hora ya dormían. Una de las cosas que peor llevaba era eso de llegar del trabajo y acostarse. Así que mientras se desvestía dejó encender el ordenador a matar allí la jornada. Un rato, no más, que mañana le tocaba entrar a mediodía. “No sé cuándo voy a poder hacer la compra”.

Revisó el correo. Nada había salvo el reclamo de un buen amigo del pueblo, siempre atento. Le pedía no sé qué cómic de una tienduca en la calle Silva y le envidiaba mucho, decía, por hacer periodismo deportivo, que él soñaba con algo así, todo el día viendo partidos y eso. Le fue a contestar pero lo dejó para mañana. No tenía fuerzas.

Abrió un par de sus páginas habituales. No leía. Entornaba los ojillos. La pantalla descendía aprisa al mando del ratón. De pronto se detuvo. Su nombre aparecía en un foro. El mensaje era reciente. Le ponían a parir por no sé qué errores en la crónica de Nadal, y otra de Champions, que él había calzado a ciegas y a cuyo final aparecía su nombre. Cosas de la herramienta. “Estos periolistos de mierda” y perlas así pudo leer. Otros contestaban aprobando los ataques del primero con mayor saña incluso. Cerró la página aprisa, como protegiéndose de una inmensa pena. Haría lo mismo con la otra que tenía abierta no sin antes advertir el titular de un columnista, de los de gran peso en la opinión pública, hablando de las bondades de internet, de las nuevas tecnologías y todo ese mejunje de cosas que ahora llamaban Nuevo Periodismo.

Mientras apagaba se preguntó qué pasaría de echar un curriculum en algún otro sitio. Pero enseguida rechazó la idea. Cómo se iba a portar así con la empresa, hombre. Y sobre todo, dónde iba a estar mejor.

Al rato se quedó dormido.