Gonzalo Vázquez: Figurantes y traidores

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Poco hay más respetable que el sacrificio de unos padres en la educación de un hijo. Menos aún si el chaval corresponde con la ilusión por alcanzar algún día su meta. En medio del marasmo social este pequeño núcleo sigue obedeciendo un postulado según el cual estudiar, formarse, es el único medio para asegurar un futuro.

Pongamos que a ese joven le dio por estudiar periodismo. Y que su pasión, fresca y veraz, es la deportiva, por lo que pretende algún día ejercer de periodista deportivo. Así el muchacho anda ya en cuarto de carrera y décimo de deporte, que lleva consumiendo compulsivamente desde sus primeros recuerdos. Dos años atrás decidió abrir un blog para dar forma a su abundante conocimiento, alentado además por uno de esos consejos que no pasan en balde: “Ábrete un blog, escribe y date a conocer”.

Añadió después una cuenta de Twitter con la esperanza de obtener algo de la megafonía. Hoy ronda el centenar de seguidores, la mayoría amigos y estudiantes como él. Ha enviado decenas de enlaces a tipos famosos, periodistas de renombre, a la espera de algún guiño. Jamás obtuvo respuesta. Pero su arrojo y la seguridad de que sus textos no palidecen ante lo que ve publicado a diario le impiden desfallecer.

Un perfil así se cuenta por miles en nuestro país y decenas de miles si añadimos los titulados en paro.

Ya contamos cuánto distan las ensoñaciones del joven estudiante de la realidad que le aguarda. Incluso en el caso de que el aspirante sea una chica. Tal vez falte un tercer capítulo, destinado también a desmentir ese viejo credo a cuya fe se entregan padres e hijos: que la preparación es el camino más recto al trabajo, la especialización el atajo a una nómina y la calidad, lo bien hecho, como una anfetamina al salario.

En los años tiernos, cuando el desencanto no ha invadido la vida, no queda más remedio que creer en este orden. Porque del otro nada sabemos.

Como metáfora coloquial llamaremos pastel al volumen total de empleos en una profesión. Esto significa que antes de proponerse al mercado laboral el estudiante entiende que el sector al que quiere acceder tiene unos límites, un número de plazas, como un pastel a repartir entre los invitados. Y la invitación, como vemos, hay que trabajársela.

Una de las presunciones más ingenuas de ese joven reposa en la confianza de que los encargados de distribuir el pastel serán, como él, periodistas. Incluso que los gestores de arriba seleccionarán profesionales de la información igual que el tráfico absorbe conductores.

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El origen de esta presunción nace también entre libros. Cuando el adolescente decide entre ciencias o letras presiente que el mercado laboral hará también esa distinción, que respetará el campo de estudio del que los licenciados provienen. Igual que el capital humano de un laboratorio lo forman técnicos y de un despacho jurídico abogados, confía en que el periodismo buscará periodistas. Y que toda excepción será incluso enriquecedora, como esos jueces que precisan de genetistas o criminólogos para casos complejos.

A ese joven, que tira de sentido común, no le cabe esperar otra cosa.

Pero la realidad comienza pronto a humillarle. Cada vez que diariamente abre un periódico comprueba que salpican sus páginas un total de, pongamos, doce columnas de opinión. Si se anima a un sencillo examen repara que tan solo cuatro de los doce columnistas son propiamente periodistas. El resto, exdeportistas, que aquí llamaremos figurantes y a los que alguien entregó una sección permanente.

Puede que un día se preguntase qué hacían ahí. Pero como ahí siguen y acostumbra a leerlos no pasa página sin padecer una incómoda perplejidad por la pobreza, obviedad o trivialidad de los contenidos, cuyo presunto rasgo diferencial no logra encontrar. Y cuanto peores son con más fuerza le acuden a la cabeza las palabras de uno de sus profesores de Facultad: “Uno de los géneros periodísticos más difíciles es la columna bien escrita, la brillante, la deliciosa. En un diario nacional la columna es la guinda, el rincón sagrado de los mejores escritores. No olvides que Clarín, Unamuno o Galdós lo fueron”. Creencia que el alumno absorbió arrojándose a la lectura de los mejores como combustible para embellecer su escritura. Sin saberlo enardecía además su espíritu crítico y, de paso, la alergia a lo vulgar.

Ocurre que con otras lecturas no le pasa lo mismo. Observa que los diarios generalistas, los semanarios y otros formatos han preservado como un formal respeto a esos rincones de firma, donde la calidad y sustancia preludian la fama porque carece de lógica el camino inverso.

Lamenta entonces que el periodismo deportivo vulnere en solitario este derecho de admisión. He aquí una de los primeros desengaños que padece el aprendiz.

Un buen día, uno de tantos que siguen a la licenciatura sin empleo, durante un partido de Champions junto a su padre, éste atinó a denunciar las estupideces que salían de pantalla con esa conciencia que parece hoy de otro tiempo. “Con la de millones que habrá ganado este tío (un exfutbolista al micrófono) qué coño hace ahí quitando el trabajo a la gente joven”.

En el fondo inquietaba a ese hombre lo que de verdad importa. Que el dinero empleado para la educación de un hijo, que el sacrificio conjunto del núcleo familiar, se estampara luego de bruces contra una realidad que el contrato social, la dura escalada al trabajo, no refería por ningún lado. Actuaba también la mentalidad obrera de otra generación, como sabiendo que aquel tipo se estaría embolsando en un par de horas lo que a él llevaría meses en el taller. Sin embargo no piensa en él. Sino en su hijo. Por alguna razón, que nadie cocinó desde abajo, lo que hace poco era una evidencia se ventila hoy como demagogia.

El fenómeno del figurante parece ya natural, como caído del cielo y sin vuelta de hoja. No es posible que las nuevas generaciones se sorprendan ante la televisión y la radio con las que han nacido. Siquiera preguntarse por qué en una retransmisión de fútbol o baloncesto la titulación valga únicamente para el narrador.

Fuera de los directos, en esos nuevos corrillos en torno a una mesa donde el número de comensales aumenta, la ecuación apenas sufrió variación. Si bien ahora, que no hay un céntimo, la mesa de Estudio Estadio se ha llenado de pronto de periodistas. De haber dinero para figurantes ni un asiento ocuparían.

El caso es que si alguno de esos universitarios tuviera acceso a los libros de cuentas comprobaría que los figurantes pueden llegar a cobrar, por término medio, diez veces más que el redactor por un volumen de trabajo veinte, cincuenta, cien veces inferior.

Esta ocupación sistemática, de especial incidencia en radio y televisión, reduce drásticamente el tamaño del pastel para los nuevos periodistas, que agazapados esperan a que el banquete entre gestores, directores y figurantes permita al menos la existencia de restos.

A estas alturas el muestrario es tan abundante en el último cuarto de siglo, más o menos el rato que lleva en España esta importación americana, que más que enumerar nombres se trata de recordar un estado de cosas contra el que prima el silencio. Hubo un tiempo en que los pasillos murmuraban de cómplice indignación. Pero cuando la supervivencia está en juego los últimos de la cola recelan de los que vienen detrás, concentrando sus aspiraciones en sumarse a esas camarillas de poder, a los causantes de la penosa situación que ahora atraviesan.

El fútbol es de largo el que más ejemplos ha dado. De aquellos Juanito y Di Stéfano en el Mundial del 90 se ha pasado a la aparente profesionalización del figurante en casos como los de Michael Robinson, Kiko Narváez, Poli Rincón o Santi Cañizares. De entonces a hoy Butragueño, Míchel, Sánchez Flores, Camacho, Sanchís, Amor, Zubizarreta, Ferrer, Salgado, Martín Vázquez, Bakero, Hugo Sánchez, Julio Salinas, Fernando Hierro, Manu Sarabia, Rafa Alkorta, Pichi Alonso, Guti, Lopetegui, Eto’o, Eusebio, Morientes y un larguísimo etcétera han sido incorporados a la comunicación a los precios más altos que los medios se han querido permitir.

El baloncesto ha dado también buen número de figurantes. De la generación del 59, la de la plata de Los Angeles, no queda prácticamente ninguno que no haya pasado por caja. Incluso alguno persiste hoy por la ley de la gracia y el mínimo esfuerzo allá donde el baloncesto se mueva. Pasada la primera fiesta se fueron colando Antonio Martín, Ferrán, Rogers, Antúnez, Arlauckas o Biriukov. Y a punto está de echarse encima la nueva generación, tan nutrida como la anterior y de logros como diez veces superiores. En cuanto vuelvan los cuartos habrá pescozones por ellos, para los que siempre habrá sitio.

Haremos una concesión: seremos modernos, que es lo mismo que tragar con esa tiránica banalización de lo deportivo que tiene como mantra el entretenimiento. Así se entiende que la radio absorbiera pronto el show business de pantalla y su lenguaje festivo al grado lógico de quien puede rascarse los huevos mientras pela la cáscara del once contra once, al modo de Guti en la COPE o Hugo Sánchez en el Mundial de Sudáfrica. Si en algún momento, en alguna mesa, en alguna cabeza, por cualesquiera razones, se reclamó fama en nombre del entertainment ahí la tienen a espuertas.

Pero el asunto cobra otra dimensión cuando pasamos a la prensa escrita, allá donde la matriz americana, contrariamente a lo ocurrido en pantalla, ha respetado eso que algún teórico llamaba “la especificidad misma de la escritura y la profesión”. Aquí también la fama se adelanta a la única porción donde al periodismo, desde el primer día de Facultad, se le exige una técnica. Aquí también hay espacio reservado para los figurantes, que de la noche a la mañana pueden contar con su columna al precio que ningún redactor olerá jamás.

La parte pública más numerosa, la masa acrítica, la misma que arremete contra el periodismo deportivo que nada como ella ha configurado a golpe de audiencia, suele defender la presencia de los figurantes por dos motivos: uno, por su visceral oposición al periodismo que paradójicamente consume a diario; y dos, en la peregrina idea de que los figurantes tienen mucho que aportar como resultado de su nutrida experiencia en primera persona, un valor contra el que ningún plumilla podrá jamás rivalizar.

De ser esto cierto, de verse ratificado entre páginas o micrófonos, el público al que los figurantes se deben habría acumulado en todos estos años, qué menos que alguna vez, riquísimas ponencias, discursos impecables, revelaciones a salvo de los mortales y hasta trabajos que conservar en estantería. Bien al contrario lo que nos deja el fenómeno es una retahíla de muletillas que han pasado a la sorna popular. Y todo por esa absurda presunción de creer que Indurain valdrá al micrófono lo mismo que a la bicicleta, que Gatti será al papel lo que fue bajo palos.

Y mira que dieron repetidas muestras en activo. Porque cuando a muchos deportistas socorre un “no tengo palabras”, efectivamente no las tienen, a pesar de la emoción.

Prueba de la deliberada estafa que las empresas promueven es que el campo donde estas figuras podría resultar más eficaz es, curiosamente, el más vacío. Las noticias y exclusivas que pudieran derivar de sus contactos y fuentes primarias es un terreno excluido por completo de su tarea. Es como si los figurantes preservaran un código ético hacia el mundo del que provienen, una prudente distancia con los que ahora son lo que ellos fueron, un respeto hacia sus verdaderos compañeros, a los que por nada del mundo quisieran molestar.

Bien al contrario los gestores del periodismo no guardan ningún código ético hacia los suyos, alfombrando la entrada de figurantes en los presupuestos de los que barren porciones enteras de esos jóvenes periodistas que, es de suponer, algún día fueron ellos.

Y si al figurante no se le exige informar su sentido pasa entonces al terreno de la opinión, ese campo donde la experiencia tanto vale y donde poder justificar el presunto ojo clínico motivo de su alto coste. Pues ocurre que tampoco. Su perfil le compromete. Y otra vez por su relación con los protagonistas. “Fue compañero de González, tuvo de técnico a Bermúdez, tiene el mismo representante que Langone, está casado con la hermana de Bianchini y es amigo de decenas de colegas”. Así la opinión, que “se entrega a quienes menos opinan”, zozobra como el acróbata en el alambre. Es lo que Jorge Barraza, en esas mismas líneas, llamaba “la opinión blandita”. Cómo van a reprobar a un colega.

Desechadas entonces la información y la opinión de las exigencias al figurante asoma ese otro terreno vagamente referido como análisis, que en prensa escrita debe articularse y suele anidar en el molde columna.

Puede que no lo sepan. Pero una de las tareas más indignantes y silenciadas de esta profesión consiste en que los jornaleros del teclado rehagan los textos en bruto enviados por los figurantes. No es difícil imaginar lo que ocurre. Toca al redactor ojear lo recibido, callar ante la infame flaqueza del contenido como también a los errores (ortográficos, sintácticos o semánticos).

Hubo una primera vez, antes de que esa tarea —de la que nada dice su contrato— pasara a recargar aún más su trabajo, en que informó de ello a un superior. A la siguiente supo que le tocaría en adelante rehacer los textos, dándose penosos extremos en los que la pieza final es más firma del redactor que del colaborador. Este automatismo se halla tan instalado en la rutina mediática diaria como repicar sin lectura las notas de agencia por falta de tiempo.

Porque al figurante, que es adonde queremos llegar, no se le exige más que figurar. Y si no fuera así Clemente, Indurain o Di Stefano escribirían —del verbo escribir— las columnas que firman y por las que cobran.

El facultado siente entonces pisoteada su dignidad. Pero carece de valor para denunciarlo.

A diferencia del periodismo (deportivo) hay algo de honorable en ese código según el cual el deporte vela deportistas y se nutre de ellos durante la carrera en activo y, más allá, en instituciones y organismos. En cambio, no consta equipo de fútbol que haya contratado periodistas entre su cuerpo técnico. Lo que no parece lógico en un sentido encuentra fácil acomodo en el otro.

La tensión permanente entre prensa y futbolistas durante la vida profesional de estos encuentra después, curiosamente, un caldo de encuentro, una aparente amistad previo pago.

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No es necesario mencionar los más monstruosos extremos, como el millón y medio de euros que Televisa ofrecía a Guardiola y Mourinho por comentar la Eurocopa, ni los 300.000 a Luis Figo por hacer lo propio en el Mundial de Sudáfrica. Sino de casos más cercanos, como los 6000 euros por velada de Champions a Manolo Sanchís, cobrados con dinero público comentara o no su jornada, es decir, trabajara o no.

Hasta hace bien poco, antes de que la crisis lo asolara todo, uno de estos columnistas podía embolsarse centenares de euros por pieza o un comentarista miles por partido. El parentesco echa además un cable. A este último grupo pertenece un caso que lo tuvo tan fácil como tirar de suegro, también figurante en la casa, para colarse a comentar NBA en una lengua ajena cuando de esa competición se le ignoraba trazo alguno en vida. La dolce vita del retirado aburría y decidió que su sitio estaba allí.

Poco antes, en uno de esos asientos, vimos a un exjugador —que ejercía entonces como cuerpo técnico— cuidarse muy mucho de pronunciar nombres de jugadores durante los partidos que comentaba. Porque se admitía como analista NBA a alguien que no la seguía, que tal vez nunca la hubiera seguido (600 euros se embolsaba por noche). Durante las Finales de 2006 entre Miami y Dallas uno de los invitados en plató, jugador profesional, urgió a un trabajador de la cadena una plantilla de los Heat para enterarse así de quiénes la formaban.

Estas cuitas y cifras palidecen ante lo que ha venido ocurriendo en el fútbol. Hablamos, por ejemplo, de los 9000 euros a Santi Cañizares por edición de El Día Después o de los 108 millones de pesetas para Míchel por sus comentarios en TVE. A nivel interno, incluso hubo algún sorprendido al ver cómo Pichi Alonso abandonaba TV3 (camino de Sogecable), donde las cantidades eran igualmente desorbitadas.

En España la principal fuente de trabajo fue siempre el enchufe. Pero en el asunto que nos concierne cobra también importancia el nepotismo del figurante, otra suculenta fuente de ingresos para esos pocos elegidos.

Vaya por delante que la columna o el micrófono de un figurante no hurta trabajo a un periodista. Es el precio del figurante lo que encubre el homicidio. Y el coste de todos, un verdadero genocidio a la profesión.

En septiembre de 2012 el paro registrado en el colectivo de periodistas alcanzó los 27.443 individuos. Únicamente el registrado. Son cifras que no recogen, por ejemplo, al periodismo zombi, un cuarto del colectivo que lleva en paro más de tres años y que ha renunciado por completo al empleo en su sector. La otra parte, la más numerosa, sigue buscando mejorar el perfil profesional con cursos de posgrado y de idiomas. Hay un alto grado de actualización profesional entre los parados de la información. No constan, en cambio, figurantes que aprovechando la coyuntura resolvieran titularse, bien por correlación, por ansia de conocimiento o por pura vergüenza. No debe de proceder cuando el trinque es automático.

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Se ha desestimado emplear la noción de intrusismo porque suele abusarse de ella. Y porque hay profesiones cuyo ejercicio opera en márgenes muy vagos y poco definidos, tal es el caso del periodismo deportivo. Su matriz, el periodismo generalista, admite regularmente las entregas del científico, del catedrático, del lingüista, del político o del economista con resultados espléndidos. Se admite en todo ello la presencia del especialista. En cambio su homólogo deportivo no cumple con los figurantes ninguno de estos requisitos y así hemos tragado con perfiles como Leticia Sabater, Gonzalo Miró, Fran Rivera o Bertín Osborne.

Obvio que la contratación de los figurantes corre a cargo de la elite directiva. Pero asimismo de los subalternos que actúan de enlace con la parte baja de las redacciones. De la salud financiera de cada medio, como también de lo que se publica, ambas partes son responsables.

Sin embargo la motivación de cada una no tiene por qué coincidir. Mientras el gestor directivo compite con otros medios en la adquisición y exposición de estrellas, de lo que ellos entienden como prestigio derivado de esos nombres, la de los directores y jefes de sección lleva tiempo infectada de humana vanidad. Para estos secuaces de mando, que soltaron la herramienta en cuanto ocuparon un despacho, nada más seductor que codearse con los figurantes, que compartir a diario con ellos lujos de mesa y mantel, que sumergirse en las intrigas y favores de poder propios de los estómagos agradecidos. Nada como los placeres del interiorismo para esta aristocracia que dirige con mano de hierro la industria del periodismo deportivo.

En cargos intermedios, ese español arquetipo de los espabilados de redacción, nada como fingir aparente amistad con los figurantes, como lucir esas llamadas al teléfono frente a los jornaleros del teclado, a quienes toca sostener todo ese entramado de figurantes y traidores.

El fenómeno ha avanzado lo suficiente para encontrar rasgos diferenciales. Mientras el diario Marca viene optando desde siempre por figurantes de raíz y calado profundamente ibéricos, de calientes toro y bandera, PRISA, en una aparente sofisticación de diseño, lleva años erotizado por los figurantes de origen extranjero. Como ejemplo, El País Digital. Su sección de firmas deportivas presenta un total de doce analistas siete de los cuales son figurantes. Tres de ellos ocupan presencia en deportes de prioritario peso como fútbol, baloncesto y motos: Santiago Solari, Paul Shirley y Randy Mamola.

Al margen de la presumible solvencia de cada uno de ellos, el mensaje admite una doble lectura. De un lado, no parece haber especialistas titulados en España —más de 75.000 desde 1976— que para los responsables de El País puedan ocupar esos puestos. Y dos, un ejemplo revelador acaecido hace unos meses. Un especialista de fútbol, periodista titulado con más de 25 años de profesión a sus espaldas, fue reclamado a escribir allí de fútbol internacional, su principal fortaleza. El gesto habría sido loable de no ser que la demanda no viniera acompañada de hacerlo de manera gratuita, esto es, sin cobrar un céntimo.

Algo así, como es fácil imaginar, resulta impensable entre los figurantes.

Así pues no parece darse coherencia entre la línea editorial del diario, beligerante contra la actual situación de paro entre la generación mejor preparada, y su política interna de actuación. Dicho en claro, la masiva presencia de firma extranjera apenas puede ocultar el maquillaje y pose de un vergonzante esnobismo, de cosmética similitud al caso Amy Martin.

De la imparable oleada de Expedientes de Regulación de Empleo los últimos en abandonar el barco serán además los figurantes. No saldrá uno sin que antes las redacciones hayan quedado diezmadas. Por cada Raúl Ruiz Benito vivo hay centenares de redactores muertos.

A estas alturas urge preguntarse cómo es posible haber llegado a esta aberrante postración. Qué razón condujo a la industria de la información deportiva a contemplar el inmenso yacimiento de sus facultados como grano estéril. Cuándo la dignidad de la profesión, sensu stricto, mereció el más profundo desprecio de quienes presuntamente debían velar por ella.

En Estados Unidos, paradigma del que somos precario eco, el star system funciona en televisión a niveles sin parangón. Son los padres de esta cultura. Sin embargo su prensa escrita, y en igual medida la radio, han sabido preservar el debido espacio a la profesión, como un último terreno que justifica la especificidad propia del periodismo, la primera y última razón de los suyos. Allí la especialización no ha perdido un ápice de importancia. Aquí en España más de la mitad de los especialistas —un 52.7% según el Informe Anual de la Profesión Periodística 2012— reparte su trabajo entre diferentes secciones. Y a menudo, sin ejercer la suya, cosa que corresponde al figurante, la única entidad de potencial valor para vender especialismo.

Ahora que en España bancos y corporaciones sostienen los pilares de grandes medios regulan también con cada vez menor disimulo quién y qué publicar. En una de esas reuniones con los inversores, parte de cuyo dinero publicitará la marca que patrocina contenidos, el grano de las conversaciones repite sin falta un estribillo:

—Bueno, tenemos varios especialistas…

—No queremos especialistas. Queremos nombres, caras que la gente conozca.

Acompañan los papeles de la mesa comercial un registro de nombres que recoja bien listado el número de seguidores en Twitter, esa nueva Agencia que ha suplantado a la Facultad. Así ocurre que aquel joven nonato, el blogger cercano a licenciarse, como el titulado en paro, no son para estos señores más que otro par de átomos condenados a agitarse inútilmente en el inmenso vertedero de Internet.

No es propósito de esta pieza cuestionar la capacidad de figurantes concretos, algunos de sobrada solvencia. Se denuncia la sonrojante claudicación a ellos en detrimento de porciones enteras de profesionales que entregaron algunos de los mejores años de su vida a cristalizar una ilusión, una preparación, siguiendo además el orden socialmente reglado, según el cual a ellos tocaría la transmisión, interpretación y entretenimiento en la industria informativa. O al menos, con razonable prioridad.

Naturalmente que es posible una feliz coexistencia entre figurantes y periodistas. Pero difícilmente parece justificable en los términos vigentes.

Viñeta de Forges

Para los responsables de esta industria la especialización pura, como una cátedra deportiva reflejo del masivo ejemplo americano, queda prioritariamente invalidada para el producto de las Facultades, mano de obra cada vez más barata condenada a procesar la información al teclado sin mayor ventana que la pantalla. Y las excepciones, que las hay, no hacen regla.

No pocos aprendices sufren muy pronto este primer revés. En 1991 un puñado de ellos formaba paciente cola en la planta baja de uno de los edificios de la UPV para entregar la matrícula. La fila llegaba hasta el parking. De pronto vieron llegar un coche, del que se bajaron dos tipos, uno de los cuales era Julen Guerrero, que también venía a echar la suya y aguardó junto al coche. Mientras la cola daba algunos bandazos por el revuelo armado, el otro sujeto corrió delante de ella hasta plantarse en la ventanilla y colar allí la matrícula no sin antes pronunciar en voz alta en nombre de quién lo hacía. La oficinista cogió los papeles y le devolvió una sonrisa. Acto seguido el tipo volvió al coche y ambos desaparecieron. Nadie dijo nada y la cola volvió a su sitio.

Fue una impecable ocasión de descubrir cómo la realidad, la de todos aquellos futuros periodistas, alfombra el paso de estos famosos. A decir verdad, apenas nadie vio a Julen por clase en los siguientes años. Pero al segundo o tercer curso el futbolista ya tenía su propio programa en ETB, uno de animales que duró más bien poco.

No corren los mejores tiempos para defender algo en esta profesión. Menos aún, en el gremial deportivo. Pero no deja de llamar la atención que los caudillos del entertainment, la máscara bajo la que se ocultan auténticos pirómanos de masas, sean precisamente los responsables de que el periodismo deportivo haya descendido al peor índice de valoración pública jamás conocido en España.

Entre ellos y el inmenso graderío que aún sostiene el negocio han condenado al redactor base, al recién titulado, al jornalero invisible, a la licenciatura misma, a la derrota más grave que haya sufrido nunca la figura del periodista deportivo. No en vano esa expresión ha dejado de sonar seria.

Es fácil intuir el sumarísimo juicio que puede promover en una mayoría neutra el objeto de esta denuncia. “Para hablar o escribir de fútbol no hace falta una carrera”. Entonces también hay aquí otro buen número de ciudadanos estafados. Y entre figurantes y traidores la culpa no pertenece a los primeros.

 

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