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Manuel Jabois: Viva Azcona



Empezaré por José Luis Cuerda, que se fue de Albacete a Madrid porque su padre ganó un piso en una timba. Allí un día el hombre sentó a la familia en un sofá y se quedó mirándolos a todos mientras se encajonaban en silencio. Al cabo de cinco minutos habló: “Estoy pensando en comprar un coche y quería saber si vosotros sabéis ir en uno”. Finalmente lo compró: un 600 rosa.

Con los años Cuerda quiso contar con Fernán Gómez en su primer trabajo. El agente del actor le escribió aceptando la oferta con un par de condiciones: “Mi representado no puede leer seguidas más de 31 líneas de diálogo y no hará al día más de un folio y medio de rodaje”. Cuerda transigió: “Todos sus diálogos son inferiores a 31 líneas salvo uno que tiene 32. Y nunca rodará más de un folio y medio al día salvo uno que haría un folio y medio mas tres líneas”. “Por razones obvias”, contestó el agente, “mi representado no participará en la película”.

José Luis Cuerda, servilleta atada a la camisa, embromador y jocoso como un gran Falstaff, habla en un restaurante de Pontevedra mientras disfruta de su sanclodio, que imagino pisado por él en grandes capachos de sus viñedos. Una hora antes recordaba a Luis Ciges, que apareció un día en el rodaje hecho polvo porque su mujer le había pedido el divorcio, “y lo peor es la razón que me ha dado: que quiere una vida mejor; ¡nos ha jodido!”. Berlanga se fue con la División Azul a Rusia y una noche le tocó hacer guardia en medio de la estepa. Imbuido de heroicidad, permaneció con los ojos muy abiertos mirando hacia el horizonte con el fusil en alto. “Era tal la oscuridad que más que a los rusos tenía miedo a Drácula”, le dijo a David Gistau. Cuando empezó a amanecer en aquel páramo nevado se dio cuenta que había pasado la noche delante de una pared. Cuerda hizo Amanece, que no es poco, una de las rarezas más exquisitas del cine español, resumen  casi armonioso de aquella España de la que procedían sus antiguos cómicos (“un hombre en la cama es un hombre en la cama”, le advierte un padre a su hijo cuando les toca dormir juntos). Ciges vivía en el cruce de Marqués de Aranda con Ferraz, y cuando se aburría salía con un amigo a la terraza a ver accidentes: “Es el cruce en el que más choques hay de Madrid”, decía mientras veía a señores haciendo aspavientos al lado de dos coches empotrados.

Aquella España, sí. Pero es abril de 2008. Ha muerto hace un mes Rafael Azcona. “La mejor persona que yo he conocido en mi vida”, dice Cuerda. “El cerebro más despierto, la ética más estricta. Siempre digo que las dos mejores películas de la Historia son Plácido y El apartamento. Porque miran de frente a la condición humana, al hombre. A su misma altura”. En eso tenía que ver la máxima de Azcona, que decía que los cineastas españoles no eran mejores porque viajaban en taxi, no en autobús. Él decía que había que mezclarse con la gente, estar al pie de la calle y curiosearlo todo. “Yo de lo que abomino es de esas películas en las que durante hora y media te torturan con problemas irresolubles, y luego, en los metros finales, la cosa se arregla por arte de birlibirloque para que nos vayamos a casa tan contentos. ¡Qué estupidez, esa del final feliz como garantía del taquillazo! ¿Lo tiene Romeo y Julieta?”, dijo a la revista Kane 3.

El padre de Azcona se llamaba Dionisio y era sastre además de cojo, miembro de una cuadrilla llamada los Cojos Toreros; aunque la familia pasó muchas penurias, en casa se cosía y se planchaba cantando zarzuelas. Bernardo Sánchez Salas, en el prólogo al libro Por qué nos gustan las guapas (Pepitas&Pimentel, 2012), primera de las tres partes de la obra completa de Azcona en La Codoniz, recuerda que con 14 años estuvo a punto de entrar de mancebo en la farmacia de Jesús González Cuevas, en su Logroño natal. Para entonces el chico Azcona se escribía cartas a sí mismo en las que fantaseaba poniéndoles fecha del futuro y situándolas en lugares exóticos, como Honolulu, 1 de junio de 1979. El chico pintaba y escribía, y casi desde el primer número compraba La Codorniz, lo que le llevó al humor, pues él, diría después, había empezado escribiendo versos porque una señora rubia no le hacía caso.

“Cuando estábamos con el guión de La lengua de las mariposas, yo escribía una escena en la que una mujer apoyaba su espalda en la pared y se le escapaba una lágrima”, dice Cuerda. “¿Una lágrima?”, saltaba Azcona: “¡una mierda!”. Al autor de la trilogía Nacional o La vaquilla se le sobreentienden ciertas maneras. Como que en El bosque animado Cuerda sugiera acercar la cámara a un cadáver y Azcona, piadoso, diga: “Déjala estar, que bastante tiene con lo suyo”. No haber visto Plácido es no haber entendido nada de este país y estar en él por estar, como un turista. España es un lugar en el que siempre hay un inocente persiguiendo a alguien para que le dé una fortuna con la que pagar la letra del motocarro. Un país en el que quien va al trabajo como al matadero es el verdugo. Un sitio en el que la aristocracia decadente, en su lecho de muerte, pide que entre el servicio, “que les encantan estas cosas”. Ese país que Azcona escribió era el que no se podía fingir, porque lo hacían las cerebros más insolentes y prodigiosos de Madrid, que no era Madrid sino lugar de reunión, por eso en los cafés años antes se ponían y se quitaban reyes, y en 1965 Raúl del Pozo lamentaría al volver del entierro de Ruano: “No lo pasaremos tan bien hasta que se muera Azorín”.

Azcona decía que sin humor habríamos desaparecido. Solía citar a Samuel Johnson: “Todo aquel que escriba una línea sin haber dinero de por medio es un insensato”. ¿Y es necesaria la escasez de medios o incluso la censura para afilar el ingenio?, le preguntaron una vez. “Eso es una falacia. No creo que a la hora de engendrar un hijo, y por el bien de la criatura, haya que machacarle al padre un testículo”.

Juan Cruz lo trató a partir de 1996. Siempre hay un momento en la vida de los hispanohablantes en que los trata Juan Cruz, un rito parecido al de la primera comunión, y Juan Cruz los exprime en anécdotas como si fuesen zumo dorado. Suele escribirlo después hermosamente si tiene el día fértil, y a Azcona le dedicó un texto estupendo, vibrante, desestereotipado. “El tiempo me devolvió un Azcona distinto a aquel misántropo que mi imaginación había dibujado. Al contrario, era un ser muy delicado con los otros, pugnaba por hacerlos felices y rara vez podías verle resentimientos, resquemores u odios. Es de una generación de hombres complejos —Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Dionisio Ridruejo— que la historia dotó de contradicciones internas que les llevaron al ensimismamiento, el desencanto o el alcohol; lo que había alrededor era una ruina, y a veces una ruina de la inteligencia, y ese ambiente que no era metafórico sino duro y real como una escarpia, a él lo dejó igualmente risueño, descreído pero profundo: miró alrededor y hacia adentro para retratar una sociedad difícil desde el humor; comenzó a ejercerlo donde entonces se podía, en los cafés y en La Codorniz; (…) se resistió en Madrid como gato panza arriba y no regresó a ningún regazo de Logroño: siguió adelante, como un apátrida, como un alma desprovista de banderas. Un día le pregunté: “Rafael, ¿y no te vas de vacaciones?”. “¿Yo? Si ya me fui de Logroño”.

En los primeros años de la capital lo escribió todo, hasta las revistas de decoraciones. Entró en La Codorniz, donde se multiplicó escribiendo y dibujando como Azcona, Arrea, Profesor Azconovan, Az o Repelente, en honor a su saga más exitosa: El repelente niño Vicente. Allí desplegó las alas como un cormorán de vuelo inmediato y veloz, siempre ácido, a medio camino entre la biografía y el delirio, con textos disparatados y tiernísimos que despegaban solos a la primera línea, cuando no antes. “Siempre me ocurre lo mismo; apenas soy presentado a alguien, el interfecto me dice: “Hombre, ¿y cómo no se llama usted Pepe?”, empieza en Por qué no me llamo Pepe. En Recuerdos de un hijo único cuenta cómo jugaba con el cadáver de su abuelo hasta que se estropeó, cómo martilleaba a su tía Eulalia o le quemaba el bigote a su abuela con gasolina. “No hay mayor dolor que recordar el tiempo feliz de la miseria”, escribió este genio. “En La Codorniz nadie se atrevió nunca a mirar así. Toda la cuestión era una forma de mirar. Y Rafael consistía en una mirada, en unas gafas que iban rectificando el foco”, dice Sánchez Salas.

Entre sus consejos a literatos jóvenes, el profesor Azconovian empieza advirtiendo que entre ellos “se ha extendido la costumbre de no comer con regularidad. Craso error” y sigue lamentando que los escritores novatos se enamoren de “señoritas muy decentes, muy buenas y muy limpias, pero pobres como imbéciles. Crasísimo error”. Para hablar del sentido del humor de aquel tiempo suyo en el que empezaba hacerse un nombre refería una anécdota que contaba Agustín de Foxá sobre un padre viendo una corrida de toros en compañía de su hija de cinco años. La niña coge una gran rabieta y el padre le dice para consolarla: ‘No llores, tonta, mira como el toro le saca las tripitas al caballito”. A su muerte David Trueba lo recordó en El Mundo como un sindiós: “Solía decir: ‘Cuando yo muera, tirad mi cadáver por un terraplén y, a ser posible, que se lo coman los cerdos; pero nada de agua bendita”. Esto era porque  no le preocupaba morir, que solo provoca trastorno a los que quedaban, sino la enfermedad: “lo desvalido, lo vulnerable, lo asqueroso, lo obsceno que te hace”.

Por qué nos gustan las guapas es la montaña de escritura que Azcona acumuló en La Codorniz, sencilla y fácil, irregular, tan cristalina que enamoró a Ferreri para meterlo a hacer guiones. Es un humor surrealista a veces en textos breves que juntos, incluidos sus ripios, funcionan como  montaña rusa. Es la década de los 50 bajo la mirada aterrada y compasiva de Rafael Azcona. “No he formado parte nunca de eso que ahora se llama la juventud. Nosotros lo que queríamos era ser mayores”, le dijo hace doce años a una de las mejores periodistas de España, Cristina Fallarás, escritora de prestigio y por ello metáfora profundamente azconiana del país: a punto de ser desahuciada y viviendo por debajo del umbral de la pobreza. “¿Está enganchado a algo?”, le preguntó ella. “A la jodida vida”.

Cuerda está a los postres. Tenía razón Azcona con eso de no subirse al taxi y pasear o montarse en el autobús, dice de repente. “El otro día caminaba al mismo paso que dos tíos y uno de ellos le estaba diciendo a otro: ‘Te voy a meter una patada en los cojones que te voy a arrancar la cabeza, no sé si me explico’. Ese ‘no sé si me explico’. Pura literatura”. Recordamos una frase de Manuel Vicent: “No existe el miedo al folio en blanco, sino al escrito”, que me trajo a su manera otra de Azcona, a quien le preguntaban si se alarmaba por las noticias del consumo de drogas de la juventud: “Eso es porque la televisión no podrá dar nunca la noticia de que hoy no se ha drogado nadie”. De todos nuestros jóvenes cadáveres fue al que más ganas se me quedaron de conocer en vida, porque de Umbral algo sé por Gistau, que lo acompañaba en la dacha cuando María España se iba y el viejo escritor se quedaba mirando fijamente al joven: “¿Tú me harías la merienda?”.

Si a algunos el cine español les parece malo no es porque lo sea, sino porque no lo escribe Azcona; ponga usted a un malagueño a pintar después de Picasso. El cine español es difícil de hacer, sobre todo la comedia, que es cuando se radiografía un país en su versión final, como si todos los géneros condujesen a la compasión y por tanto a la verdad. A mí España no me parece tan disparatada como la que leía, pero no sé si porque se la espera o se espera a Azcona, que era el que mejor la miraba. Debió dejar las gafas en herencia, y de paso el bonobús.

Murió el Domingo de Resurrección. No le hizo feliz el cine ni nada. De hecho, se preguntaba dónde estaba escrito que el hombre tuviese derecho a ser feliz.

Por qué nos gustan las guapas (Pepitas&Pimentel, 2012)

Manuel Jabois: Chúpalas tú mismo



¿Cuántos cantantes de protesta hay hoy en día”
“Unos 136”
“¿Unos 136? ¿136 más o menos? ¿136 exactamente?”
“Bueno, entre 136 y 142”
Bob Dylan

Cuando Van Morrison y Bob Dylan compartían empresario, éste decidió que se tenían que conocer y les arregló una comida en un restaurante de Londres. Era una oportunidad magnífica para que dos monstruos se pusiesen frente a frente y estudiar aquella combinación explosiva. Algo así como el histórico encuentro en el Majestic de James Joyce y Marcel Proust. Quién sabe, igual de aquello salía una primorosa colaboración. Aparecieron los dos en el restaurante, pidieron educadamente la comida y empezó a desfilar un plato tras otro bajo un manso silencio. No hablaron entre ellos una sola palabra. Al terminar su postre, Dylan se levantó y se fue. Van Morrison le dijo a su socio:

— Estaba en muy buena forma hoy, ¿no?

La historia que cuenta Xavier Valiño retrata la minimalista ejecución de Dylan en la vida. Hace tres años fue detenido en los alrededores de Nueva Jersey. Solo y bajo la lluvia, como un anciano desorientado, el compositor más célebre del planeta se paseaba con un pantalón de chándal, unas katiuskas y dos chubasqueros cubriéndole la cabeza. Se dirigió a él una agente de policía para identificarle, y cuando creía que aquel sin techo quizá acarrearía los mismos problemas que John Rambo, el viejo le contestó que era Bob Dylan y que buscaba casas en venta. Fue subido al coche policial casi de inmediato para comprobar si en efecto estaba viviendo “en los autobuses de la gira junto a un gran hotel al lado del océano”. Un sargento, informado de que Dylan estaba a cargo de la policía, fue a echarle un vistazo. Lo miró de arriba abajo y bufó: “Este no es Bob Dylan”.

Probablemente no lo fuese. ¿Al fin y al cabo qué es Bob Dylan sino un nombre inventado? Además, hasta el americano medio ha perdido la cuenta de los años que Bob Dylan lleva siendo Bob Dylan. Las celebridades de su magnitud tienden a morir antes. En sus giras juveniles, cuando era un icono en vida (el pelo alborotado, los rasgos aniñados e insolentes, parapetado siempre bajo unas gafas de sol y el humo de un cigarro) salía corriendo de los conciertos perseguido por cientos de personas que lo querían tocar. La escena era siempre la misma: Dylan encerrado en un coche aburrido de su inmensa multitud de fans, que creían ver en él a una suerte de conciencia revolucionaria. “Es muy abrumador tener a tu alrededor gente que te dice cuánto te entiende cuando no puedes entenderte a ti mismo”, le dijo a Playboy en 1966, en una entrevista en la que anuncia que ha dejado de componer y cantar todo aquello que se escriba por alguna razón o se cante por algún motivo (“la palabra ‘protesta’ se inventó para la gente que se somete a cirugía”) y deja un titular de alcance: “Solo tengo 24 años”.

Para entonces John Cordwell ya se había convertido en el autor del grito más famoso de la historia del rock. En una gira por Inglaterra, Bob Dylan enchufó la guitarra y dejó pasmados a todos los puristas del folk, que lo intentaron todo: desde cortarle los cables hasta llamarle traidor, pedirle que se callara (“hemos venido a ver a un cantante folk y nos encontramos a un grupo de pop”; “¿dónde dejaste a Woody Guthrie?” ) y exigirle su vuelta a su casa (“Go home”, le chillaban; “No direction home!”, les gritó Dylan en Like a rolling stone). En un concierto en Manchester, Dylan fuma un cigarro y enfila la salida al concierto avisando a sus músicos: “Tocamos desde la tumba”. En ese momento, alguien —Cordwell, según las averiguaciones de un periodista— le grita “Judas!”. Dylan se acerca al micrófono y espeta: “I don’t believe you”. Toca unos acordes más con la guitarra y explota: “You’re a liar!” Tras darse la vuelta, le grita a su banda: “Play it fucking loud”.

En el coche de vuelta se quejaba con cinismo: “¿Por qué me abuchean? No entiendo que me abucheen: así no puedo afinar”. Pero a veces los insultos eran tan fuertes que se retiraba a llorar amargamente. Dylan pretendía una tarea sobrehumana: situarse por encima de las etiquetas, o por debajo, como cada cual quisiera verlo. Estas palabras de Javier Ortiz lo ilustran: “Dylan no era ni mucho menos tan izquierdista como se le pintaba (y no lo era) pero, a cambio, era un perfecto inconformista, alérgico a los encasillamientos, muy capaz de hacer justo lo contrario de lo que se esperaba de él, caso de parecerle buena idea”. Del Newport Folk Festival escribe Enrique Martínez este párrafo: “Cuando Dylan es casi obligado a volver a escena en su formato cantautor, en lo que parece un acto de arrepentimiento, la cuela doblada. Entona no una de sus canciones protesta, sino una amarga canción de separación amorosa dedicada a Joan Baez, It’s All Over Now, Baby Blue, que él transforma en ese mismo momento en otra cosa. En su penúltima línea, Dylan grita con rabia más que canta: ‘Go strike another match/ And start anew/ It’s all over now, Baby Blue’. Y deja atrás a aquella asamblea de justos, para seguir buscándose a sí mismo lejos del abrigo del rebaño y al frío de la intemperie”.

Hay una escena en Don´t look back, el documental rodado por D. A. Pennebaker durante la gira inglesa de 1965, en la que se ve a Bob Dylan y Joan Baez corriendo una vez más hacia una furgoneta perseguidos a campo abierto por cientos de jóvenes. Dylan consigue meterse en el vehículo y se sienta dando la espalda a los cristales. Alrededor, la masa se agolpa contra la furgoneta y le grita, le profesa su amor. Dylan se limita a mirar hacia la cámara con gesto neutro y aire turbador de adolescente. Parece Antoine Doinel al llegar a la playa. “Hay un momento en que dejas de notarlo, dejas de verla y ya apenas la notas”, diría años después: “Vivo desde los veinte años rodeado de una cantidad inmensa de gente”. En ocasiones se ve a Dylan sentado al piano, tocando con una mano y extendiendo la otra en un movimiento espasmódico, y es tan crío, tan frágil, que evoca a un Rimbaud sucio y lisérgico, atrapado por una luz estrepitosa. Es un chico dirigido invariablemente al misterio. Envejeció sin pasión como un chamán retirado harto de respuestas adecuadas. Me gusta imaginarlo con botas camperas manchadas de barro paseando por la moqueta de un salón decadente en el que se acumulan vinilos rotos y cuadros despellejados de Monet. Patti Smith dijo de él que es sexo en el cerebro, y Leonard Cohen que es uno de esos hombres que nacen cada tres o cuatro siglos.

— ¿Puedes chuparte las gafas? —le pidió un periodista en una rueda de prensa para obtener una foto.

Dylan se levantó y se las extendió:

— Toma, chúpalas tú mismo.

(50 razones imprescindibles, por Ramón Flores)

 

 

Manuel Jabois: Más grande que la vida


Mi fama no decaerá nunca. Quiero decir que durará hasta cuando yo quiera. Siempre tendré bastante talento para poderla renovar continuamente

Marlon Brando

 

Como ocurre en todas las obras maestras, el artífice nunca debió estar allí. Cada vez que Coppola lo nombraba, un directivo de la productora saltaba del sillón: “Si vuelves a pronunciar su nombre, te vas”. Hasta que intervino el presidente de la Paramount, Charles Buldhorn, más templado: “Marlon Brando nunca aparecerá en esta película”. Esa frase está en el guión: la pronuncia Jack Woltz, el todopoderoso productor que le grita a la cara a Tom Hagen: “Johnny Fontane nunca aparecerá en esta película”. Fontane, como Brando, aparece. Lo interpreta Al Martino, un crooner de Las Vegas al que Coppola no quería ver ni en pintura; tras intentarlo el propio Martino por las buenas, el capo Russ Rufalino presionó debidamente a los productores y Martino, como su personaje, estuvo en la película. En lugar de una, Coppola debió meter tres cabezas de caballo en la cama de Woltz: la de Don Vito, la de Rufolino y la de él en guiño majestuoso a su jefe de la Paramount.

Finalmente la productora abrió un poco la mano: le trasladaron a Marlon Brando una oferta que nunca podría aceptar. Entre las condiciones, la de no faltar un día al rodaje o trabajar por el salario mínimo. Brando había iniciado su particular camino de vuelta. Descreído y ensimismado, se llegó a decir que había empezado a engordar para escapar de sí mismo. Era un mito del cine que abominaba hipócritamente de Hollywood, al que prestaba servicios tres meses para vivir un año. Su agente, Alice Marchak. le había pasado el libro de Puzo que se negaba sistemáticamente a leer. Hasta que un día Marchak llegó a su casa y se lo encontró con un bigotito mafioso: “¿Qué tal me queda?”. Coppola se lo encontró abandonado, con el pelo largo y pinta de surfero. Antes de que se diese él la vuelta y se rindiese ante la Paramount, se la dio Brando en una baldosa: a sus espaldas se atizó el pelo recogiéndoselo con poco de queso y se incrustó en la mandíbula servilletas de papel. Cuando comenzó a hablar con el acento de Frank Costello Coppola tenía delante a Don Vito Corleone, el patriarca mafioso que había imaginado Mario Puzo.

Así fue como de repente la leyenda Marlon Brando, que había rodado Un tranvía llamado Deseo, La ley del silencio, Viva Zapata y Julio César antes de los 36 años, y recogido un Oscar, se avivó en los 70 de una manera que hizo temblar la industria: El Padrino, Último tango en París y Apocalipsis Now. Su reino no era de este mundo. “Es uno de los hombres más brillantes e inteligentes que he conocido, pero apartándome de él como actor es, a la vez, un niño y nada puede ser más frustrante que un niño prodigio”, dijo Coppola. La jugada la repitió en el rodaje de Apocalipsis Now. Se esperaba al delgado coronel Kurtz y Brando emergió en medio del equipo como una vaca y la cabeza rasurada al cero. Hubo histeria, gritos e insultos hasta que Brando se recostó y empezó a hablar en trance. Como había ocurrido con Vito, el actor logró no meterse en la piel de nadie, sino inventarlo: convertirse, literalmente, en otra persona. “Ese proceso de transfiguración dialéctica ocurre muy pocas veces, y es exclusivo de lo que Manny Farber llamaba ‘arte termita’, cuyo rasgo peculiar es el de ‘avanzar devorando siempre sus propias fronteras’ sin otro objeto que el de ‘fagocitar los confines inmediatos de su actividad y convertir dichos límites en el requisito de nuevos logros’. No se trata tanto de que el actor se muestre dúctil y maleable, a fin de asumir personalidades diferentes, como de que termine por vampirizar a sus propias creaciones. Por eso Kowalski, Marco Antonio, Vito Corleone, Paul y Kurtz son máscara y carne al mismo tiempo, puro artificio y vísceras palpitantes”, escribió Carlos F. Heredero en El Cultural. Brando, dijo Elia Kazan, tenía el método, pero no era el Método. “Cuando interpreto me transformo. Me quema dentro una especie de fuego, una especie de delirio. Y me siento fuerte, feroz como un león”.

La primera imagen de El Padrino es una pantalla en negro y unas palabras: “I believe in America”. A partir de ahí la metáfora ya sólo se engrandece. Está Brando sin estar hasta que mueve una mano ordenando que se le lleve a Bonasera un pañuelo. En apenas unos segundos el “Creo en América” se convierte en un “La justicia nos la hará Don Corleone”. La mafia, dijo Coppola, son los Estados Unidos: dos organizaciones benéficas que tienen las manos manchadas de sangre para poder seguir siéndolo. Brando aparece media hora, y en todos esos minutos salpica la trilogía al punto de que una de sus mejores apariciones es al final de la segunda parte, cuando la familia se reúne en la mesa para cenar el día de su cumpleaños: salen todos a recibirlo a la puerta, porque él no está en esa película, y se queda sentado Michael. La familia va a abrazarse al patriarca mientras el hijo pequeño medita en la mesa: acaba de anunciarle a sus hermanos que se alistará en el Ejército y sólo Fredo lo ha apoyado. Dieciocho años después lo matará.

Brando llevaba peso en los zapatos para arrastrarse con más intimidación. El gato no estaba en los papeles y Brando actúa como si tampoco lo tuviese en el regazo. Lo cuenta James Caan: cualquier otro con un gato en las piernas no podría evitar que el animal se convierta en el centro de atención, pero Brando llega al punto de limpiarse los pelos del animal, en un gesto brevísimo, al levantarse de la silla. Todo lo que hizo fue seducir al gato hasta mimetizarse con él. Repitió aquello más veces en su vida, una de las últimas cuando acudió a su casa un joven periodista acompañado de su novia, una rubia despampanante. En mitad de la entrevista el viejo Brando comenzó a amansar a la chica interpretando con el cuerpo y la mirada, y ella acabó arrastrándose al sillón hasta sentarse encima de él mientras ronroneaba con sus caricias: “Si me llega a pedir que hiciese el amor con él, lo hubiera hecho”, dijo al salir de casa. La atmósfera que consigue en la primera escena de la película, el juego de iluminación, las sombras que se precipitan desde su mirada, responden solas a la insistencia de Bonasera en pagarle por un asesinato. Es ese magnetismo que rodea a don Vito el que convierte la frase del funerario en una declaración de guerra. Hasta Hagen, asombrado, deja su copa sobre la mesa. “¿Qué he hecho yo para merecer tan poco respeto?”, se lamenta el Padrino.

La capacidad de actuación del genio lo convertía en alguien más grande que la vida. “Me encantaría que colgaran un retrato mío en la luna y que desde allí observara el Universo con la misma superioridad con que he mirado siempre el mundo, y me reiría eternamente”, diría después. No hay un plano desperdiciado en El Padrino que lo desmienta. El rastro de su presencia se alarga hasta el momento en que parece descabezarse Michael sentado en Sicilia al final de la trilogía. Su tránsito en pantalla es magistral. El derrumbe interior que se produce al comunicarle Hagen la muerte de Sonny (“consigliere mío”) dejó alucinado al propio Duvall: expiró ante sus ojos, un movimiento apenas perceptible con el cuerpo. Como si se le hubiese reventado el alma.

Al poco de entrar en Actor’s Astudio Stella Adler propuso a los alumnos interpretar a gallinas que hubiesen descubierto una bocina en el corral. Todos comenzaron a aletear de un lado a otro pero Brando se subió a un armario y permaneció allí quieto. Adler le preguntó qué hacía: “Soy una gallina, no tengo ni idea de lo que es una bocina”. Diluyó el dinero, que despreciaba, hasta acabar viviendo gratis en una casa que Jack Nicholson le compró (aunque se cuidó de dejar en testamento 22 millones de dólares para señoras y vástagos), amó a más mujeres de las que pudo recordar y levantó bandera una y otra vez por los desfavorecidos y causas perdidas. Su Oscar por Vito Corleone lo recogió una joven que intervino en la gala para criticar el trato que se le daba a los indios en la industria del cine. Años después, Sacheen Littlefeather, como se hacía llamar la chica, contaría que mientras hablaba vio a un lado del escenario al personal de seguridad tratando de detener a un encolerizado John Wayne. “Hay que vivir de cualquier manera”, dijo una vez. Me gusta recordarlo en esta respuesta insólita a la pregunta de qué es la interpretación, que por lo demás consideraba el oficio más estúpido sobre la tierra. Lo que le convierte en el estúpido más grande de la historia.

Manuel Jabois: Abdón en polvo convertido



Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.
William Wordsworth

El primer Abdón era hijo de Hillel el piratonita: dio a la tierra cuarenta hijos y treinta nietos que montaban en setenta burros. Juzgó en Israel ocho años y su nombre venido del hebreo significa siervo. Fue enterrado en el monte Amalec en el fondo de los tiempos, cuando Abdón Porte era aún descendiente de sus descendientes.

Nació El Indio, como le llamaban, en 1880; de él se cuenta que tuvo infancia de traste en la barriada de Libertad, departamento uruguayo de Durazno, llamado así porque fue creado alrededor de un duraznero, el naranjo americano. Porte creció pateando el balón y exhibiendo dotes de mando. Era fuerte y dominador; la foto de su juventud lo presenta con una mandíbula ancha y rasgos profundos de chamán efebo, con las cejas larguísimas cubriéndole los ojos a modo de visera tormentosa. Su estampa era de indio antiguo, como si una pareja superviviente lo hubiese engendrado a escondidas. “Formidable columna y rasgos característicos”, le dijeron los periódicos.

Abdón Porte debutó en el Colón y siguió en el Libertad, los dos en la Primera División. No pasó inadvertida su presencia y liderazgo para Nacional, que lo hizo llegar al tricolor en sólo unos meses. Su leyenda comenzó un 12 de marzo de 1910 en la banda derecha del Gran Parque Central, el estadio del coloso del Río de la Plata. Un año después era ya capitán con el 5 a la espalda. En ese tiempo Porte fue situado en el centro del campo como stopper, un todocampista de pulmones exagerados que devoraba en la marca a los delanteros y percutía como un hipopótamo en el campo rival, arrastrando la pelota hasta engullirla. Fue el primer medio volante en alzarse como máximo goleador en Uruguay.

“Era un típico hombre defensivo de estilo combativo; tenaz centre-half de un período brillante del fútbol oriental. Abdón Porte era notable, con virtudes y cualidades extraordinarias, defensivas y de colaboración, bien conocidas y recordadas por mucho tiempo, por los aficionados de antaño. Era un muchachón bueno, amigo de los amigos; gauchazo para hacer bien. Manso en la cancha aunque lo rompieran a patadas”, escribió Luis Scapinachis. “Era”, según Xosé de Enríquez, “era un lungo rústico, flaco, morochón y peloduro”. “Fue un tremendo macho, pero no agredía”, destaca el periodista Julio Toyos. Estuvo en la selección nacional que ganó la primera Copa América y contabilizó en 207 partidos 19 títulos.

Abdón Porte lo dejaba todo en el campo. Lo dejaba todo para defender a su Nacional. Para ese hombre no había nada más importante que ponerse la camiseta”, comenta el periodista Jorge da Silveira en un documental dedicado a Porte emitido por el Canal 12 de Montevideo: “Un hombre de poca conversación y terrible entrega. No aflojaba nunca”. De su esfuerzo da cuenta una anécdota: en una época en el que no había sustituciones se lesionó a los diez minutos y jugó cojo el resto del partido. Estuvo de baja de casi un mes, el mayor tiempo que Abdón Porte permaneció sin jugar al fútbol. “Entonces”, dice Toyos, “cualquier profesión, fuera periodista, abogado o futbolista, merecía toda la pasión en absoluto, sin ningún límite”.

Adorado por las gradas, símbolo indiscutible de Nacional, equipo creado como “respuesta criolla al fútbol de los gringos”, Abdón Porte empezó a ver a los 38 años la hora en la que nada puede devolver lo que fuiste. El escritor Eduardo Galeano cuenta que incluso se asomaban los silbidos a la tribuna cuando Abdón cedía. Ese mismo año el club colocó en su puesto a Alfredio Zibechi y Porte se sentó, por primera vez, en el banquillo.

Tras un partido en que Nacional derrotó al Charley 3-1, la plantilla fue a celebrar una cena en la sede del club, en el centro de Montevideo. A la una de la madrugada del 5 de marzo de 1918 Abdón Porte dejó la fiesta y se subió a un tranvía que lo dejó a las puertas del Parque Central. El estadio había sido cien años antes la chacra de una vieja en la que se firmaron los tratados con Oriente y fue investido José Gervasio Artigas Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres, el líder de la Revolución del Río de la Plata. Hacia el centro de ese lugar se encaminaba en una noche de invierno Abdón Porte. De pie sobre el círculo central que dominó durante una década, en medio del silencio del estadio, rodeado de las gradas vacías que lo aclamaron como a un dios, el 5 de Nacional se sacó un revólver y lo apoyó en el pecho, haciendo estallar el corazón.

No en la sien, como suelen los suicidas, porque eso sería hacerlo con la razón, sino en el corazón”, dice Julio Toyos. A las seis de la mañana el perro de Severino Castillo, un empleado del campo, arrastró al hombre al césped. “Notó que en el mismo centro del field se encontraba un hombre en posición de cúbito dorsal. Al principio no le preocupó el hecho, pero en la nueva recorrida, viendo la inmovilidad del cuerpo, no obstante haberse iniciado una pequeña lluvia, acentuó más su atención. Poco tuvo que hacer el empleado que conocía al jugador de Nacional. El revólver que yacía al lado del cuerpo, ya ensangrentado, le dio toda la magnitud del suceso. El tiro había dado de lleno en el corazón, produciendo, como es de presumir, una muerte instantánea. Movido el cuerpo, se encontró a su lado un sombrero de paja, bajo el cual Porte había colocado dos cartas”, dijo la prensa al día siguiente. “Nacional pierde al creador de cien victorias”.

(Dos años después, como contestación a un artículo publicado en El País titulado Qué coupet, el diputado Washington Beltrán Barbat fue retado a duelo por el expresidente José Batlle y Ordóñez; bajo una lluvia torrencial, y tras un primer intento nulo —ninguna de las dos balas hizo cuerpo— Batlle acabó matando de un disparo bajo la axila a Beltrán, que cayó redondo en el círculo central del Parque Central).

Un sobrino de Abdón Porte crearía escuela en el club como delantero y ganaría también, como su tío, la Copa América con Uruguay. Alfredo Zibechi, el hombre que sustituyó a Abdón en el centro del campo, se convirtió en una leyenda del fútbol uruguayo. José María Delgado, el presidente del club al que iba dirigida una de las cartas, hizo carrera en Nacional y es uno de sus más emblemáticos símbolos; una grada lleva su nombre. En la misiva Abdón le instaba a cuidar de su “vieja” y de su novia, con la que se iba a casar un mes después. “Hagan por mí como yo hice por ustedes”, pidió antes de despedirse: “Adiós querido amigo de la vida”. Debajo, unos versos:

Nacional aunque en polvo convertido
y en polvo siempre amante.
No olvidaré un instante
lo mucho que te he querido.
Adiós para siempre.

A modo de posdata había una aclaración: En el Cementerio de la Teja con Bolívar y Carlitos, que hace referencia a los hermanos Céspedes, mitos del club muertos de manera temprana a causa de una enfermedad.

Porte da nombre a una tribuna del Gran Parque Central. Allí, cuando los jugadores de Nacional saltan al césped los días de partido, se extiende una gran pancarta en la que se lee con letra inmensa: “Por la sangre de Abdón”.

Manuel Jabois: Ciano devorado por lobos


Un día de septiembre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, Galeazzo Ciano recibió a un ministro húngaro en sus despachos del Palazzo Chigi. “¿Piensa usted que ganará el Eje?”, le espetó el húngaro en medio de la conversación. Tras la visita, Ciano se abalanzó furioso sobre sus diarios: “El nuevo ministro de Hungría, M.Mariassy, es el tipo clásico del trepador de carrera, ceremonioso y creído. ¡Ha querido hacerme preguntas de orden político y ha comenzado por preguntarme si yo pensaba que el Eje ganaría la guerra! Me pregunto qué respuesta esperaba recibir del ministro de Asuntos Exteriores de una Italia en guerra, al que ve por primera vez en su vida. ¡Qué imbécil!”.

El conde Ciano, casado con Edda Mussolini, hija mayor del Duce, fue un hombre entregado al lujo de la época; un fascista inteligente y culto que cultivó su jardín no a la manera que enseñó Voltaire, sino de modo que en éste florecieran las llamadas american beauty, el tipo de rosa artificial sobre la que artillar una imagen glamurosa y una vida blanca, de bailes y cóctel. Lo fue a arruinar todo Hitler y su empeño suicida en conquistar el mundo; Ciano, que había puesto sus esfuerzos en conquistar un modo de vida, sufrió los embates del nazismo en Europa como si fueran dirigidos a los salones en los que se enseñoreaba como un pavo real. Grande y atlético, de mandíbula rectangular como la que se le ponían a los viejos agentes del FBI procedentes del campo, Galeazzo Ciano fue un pijo de familia, descendiente de los primeros fascistas italianos, que consumó un braguetazo a principios de los 30 al contraer matrimonio con la niña de los ojos del Duce.

Pasó por varios ministerios, luchó en Abisinia como piloto y finalmente se colocó de ministro de Asuntos Exteriores en un tiempo turbulento. De ahí procede la enjundia de sus diarios, que escribió a tragos, como su vida, mientras dejaba constancia de la locura de Hitler y el desparrame verbal de su suegro; de los días agitados del pacto de hierro entre el fascismo, la ayuda a España, los tejemanejes, casi de chamarileros veteranos, entre las naciones que asistían cadavéricas al inminente funeral de una civilización. Galeazzo Ciano estuvo en todas las salsas, siempre por encargo de Mussolini.

Su último escenario, que fue el que lo llevó a la muerte, estuvo en Alemania. “Mussolini es el primer estadista del mundo con quien nadie tiene ni remotamente derecho a compararse”, le dijo Hitler en su primer encuentro. La relación bascularía de tal forma que la servidumbre afectada del Fürher terminaría trasladándose a Mussolini, humillado al punto de destrozar, bajo órdenes alemanas, su propia familia. Ciano estaba en Berlín porque mucho antes de la guerra el dictador italiano le había encomendado la misión de abrir una brecha entre Inglaterra y Alemania, para lo cual lo envió con un telegrama del embajador británico en la capital alemana que alertaba del peligro del Gobierno de Hitler, “un grupo de aventureros peligrosos”. El nazi estalló, según recoge Ciano en sus diarios: “Según los ingleses, hay dos países en el mundo gobernados por aventureros: Alemania e Italia. Pero Inglaterra también estuvo gobernada por aventureros cuando construyó su imperio. Hoy simplemente está gobernada por incompetentes”.

Era el Hitler transmutado que tantas veces, con horror impasible, refleja Ciano en sus apuntes compulsivos. El líder que se abisma a la locura mediante un proceso casi cinematográfico. En su biografía, un relato magnífico de la vida del Fürher, John Toland relata uno de sus accesos respecto a Inglaterra: Hacia las doce y media del mediodía del 27 de agosto hicieron pasar a Dahlerus al estudio del Fürher. Hitler lo esperaba solemnemente y clavó la vista en la persona neutral que luchaba por la paz. Goering estaba de pie a su lado, visiblemente satisfecho de sí mismo. Tras un saludo amistoso y breve, Hitler se lanzó a una disertación sobre el deseo de Alemania de llegar a un acuerdo con Inglaterra, que degeneró en una feroz diatriba. Después de describirle sus últimas propuestas a Henderson, exclamó: ‘¡Ésta es la última oferta magnánima que le hago a Inglaterra!’. El rostro se le tensó y se puso a gesticular de un modo muy peculiar mientras se jactaba del poderío militar superior del Reich. Dahlerus señaló que Inglaterra y Francia también habían fortalecido su ejército y estaban en condiciones de imponer un bloque a Alemania. Sin responder, Hitler caminó de un lado a otro de la estancia hasta que de pronto se paró en seco, se quedó con la mirada perdida y empezó a hablar de nuevo, esta vez como en trance: ‘Si estalla una guerra, entonces construiré submarinos, construiré submarinos, construiré submarinos, construiré submarinos, submarinos, submarinos’. Era como un disco rayado. Su voz sonaba cada vez menos clara. De repente, comenzó a perorar como si se encontrara ante un público numeroso, pero no dejaba de repetirse. ‘¡Construiré aviones, construiré aviones, aviones, y destruiré a mis enemigos!’. Consternado, Dahlerus se volvió hacia Goering para ver cómo reaccionaba. Sin embargo, el Reichmarschall no parecía en absoluto perturbado”.

En conversaciones con Ciano, Mussolini se muestra hasta flemático cuando se refiere a Inglaterra. Aunque el tono es intempestivo, el análisis que hace de Gran Bretaña es puramente british. Por ejemplo, al acabar de entrevistarse con Hitler en 1938, Mussolini se inclina hacia su expectante yerno:En un país donde se adora a los animales hasta el extremo de construir cementerios, casas y hospitales para ellos, y donde se dejan herencias a las cotorras, puedes estar seguro de que ya se ha instalado la decadencia. Además, dejando de lado otras consideraciones, es también una consecuencia de la composición del pueblo inglés. Hay cuatro millones de mujeres de más. Cuatro millones de mujeres sexualmente insatisfechas, que crean artificialmente un cúmulo de problemas con el fin de excitar o apaciguar sus sentidos. Al no poder abrazar a un hombre, abrazan a la humanidad”.

Ese año, recuerda Toland, un diputado británico que frecuentaba la Alemania de Hitler escribió: “La mortalidad infantil se ha reducido drásticamente y es considerablemente inferior a la de Gran Bretaña. La tuberculosis y otras enfermedades han disminuido notablemente. Los tribunales penales tienen poco trabajo y las cárceles nunca habían estado tan vacías. Es un placer observar la buena forma física de la juventud alemana. Hasta las personas más pobres van mejor vestidas que antes, y sus rostros alegres atestiguan su buena salud psicológica”. Se refería al éxito de las Juventudes Hitlerianas, el siniestro conducto de adoctrinamiento del régimen nazi. No todos los políticos británicos fueron tan deslumbrados por los años felices de la Alemania de los años 30. El embajador informó a Londres: “A los escolares alemanes los educan de forma metódica, mental y físicamente, para defender a su país. Pero me temo que si este gobierno, o un gobierno alemán posterior, llega a exigírselo, estarán igual de preparados para ir a morir en el suelo extranjero”.

¿Y Ciano? Podría decirse que observaba el espectáculo del mundo desde una prosa desconfiada, a menudo casi de cirujano, tomando notas de secretario y moviéndose de aquí allá hasta acabar enjaulado en su propia contradicción, perseguido por todos. Su mujer acabó publicando un libro, escrito por el periodista Albert Zarca, sobre los años tremendos titulado Piquete de ejecución para un fascista; en el libro ella se deja bien hasta el punto de concederse cierta ascendencia sobre Hitler. También narra el espectáculo que siempre suponía el comilón Goering (“a veces sentías la presencia de alguien detrás de ti, o ver a un soberbio león que se acercaba a la mesa para devorar un bizcocho. Esta bestia dejaba pasar muy gentilmente su cabeza sobre tus rodillas, mirándote y relamiéndose sus hocicos”), del que contaba que se vestía según para que caza: Para la caza del bisonte, por ejemplo, se transformaba en un cazador del siglo XV, con vestimentas totalmente idénticas a las de aquella época. Luego, si tenía que hacer inmediatamente otra cosa, se cambiaba y podía vérsele con un uniforme que no tenía nada que ver con los que estaban en vigor, sino que había sido creado especialmente para él, en un tejido cuyo color oscilaba entre el violeta y el rosa… Y la sorpresa aumentaba, porque, a este color, cuando menos original para un mariscal, añadía toda una batería de puñales, dagas, condecoraciones y cordones de todos los colores. En una palabra, Goering, por un sí o por un no, cambiaba de vestimenta, de anillos y de fajinas cuatro o cinco veces por día, si no más”.

Ciano, como templado diplomático, tuvo que satisfacer ridiculeces tales como la concesión del collar de la Orden Suprema de la Annunziatta a Goering, un reconocimiento real de Italia que tuvo el ministro Ribentropp por fraguar la alianza entre los fascistas. Cuenta el conde cómo al jerarca nazi se le llenaron los ojos de lágrimas al contemplar la ceremonia de Ribentropp, y el obeso asesino comenzó a agitarse delante de Von Meckensen para suplicarle que él quería su collar. “Von Meckensen me ha contado que le hizo una escena”, escribe Ciano. Comienza entonces una tortura para Ciano y Mussolini, pues el collar sólo lo puede conceder el rey Victor Manuel III y no está por la labor. El dictador le dijo al Saboya: “Majestad, es como un limón que usted tuviera que tragarse, pero en estas circunstancias todo aconseja a que se haga”.

Las relaciones de Hitler con el rey italiano fueron otra de las causas del sinvivir de Ciano. Toland recuerda la visita de cinco trenes de la comitiva nazi a Roma, recibidos con flores, estandartes y formaciones de las tropas fascistas. Antes de pararse, Hitler llamó a un edecán para que transmitiese una información urgente a todos los vagones: en Roma los recibiría un hombrecillo muy pequeño, pero nadie debía reírse; “es el rey de Italia”. El encuentro comenzó mal. Hitler, ofendido por ser recibido sólo por el rey y no por Mussolini, optó por sentarse antes que Victor Manuel III en la carroza de gala. Carroza, por cierto, que despertó el malestar del dictador nazi: “¿No ha oído la Casa de Saboya hablar del automóvil?”. “El banquete y la recepción en el Quirinal no mejoraron la situación. Hitler, mirando de un lado a otro con nerviosismo, avanzó lentamente del brazo de la reina, una figura majestuosa más alta que él. Detrás venía el diminuto rey escoltando a la alta esposa del gobernador. El cuarteto producía un efecto cómico, y Hitler lo sabía. Cuando la reina entró en el gran salón de recepciones, los italianos ejecutaron profundas reverencias o genuflexiones. Varios le besaron el ruedo del vestido. Después de aquel mal trago, Hitler le confesó a su piloto que había pasado ‘una hora horrible”, cita Toland a ese piloto, entrevistado tiempo después

Las anotaciones de Ciano en sus diarios sobre la visita también son curiosas: “El rey sigue mostrándose hostil y considerándolo (a Hitler) una especie de degenerado psicofisiológico. Nos ha contado al Duce y a mí que la primera noche que se hospedó en el Palacio Real, Hitler, a la una de la madrugada, pidió una mujer. Gran emoción. Explicación: parece que no consigue conciliar el sueño si no ve con sus propios ojos cómo le rehace la cama una mujer”. Al día siguiente, el conde, lacónico, se limita a escribir: “Mussolini cree que Hitler se pone coloretes en las mejillas para ocultar su palidez”. Y termina su crónica del viaje relatando la vieja camadarería entre fascistas, con Hitler con los ojos llenos de lágrimas al despedirse de su aliado. La mujer de Ciano, Edda, también diría en su libro que Hitler se emocionó al verla tras el arresto de Mussolini en Italia.

Echado a orgías de alcohol y sexo en sus visitas al Reich, Ciano mantuvo su reunión más importante en Berlín cuando fue enviado por Mussolini para tratar de parar la invasión de Polonia. Se plegó primero ante Ribbentrop, pero sorprendentemente resurgió ante Hitler contestándole con habilidad e ingenio pese a cagarla nada más entrar en el despacho burlándose de los arreglos florales, de los que no sabía que habían sido preparados por Eva Braun. Italia no quería guerra; Alemania sí. “Vuelvo a Roma completamente asqueado de los alemanes, de su líder y de su manera de hacer las cosas”. Le quedaban pocos años para salir del círculo de influencia de su suegro. “Galeazzo Ciano no fue eliminado del gobierno porque tuviera propósitos sediciosos contra mi padre o porque criticara a veces en privado algunas de sus decisiones —¿no hacía mi padre igual con respecto al Führer a pesar de ser su aliado? Todo se debió a que fue víctima de un complot de alcoba. Esto ya está dicho. El gobierno debía renovarse, como exigía la situación. Mi padre aprovechó ésta para desposeer de su puesto a Galeazzo, influenciado por los que deseaban su ruina. Una vez apartado del poder, fue emprendida la operación ‘Ciano, traidor’ por los que consiguieron su salida del Gobierno. Ésa fue su segunda caída”, escribe Edda.

Habría una caída más para el glamuroso yerno del dictador, que tanta relación tuvo con España, a la que dedica páginas y más páginas de sus diarios como intermediario italiano en la Guerra Civil. Tras su destitución, votó, como miembro del Gran Consejo Fascista, a favor de la destitución de Mussolini, del que se había hecho ya declarado adversario político. Pero cuando éste es detenido, huye a Alemania, donde no tiene más que enemigos. Tras la vuelta de Mussolini al poder, liberado por los nazis, Ciano es entregado al Gobierno que había establecido en el norte de una Italia ya prácticamente liberada, y juzgado en Verona acusado de alta traición. La presión nazi obligó a los italianos a condenarlo a muerte bajo la desazón de Mussolini, que estuvo a punto de enloquecer al dejar viuda a su hija predilecta. “Has dejado de ser mi padre”, le escribió ella. Pero el Duce ya era un esclavo, de facto, de Berlín. Se negó a concederle el perdón, que era lo último que podía salvar a Galeazzo Ciano. Junto a otras cuatro personas, el yernísimo fue acribillado por el pelotón de fusilamiento en una escena que un testigo alemán calificó de “carnicería”. Ciano recibió cinco disparos por la espalda, se desplomó en su silla sin acabar de morir y se retorció en el suelo aullando antes de que fuese fulminado por varios tiros de gracia.

Los cinco hombres ejecutados ese día eran fascistas fieles a Mussolini, pero abatidos por balas fascistas y en nombre del mismo Mussolini”, escribe el italiano Albert Zarca. “El pequeño grupo se detiene cerca de las sillas. Uno de los oficiales italianos hace una señal a los condenados para que se sienten. Estos obedecen y se colocan a horcajadas, con la espalda vuelta al pelotón de ejecución, porque, así lo quiere la ley italiana para los traidores, serán fusilados por la espalda. Falta poco para las nueve y veinte. Unos milicianos atan los puños de los condenados al respaldo de sus sillas, pero, antes de extender las suyas, Galeazzo Ciano hace una señal al prefecto Cosmin para que acerque y le dice unas palabras al oído. Igualmente, Gottardi, antes de dejarse atar, se quita su abrigo y su sombrero y pide que sean entregados a su hijo. Un profundo silencio se cierne sobre el campo de tiro. Una voz salta al aire: es uno de los oficiales que lee la sentencia y los motivos que han llevado a los jueces a pronunciarse así. Cuando la voz se calla, puede oírse un leve murmullo: es De Bono que reza. De pronto, se oye un grito: es Marinelli: “¡No disparen! ¡No disparen!”. En el mismo instante, Galeazzo Ciano vuelve la cabeza y fija intensamente sus ojos en los milicianos que van a disparar. Nicola Furlotti, que comanda el tiro, baja el brazo. La primera salva sale de los cañones. De Bono cae fulminado sobre el respaldo de su silla. Los otros ruedan por el suelo, lanzando gritos de agonía. Una segunda salva los acalla. Sólo Galeazzo Ciano gime todavía. Nicola Furlotti corre hacia él acompañado del forense y el doctor Caretto. A una orden de éste, Furlotti dispara una vez con su revólver sobre la sien de Ciano. No es suficiente. Dispara denuevo; Galeazzo Ciano deja de respirar. Ha terminado”.

Edda conserva una fotografía del instante en que Ciano fija la mirada en los soldados. Amenazó con sacar a la luz los cuadernos de su marido si éste era fusilado. Incluso nazis como Himmler hubieran querido los manuscritos antes que la vida del italiano que escribió las impresiones diarias de una época de terror, subido a la ola del fascismo y llevando una vida ampulosa y cínica. Los Diarios fueron sacados de Italia y editados por los norteamericanos ya en 1945, pero había una primera parte, que fue destruida por las SS y, parcialmente, restaurada. Esa época, que corresponde a la Guerra Civil española, fue editada aquí con una tremenda poda”, cuenta Mariano González-Arnao. En España ya pueden encontrarse las dos partes de los diarios de Ciano, publicados por Crítica en 2004.

Edda Ciano, fanática admiradora de Hitler, murió en abril de 1995. Se le vio por última vez en la presentación de un libro que escribió su hijo Fabrizio y que tituló con elegancia cetrina: Cuando el abuelo fusiló a papá. La vieja Edda calificó la obra de pésimo gusto.

Manuel Jabois: Mou en rueda de prensa


En contra de mis costumbres cuando juega el primer equipo, ayer hice noche en casa para ver al Madrid en pantuflas. Es un modo muy maguregui de ver al Madrid —yo me imagino a Maguregui atizando la cucharilla del colacao rodeado de nietos grandes como autobuses—, porque a este equipo sale uno a verlo por la tele como si se fuera a la guerra, con seis gintonics encima y la cara pintada. Son tiempos éstos de entrar en el bar con el 4-2-4 y poner a la parroquia a andar, pero en fin, uno no tiene hígado para tanto mourinhismo. Decía, entonces, que vi el partido en casa y luego, cuando me levantaba para escribir sobre los diarios de Ciano, el yerno de Mussolini, y enviar un texto a Jot Down, me topé con Mou en rueda de prensa. Sin subtitular, quiero decir (yo supongo tiernamente esos subtítulos de la TV3 en catalán y sonrío beatíficamente, como drogado). Me quedé a ver aquel espectáculo, claro. Por primera vez en diez años después de mi traumático encuentro con Camacho.

Mou, al que al día siguiente leyendo los periódicos lo ve uno encima de la mesa con taparrabos, estaba verdaderamente plomizo, cargado por tantos goles. Lacónico como antes de los lacónicos. De hecho, el primer laconismo fue obra de un mourinhista. Asediado el poblado de Laconia, los sitiadores enviaron un mensajero a decir que si ganaban, los harían a todos esclavos. El lacónico lo miró de arriba abajo, aburrido, como ayer Mourinho a los periodistas, y dijo: “Si ganas”. Así nuestro Mou en rueda de prensa. Me han contado que las preguntas que le hacen los periodistas catalanes rebasan el parvulario y se abisman en una dimensión fetal, ignota: hay que meter un sónar para encontrar latido. Las de los sevillistas ayer, al menos, parecían salidas de Vip Noche.

¿Fútbol? Quiá, que dice el maestro. ¡La LFP! Tras la derrota, la preocupación de los periodistas locales que se pusieron ayer a preguntar era la diferencia de presupuestos. Bien es verdad que uno, además, le preguntó si lo del 2-6 había sido suerte. Mourinho contemplaba impertérrito el espectáculo. Se ve que asistí a una opereta menor. Como buen productor de titulares, de Mourinho se espera que se pronuncie ariscamente sobre el bosón de Higgs: “Una mariconada. Ya yo en Oporto…” Es más cómodo preguntarle por el reparto del dinero de las televisiones, del que Mourinho es principal gestor, que qué hace Lass vagabundeando por el campo, por qué hoy sí salió Arbeloa en su posición natural y no Coentrao, a qué se debió la suplencia de Özil o cómo reorganizó el equipo con diez. Qué va: el Sevilla perdió porque es más pobre que el Madrid. El Levante también, moralmente.

El final estuvo a la altura, como no podía ser de otro modo. Se escuchó perfectamente: “Última pregunta”. El periodista la aprovechó para repetir la cuestión anterior, como mandan los cánones, y tras responderla, Mou se levantó. Entonces se oyó al fondo, suplicando un poco patéticamente, a uno reclamando su turno. Escuchamos en Pontevedra lo de “última pregunta” y el eco todavía no había llegado a Sevilla. Mourinho ni siquiera miró atrás. César Vallejo dijo haber nacido un día que Dios estaba enfermo; es evidente que Mou vino al mundo un día que Dios estaba eufórico.

 

Manuel Jabois: Una vida Twain


En esta Autobiografía voy a tener en cuenta el hecho de que estoy hablando desde la tumba. Estoy literalmente hablando desde la tumba, porque ya me habré muerto cuando el libro salga de la imprenta (…) El producto más franco, más libre y más privado de la mente y del corazón humanos es una carta de amor. El escritor consigue su libertad de expresión sin límites en cuantose da cuenta de que ningún extraño va a ver lo que está escribiendo (…) Me ha parecido que podía ser tan franco, libre y desinhibido como una carta de amor si supiera que lo que estaba escribiendo no iba a ser expuesto a ojo humano alguno hasta que yo estuviera muerto, ignorante de todo e indiferente.

Mark Twain, Autobiografía

No sabemos si la autobiografía de Mark Twain la escribió él porque tampoco sabemos a ciencia cierta si él es Mark Twain, según se deduce de la anécdota que contaba un día tras otro —y yo ando por el mismo camino— Philip K. Dick. Es la historia de Twain y su mellizo, Bill. De niños se parecían tanto que para distinguirlos les ataban cintas de colores en las muñecas de las manitas. Un día que los dejaron solos en la bañera, uno se ahogó y las cintas se habían desatado. “Nunca se supo quién de los dos había muerto, si Bill o yo”, dijo el escritor.

De Twain llegó a decir Hemingway algo conmovedor: “Es el mejor escritor que ha dado Estados Unidos”. No lo desmiente su autobiografía. Es un libro feliz y hermoso de leer.  Allí aparece en majestuosa armonía la infancia de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, la memoria que se recupera desde el primer aliento con una fortaleza envidiable y un sentido del humor prodigioso. Lo hace todo con el estilo de quien ha sobrevivido al estilo, llanamente, sin hojarasca, con la pretensión última de contar historias. Por ejemplo cuando tuvo que batirse en un duelo (“se había convertido en una costumbre en el nuevo territorio de Nevada, y para 1864 todo el mundo estaba deseando tener una oportunidad de practicar aquel nuevo deporte”). A Twain, reacio al principio, le llegó su turno. Sus amigos estaban exultantes y le ayudaron a hacer el testamento. “Luego me llevaron a casa. No dormí nada. No quería dormir. Tenía cantidad de cosas en las que pensar y menos de cuatro horas para poder hacerlo, porque las cinco de la mañana era hora señalada para la tragedia y tendría que utilizar una hora en practicar con el revólver y averiguar con qué extremo del arma debería apuntar al adversario”. Finalmente no habría caso. Mientras entrenaban, el padrino de su rival vio caer del cielo un gorrión y se acercó a ver quién había sido. “Clemens, señor”. “¿Con qué frecuencia puede hacer eso?”. “Oh, cuatro de cada cinco veces”. “Vaya, yo suponía que era incapaz de darle a una iglesia”. Y se llevó a su amigo de allí con un tembleque en las piernas.

El autor cuenta que en las épocas en las que se helaba el Mississipi salían él y un amigo suyo llamado Tom Nash  a patinar por la noche. Un día se oyó un ruido sordo: el hielo del río se estaba rompiendo. Después de una hora de sufrimiento llegaron los dos a una orilla con el hielo partiéndose a sus espaldas. Antes, en uno de los últimos saltos, Tom cayó al agua. Se dio un baño muy desagradable, pero en un par de brazadas llegó a tierra. “Habíamos llegado a estar empapados de sudor, y el baño de Tom fue un desastre para él. Sufrió una procesión de enfermedades. Lo que cerró el lote fue la escarlatina, y salió de ella sordo como una tapia. También se quedó sin habla, pero le enseñaron después a hablar de nuevo, de una forma que nadie entendía lo que de verdad trataba de decir. Naturalmente que no podía modular su voz, puesto que le era imposible oírse a sí mismo cuando hablaba. Así que cuando él creía que estaba hablando en voz baja y de forma confidencial, se le podía oír en Illinois”. Más de cincuenta años después, Twain volvió a su pueblo a recibir un doctorado honoris causa. En la estación de ferrocarril se encontró a una multitud que quería ver a su ciudadano más ilustre. “Vi a Tom Nash que se me aproximaba y yo me dirigí también hacia él, puesto que lo había reconocido al instante. Estaba viejo y con el pelo blanco, pero aún era visible en él el muchacho aquel de los quince años. Llegó hasta mí, hizo una trompeta con sus manos en mi oído, movió la cabeza hacia los ciudadanos y me dijo confidencialmente, con un grito como el de una sirena de barco en la niebla:

— Los mismos malditos imbéciles, Sam”.

La vida de Samuel Langhorne Clemens tuvo una peculiaridad: el cometa Halley fue visible desde la Tierra al nacer él y no volvió a ser visto hasta el día que murió. Nació en Missouri en 1835, llevó una vida aventurera provista de alegrías y golpes bajos, y murió sólo cuatro meses después de perder a su hija en 1910. Ya era entonces y ya había sido hacía mucho Mark Twain. Su autobiografía procura grandes momentos. Los días en Pontevedra están para esto y mi vida empieza a parecerse también un poco a la de un Tom Sawyer huraño, feliz y con varios kilos de más. Siempre se acaba uno dejando barba a la espera de una noticia mejor.

Este libro de Twain es una de ellas. Entre sus páginas hay un momento en el que el escritor narra el día en que con catorce años le tocó hacer el papel de oso en una representación teatral de la fiesta que daba su hermana. Para ensayar su papel se fue a una casa abandonada con el negrito Sandy y allí se desnudó para ensayar el papel de oso. Pero detrás del biombo estaban escondidas dos chicas para cambiarse el vestuario. Lo observaron todo. “Yo daba saltos y cabriolas de un lado para otro de la habitación mientras Sandy aplaudía con verdadero entusiasmo. Caminaba enhiesto y gruñía y daba dentelladas al aire y rezongaba; me ponía cabeza abajo, daba saltos mortales, bailaba una tosca danza con mis zarpas dobladas y mi imaginario hocico olisqueando por todos lados”, cuenta Twain, hasta que Sandy le preguntó:

— Señorito Sam, ¿ha visto alguna vez un arenque seco?

— ¿Tiene algo de peculiar?

— Sí, señor. Puede apostar que la lechera sí. ¡La lechera se los come con tripas y todo!

Las muchachas rompieron a reír tras el biombo y el niño Twain salió corriendo de allí con la ropa en la mano. No pudo mirar a la cara a ninguna mujer en mucho tiempo, sin saber quiénes eran las que vieron aquel espectáculo traumático en un chico de catorce años. Sólo recibió una nota en la que se le decía, burlonamente, que su ensayo había sido maravilloso.

Medio siglo años después, en una gira de conferencias, se encontró en Calcuta con una réplica de Mary Wilson, el gran amor de su infancia. Pensó que era un sueño, a tantos miles de kilómetros de casa, pero sólo era su nieta. Ella lo llevó con su abuela, que estaba en un hotel, y juntos “empapamos nuestras sedientas almas en el vino revivificante del pasado, el pasado patético, el bello pasado, el querido y lamentado pasado. Pronunciamos los nombres que habían permanecido silenciosos en nuestros labios durante cincuenta años y era como si estuviesen hechos de música. Con manos reverentes desenterranos a nuestros muertos, los compañeros de nuestra juventud, y los acariciamos con nuestras palabras. Buscamos en las cámaras polvorientas nuestros recuerdos y fuimos buscando, incidente tras incidente, episodio tras episodio, tontería tras tontería, y nos reímos con tantas ganas que las lágrimas nos corrían por las mejillas”.

Sólo hasta que los dos ya estaban en pie para despedirse, viejos y emocionados, Mary le preguntó suavemente:

— Y dime, ¿llegaste a ver alguna vez un arenque seco?

Autobiografía de Mark Twain (Espasa-Calpe)

Manuel Jabois: Locura y muerte en ETA


 “Estaba harto, me estaban vacilando. Imitaban silbidos de pájaros y cosas así (…) También tenían perros de cuatro patas. Aluciné. A las 2.30 o 3.00 vi gente camuflada con túnicas verdes claras y capuchas entre los árboles. Al frente, un viejo de pelo blanco y calva, vestido de azul marino con un perro de caza marrón. Estarían a doscientos metros en una cuesta monte arriba. Alguno tenía capucha y estaba con lo que parecía un vídeo. Resumiendo, en cinco minutos estaba completamente rodeado. Unos con túnicas, detrás los beltzas. Un armatoste en primera línea que no sé lo que era. Un aparato asemejando una nave espacial, carro de combate o según. Cambiaba la apariencia. Por ejemplo, a veces se veía a cuatro en uniforme verde, luego solo al que apuntaba con una especie de minimisil y ponía cara de sádico. Tenían también una especie de carruaje. Solo se veía en los dos extremos dos tíos con casco amarillo-verde. Según la posición en que lo colocaran era transparente o tendría un juego de espejos. Los avances de la técnica represiva… Dentro de sentaban (más tarde los vi) cinco o seis personas de paisano con capucha. Eran los que analizaban todas mis reacciones.”

 Carta de Xabier Kalparsoro a la dirección de ETA

Txato Kalparsoro estaba captando a futuros etarras mediante el método convenido de dar a conocer anécdotas que hubiese compartido con los contactados. Probablemente no quería que le ocurriese lo que al etarra Santiago Díez Uriarte, que acabó denunciado en los juzgados por tres abertzales, uno detrás de otro y en sucesivos días, a los que invitó a sumarse a ETA. Lo habían creído parte de la “txakurrada”. “Un desconocido”, contaba el primero en la denuncia, “dijo que era miembro de ETA y ante mi sorpresa y preocupación ha procedido a acercarse a mí obligándome a tocar un bulto que portaba en la cintura afirmando que se trataba de una pistola”. Egin se sumó a la fiesta: “Presenta denuncias por amenaza y coacciones: un desconocido pidió a un vecino, involucrando a HB; entrar en ETA”. La sorpresa de Díez Uriarte fue absoluta en tanto que los detenidos, para su pasmo, añadían “un montón de invenciones para llenar bulto”. La serpiente se envenenaba la cola. Por ejemplo, que le costaba hablar euskera cuando él había sido profesor de lengua vasca. Sin embargo siguió su misión de captación con una exconcejal de HB, que en principio se mostró favorable. “Pero al día siguiente compró el periódico y cuando vio la denuncia del otro idiota se asustó y tampoco lo creyó. Entonces ella también me puso la denuncia”. Habría una más por parte de un hombre al que Díez Uriarte prefirió entregar una carta personal. “Me dijo que tenía que pensarlo, que viniera en quince días. Es lo más cojonudo, que me había denunciado y el mismo día Egin lo publicaría (…) El primero es un miedoso, el segundo un tipo obligado y el tercero un hijo de la gran puta”.

Kalparsoro había redactado cartas de captación a algunos conocidos. Así es una correspondencia tipo: “Soy Txato, sí, sí, el más feo y cabrón. Estuve por entrarte el día que nos vimos en la txozna, pero no me pareció oportuno. Los que estaban contigo no son tontos y me conocen de sobra. En cualquier caso sigo pensando que mis greñas eran más largas y bonitas. Tengo que convencerte de quien soy para evitar mosqueos (…) Al grano, la persona que te entrega esta nota es de la Organización. Nos gustaría que te animaras a echar una mano. Pensamos que puedes —si quieres— aportar mucho y te aninamos a dar el paso”. Lo narra todo estupendamente Florencio Domínguez en Dentro de ETA (Aguilar). Domínguez es fundador de Vascopress y uno de los periodistas españoles a los que se le sigue el paso desde hace décadas para saber qué se está cociendo en la banda terrorista y sus aledaños. El libro es un artefacto prodigioso que se mete en las entrañas de vida regular de los asesinos, retrata el funcionamiento pesaroso de la maraña criminal y revela la jerarquía leninista de la banda, las obsesiones de sus líderes, la impiadosa actitud con los militantes, los enfrentamientos abiertos entre ellos, los enamoramientos (“Sé que vivimos de una manera que nos será imposible acabar nada, pero sé también que el intentarlo está en nosotros”), la decisión que les marcará la vida (entrar en ETA, huir a Francia), la vida cotidiana (el Comando Madrid, entre asesinatos, desesperado por comprar un test de embarazo para dárselo a Idoia López Riaño), los años en casas de familias bretonas a la espera de su primera acción armada y la paranoia que a veces desemboca, como un torrente, en locura.

Dentro de ETA es un documento profundamente descorazonador. Antxón escribe que no le aterroriza la muerte ni la cárcel “ni el destierro”, sino la “pérdida de fe en los principios”. Al fin y al cabo ETA es un engendro de principios que se han solidificado en los cuerpos destripados de cientos de víctimas. Ha crecido en el dolor de sus familiares como una hiedra imparable. La degradación de la banda es siniestra, según se observa en la correspondencia que se traen sus jefes. Estas vidas observadas desde la doblez de la muerte ajena no tienen siquiera el rasgo aquel de la escaramuza en el monte con la que organizarse para derrumbar una dictadura. “Hemos ignorado con demasiada frecuencia que ETA está formada por individuos corrientes y vulgares (…) Pensamos que la actividad terrorista requiere complejas cualificaciones o grandes redes de apoyo y no nos damos cuenta de que si se tiene la voluntad de matar es tan sencillo que hasta los miembros de ETA pueden hacerlo”, escribe Florencio Domínguez en su epílogo. “A menudo construimos mitos trenzados con nombres resonantes o con apodos cargados de misterio, pero no vemos al etarra de a pie, aquel que tiene que pedir prestado a su familia el dinero para comprar unos zapatos, el que no consigue tener una relación sentimental estable o el que se pudre oscuramente en una cárcel porque no tiene el valor suficiente para romper con ETA”.

Es en ese epílogo donde Domínguez recuerda la tesis doctoral de Teo Uriarte, uno de los condenados a muerte en el Consejo de Burgos. Uriarte estudió el efecto que tuvo la prensa del franquismo en la organización terrorista, sobredimensionándola. Esos medios pintaban a los etarras como “osados y desprendidos activistas, entregados en cuerpo y alma a una causa épica y misteriosa, guiados por una rígida planificación y preparados para llevar a cabo las operaciones más arriesgadas. Le dio a ETA el espacio y la propaganda que negaba a las organizaciones políticas democráticas que estaban perseguidas en la ilegalidad (…) Para colmo, aventurando hechos falsos y engrandeciéndolos desembarcos de armas y secuestros de aviones, se alentaba a las generaciones venideras a su realización. Puesto que si en el pasado ETA los había intentado hacer, ¿por qué no hacerlos ahora?”, se pregunta Uriarte. “A un piso de alquiler le llamamos base”, recuerda Domínguez. “Hablamos del núcleo central de no sé qué comando, a prestar un coche lo denominamos infraestructura de transporte. Convertimos los actos sencillos en categorías trascendentes con nombres de resonancia militar y terminamos confundiendo un paseo por el campo con la Larga Marcha”.

Nada más llegar al País Vasco desde Francia en 1993, Xabier Kalparsoro se encuentra en un bar de Vitoria a un antiguo militante de Jarrai, que se acerca a él para saludarlo. Kalparsoro le dice que acaba de salir de una detención. La impresión de este amigo suyo es de profundo terror. “Tenía el rostro desencajado y las manos absolutamente despellajadas. Dijo que le había detenido la Ertzaintza durante tres días. Que le habían hecho de todo, le habían drogado y, al final, le habían puesto en libertad”. Al día siguiente comería con él y unos amigos en el piso de éstos. Cuando le preguntaron por los arañazos que presentaba en brazos y piernas, el terrorista se puso nervioso. “Cogió una servilleta de papel y escribió: ‘Me han tenido varias horas entre zarzas. No quiero hablar de esto’. Acto seguido cogió un mechero y quemó la servilleta”. Horas después una llamada anónima informó de que un “refugiado” llamado Anuk —así es como se le conocía— había sido detenido por la Ertzaintza en Lloido. Aunque el diario lo publicó en un breve, ningún cuerpo policial tuvo constancia de ningún arresto. Un día después un guardia civil de la Comandancia de Sansomendi, en Vitoria, coge el teléfono y escucha a alguien que se identifica como Javier Kalparoso: “Soy liberado de ETA y estoy aquí”. No le creen.

Su aventura en el País Vasco empezaría a desbarrar a mediados de septiembre. Una nueva llamada anónima informa al Egin de que Anuk fue visto hace una semana “rodeado de txakurras” en un monte de Lloido. El periódico no publica nada. Ese día, Kalparsoro escribe una larguísima carta en la que explica sus últimas semanas. Es el documento testimonial de un delirio absoluto. Comienza cuando cree estar siendo perseguido por ocho coches y una moto de Telepizza. Dice haber sido secuestrado por la Ertzaintza, por la Guardia Civil o por las dos al mismo tiempo. Y empieza a contar que fue desplazado a un monte en el que cree descubrir una base secreta de la policía vasca. “Eran zipayos y al salir del monte me tendieron una emboscada. Tenían todo el monte tomado. Lo que nadie me dijo y parece que nadie sabe es que ellos tienen una base camuflada allí: chabolas y escondites hechos con ramas de árboles y zarzas (…) Tienen todo supermontado. Parecía que estaban de adiestramiento o algo parecido. Todos vestían anoraks amarillos. Nadie hablaba. Había gente de todas las edades, pero sobre todo gente superjoven. Había también mogollón de guardias y maniobras. Vestían túnicas verde claro y capucha del mismo color”. La carta sigue con los “perros de cuatro patas” y aparatos similares a naves espaciales. Fue detenido en barrena semanas más tarde. “Soy liberado de ETA y si no me ponéis en libertad vendrá un comando. Este es un tema fuerte”, dice antes de proponerle a un policía fingir una fuga dejándose dar —el agente— un golpe en la cara. Ya detenido saltó por la ventana de un segundo piso de la Jefatura Superior de Policía estrellándose en el suelo. Moriría tres días después en el hospital. La carta que Kalparsoro envió a la dirección de ETA antes de morir ha merecido credibilidad del mundo abertzale. Además de diversos testimonios en foros contra la tortura, Joxean Agirre escribe en su libro ¿Cipayos?: “Xabier Kalparsoro fue secuestrado por miembros de algún cuerpo policial, que él identificaba como ertzaintzas, interrogado, drogado y torturado. Después, fue nuevamente liberado con la esperanza de que les condujese hasta otros miembros de la organización”.

José Luis Geresta Múgika, acusado de agarrar a Miguel Ángel Blanco para que García Gaztelu le descerrajase dos tiros en la cabeza, se suicidó presuntamente en marzo de 1999. Las investigaciones de la Ertzaintza sobre sus últimas semanas dieron con el perfil de “una persona desequilibrada con un comportamiento obsesivo, que se creía controlada en todo momento por la policía”. Florencio Domínguez relata cómo a un conocido le pidió que le llevara en coche y al tomar una curva saltó en marcha tras decir que les seguían. A un conductor en Andoain lo paró apuntándolo con una pistola para llevarle el coche. Era de madrugada, y Geresta se quedó de piedra cuando el hombre, ebrio, le dijo: “Anda, vete a tomar por el culo”, y arrancó el vehículo. Finalmente el terrorista se convenció de que tenía un chip en las muelas que permitía su localización. Llevó unos alicates a casa de un amigo para que se las quitara todas, pero éste no se lo tomó en serio. Geresta apareció muerto en un terruño de un disparo en la sien y con su pistola al lado. La pistola se encontró a la izquierda del cuerpo, mientras que Geresta era diestro y la bala entró por la sien derecha. El caso alimentó sospechas de todo tipo. Dos muelas habían desaparecido y un diente fue serrado. Esto no se apreció en el primer examen forense (“bien porque no habían sido extraídas todavía”, dice Florencio Domínguez) pero sí en la autopsia pedida por la familia. En el asunto metieron baza el exministro de Interior, José Barrionuevo (que trazó una comparación de actuaciones del GAL con las que se producían a finales de los noventa) y el general José Antonio Sáenz de Santamaría, que encuadró la muerte en la guerra sucia. Un microchip en la muela es el argumento del primer capítulo de la serie Expediente X. ¿Sufría delirio tecnológico Geresta como llegaron a decir los psiquiatras?

El que no sufre delirios es Antxón, el viejo etarra que estaba obsesionado con la muerte: “Cada uno evita la muerte de un modo diferente. Algunos en silencio, caminando de puntillas; otros reculando, otros pidiendo perdón o permiso. Hay quien entra discutiendo o exigiendo explicaciones y hay quien se abre paso en ella a codazos y puteando. Hay quien la abraza. Hay quien se tapa los ojos; hay quien llora. Yo siempre pensé que me metería en la muerte a carcajadas”. Aunque la hora final no le asusta, hay algo que le saca verdaderamente de quicio: que le toquen las mariposas. Cuando el director del servicio secreto de la República Dominicana le niega trabajar clasificando ledidópteros en el Museo de Historia Nacional monta en cólera y comienza una larga perorata en la que acaba concluyendo que se está trasladando al continente americano “y en mi persona” la guerra que “hace 150 años viene llevando el pueblo vasco con el Estado español”. Y por tanto, exige a un alucinado funcionario dominicano que se le facilite un fusil, lo dejen suelto en una loma y le echen detrás las tropas “para así al menos morir con honor”.

Dentro de ETA, Florencio Domínguez (Aguilar)

 

Manuel Jabois: Nos destrozamos nosotros mismos


Amor mío ambición entusiasmo y confianza declaro todo glorioso este mundo es un juego y mientras me sienta seguro de tu amor todo es posible ésta es la tierra de la ambición y el éxito sólo deseo que mi tesoro amado esté siempre conmigo

Telegrama de Francis Scott Fitzgerald a Zelda Sayre, 22-9-1919

No se habían inaugurado aún los años veinte ni Scott Fitzgerald abría de par en par las ventanas de los hoteles para inundar las calles de dólares. El enamorado Francis quiso triunfar en la publicidad antes de publicar a los veinticuatro años A este lado del paraíso. Entonces eran una pareja de novios; él, acomplejado por no poder ir a la guerra; ella, una femme destinada a la dolce far niente: una de esas mujeres que queman si las tocas, inestable y pasional, dedicada a los placeres extasiantes de la vida, formidablemente zumbada. “Su talento”, escribió Hemingway de Fitzgerald, “era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en el que él no se entendía a sí mismo como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo”.

Las cartas de amor y guerra que intercambiaron los esposos que dirigieron la era del jazz componen un mapa de la destrucción mucho más fiel que el propio Crack Up que el Fitzgerald decadente entregó a mitad de los años treinta a Esquire. Está el entusiasmo del telegrama de 1919 y la desolación posterior, una caída libre que no era ajena a ambos. En su correspondencia se suceden reproches amargos, cotilleos literarios y una suerte de amor enquistado, a ratos melancólico. Ahí está el interés de Scott en alargarle la mano a su mujer, traerla de nuevo hacia él reconviniendo su conducta, aconsejándola, paseándose entre doctores para acabar hablando no tanto de ella como de él. Salen del extremo de la euforia a la del fracaso, de la paz al temblor, se ensañan con el pasado esplendoroso de la costa azul francesa, ésa de aguas azules y destellos trémulos, y avistan de pronto el futuro con empeño optimista. “Tú y yo hemos sido felices; y no lo hemos sido solo una vez, hemos sido felices miles de veces. Las posibilidades de que la primavera, que llega para todos, como las canciones populares, nos pertenezca también, las posibilidades son muy halagüeñas en este momento porque, como siempre, puedo aguantar casi toda la opinión literaria contemporánea, liquidada, en el hueco de la mano, y cuando lo hago, veo al cisne flotando en ella y descubro que eres tú y sólo tú. Pero, Cisne, flota suavemente porque eres un cisne, porque con la exquisita curva de tu cuello los dioses te concedieron un don especial, y aunque te lo fracturaras tropezando con algún puente construido por el hombre, se curaría y seguirías avanzando. Olvida el pasado, lo que puedas, y da la vuelta y nada de nuevo hasta mí, a tu refugio de siempre, aunque a veces parezca una cueva oscura iluminada con las antorchas de la furia. Es el mejor refugio para ti, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa. Todo esto parece alegórico pero es muy real. Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño”.

Zelda recibe Suave es la noche, la novela en la que Fitzgerald exhibe la intimidad de lo que da en llamar la bancarrota emocional de ambos. “La prosa es bellísima, sin una palabra de más ni fuera de lugar. También es una excelente y conmovedora descripción de aquellos lugares soleados, cuyo resplandor brillante finalmente se apagó y dispersó quizás en matices amortiguados (…)Es un libro bellísimo. (…) Me parece que temes que me haga recordar el pasado. Piensa que en aquella época yo estaba inmersa en otro asunto, y supongo que la mayor parte de la vida es un reajuste de las tragedias y dichas en las que consistía antes de que empezáramos a difundir las razones de que fuera así. Por supuesto que es un libro obsesivo, todo lo bueno es obsesivo porque ilumina algo nuevo en nuestra conciencia”, le escribe ella. “¿Puedo pedirte en serio que controles las lecturas, cariño, que no insistas en leer obras densas ni libros que te recuerden las horas negras de París?”, responde él. Su relación sube y baja, alejándolos aún más (Zelda ya está en el hospital; Fitzgerald en su particular calvario, Hollywood: “Llevar a Hollywood a Scott Fitzgerald es como pedir a un escultor que haga cañerías”, dijo Wilder). “No estás casada con un rico millonario de treinta años sino con un anciano prematuro y bastante arruinado que no tiene un céntimo aparte de lo que puede sacarle a una mente agotada y a un cuerpo enfermo”. El autor entabla también correspondencia con Rosalind Sayre, la hermana de Zelda. “Me has escrito la misma carta tres veces y seguramente yo he sido igual de repetitivo al contestarla. Comprendo tu preocupación por Zelda, pero lo que yo puedo hacer tiene sus límites”.

Queridísima Zelda, tengo cuarenta y cuatro años, todo sigue igual (…) El libro de Ernest es el libro del mes. ¿Recuerdas su desprecio por las simples ventas?”. El análisis sobre sí mismo es frío y desapasionado, en la línea de lo contado por Hemingway en París es una fiesta, cuando lo metió en el cuarto de baño para que le dijese si su pene tenía una medida correcta –en contra de lo que le decía, malévola, Zelda. Cuando emprende la escritura de El último magnate, que dejaría sin acabar, escribe: Espero volver a mi novela cualquier día y esta vez para acabarla, un trabajo de dos meses. El tiempo transcurre tan deprisa que incluso Suave es la noche está a seis años de distancia. Creo que los nueve años que mediaron entre El gran Gatsby y Suave perjudicaron mi fama de un modo casi irremediable ya que en el ínterim surgió toda una generación para la que yo sólo era un escritor de relatos del Post. No creo que a nadie le interese mucho lo que tenga que decir esta vez, y puede ser la última novela que escriba en mi vida, pero tengo que hacerla ahora porque, después de los cincuenta, uno es diferente. Creo que en ese momento ya no puedes recordar emotivamente más que la infancia, aún así, aún tengo algunas cosas que decir”. Unos días más tarde –la correspondencia en ocasiones es febril- escribe sobre Por quién doblan las campanas: “Ernest me mandó su libro y voy por la mitad. No es tan bueno como el Adiós a las armas. Creo que no tiene la misma intensidad, ni la frescura ni los momentos de inspiración poética (…) Tiene un montón de aventuras completas estilo Huckleberry Finn y por supuesto es sumamente inteligente y literario, como todo lo que hace. Supongo que la vida te agota mucho y nunca puede repetirte del todo. Pero la cuestión es que está ganando una fortuna con él: ha vendido los derechos cinematográficos por unos 100.000 dólares y como lo han elegido libro del mes ganará 50.000 de esa forma. Una gran diferencia respecto a sus pobres habitaciones de encima de la serrería de París”.

El verano de 1930 Scott y Zelda habían descrito en dos cartas el potro de tortura de su década prodigiosa. Acaso la raíz de aquel Babilonia revistada, su cuento más amargo; el relato que lo devuelve al París del exilio americano donde no quedan ni los barmans de entonces. El resultado es extraordinario y refleja la tortura del éxito y el desencanto del fracaso, la sublimación de la juventud (“Era una mujer joven, pero ya marchita, de unos treinta y cinco años”, escribió el descarado) y el final de la fiesta perpetua: el crack de la Bolsa, el olvido del exitoso cuentista del Post y la muerte de las flapper. Son los años veinte en el esplendor de la mejor prosa de la desequilibrada Zelda Sayre:

(…) Había: la extrañeza y agitación de Nueva York, los periodistas y los vestíbulos de hotel llenos de pieles, el brillo del sol en los cristales de las ventanas y el polvo irritante de finales de primavera; lo impresionante de los Fowler y muchos bailes por la tarde y mi comportamiento excéntrico en Princeton (…) Teníamos los bosques indios y la luna en la galería-dormitorio y yo estaba embarazada y me daban miedo las tormentas. Luego nació Scottie y fuimos a todas las fiestas de Navidad y un hombre le preguntó a Sandy quién era su amiga gorda. La nieve lo cubría todo. Íbamos al club de yates y los dos tuvimos aventuras sin importancia. John empezó a cogerme manía, y yo jugaba tanto al golf que contraje tenia. Kolliel estuvo a punto de morirse. Los dos le adorábamos. Fuimos a Nueva York y alquilamos una casa borrachos (…) Tú escribías y a veces íbamos a Niza o a Monte Carlo. Estábamos solos y dábamos grandes fiestas para los aviadores franceses. Después vino Josen, y tú te pusiste furioso con razón. Fuimos a Roma. Comimos en el Castelli del Cesare. Las sábanas estaban siempre húmedas. La Navidad en los ecos y los eternos paseos. Lloramos cuando vimos al Papa. Las sombras luminosas del Pinto y las botas resplandecientes de los oficiales. Fuimos a Frascati y a Tívoli. Y la cárcel y Hal Rhodes en el Hotel de Russie y mi negativa a ir al baile de la gente del cine en el Excelsior y pedí a Hungary Cox que me acompañara a casa. Luego me puse malísima por intentar tener un bebé y tú no te preocupaste mucho y cuando me puse bien volvimos a París. Nos sentamos juntos en Marsella y pensamos lo agradable que era Francia (…) Había demasiada gente y demasiadas cosas que hacer: todos los días había algo y nuestra casa siempre aparecía llena. Estaban Gerald y Ernest y muchas veces no volvías a casa. Y los ingleses que encontré durmiendo una mañana abajo y Bob y Muriel y Walker y Anita Loos, siempre alguien. Alice Delamar y Ted Rousseau y nuestros viajes a Saint Paul y la nota de Isadora Duncan y el campo deslizándose en las bromas de Chamberry-fraises y Graves. Aquél fue tu verano. Yo nadaba con Scottie no siendo cuando iba contigo, casi siempre de mala gana. Luego tuve asma y casi me muero en Génova. Y vuelta otra vez a América, más separados que nunca. En California, aunque no me dejabas ir a ningún sitio sin ti, tú mismo te dedicaste a relaciones sentimentales escandalosas con una niña (…). Empecé a dar clases de baile. Cuando viste que me hacía feliz te disgustó. Te enfurecían los ensayos y te molestaban los trenes. Ibas a Nueva York a ver a Lois y yo conocí a Dick Knight la noche de aquella fiesta para Paul Morand. Y aunque entonces estabas comprometido sentimentalmente, volviste a prohibirme que viera a Dick y te pusiste furioso por una carta que me escribió (…)Vivíamos en la rue Vaugirard. Tú estabas siempre borracho. No trabajabas y de noche te llevaban a casa los taxistas, eso cuando volvías a casa. Decías que era culpa mía por bailar todo el día. ¿Qué iba a hacer yo? Te levantabas para la comida. No me hacías ningún caso y te quejabas de que era insensible. Te pasaste literalmente todo el verano borracho. Yo lo pasaba tan mal que no podía dormir y volví a tener asma. Te ponías furioso cuando no quería ir contigo a Mont Matre. Llevabas estudiantes trompas a las comidas cuando ibas a casa y te indignaba que ya no me importara. Empezó a gustarme Egorowa. En el barco de vuelta te dije que me daba miedo que hubiera algo anormal en la relación y te reíste. (…) Tú te hallabas lejísimos entonces y yo estaba sola. Volvimos a la rue Palatine y tú, en un estupor beodo, me dijiste un montón de cosas que entendí sólo a medias pero comprendí lo de la cena en casa de Ernest. Sólo que no entendía que importara. Me dejabas cada vez más sola y aunque te quejabas de que era el apartamento o los sirvientes o yo, sabías que la verdadera razón de que no pudieras trabajar era que te pasabas siempre fuera la mitad de la noche y te encontrabas mal y bebías continuamente. Fuimos a Cannes. Continué las clases y reñimos. No me dejabas despedir a la niñera que tanto Scottie como yo detestábamos. Te denigraste en la fiesta de Barry, en el yate en Monte Carlo, en el casino con Gerald y Dorry. Muchas noches no volvías a casa. Entraste en mi habitación una vez en todo el verano, pero no me importaba porque iba a la playa por la mañana, tenía clase por la tarde y paseaba de noche. Estaba nerviosa y no me encontraba muy bien pero no sabía cuál era el problema. Sólo sabía que no podía soportar a mucha gente como la fiesta de W. J. Locke y que deseaba volver a París (…) Te preocupaba muchísimo tu pulmón, y haber perdido el verano, pero no dejabas de beber. Yo trabajaba continuamente y dependía de Egorowa. No podía andar por la calle a no ser que hubiera dado mi clase. No podía organizar el apartamento porque no podía hablar con las sirvientas. No podía entrar en las tiendas a comprar ropa y me sentía muy confusa emocionalmente. Entonces fuimos a África y cuando volvimos empecé a darme cuenta porque percibía en los demás lo que ocurría. No me deseabas. Dos veces dejaste mi cama diciendo: ‘No puedo. No entiendes…’. No entendía. Luego hubo el hombre de Harvard que perdió la dirección y cuando quise que volvieras a casa conmigo me dijiste que durmiera con el carbonero (…)”.

Scott, días antes, le había escrito una carta inmensa, casi una autopsia: “Hacía mucho que me sentía desgraciado. Cuando mi obra de teatro fracasó año y medio antes, cuando trabajé tanto durante un año, doce cuentos, una novela y cuatro artículos, en una época en la que nadie creía en mí y no veía a nadie más que a ti. Antes del final tu corazón me traicionó y entonces me encontraba realmente solo, sin nadie que me gustara. En Roma estábamos tristes y yo tenía el trabajo de las pruebas y otros tres cuentos y en Capri estabas enferma y, mirara hacia adonde mirara, me parecía que no quedaba una gota de felicidad en el mundo.

Luego vinimos a París y de pronto comprendí que no todo había sido en vano. Había triunfado: era el hombre más grande de mi profesión, todos me admiraban y me sentía orgulloso de haber logrado algo tan bueno. Conocí a Gerald y a Sara, que nos consideraban amigos, y a Ernest, que era un igual y el mismo tipo de idealista que yo. Me emborraché con él en los casetuchos de la orilla izquierda y bebí con Sara y con Gerald en su jardín de Saine Cloud, pero tú estabas siempre enferma y en casa todo era tristeza. Fuimos a Antibes y yo me sentía feliz, pero tú seguías enferma, y todo el otoño y aquel invierno y la primavera haciendo la cura, y yo siempre estaba solo y tenía que emborracharme para poder dejarte tan enferma sin preocuparme; sólo era algo feliz un poco antes de estar demasiado borracho. Luego tenía que pagar la penitencia habitual por haberme emborrachado.

Al fin te curaste en Juan-les-Pins y recibí mucho dinero y cometí los errores típicos de los literatos: me creí «un hombre de mundo», que caía bien a cualquiera, y que todos me admiraban por mí mismo, pero a mí sólo me gustaban unas cuantas personas como Ernest y Charlie McArthur y Gerald y Sara que eran mis colegas. El tiempo pasa rápido así y no se hace nada. Entonces creía que las cosas serían fáciles, había olvidado las angustias mortales que pasé escribiendo El gran Gatsby en una época desdichada. En Hollywood desperté no mi yo egoísta y seguro, sino una mezcla de Ernest con ropa elegante, Gerald con una profesión y Charlie McArthur con pasado. Cualquiera que me lo hiciera creer, como Lois Moran, me parecía encantador.

Pero entonces te habías encerrado en ti misma como yo hace cuatro años en Saint Raphael. Y sufrimos todas las consecuencias de los malos apartamentos por tu falta de paciencia («Bueno, si eres…, por qué no ganas algo de dinero?»), de los malos sirvientes, por tu indiferencia («Bueno, si no te gusta, ¿por qué no mandas a Scotty al colegio»). Comprendía tu antipatía por Vidor, tu indiferencia por Joyce, no podía compartir tu constante entusiasmo y entrega al ballet. Y en algún momento entonces me sentí explotado, y no por ti, sino por lo mucho que me dolía la espantosa falta de felicidad. Claro que en casa había habido siempre menos que allí: eras un fantasma lavando ropa, intercambiando trivialidades en francés con Lucien o Del Plangue. Recuerdo los viajes desolados a Versalles, a Rhiems, a La Baule, emprendidos por el absoluto hastío del hogar. Recuerdo haberme preguntado por qué seguía trabajando para pagar los gastos de aquel hogar desolado. Había evolucionado. Me entregué a la desesperación por el aislamiento absoluto, es decir, la soledad con Mlle Delplangue, o el bar del Ritz, donde recuperaba el amor propio durante media hora, a menudo con alguien a quien apenas conocía. A veces los dos íbamos por la tarde en taxi al Bois y al poco rato yo prefería ir al Café de Lilas y sentarme solo a recordar los buenos ratos que había pasado allí con Ernest, Hadley, Dorothy Parker y Benchley hacía dos años. Recuerdo que durante todo aquel tiempo no culpaba a nadie más que a mí mismo. Me quejaba cuando la casa resultaba insoportable; pero, a pesar de todo, yo no era John Peale Bishop, la pagaba con trabajo, que detestaba con todo el alma y que me resultaba cada vez más difícil. La novela era como un sueño, cada día más lejano.

Ellerslie estuvo mejor y peor. La desdicha es menos acuciante cuando vives con cierta dignidad sobria; pero la tensión económica era excesiva. Desde que nos marchamos de París en septiembre hasta que llegamos a Niza en marzo vivimos a razón de cuarenta mil anuales.

De todos modos, me sentía feliz. Otra primavera: vería a Ernest, a quien había lanzado; a Gerald y Sara, que por mediación mía habían podido hacer algo en el cine. Al menos la vida no sería tan monótona; iría a fiestas con personas que tenían algo que ofrecer, hablaría con gente que tenía algo que decir. Y también podría nadar, tomar el sol, rejuvenecerme y estar cerca del mar.

Salió de maravilla, ¿verdad? Gerald y Sara no nos vieron. Ernest y yo nos vimos pero se trataba de un Ernest más irritable, explicándome receloso donde estaba, como si temiera fuera a dejarme caer por allí borracho y pusiera en peligro su contrato de arrendamiento. Descubrir que media docena de personas eran habituales de la casa no estimuló mi amor propio. Para cuando llegamos a la hermosa Riviera, había contraído tal complejo de inferioridad que si no estaba borracho no me aguantaba a mí mismo. Pero también allí trabajé, y la insólita combinación me destrozó los pulmones.

Tú te habías ido ya. Apenas te recuerdo aquel verano. Sólo eras una de las personas que me tenían antipatía o que me resultaban indiferentes. No me gustaba pensar en ti. No me necesitabas y era más fácil hablar con, o mejor dicho dirigirse a, Madame Bellois y atiborrarme de vino. Agradecí que fueras conmigo al médico una tarde, pero al cabo de una semana en París ya tanto me daba vivir o morir. Las cosas eran siempre iguales. Los apartamentos estaban desastrados, las sirvientas olían mal; el ballet siempre delante de mis narices, estropear un cuento para llevar a los Troubetskoys a cenar, emponzoñar un viaje a África. Te estabas volviendo loca y lo llamabas genio, yo me estaba arruinando y lo llamaba lo primero que me viniera a la cabeza. Y creo que cualquiera lo bastante distanciado para vernos fuera de nuestra fácil representación de nosotros mismos adivinaba tu egoísmo casi megalomaníaco y mi demencial entrega a la bebida. Hacia el final ya nada importaba mucho. Lo más cerca que he estado alguna vez de dejarte fue cuando me dijiste que creías que era marica, en la rue Palatine, aunque lo que dijeras ya sólo me producía una especie de compasión distante por ti. A pesar de tu capacidad de observación superior y de tu inteligencia más firme, yo tengo la facultad de advininar sin datos, incluso con cierto asombro, por qué y de dónde llegó el atajo mental. Ojalá Hermosos y malditos hubiera sido un libro escrito con madurez porque era real. Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el uno al otro”.

No he leído a nadie como a Fitzgerald y no he encontrado en nadie su talento despiezado como la cabeza de una cabra en un recibidor de la Generación Perdida. Durante años permanecí en la biblioteca y en los pasillos de las librerías delante de sus novelas mirándolas con obsesión enfermiza, y la mitad de mi juventud la pasé soñando con él con tanta intensidad que por momentos creí despertar en aquel París. Las primeras veces que entré en internet sólo ponía su nombre en el buscador y pasaba delante de sus fotos horas, leyendo esto y aquello, levantando con esfuerzo mi vida en base a la suya, queriendo ser escritor a la manera de él, profundamente joven y rico, atormentado por el alcohol y un amor modelado eterno que me destrozase los pulmones y rajase mi corazón caprichoso e indisciplinado. En una escena de Medianoche en París dice Marion Cotillard: “El pasado es carismático”. La vi entera con dolor y placer, como en un parto gigantesco. Tuvo que ser en París era una fiesta donde Hemingway escribiese: “Por entonces, ya había descubierto que todo, lo bueno y lo malo, deja un vacío siempre cuando se interrumpe. Pero si se trata de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor”.

Hace cuatro años desplegué el inmenso mapa de Nueva York con las maneras de un general y rodeé con un círculo un saliente concreto, el más cercano a Brooklyn, de Long Island: Great Neck. Allí, en el West y East Egg, se despliega la historia del gran Gatsby. Al llegar no estaba Jordan Baker caminando de un sitio a otro “la mitad por las aceras, la mitad por el césped”. Pero llovía, y después de recorrer sin mucho ánimo un manojo de calles principales atestadas de tiendas baratas, llegamos a una zona residencial de casas limpias y ordenadas y discretas, de pequeños y largos jardines, con banderas mojadas y tráfico lento. Salí del coche sabiendo ya que no estaba en West Egg y que nunca llegaría, pero entendí que por pequeña que fuera la oportunidad de revivir aquella emoción de la primera lectura había que intentarlo. Paseé tratando de imaginar siquiera por un momento a Daisy Fay y Jay Gatsby uniendo sus manos en el porche en aquel verano de 1917, y buscando en el aire algún atisbo de la ambiciosa felicidad y el ofuscante amor, vibrante como la barriga caliente de un gato, de mi protagonista. Pero lo único que encontré fue el eco de las palabras de Gatsby, teñidas de insolencia infantil y enamorada: “¿El pasado no puede volver? ¡Claro que sí!”.

El 19 de diciembre de 1940 Francis Scott Fitzgerald escribió: “Tengo muchas ganas de que Scottie acabe este curso al menos, así que, por favor, no le insistas en que supone grandes sacrificios. Lo que más agradezco a mis padres son los cuatro años de Princeton, y me avergonzaría no transmitirlo a otra generación, o sea que no hay posibilidad de que Scottie lo deje. Explícaselo. Espero que lo paséis muy bien en Navidad. Abrazos a tu madre y a Marjorie, Minor, Nonny, Livy Hart y a cualquiera que veas. Todo mi cariño, Scott”. El ‘todo mi cariño’ había sucedido ya al ‘te quiero’ o ‘te quiero muchísimo’. Murió dos días después de un ataque al corazón en el apartamento de Sheila Graham, la periodista de cotilleos con la que vivía. Ocho años después lo haría Zelda ardiendo dentro de un psiquiátrico junto a nueve personas más. Un día dijo: “Recuerdo una tarde en la que todo era horrible menos nosotros dos”.

Cartas de amor y guerra (Grijalbo Mondadori)

Manuel Jabois: ¡Otros preferirán la juventud!


Lo que no está bien, en particular, es que todas esas sesiones, a dos o a tres, de una hora o una noche, en las que hacen más o menos —eso depende de lo que cobran o del aspecto del cliente—, van minando poco a poco a las que son felices. A veces llego a sentir cierta melancolía al verlas desmoronarse así ante mis ojos. “¡Y pensar que un día serán viejas, unas porteras!”, me dije entonces. Pero mentiría si sólo me refiriera a mi pesar. ¿Acaso esa fatiga amorosa que vidria y oscurece sus ojos y les endurece un poco el rostro no es lo más excitante de su belleza? Cuando las veo, después de una noche de trabajo, molidas, como se dice, y algo sucias, disfruto con emoción de toda esa usura brillante y triste. ¡Otros preferirán la juventud! Si fueran frescas como chicas de buena familia, no sé si estas mujeres me gustarían tanto.

 Paul Léautaud, Recuerdos ligeros

En sus primeros diarios, Iñaki Uriarte relata la actitud displicente de un personaje de Monnier la primera vez que vio el mar: “Tal cantidad de agua roza lo ridículo”. Lo recuerdo cuando me cruzo con la entrevista que Robert Mallet le hizo a Paul Léautaud, y que tradujo Emilio Quintana: “¿Cómo explica usted una repulsión tan absoluta por el mar?” “Eso no tiene explicación, es así y punto. Por más que lo miraba, me parecía una lata (…) Me gusta más una pequeña orilla en un paisaje que el mar. Encuentro que tiene más expresión”. Curioso este Léauatud, que responde sobre el presunto consuelo de la naturaleza: “Para mí la naturaleza es una cosa espantosa. Piense usted en todas las muertes sucesivas que representa la naturaleza. En la naturaleza, el pequeño sirve de alimento al grande, la naturaleza no es más que una sucesión de crueldades. ¡Los árboles! ¡Incluso los árboles! Se matan entre ellos con las raíces y con las sombras de las copas”.

A Souvenirs légers (Recuerdos ligeros), su primer libro, el editor le cambió el título por Le Petit Ami. Está en él este escritor “personal hasta el disgusto, libre hasta la afrenta, sensible hasta la ridiculez, imperfecto hasta el exceso” que llevó el manuscrito al editor diciéndole que en él trataba la vida de un hombre que tiene relaciones con “ciertas putillas”. Una vida que era la suya y que el prudente editor, en gesto desenfadado, catalogó como novela para ira de Léautaud, que no concibió mayor ejercicio en su vida que el dejarla por escrito a lo largo de más setenta años. Acaso el libro instaure un orden propio, que es el orden de Léautaud, un género entre generos construido con materia de sí mismo, sin concesiones a estilosas ficciones ni convenios con nada desplazado de la realidad. “Ciertos momentos de mi vida los he vivido dos veces: viéndolos, y en seguida al escribirlos. Sin duda los he vivido más profundamente al escribirlos”.

Rodeado de amigos en un burdel, en la compañía de sus amiguitas, como se refiere siempre a ellas, dice lacónico: “Qué pena, la verdad, que mi madre no haya sido un poco más ambiciosa. Con sus cualidades, seguramente la cortejarían muchos hoy en día y yo disfrutaría a mis anchas de sus lujos y sus relaciones”. Sus amigos se lanzan sobre él llamándole falso y depravado, un tipo comprometedor, pero él “seguía tan ocupado con la mujer que tenía delante que ni por un instante pensé en responderles”. Al fin y al cabo el niño Léautaud se había criado entre putas como otros, abandonados a su suerte, se criaron entre lobos. De ellas adoptó el gusto por lo efímero y el rechazo por la pretensión y en cierta manera la gloria. Detestaba la fama y el reconocimiento, y se dejó ir a la misantropía rodeado de perros, gatos y una mona a la que daba de comer pedazos de pan que él mismo compartía con ella. Llegó a tener cerca de cuarenta gatos, más de veinte perros y una cabra. Y cuando percibía que alguno se iba a morir le acompañaba en su tránsito y lo enterraba con cariño en su jardín,sosteniendo un rato su sombrero en las manos ante la pequeña tumba”.

Fue abandonado por su madre nada más nacer pero la conoció con nueve años, cuando ya se relacionaba con todas las chicas ligeras del barrio al punto de que su padre le daba una moneda para, en broma, invitarle a que se acostase con ellas. Todo lo que hacía era comprarles una comba para verlas saltar delante de él, sin entender por qué a veces un hombre se marchaba con ellas y regresaban siempre solas, en la soledad que inadvertidamente empezaba a germinar en él. “Entré en aquel cuarto en el que estaba aquella mujer con la que tenía un parentesco tan cercano”, dice del encuentro con su madre. “Seguía acostada, medio incorporada, con el pelo algo despeinado, los brazos desnudos fuera de la cama y el pecho también bastante descubierto, porque el camisón se le había deslizado… Me pidió que fuera a darle un beso y me acerqué a aquella cama, alegre y turbado. Me abrazó la cabeza, la acercó a su pecho y por un instante me besó como a un niño. Sentía en mi mejilla la suavidad de sus senos que se estremecían siguiendo el ritmo de los besos. Había un montón de lencería elegante y a la última moda, que veía maravillado en silencio, y de aquellas prendas se desprendía un perfume que me embriagaba poco a poco, como me ocurría con mis amigas mayores. Era el perfume de la ligereza, de la coquetería, de los amores intrascendentes (…) Era la primera vez que veía a una mujer con tanta intimidad y puede que no disfrutara de todos los encantos de la ocasión”. Al niño Léautaud lo llevan sus padres de paseo y contaría años después: “Seguramente debía tener el típico aspecto del hijo de una meretriz que sale con su madre -¡el mismo que he visto luego a otros niños!”.

Benítez Ariza escribió en El Cultural: “Como Proust, Léautaud no duda en situar a su madre en el centro de su complejo universo erótico, y en construir alrededor de ese núcleo un vivo entramado humano en el que la obsesión sexual resulta el principal y casi único motor del comportamiento humano. Proust situará magistralmente su cuadro en las esferas de la alta burguesía y la aristocracia, mientras que Léautaud se conformará con el mundillo de las prostitutas de poca monta”. Hay algo tierno en las imágenes del viejo francés, ésas que lo exhiben como icono del cascarrabias desengañado de algo tan tremendo como la vida. Pero amó a muchas mujeres, que es la expresión de más intensidad, el gesto más profundamente amable, que uno puede tener para consigo. “Todo es mediocre, pasajero, poco importante, sobrevalorado”, escribe el desapasionado Paul.

Una noche de este verano me regaló el libro Ernesto Baltar en una de esas cumbres del Círculo Solana que tenemos con Marcos Abal; tres almas en pena que se conocieron entrando descalzos los unos en el blog del otro hace cinco años ya. Quizá porque pertenecí en mi adolescencia a esa estirpe tan atravesada del putero que no consuma y busca en la sordidez de los burdeles el encanto subterráneo de las vidas echadas a la cuneta, ajadas desde la belleza hasta la compasión, Baltar tuvo la deferencia de entregármelo siguiendo una tradición escrupulosa: en cada encuentro ellos regalan libros y yo no. Lo hizo, dijo, por Arcadi Espada, picado por la droga de Léautaud, pero es lo que me dicen todos como excusa de cualquier cosa, casi siempre mal vista. No encontré lo que buscaba porque a estas alturas uno prefiere que le busquen a él, pero hacia el final del libro Paul Léautaud dice: “Por lo demás, se acabaron para mí las sofisticaciones de la escritura y los comienzos perpetuos, como hace apenas dos años, cuando escribí quince veces la misma página. Esas grandes máquinas de estilo, con el ronrón infinito de sus frases, han acabado por hartarme de la forma. ¡Ah, la belleza, el interés profundo, a menudo, de ciertas frases torpes, pero intactas en su verdad, sin el maquillaje del arte! ¡Pero en fin! Hay que saber leer, y haber leído mucho, y comparado, y sopesado la estupidez que encierra esta palabra: el arte, la pasión de los imbéciles”.

Paul Léautaud acaba diciendo que el problema es encontrar la primera frase, pero después deja de prestar atención. “Escribo las cosas como me vienen, pensando sólo en lo que quiero decir. Si una frase no me gusta, no la reviso: escribo otra y se acabó. Si por casualidad alguien encuentra en este libro alguna frase que no está mal, yo no soy el responsable, me llegaron tal cual y no sé si no prefiero las otras, con todos sus defectos, porque a veces expresan mejor un sentimiento, el matiz de un recuerdo”. Léautaud, que fue una suerte de Pla antes de que Pla naciera, tal era su espíritu antichovinista, remeda al payés, que llamó cretinos a los que leen novelas después de haber cumplido cuarenta años: “Cuanto más lo pienso más creo que tal vez uno debería empezar a escribir hacia los cuarenta”, dice el escritor inagotable, que terminó sus días encogido, vestido de viejo, con una bolsa de comida y un bastón en la otra, asistiendo al espectáculo de unos jóvenes quemando una rata; fue contra ellos a bastonazos débiles y cansados mientras se burlaban de él robándole el sombrero y dejando al descubierto su pocos pelos desordenados. “Idiotas”, murmuraba tropezándose, aturdido, este profundo enamorado de los animales, “que sois unos idiotas”.

Unos días después de fallecer murió su mona de tristeza.

El libro se abre con una frase de Stendhal que tan bien haría a los que solemos incurrir en el vicio de narrarnos: “Es ridículo escribir sobre las pasiones extremas”.

Recuerdos ligeros (Menos cuarto), de Paul Léautaud