Pues oye, le dice el médico, menuda tortícolis parecías tener, has hecho más muecas hoy que en Berlín. Ya lo sé, reconoce Emil, es lo que siempre me echan en cara. En los entrenamientos, en las competiciones, todos dicen lo mismo. Pero no puedo evitarlo, no es ninguna pose. Te juro que hace daño de verdad lo que hago, si crees que no preferiría sonreír. Al menos podrías intentarlo, sugiere distraídamente el médico, levantando la mano para pedir otra pinta. No tengo suficiente talento para correr y sonreír a la vez, reconoce Emil, levantando también la suya. Correré con un estilo perfecto cuando se valore la belleza de una carrera según un baremo, como en el patinaje artístico. Pero yo, de momento, lo que tengo que hacer es correr lo más rápido posible.
Jean Echenoz, Correr
Emil corría desmadejado, con el rostro hundido en un dolor espantoso, cabeceando bruscamente y moviendo los brazos de forma absurda, contraviniendo cualquier ciencia. Emil hacía lo contrario de lo que se debía hacer: se movía sin importarle los brazos, como si le sobrasen, y sacudiendo de forma absurda los hombros de tal forma que levantaba los codos de forma exagerada. “Mientras corre parece un boxeador luchando contra su propia sombra, por lo que todo su cuerpo se asemeja a un mecanismo descompuesto, dislocado, doloroso, salvo la armonía de sus piernas, que muerden y mastican la pista con voracidad”. Emil, un fondista de leyenda, la celebridad que batió 18 récords del mundo y cosechó en Helsinki una hazaña irrepetible al ganar el 5.000, el 10.000 y la maratón, no sabía correr.
Tampoco es que a él al principio le apeteciese mucho. Trabajaba en la fábrica de zapatillas deportivas Bata, en su ciudad, Zlín, donde pasaba el tiempo en departamentos chuscos —pulverizando silicatos, por ejemplo— cuando llegaron los nazis a Checolosvaquia. Ya por entonces había corrido obligado por la firma en alguna competición de propaganda. Odiaba el deporte y a quienes lo practicaban. Como le sucedía a su padre, el summum de su desprecio eran las carreras, que obligaban a usar media suela extra, algo inconcebible en una familia pobre como la suya. Pero contra su voluntad, haciéndolo horrendamente, y quedando en una digna segunda posición, corrió una vez. Así que sus compañeros le volvieron a obligar a correr. Y aunque siempre se negaba, lo hacía con una sonrisa que lo convertía aún más en enternecedor, el joven, rubio y guapo Emil, y se dejaba convencer coqueto. Fue gracias a una competición cuando descubrió cómo se escribía su apellido, pues nunca lo había visto escrito. Salió en un breve del periódico: Zátopek.
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Precioso. Me ha encantado. Gracias
Correr ha sido un fenómeno similar a Soldados de Salamina. Y no digo más.
¡Yo aún diría más!
Me gusta mucho la reseña. El libro no tanto. La anécdota sobre el maratón de Helsinki procede de Jim Peters, pero no la cuenta exactamente así. Parece ser que Zatopek, al no haber corrido nunca un maratón, decidió seguir a Peters, que tenía el récord del mundo y era el principal favorito. Éste impuso un ritmo muy rápido desde el principio, y Zatopek, ya en el kilómetro 20, le preguntó si no iban muy rápido. Peters, convencido de que Zatopek cedería tarde o temprano, le contestó que el ritmo era lento. Era un broma. Lo que no esperaba Peters es que Zatopek decidiera que, en ese caso, había que acelerar el rimto, y le invitase a unirse él. Pero ni Peters ni ningún otro corredor pudo seguirle, y siguió ya solo hasta la meta.
» Emil había llegado al estadio que Hitler mandó construir para no darle la mano a Jesse Owens.»
Por lo que veo esta trola aun hay gente que se la sigue creyendo.
Extraido de http://es.wikipedia.org/wiki/Jesse_Owens :
Owens, en su autobiografía (The Jesse Owens Story, 1970), cuenta como posteriormente Hitler le saludó de todas maneras:
«Cuando pasé, el Canciller se levantó, me saludó con la mano y yo le devolví la señal. Pienso que los reporteros tuvieron mal gusto al criticar al hombre del momento en Alemania.»
«Cuando volví a mi país natal, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente.»
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Gracias,gracias por que me lo he pasado pipa leyendo este artículo.Que hombre más maravillosamente tozudo y que afán de superación!!!
Y que pena que no sepamos valorarnos por lo k somos independiente mente de como pensemos.
Que desagradecida es la raza humana,Emil encumbró deportivamente a su País y este se lo agradeció de aquella manera…
Claro que…el siguió haciéndolo, limpiando sus calles; os lo imagináis corriendo tras el camión mientras seguía soñando con su dorsal?