Manuel Jabois: Locura y muerte en ETA

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 «Estaba harto, me estaban vacilando. Imitaban silbidos de pájaros y cosas así (…) También tenían perros de cuatro patas. Aluciné. A las 2.30 o 3.00 vi gente camuflada con túnicas verdes claras y capuchas entre los árboles. Al frente, un viejo de pelo blanco y calva, vestido de azul marino con un perro de caza marrón. Estarían a doscientos metros en una cuesta monte arriba. Alguno tenía capucha y estaba con lo que parecía un vídeo. Resumiendo, en cinco minutos estaba completamente rodeado. Unos con túnicas, detrás los beltzas. Un armatoste en primera línea que no sé lo que era. Un aparato asemejando una nave espacial, carro de combate o según. Cambiaba la apariencia. Por ejemplo, a veces se veía a cuatro en uniforme verde, luego solo al que apuntaba con una especie de minimisil y ponía cara de sádico. Tenían también una especie de carruaje. Solo se veía en los dos extremos dos tíos con casco amarillo-verde. Según la posición en que lo colocaran era transparente o tendría un juego de espejos. Los avances de la técnica represiva… Dentro de sentaban (más tarde los vi) cinco o seis personas de paisano con capucha. Eran los que analizaban todas mis reacciones.»

 Carta de Xabier Kalparsoro a la dirección de ETA

Txato Kalparsoro estaba captando a futuros etarras mediante el método convenido de dar a conocer anécdotas que hubiese compartido con los contactados. Probablemente no quería que le ocurriese lo que al etarra Santiago Díez Uriarte, que acabó denunciado en los juzgados por tres abertzales, uno detrás de otro y en sucesivos días, a los que invitó a sumarse a ETA. Lo habían creído parte de la “txakurrada”. “Un desconocido”, contaba el primero en la denuncia, “dijo que era miembro de ETA y ante mi sorpresa y preocupación ha procedido a acercarse a mí obligándome a tocar un bulto que portaba en la cintura afirmando que se trataba de una pistola”. Egin se sumó a la fiesta: “Presenta denuncias por amenaza y coacciones: un desconocido pidió a un vecino, involucrando a HB; entrar en ETA”. La sorpresa de Díez Uriarte fue absoluta en tanto que los detenidos, para su pasmo, añadían “un montón de invenciones para llenar bulto”. La serpiente se envenenaba la cola. Por ejemplo, que le costaba hablar euskera cuando él había sido profesor de lengua vasca. Sin embargo siguió su misión de captación con una exconcejal de HB, que en principio se mostró favorable. “Pero al día siguiente compró el periódico y cuando vio la denuncia del otro idiota se asustó y tampoco lo creyó. Entonces ella también me puso la denuncia”. Habría una más por parte de un hombre al que Díez Uriarte prefirió entregar una carta personal. “Me dijo que tenía que pensarlo, que viniera en quince días. Es lo más cojonudo, que me había denunciado y el mismo día Egin lo publicaría (…) El primero es un miedoso, el segundo un tipo obligado y el tercero un hijo de la gran puta”.

Kalparsoro había redactado cartas de captación a algunos conocidos. Así es una correspondencia tipo: “Soy Txato, sí, sí, el más feo y cabrón. Estuve por entrarte el día que nos vimos en la txozna, pero no me pareció oportuno. Los que estaban contigo no son tontos y me conocen de sobra. En cualquier caso sigo pensando que mis greñas eran más largas y bonitas. Tengo que convencerte de quien soy para evitar mosqueos (…) Al grano, la persona que te entrega esta nota es de la Organización. Nos gustaría que te animaras a echar una mano. Pensamos que puedes —si quieres— aportar mucho y te aninamos a dar el paso”. Lo narra todo estupendamente Florencio Domínguez en Dentro de ETA (Aguilar). Domínguez es fundador de Vascopress y uno de los periodistas españoles a los que se le sigue el paso desde hace décadas para saber qué se está cociendo en la banda terrorista y sus aledaños. El libro es un artefacto prodigioso que se mete en las entrañas de vida regular de los asesinos, retrata el funcionamiento pesaroso de la maraña criminal y revela la jerarquía leninista de la banda, las obsesiones de sus líderes, la impiadosa actitud con los militantes, los enfrentamientos abiertos entre ellos, los enamoramientos (“Sé que vivimos de una manera que nos será imposible acabar nada, pero sé también que el intentarlo está en nosotros”), la decisión que les marcará la vida (entrar en ETA, huir a Francia), la vida cotidiana (el Comando Madrid, entre asesinatos, desesperado por comprar un test de embarazo para dárselo a Idoia López Riaño), los años en casas de familias bretonas a la espera de su primera acción armada y la paranoia que a veces desemboca, como un torrente, en locura.

Dentro de ETA es un documento profundamente descorazonador. Antxón escribe que no le aterroriza la muerte ni la cárcel “ni el destierro”, sino la “pérdida de fe en los principios”. Al fin y al cabo ETA es un engendro de principios que se han solidificado en los cuerpos destripados de cientos de víctimas. Ha crecido en el dolor de sus familiares como una hiedra imparable. La degradación de la banda es siniestra, según se observa en la correspondencia que se traen sus jefes. Estas vidas observadas desde la doblez de la muerte ajena no tienen siquiera el rasgo aquel de la escaramuza en el monte con la que organizarse para derrumbar una dictadura. “Hemos ignorado con demasiada frecuencia que ETA está formada por individuos corrientes y vulgares (…) Pensamos que la actividad terrorista requiere complejas cualificaciones o grandes redes de apoyo y no nos damos cuenta de que si se tiene la voluntad de matar es tan sencillo que hasta los miembros de ETA pueden hacerlo”, escribe Florencio Domínguez en su epílogo. “A menudo construimos mitos trenzados con nombres resonantes o con apodos cargados de misterio, pero no vemos al etarra de a pie, aquel que tiene que pedir prestado a su familia el dinero para comprar unos zapatos, el que no consigue tener una relación sentimental estable o el que se pudre oscuramente en una cárcel porque no tiene el valor suficiente para romper con ETA”.

Es en ese epílogo donde Domínguez recuerda la tesis doctoral de Teo Uriarte, uno de los condenados a muerte en el Consejo de Burgos. Uriarte estudió el efecto que tuvo la prensa del franquismo en la organización terrorista, sobredimensionándola. Esos medios pintaban a los etarras como “osados y desprendidos activistas, entregados en cuerpo y alma a una causa épica y misteriosa, guiados por una rígida planificación y preparados para llevar a cabo las operaciones más arriesgadas. Le dio a ETA el espacio y la propaganda que negaba a las organizaciones políticas democráticas que estaban perseguidas en la ilegalidad (…) Para colmo, aventurando hechos falsos y engrandeciéndolos desembarcos de armas y secuestros de aviones, se alentaba a las generaciones venideras a su realización. Puesto que si en el pasado ETA los había intentado hacer, ¿por qué no hacerlos ahora?”, se pregunta Uriarte. “A un piso de alquiler le llamamos base”, recuerda Domínguez. “Hablamos del núcleo central de no sé qué comando, a prestar un coche lo denominamos infraestructura de transporte. Convertimos los actos sencillos en categorías trascendentes con nombres de resonancia militar y terminamos confundiendo un paseo por el campo con la Larga Marcha”.

Nada más llegar al País Vasco desde Francia en 1993, Xabier Kalparsoro se encuentra en un bar de Vitoria a un antiguo militante de Jarrai, que se acerca a él para saludarlo. Kalparsoro le dice que acaba de salir de una detención. La impresión de este amigo suyo es de profundo terror. “Tenía el rostro desencajado y las manos absolutamente despellajadas. Dijo que le había detenido la Ertzaintza durante tres días. Que le habían hecho de todo, le habían drogado y, al final, le habían puesto en libertad”. Al día siguiente comería con él y unos amigos en el piso de éstos. Cuando le preguntaron por los arañazos que presentaba en brazos y piernas, el terrorista se puso nervioso. “Cogió una servilleta de papel y escribió: ‘Me han tenido varias horas entre zarzas. No quiero hablar de esto’. Acto seguido cogió un mechero y quemó la servilleta”. Horas después una llamada anónima informó de que un “refugiado” llamado Anuk —así es como se le conocía— había sido detenido por la Ertzaintza en Lloido. Aunque el diario lo publicó en un breve, ningún cuerpo policial tuvo constancia de ningún arresto. Un día después un guardia civil de la Comandancia de Sansomendi, en Vitoria, coge el teléfono y escucha a alguien que se identifica como Javier Kalparoso: “Soy liberado de ETA y estoy aquí”. No le creen.

Su aventura en el País Vasco empezaría a desbarrar a mediados de septiembre. Una nueva llamada anónima informa al Egin de que Anuk fue visto hace una semana “rodeado de txakurras” en un monte de Lloido. El periódico no publica nada. Ese día, Kalparsoro escribe una larguísima carta en la que explica sus últimas semanas. Es el documento testimonial de un delirio absoluto. Comienza cuando cree estar siendo perseguido por ocho coches y una moto de Telepizza. Dice haber sido secuestrado por la Ertzaintza, por la Guardia Civil o por las dos al mismo tiempo. Y empieza a contar que fue desplazado a un monte en el que cree descubrir una base secreta de la policía vasca. “Eran zipayos y al salir del monte me tendieron una emboscada. Tenían todo el monte tomado. Lo que nadie me dijo y parece que nadie sabe es que ellos tienen una base camuflada allí: chabolas y escondites hechos con ramas de árboles y zarzas (…) Tienen todo supermontado. Parecía que estaban de adiestramiento o algo parecido. Todos vestían anoraks amarillos. Nadie hablaba. Había gente de todas las edades, pero sobre todo gente superjoven. Había también mogollón de guardias y maniobras. Vestían túnicas verde claro y capucha del mismo color”. La carta sigue con los “perros de cuatro patas” y aparatos similares a naves espaciales. Fue detenido en barrena semanas más tarde. “Soy liberado de ETA y si no me ponéis en libertad vendrá un comando. Este es un tema fuerte”, dice antes de proponerle a un policía fingir una fuga dejándose dar —el agente— un golpe en la cara. Ya detenido saltó por la ventana de un segundo piso de la Jefatura Superior de Policía estrellándose en el suelo. Moriría tres días después en el hospital. La carta que Kalparsoro envió a la dirección de ETA antes de morir ha merecido credibilidad del mundo abertzale. Además de diversos testimonios en foros contra la tortura, Joxean Agirre escribe en su libro ¿Cipayos?: “Xabier Kalparsoro fue secuestrado por miembros de algún cuerpo policial, que él identificaba como ertzaintzas, interrogado, drogado y torturado. Después, fue nuevamente liberado con la esperanza de que les condujese hasta otros miembros de la organización”.

José Luis Geresta Múgika, acusado de agarrar a Miguel Ángel Blanco para que García Gaztelu le descerrajase dos tiros en la cabeza, se suicidó presuntamente en marzo de 1999. Las investigaciones de la Ertzaintza sobre sus últimas semanas dieron con el perfil de “una persona desequilibrada con un comportamiento obsesivo, que se creía controlada en todo momento por la policía”. Florencio Domínguez relata cómo a un conocido le pidió que le llevara en coche y al tomar una curva saltó en marcha tras decir que les seguían. A un conductor en Andoain lo paró apuntándolo con una pistola para llevarle el coche. Era de madrugada, y Geresta se quedó de piedra cuando el hombre, ebrio, le dijo: “Anda, vete a tomar por el culo”, y arrancó el vehículo. Finalmente el terrorista se convenció de que tenía un chip en las muelas que permitía su localización. Llevó unos alicates a casa de un amigo para que se las quitara todas, pero éste no se lo tomó en serio. Geresta apareció muerto en un terruño de un disparo en la sien y con su pistola al lado. La pistola se encontró a la izquierda del cuerpo, mientras que Geresta era diestro y la bala entró por la sien derecha. El caso alimentó sospechas de todo tipo. Dos muelas habían desaparecido y un diente fue serrado. Esto no se apreció en el primer examen forense (“bien porque no habían sido extraídas todavía”, dice Florencio Domínguez) pero sí en la autopsia pedida por la familia. En el asunto metieron baza el exministro de Interior, José Barrionuevo (que trazó una comparación de actuaciones del GAL con las que se producían a finales de los noventa) y el general José Antonio Sáenz de Santamaría, que encuadró la muerte en la guerra sucia. Un microchip en la muela es el argumento del primer capítulo de la serie Expediente X. ¿Sufría delirio tecnológico Geresta como llegaron a decir los psiquiatras?

El que no sufre delirios es Antxón, el viejo etarra que estaba obsesionado con la muerte: “Cada uno evita la muerte de un modo diferente. Algunos en silencio, caminando de puntillas; otros reculando, otros pidiendo perdón o permiso. Hay quien entra discutiendo o exigiendo explicaciones y hay quien se abre paso en ella a codazos y puteando. Hay quien la abraza. Hay quien se tapa los ojos; hay quien llora. Yo siempre pensé que me metería en la muerte a carcajadas”. Aunque la hora final no le asusta, hay algo que le saca verdaderamente de quicio: que le toquen las mariposas. Cuando el director del servicio secreto de la República Dominicana le niega trabajar clasificando ledidópteros en el Museo de Historia Nacional monta en cólera y comienza una larga perorata en la que acaba concluyendo que se está trasladando al continente americano “y en mi persona” la guerra que “hace 150 años viene llevando el pueblo vasco con el Estado español”. Y por tanto, exige a un alucinado funcionario dominicano que se le facilite un fusil, lo dejen suelto en una loma y le echen detrás las tropas “para así al menos morir con honor”.

Dentro de ETA, Florencio Domínguez (Aguilar)

 

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7 comentarios

  1. Pingback: Locura y muerte en ETA

  2. michelle

    Alucinante artículo, más que nada por la sarta de estupideces que condensa en tan pocas lineas. Vamos, que una panda de tarados llevan d ecidiendo la política española, incluyendo los resultados electorales claves, durante más de treinta años….. o sea, que ESPAÑA es un pais de amebas integrales!!!!!!
    Flecha roja para el tal jabois.

  3. Un libro muy interesante que perseguía la desmitificación de esa gente. Desgraciadamente olvidado, cuando todos los comentaristas han acabado alabando la estrategia de los etarras al comunicar el cese de la violencia.

    Parece increíble que salgan por televisión tres sujetos disfrazados de kukluxklan con boina y diciendo sandeces, y el país se rinda a su sabiduría para admirar con fervor la ‘jugada’. Claro que en un país donde triunfa Guardiola…

  4. michelle

    Evidentemente prefieres tu ESPAÑA de pandereta, llena de gente analfabeta y subvencionada, en lugar de levantarse a trabajar. Supongo que preferirías que triunfase MOU, pero a lo mejor te has equivocado de siglo.

  5. Michelle, escriba sus comentarios aquí: http://superpop.es/

    Gracias.

  6. michelle

    Tranquilo, si buscas EL ALCAZAR debe tener página web para ti ja, ja, ja…..

  7. Iñaki

    Se dice «Llodio», no «Lloido», como dices en dos ocasiones. Y lo de «perros de cuatro patas», concepto en el que te deleitas, no tiene nada de particular. La forma despectiva de referirse a las FSE en Euskadi es «txakurra» (perro). Por lo tanto, lo de «txakurras de cuatro patas», es una precisión oportuna en el contexto que relatas si uno quiere hacer notar que no se refiere a los policías, sino a los animales.

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