Álex Pella: «Muchas veces nos jugamos la vida, pero lo planteamos como una competición»

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La palabra es aventura. Álex Pella es uno de los más destacados regatistas españoles y también uno de los mejor clasificados a nivel mundial. Su experiencia en el mundo de la vela es enorme: proviene de una familia de regatistas profesionales y comenzó a navegar siendo todavía un niño. Ha participado en multitud de competiciones, ha atravesado los mares en equipo y en solitario, ha pasado meses confinado en un pequeño barco enfrentándose a las incertidumbres y peligros del océano, con sus oleajes y tormentas. Es uno de esos hombres que conoce el mar casi como la palma de su mano y queríamos conversar con él para que nos transmitiese sus experiencias y todas esas sensaciones que los años en el piélago dejan en un navegante.

¿Qué te mueve a dedicarte a esto?

He navegado toda la vida, no sé cuándo empecé. Toda la vida. Navegaba con mis padres en plan crucero; somos cuatro hermanos y los cuatro navegamos de siempre, los cuatro nos dedicamos a la náutica de una manera u otra. Yo empecé a dedicarme al tema de las regatas, luego empecé a preparar barcos para navegación de altura en solitario. Lo hago porque es mi manera de vivir la vida, porque me gusta.

En 98 días de regata, ¿hay roces? Sois dos personas en una situación límite.

Sí, claro que sí. Aunque convivencia no hay tanta, el barco lo lleva una persona mientras el otro está descansando. Navegando a dos y durante tantos días los roces vienen casi siempre por lo mismo, que es el tema de ritmo. Cuando uno de los dos no ve claro que hay que apretar porque vamos en condiciones un poco extremas a veces. Hace mucho frío, olas muy grandes; que uno de los dos esté más cansado se nota. Y la otra es en cuanto a la toma de decisiones importantes de cara a la estrategia de la regata.

Obviamente para hacer una regata de este tipo la preparación física es importante, pero ¿que importancia tiene la preparación psicológica?

Mira, con Pepe no hicimos una preparación psicológica y luego hemos tenido problemas. Tuvimos un problema grave en Nueva Zelanda, donde tuvimos que parar y perdimos la regata. Estuvimos los cincuenta primeros días de regata siempre entre los tres primeros, navegando a un ritmo muy fuerte y muy a gusto. Luego tuvimos una semana con muchos problemas, incluso nos hicimos daño. Nos costó mucho superarlo anímicamente y volver a coger el ritmo. Estoy convencido de que se puede hacer un trabajo sobre cómo recuperar la cabeza más rápido. Nosotros no lo hicimos y seguro que se puede.

Entonces esto es más una hazaña de superación y supervivencia que simplemente un deporte.

Hay de todo, la verdad es que hay muchas maneras de ver la regata. Para la gente que no navega y no tiene conocimiento del barco, se puede seguir perfectamente una regata como una aventura o un reto.

En esos cien días que estás de regata, ¿tiene que haber alguien siempre pendiente del timón?

Llevamos el barco manualmente con condiciones de mar fuerte, con olas, porque lo llevas mucho mejor que el piloto automático. Si estás apurando las velas, si estás apretando o estás a punto de —por ejemplo— cambiar a una vela más pequeña, tienes que llevar el barco a mano para que no se te escape. Funcionamos con un ritmo de tres horas; son siempre turnos de tres horas en las que está uno fuera en cubierta, al mando del barco, controlando la información que le llega de la electrónica, viendo una nube, cómo van las olas. Siempre tiene que haber uno fuera durante esas tres horas.

Supongo que habiendo navegado toda la vida el mareo está más que superado. Pero ¿cómo afrontas una tormenta de grandes olas?

Con los sistemas meteorológicos que tenemos las anticipamos, las vemos venir. Se va creando un poco de malestar porque sabes que vas a sufrir, que el barco va a sufrir. Es como un marrón que ves venir y, quieras que no, te vas preparando. No te coge de golpe. Muchísimas veces te estás jugando la vida, te juegas el barco… pero también te digo que nosotros esto lo planteamos como una competición, y lo primero que piensas cuando te metes en una borrasca muy fuerte es que vas a salir perdiendo. Y hay que salir perdiendo lo mínimo, intentar no romper el barco. Piensas más en lo que vas a perder de cara a la regata que no en un posible riesgo personal.

Puedes llegar a entender a los antiguos marinos que creían en los dioses como Neptuno o Poseidón cuando ves que el mar se muestra incontrolable. Llegar a entender ese miedo y esa fe en algo supremo.

Cuando te pasan cosas de estas no es que los llegues a entender, pero te acuerdas de ellos. Si nosotros estamos ahí, metidos en este marrón en pleno año 2010 y con un barco de avanzada tecnología que te ayuda a la navegación… cómo debía ser hace mil años. Seiscientos, cien o cincuenta años atrás no había toda la electrónica que hay ahora. Aunque nosotros tenemos un handicap muy importante, que es la velocidad: antes no se corría tanto. La velocidad te estresa mucho, destroza mucho los barcos, te destroza físicamente. Pero bueno, antes tenían mucho mérito porque no tenían todo lo que tenemos nosotros.

¿Es viable hoy en día realizar algo así sin GPS, guiándote por métodos antiguos como astrolabios o las estrellas?

Mira, en regatas como la Barcelona World Race teníamos un “modo fantasma”; era el momento en el que podíamos anular la localización para que los demás no supiesen donde estábamos. Esto se hace para que tú no controles a los demás y haya un poco más de juego. También pasa en las carreras largas como la París-Dakar donde ya no usan el GPS y han vuelto a lo antiguo, al road book. Quizá aquí también pase algo así, no sé muy bien cómo se definirá, pero seguramente se acote un poquito la tecnología para que sea más abierta la regata.

Como en la F-1, donde han quitado muchas ayudas electrónicas.

Exacto. Hay muchas reglas que ya están definiendo esto para hacer un barco más homogéneo, en el que no pese tanto el tener presupuestos muy grandes, o el que se tenga mucho tiempo para preparar la regata. Se están acotando.

¿Qué es lo que más respeto te infunde cuando estás en alta mar? ¿A qué se le tiene más miedo en un barco de estas características?

Lo que más son los objetos que están entre dos aguas que no ves porque muchas veces —aunque estés fuera en cubierta— estás solo y no miras constantemente hacia dónde vas; estás haciendo otras cosas y no estás mirando hacia adelante. La idea de un impacto con algún objeto que te produzca una avería importante en el barco es lo que más estresa. En el sur sería el hielo: trozos de hielo que no son muy grandes, no los detecta el radar y no los ves.

¿Cuál es el momento más extremo que has vivido?

En esta regata, en Nueva Zelanda, nos pasó Atu por encima y estuvimos muy cerca del ojo del ciclón. Tuvimos un temporal muy fuerte de viento, de olas; además nos hicimos daño. Justo cuando estábamos cerca del ojo me rompí dos costillas, mi compañero Pepe se rompió los dos meniscos de la rodilla derecha. Es un recuerdo muy duro que tengo de esta regata. Aunque luego es bonito el haberlo superado. Salimos mal clasificados de Nueva Zelanda y luego remontamos hasta al final, así que estuvo muy bien.

¿Hay diferencias entre los océanos? Por ejemplo, ¿llegas a notar diferencia ya no sólo en el comportamiento de las mareas sino incluso en cosas como el aroma del mar o los vientos?

Por supuesto, todos los mares son diferentes y lo bonito de esta regata es que pasas por muchos sitios y vas viendo mares, sistemas, olas, viento, nubes, animales, polución…

¿Que es lo más raro que has visto en alta mar?

No en esta regata, pero me he cruzado con una nevera. Y dices: «hostia, ¿cómo puede ser que haya una nevera aquí?».

Viajar en avión para ti tiene que ser como no viajar por la diferencia entre estar varios meses en un barco y coger un avión para recorrer 6.000 kilómetros en diez horas.

Bueno, es diferente, es otra forma de viajar. Hay muchas maneras de entender los viajes. Hoy en día no se viaja como antes. Antes, Marco Polo salía de Italia, se iba a Oriente y a medida que avanzaban se iban adaptando. Ahora coges un avión, te vas a Nueva Delhi y lo primero que haces al llegar es ponerte malo, te da una cagarrina. ¿Por qué? Porque no hay adaptación. Antes, conforme iba avanzando el viaje te ibas adaptando al clima, a la comida, a la gente, era muy diferente. En las regatas estamos llegando a un punto en que es más competición que viaje, pero siempre hay un componente de aventura.

De todos los sitios por los que has navegado ¿cuál es el lugar en el que te has sentido más a gusto?

Yo soy muy mediterráneo. Me gusta mucho el Mediterráneo porque es donde empecé a navegar, me vienen los recuerdos de niño, las islas… pese a que ha cambiado mucho, sobre todo nuestro litoral catalán y español. La costa está completamente saturada, no se navega como antes, pero me quedo con el Mediterráneo.

Después de estar tanto tiempo en una regata, ¿te gustaría simplemente navegar sin rumbo, hacia donde el barco te lleve?

Me gustaría porque empecé navegando en crucero. Hay gente que sólo es regatista y sólo hace regatas, pero a mí estar en el mar me gusta. Tengo un proyecto —que no sé cuando haré— que es vaguear un poco por el mar y pescar, ir a algún sitio a fondear. Me gustaría cogerme uno o dos años e irme por ahí. Incluso me lo estoy planteando ahora mismo… como la cosa está difícil igual cojo y me voy una temporada. Para desconectar es fantástico.

Para alguien profano en el tema, ¿hay alguna película, documental o libro que refleje bien la vivencia de lo que es estar en el mar durante tanto tiempo?

Hay reportajes y documentales de este tipo de regatas editados. En Internet hay muchísima información, los navegantes buenos sacan sus propios documentales y sus propias películas sobre sus experiencias. Ellen MacArthur y todos estos maestros, que tienen una visión más comercial de cara a sus patrocinadores, han sacado películas y en el mercado hay muchas cosas. En cuanto a películas clásicas, hay muchas que reflejan muy bien el mar, que no tienen nada que ver las regatas, pero bueno: una que todo el mundo conoce es Master & Commander. Hay muchas cosas de la película y del barco que son muy bonitas porque refleja cómo se navegaba entonces. Tienen a sus carpinteros, se van a buscar una calma y en la calma reparan el barco. Yo no sé quién documentó la película pero lo hizo muy bien, incluso los sonidos del barco, aunque no tenga nada que ver con nosotros. Hay otra de los años cincuenta que se llama El mundo en sus manos, con Gregory Peck, de cuando a principios de siglo se iba a pescar el fletán. Son unas goletas preciosas que subían a Terranova y una vez allí se desafiaban mutuamente. Hay tomas que tienen mucho mérito, meter cámaras y hacer todas las tomas en barcos reales debía de ser muy complicado en los años cincuenta.

¿Hay alguna similitud con la claustrofobia de películas como Das Boot, cuyo argumento sucede en un submarino de guerra alemán durante la segunda guerra mundial?

Yo creo que no porque un submarino de combate… es un ataúd. Nosotros tenemos libertad: entras y sales. Pese a que se pueda ver de otra manera el barco por dentro es relativamente cómodo. Teníamos una buena litera para descansar, la mesa de cartas es cómoda, el espacio es bastante diáfano — aunque igual no lo veas así— en el que podías distribuir el peso constantemente, tienes espacio para moverlo. Muy cómodo. Lo único que teníamos un poco incómodo era la posición del mando de conducir que es muy húmeda, demasiado húmeda, y eso hay que resolverlo.

Después de tanto tiempo embarcado ¿qué es lo primero que haces al pisar tierra? ¿Te sientes extraño en tierra firme?

Más que estar en tierra o en mar lo que sientes es la gente. Porque claro, nosotros hemos estados cien días viéndonos las caras y al bajar a tierra hay mucha gente que te viene a recibir, gente que es muy cercana. Tienes muchas ganas de verlos. Cuando llegamos aquí también nos chocaban mucho los coches: ves un camión que va a ochenta por la nacional y dices «si va a toda hostia», pero iba a ochenta. Los apartamentos, los barquitos de la playa, los chiringuitos… cuando los ves, dices «un poco de civilización al fin». Cien días en los que sólo ves agua, mar y cielo.

¿Ha cambiado mucho la imagen del marino que nos dan libros como Moby Dick, en el que los balleneros eran gente poco sociable que pasaban más tiempo embarcados que en tierra?

Nosotros estamos mucho tiempo en el agua, mucho tiempo. En los dos últimos años hemos preparado este proyecto —un año y tres cuartos de preparación y al final la regata— y de promedio te diría que hemos estado más de 250 días fuera de casa. Son muchos días, es mucho tiempo. Cuando te dedicas al mar estás mucho tiempo fuera de casa. Tanto la gente que navegamos como el resto del equipo tienen que desplazarse. En ese aspecto es igual. Quizá la imagen ahora es más deportiva, antes eran pescadores. Y luego las cosas comerciales; los patrocinadores, los medios… el tema de imagen es importante y ha cambiado bastante.

¿Se nota un cambio en la cobertura mediática de las regatas de unos años a esta parte?

Por supuesto. Muchísimo seguimiento, por la gran ventaja de poder estar enviando imágenes desde el Índico sur y que se vean en directo en Barcelona. O por videoconferencia. Esto es increíble. Imagino que el impacto que esto tiene en tierra es brutal y para nosotros es una suerte poder explicar lo que estamos haciendo y darlo a conocer en tiempo real.

Cuando navegas, ¿tienes tiempo para escuchar música? ¿Hay alguna música en concreto que te ayude a sobrellevar la regata?

Ninguna en concreto, pero la música va bien. El barco hace mucho ruido, hay muchos sonidos y para desconectar de ellos es fantástico. Te desestresa, te hace olvidar, estás más tranquilo.

 

Fotografía: Jesús Llaría

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