Manuel Jabois: Ni hablar del peluquín

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El debate sobre el estado de la nación siempre fue un soniquete de bar que se escucha de fondo con la partida del dominó o el café a media tarde de las chonis. De un tiempo a esta parte el ruido parece que viene de más lejos, como si el Congreso se estuviese desplazando hacia Marruecos. A veces siento pena de ese Gistau acodado ahí, inerte, asistiendo a una novillada cuando a Fernández Flórez le subían al estrado mihuras. Lo que deberían hacer los diputados es limitarse a leer las actas de entonces al pie de la letra, aunque eso nos cueste otra guerra. En este país se ha perdido la oratoria, que es aún peor que perder la decencia. No hay más que encender la radio en España para saber que no es posible aquí un monólogo tan bellamente ejecutado como el de este argentino en el que hasta los tacos adquieren un aire épico, la agitación del español altisonante y bárbaro. Lo único interesante de un debate así es escuchar a Rajoy por si desentierra algo. Hace años le soltó por la calle a Gallardón un “carámbanos” del que todavía se está recuperando el alcalde. Hay que desempolvar muchos diccionarios para encontrarse un “carámbanos”, pero Rajoy dirige el PP con un lema apabullante: “Éste es un partido normal”, y le gusta repetir una expresión vanguardista que debió de escuchar en un botellón de raperos en Nueva York: “Ni hablar del peluquín”. Cualquier día sale de casa para ir a un estreno de los Lumière. En el debate se le vio metido en un traje que bien cortado podría vestir a medio Congreso, con un color azul rarísimo, como el de aquellos 127 que salían en caravana para Gandía en verano. Zapatero se puso la chaqueta de los funerales y habló consciente de que, por mucha ira que finja, todo el mundo sabe que su única lucha pendiente es contra la alopecia; salir de La Moncloa sin pelo, cuando no se conoció presidente calvo, es lo que nos faltaba. Hubo un momento de la tarde en que pareció encogerse en su escaño, casi durmiéndose, tan acurrucado que parecía aquello el debate sobre el estado del pichón. Tanto él como Rajoy se enzarzaron en discusiones que siempre dejan un aire a pactadas, como si las hubiesen ensayado en camerino con Jorge Javier. Por lo poco que pude ver, con Rajoy hostigando y Zapatero en modo práctico, la cosa salió como cuando uno le dice a otro: “A ver si espabilas, que tienes cuarenta años, vives con tus padres, no tienes trabajo, no tienes novia y te estás poniendo gordo”, y el amigo contesta: “¿Y tú con esas gafas, que pareces gilipollas?”.

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