Grandes secundarios: Richardson [Deadwood]

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De la sagrada trilogía de grandes series dramáticas (The Sopranos, The wire y Deadwood) con las que HBO ha establecido nuevas cumbres artísticas en el mundo de la televisión, es esta última la que tuvo una vida más breve y una menor repercusión, pero también es la que se ha distinguido por no parecerse a ninguna otra serie emitida antes o después: es una obra maestra única. Deadwood retrata un «lejano Oeste» brutal y apocalíptico, en el que la vida humana no tiene ningún valor y en donde cualquier rastro de moral y ética son pisoteados por la fuerza de la codicia, la lascivia y el odio. Las cotas de tenebrismo y brutalidad que llega a alcanzar Deadwood son algo inédito en el drama televisivo, pero cuando crees que todo es violencia y oscuridad, de repente surge él: Richardson.

Richardson aferrado a su Fetiche Mágico: el cuerno de ciervo.

No es fácil describir a un personaje que consigue convertirse en uno de tus favoritos pese a aparecer solamente unos cuarenta segundos en cada episodio. Richardson es un anciano desarrapado e inútil, que padece deficiencias intelectuales muy evidentes y que inexplicablemente, a puro golpe de candidez, sobrevive al aterrador caos de violencia que le rodea. Decir que es el «tonto del pueblo» sería simplificar penosamente el extraordinario encanto del personaje: Richardson es un oasis de inocencia en un mundo podrido y salvaje, y lo demuestra con toda clase de enternecedores detalles. Como, por ejemplo, su amor platónico hacia la protagonista de la serie (a la que jamás se atreve a dirigir la palabra o siquiera mirar; ella, claro, apenas repara en que él existe) y su surrealista fijación religiosa por un cuerno de ciervo, al que parece atribuir propiedades sobrenaturales sólo porque ella se lo ha «regalado».

Richardson no tiene grandes ambiciones en la vida: deambula por las sangrientas calles de Deadwood viviendo de hacer recados aquí y allá, contemplando el mundo con mirada de asombro infantil y escondiéndose asustadizo ante cualquier atisbo de problemas. Es la inocencia personificada y, como aquel Mr. Chance de Peter Sellers, parece un ente angelical caído por error del cielo. El que Richardson no apareciese más tiempo en Deadwood —o , por qué no, el que no terminase teniendo su propia serie— es algo que no me explicaré nunca, pero me basta con saber que es capaz de robarle episodios a todo un extraordinario plantel de personajes con su exiguo medio minuto de conmovedora timidez y simpleza hilarante. Richardson es adorable, no hay otra forma de decirlo. Algún día sus seguidores seremos legión y le rendiremos fervoroso culto, cuerno en mano: predicaremos su santidad y haremos del mundo un lugar mejor. ¡Por el poder del ciervo!

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