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Guillermo Ortiz: La reelección de Lorenzo Sanz

Lorenzo Sanz tenía cara de “barra libre”. No había más que verlo para imaginarle metiendo la mano en la caja para jugar al póker o regalando entradas a amigos, enemigos, hinchas propios, ajenos, reventas… Luego la realidad sería la que fuera, pero Sanz era un hombre con una imagen muy poco fiable dentro de una institución que no paraba de ganar Copas de Europa casi por castigo.

Los escándalos aparecían y desaparecían. Ocupaban portadas y luego se obviaban en un breve o directamente pasaban al olvido. Tenía un curioso sentido de la legitimación: se proclamó presidente después de la dimisión forzada de Ramón Mendoza —algo que el presidente más dandy de la historia del Madrid calificaría después de “golpe de estado” en esa madre de todas las autobiografías llamada Dos pelotas y un balón—  y en lugar de convocar elecciones a final de temporada alargó su mandato hasta 1997, cuando Capello le ganó la liga al Barça de Ronaldo. Entonces ya sí, al calor de la victoria, llamó a las urnas y solo acudió él asegurándose la reelección.

Eran tiempos divertidos para la familia Sanz Mancebo: uno de los hijos, en la primera plantilla; otro, en la cantera, rumbo a Mallorca; un tercero, jugador profesional de baloncesto y después, cuando vio que la cosa no daba para más, jefe de la sección.

A Sanz le salvaron los títulos y le condenó el juego del equipo y algunos fichajes gloriosos como Petkovic, “el Átomo” Ognjenovic, Freddy Rincón o Canabal, jugador del Mérida por el que pagó 1000 millones de pesetas de las de los años 90 para acabar acumulando cesiones por distintos clubes de la Primera y la Segunda División. Sanz intuía que estas cosas pasarían a un segundo plano mientras el equipo ganara y la verdad es que ganaba bastante: en 1998, Mijatovic le dio al club su Séptima Copa de Europa tras de más de 30 años de espera, en 1999, Raúl trajo la Intercontinental y en 2000, los ajustes tácticos de Vicente Del Bosque hicieron posible otro entorchado europeo, “la Octava”, para los aficionados empeñados en ponerle un número a cada trofeo.

Después de esta última victoria, en París, ante el Valencia del Piojo López, Mendieta, Ayala y compañía Sanz, desbordado por la euforia, convocó elecciones para el mes de julio. Obviamente, esperaba repetir lo sucedido tres años atrás y que nadie se presentara.

Digámoslo claramente: Sanz pensaba que el socio madridista era tonto y se había olvidado de las derrotas humillantes en el Bernabéu en los partidos de liga, los tejemanejes de los distintos tesoreros, la amenaza de una deuda cada día mayor y los favoritismos nada escondidos con sus familiares. Pensaba que todo aquello sería perdonado y condonado solo con pasear una Copa de Europa más o menos… pero no fue el caso.

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Un comentario

  1. Florentino Pérez no ganó esas elecciones por ser «un empresario joven de modales adustos, elegante y ordenado». Digámoslo claramente: sin el fichaje de Figo, Pérez nunca habría ganado esas elecciones y el socio del Madrid se habría olvidado de «derrotas humillantes en el Bernabéu en los partidos de liga, los tejemanejes de los distintos tesoreros, la amenaza de una deuda cada día mayor y los favoritismos nada escondidos con sus familiares». Así de sencillo fue. No se trataba de tontos ni de listos.

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