José Antonio Montano: La radio horrísona

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Qué suplicio este fin de semana. El sábado, en la playa, a la hora de la Vuelta, busqué en la radio la retransmisión de la Vuelta, pero no había Vuelta: en todas las emisoras (¡en todas!), locutores chamuscados porque no les dejaban entrar en los campos de fútbol. Ahora les piden que paguen por la narración de los partidos, y ponían toda su artillería verbal en criticar la exigencia. Tenían razón, naturalmente: los equipos solo aportan sus mastuerzos con la pelotita; a partir de ahí, es el rapsoda radiofónico el que hace la épica, el que lo hace todo. Elabora un estadio paralelo que se sostiene solo en sus palabras, y es en ese estadio —y solo en ese— en el que pasan cosas. Pero a mí el fútbol me importa un pimiento: yo buscaba la Vuelta y no había Vuelta. Al final la dejaron asomar apenas en el sprint.

La melancolía por el eclipse del ciclismo daría para otro artículo —para otra andanada—, pero hoy sigo bajo los efectos de mi exposición radiofónica. El recorrido por el dial me hacía caer, a cada tramo, en boquetes gritones. El más espeluznante fue el de la Ser, con la tralla que le han puesto a Carrusel deportivo, en un intento explícitamente desesperado por reflotarlo. Había un tal Ponseti (¡Ponseti!) con un optimismo a prueba de bombas; pero él mismo era una bomba. Al tercer berrido, ya anhelaba yo extirparme los tímpanos, para impedir toda posibilidad futura de Ponsetis. Es la escuela de Pepe Domingo Castaño —“¡anima Pepe Domingo Castaño!” es un grito que siempre me ha dejado el ánimo hecho trizas—, que se pasó a la Cope con los demás excarruseles. Se ve que la temporada pasada el duelo se saldó con el fracaso de los otros, y ahora intentan triunfar metiendo más ruido. Probablemente lo consigan.

Digámoslo sin tapujos: el fútbol es lo peor. Es la cloaca de la sociedad, y lo que lo rodea es lo peor de cada sector de la sociedad: sus dirigentes son los peores facinerosos —por usar la expresión favorita del mayor facineroso que hubo–, sus deportistas y entrenadores son los más horteras y descerebrados, su público es el más zafio, y los periodistas que lo cubren son los únicos que están por debajo de los del corazón. Cuando llega el fútbol, se termina todo. Y en la radio es donde mejor se aprecia. Una cadena más o menos elegante como la Ser, pierde los estribos en cuanto aparece el fútbol. Esta temporada además, con la diseminación de los encuentros, la devastación se ha diseminado también: por morbo, seguí ya sintonizando y hubo fútbol el domingo por la mañana, el domingo por la tarde-noche —“¡Ponseti, hoy nos toca estar hasta las doce, Ponseti!”, gritaba su colega a las tres— e incluso el lunes. Ponías la radio a cualquier hora, y solo había jaleo.

Ciertos intelectuales —curiosamente, todos de izquierda y castristas: Vázquez Montalbán, Benedetti, Galeano…— lograron prestigiar el fútbol. Supongo que, como no había pan en los regímenes que propugnaban, querían dejar al menos el circo. Ya va siendo hora de iniciar una reacción elitista. Hay que recuperar, como alguna vez ha propuesto Savater, el insulto que profiere Shakespeare en El rey Lear (acto I, escena 4): “¡Vil futbolista!”; extendiéndola, por supuesto, a los locutores futbolísticos. Hay que reconstruir Europa (¡el mundo entero!) a partir de ese insulto.

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18 Comentarios

  1. Efectivamente el fútbol hace ya unos años que dejó de estar mal visto en determinados círculos minoritarios. Asi que ahora ya no está mal visto en absolutamente ningún lado. Hoy día el fútbol es obligatorio y criticarlo es quedarte a la intemperie. Si al menos te respondieran llamándote pedante o snob… pero lo más probable es que te miren como a un loco extraviado.

    Espero que no te quedes sin amigos por haber escrito esto, un abrazo.

  2. Jajaja, empezaré enemistándome con mis queridos colegas de Jot Down, Jabois, Albert de Paco o Guille Ortiz, que son muy futboleros. Algún día haremos una guerra como las de almohadas, solo que yo les lanzaré bicicletas y ellos a mí balones :-)

  3. Sería muy interesante un combate con otro futbolero: Salvador Sostres, que hace unos años posteó en su blog una entrada de una sola frase, a modo de pase del desprecio:

    «Hi ha un tipus de gent que mira EL TOUR de França».

  4. Aunque soy, como diría Sostres, de ese tipo de gente que escucha las narraciones del fútbol en la radio, me he descacharrado con su artículo (¡Ponseti!). Y por eso puedo permitirme una puyita: se ha *olvidado* usted mencionar a su admirado Javier Marías.

  5. Bueno, creo Javier Marías se sumó a la moda futbolística después. El que abrió brecha entre nosotros fue Vázquez Montalbán, que también reivindicó la copla: es decir, casi el 100% del franquismo, menos a Franco.

  6. Hay demasiado vocerío en torno al fútbol, es cierto. De manera que el fútbol gana al verlo a través de una pantalla y sin sonido, lo que permite neutralizar a los gamberros, a los locutores, a los famosos dirigentes y al resto de la avifauna. Visualmente el fútbol es una fiesta y la pantalla permite repetirla y acercarla.

    Pero si tanta oralidad está de más, qué placer en cambio trae leer al día siguiente una buena crónica de un buen partido, incluso de uno regular o malo.

    Camus, que era portero, dijo que todo lo que sabía de moral lo había aprendido en un campo de fútbol. Exageraba, sin duda, pero la frase está muy bien. Marías ha contado alguna vez un atraco que sufrió una noche. Como acababa de perder el Madrid por goleada frente al Milán, se quejó de su suerte: no sólo han goleado el Madrid, encima me atracaba usted. El atracador también era madrilista, lo que mejoró en parte la cosa.

  7. Cierto, amigo Josepepe. De hecho yo alguna que otra vez he leído artículos futbolísticos, sobre todo de Segurola. Hay buenos prosistas en el fútbol: ahí sí se equiparan al ciclismo. Segurola y Arribas!

  8. Excelente artículo. Y, además, cierto. Para los que si nos gusta el fútbol la realidad es desoladora y en gran parte porque la mayoría de los medios intentaron ponerse al nivel de sus oyentes mayoritarios. No solo lo consiguieron sino que están por debajo de.
    Es lo que hay o citando a Pitbull, líder de pensamiento actual en su dúo con JLO, «no es mas ná».

  9. Hay algo aún más cansino que el futbolerío chabacano y voceras;, que al menos no se toma en serio a sí mismo. Es el futbolerío como metáfora política: el Barça de Guardiola, imaginativo, angelical y catalanista (=»de izquierdas») frente al Madrid mourinhista (hosco, violento, centralista (=»de derechas»). El País ya tiene una sección fija (Izquierdo, Girard, Carlin…)destinada a este topicazo.

  10. Cierto! Esa corriente metafórica la iniciaron en Canal +, que yo recuerde. En el fútbol, por lo demás, hay algo aún más estridente que los gritos: y es esa relamida y grasienta antoniogalesca retórica de Valdano.

    • Admirado Montano, no puede separar a Valdano de Segurola. No puede llamar -acertadamente- «relamida y grasienta antoniogalesca» a la retórica del argentino, sin reconocer toda la responsabilidad del vasco en esta «intelectualización» del fútbol que, desde Vázquez Montalbán, venimos sufriendo.

      Porque hay algo aún peor que el fútbol zafio y vulgar: el fútbol intelectualizado, estetizado, moralizado.

  11. Bueno, pero Segurola sí lo hace bien y su intelectualización es bastante sobria, no desbocada ni cursi, como la de Valdano y los demás. Digamos que Segurola le aplica inteligencia al asunto. El problema es que luego ya se han puesto todos a hacer lo mismo pero sin inteligencia: entonces lo que queda es la retórica del intelecto, pero sin el intelecto.

  12. El fútbol despierta a menudo ruindades y «horterismos», y su omnipresencia desplaza, a menudo y de forma indebida, otros deportes… Muy cierto, pero, a la vez, es una formidable válvula de escape para la sociedad, un aglutinante sin competencia y una fuente de alegrías —sectoriales y generales— que, por eso mismo, merece también ser tolerada y aun celebrada. (Y lo dice un madridista moderado que no sabe si es el único en su especie, con todo el peso amargo del mourinhismo y de las ineludibles derrotas a cuestas).

  13. El fútbol es la religión verdadera de este estado que ni siquiera es laico, o aconfesional, como se ha demostrado con la bajada de pantalones frente al benedictismo idolátrico.

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