Aunque ya nadie lo recuerda el Madrid fue el primer amor. Por conveniencia, forzado, breve. Pero el primer amor. El verano del 93, tras la debacle insular, salí a la calle con el madridismo más recalcitrante para protestar contra la Liga del Barça. La Liga no tiene nombre y el Barça no es, llevábamos escrito en una pancarta. Insultamos mucho a Gracia Redondo, Celino, mientras yo veía morir mi fe madridista ante el hedonismo blaugrana. Y la temporada 93-94 la comencé de culé. Debuté por la tele en un hotel de Zarautz, con aquel 3-0 de cuento con hat-trick de Romario. La tarde más perfecta que he visto, y el mejor cromatismo hasta que conocí al Rapid: la camisa del Barça, el verde sosegado del Camp Nou y la elegancia albiazul de la vieja Real. Luego me hice de Sport diario y tal era mi pasión que una maestra querida me trajo los recortes de la prensa de adultos con motivo del duelo europeo con el PSG de Raí. Ah, doña Mari Carmen. A final de año, cuando yo tenía diez, me propuso mi primera colaboración periodística en la gaceta escolar. Firmé como corresponsal en Estambul, una previa del Galata-CSKA que auguraba un infierno lleno aunque nadie se jugara nada. Fue mentira, pero no se supo. Por entonces mi corazón ya palpitaba con los turcos. Me sabía el equipo, empezando por Dermibas y acabando por Sukur. Y José Luis Medall empezó a llamarme Gala, que yo aún no sabía que fue chica de Dalí.
Lloré en la final de Atenas y viví con agonía el final del Dream Team. Sufrí por el Barça de Gaspart como por una mujer. Nadie quiso tanto a Van Gaal. Nadie se alegró tanto con el gol de Xavi en Valladolid. Y entre tanto sufrimiento descubrí el ADN del Barça. O más exactamente, que no era compatible con el mío. Y me borré. Coqueteé con el Valencia, pero no cuajó. Me atrajo el Madrid, pero no encontraba intensidad. Y un día de verano, allá por el 2006, Sergio Barberá me dio una camiseta granate del Rapid. Me iba a Rumanía en verano y llevé muchas tardes la casaca con el nombre de Rada. Y una tarde de octubre vi aburrido en un cibercafé que el Rapid jugaba en casa. Fui solo a Giulesti y me volví a enamorar. De nuevo el cromatismo, creo. El granate con el verde del césped, la ciudad gris de fondo. Me hice asiduo, hasta hoy. Cuando me aburría subía a la última fila a ver las vías, con la ciudad de domingo impasible al fondo (el Rapid era el equipo del Ministerio de Transportes)
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Impagable el video de la hinchada del Rapid. ¡Y que bien cantan, los jodíos!
Diga la verdad hombre. A Mestalla no le dejamos entrar por gafarrón. Un abrazo