Marcel Gascón: Un aeropuerto único

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Circunstancias de la vida me llevaron esta semana al aeropuerto de Baneasa. Bucarest tiene dos aeropuertos: Otopeni y Baneasa. De Otopeni vuelan las compañías caras y se va al centro y al norte de Europa. De Baneasa, salen low costs, básicamente a Italia y España. El perfil del rumano medio de Centroeuropa y Escandinavia es más elevado que el de Italia y España, donde los trabajadores no cualificados, casi siempre de zonas rurales, son abrumadora mayoría. Las diferencias se reflejan en los dos aeropuertos. El moderno Otopeni tiene la asepsia y el orden frío de cualquier aeropuerto europeo. Baneasa, con su arquitectura y sus colores de juguete de playmobil, se parece más a una vieja estación de tren.

Desde primeras horas de la mañana se concentran frente a la puerta de entrada decenas de viajeros y familiares. Hablan, fuman y, sentados en un banco, abren bolsas llenas de embutidos y se los comen con pan para no ser estafados a bordo. Junto al recinto de playmobil azul y amarillo una modesta valla separa las pistas. Frente a esa valla se agolpan a todas horas los curiosos. Son de todas las edades y no se avergüenzan de gritar su fascinación al ver elevarse una máquina, o de hacer conjeturas cuando las naves llegan sobre en cuál rezará asustado el tío Costel.

Las colas de facturación son en Baneasa torcidas y caóticas. Los conflictos entre las señoras de pueblo y el personal de las líneas de vuelo son constantes. Las señoras quieren pasar como equipaje de mano imposibles bolsas de rafia con bienes imprescindibles para su hijo en España. Las señoritas deben impedir que un avión que atraviesa Europa se convierta en un autobús africano. Casi siempre ganan las señoras. En cada una de esas colas no faltan nunca dos o tres chicas esculturales. Van vestidas para el viaje con sus mejores galas y caminan sobre altos tacones. Cuando se agachan para subir la maleta a la cinta dejan ver en la baja espalda tatuajes tribales triangulares.

Pero quizá sean las llegadas el mejor momento de Baneasa. Los viajeros salen del aeropuerto por una pecera. Quienes les esperan no tienen paciencia para esperar fuera. Atestan la pecera, empujan para ganar sitios. Cuando divisan a su viajero gritan y avanzan en estampida. Lo besan lo achuchan y solo después de un minuto largo toman su maleta con una gran sonrisa y se abren paso entre la maraña. Antes han bloqueado la salida de otros pasajeros, a quienes otros familiares esperan en la pecera con la misma ansia.

Nada mas pisar la calle taxistas con una credencial de plástico que cuelga del cuello y descansa en sus panzas ofrecen sus servicios. Taxi oficial, dicen, y casi nadie les hace caso. No aceptan poner el taxímetro y trabajan solo con tarifas marcadas, mucho más caras que el precio normal. Sus coches están aparcados en zona prohibida. A veces viene la policía y les pide que despejen. Los taxistas no se enfadan, pero les fastidia. Así se lo dicen a la policía: venga, hombre, que me voy enseguida y no molesto a nadie, tampoco hay que ponerse así. Las normas de tráfico no valen para el humor de los taxistas. Los agentes lo saben y los taxis amarillos no se mueven de la salida.

Una mujer española salió ayer histérica de la pecera. Les gritaba a sus hijos, a su marido rumano. Arrastraba la maleta con las ruedas al aire. En la retaguardia de la espera tres taxistas presenciaban la escena. Las piernas muy separadas, los pies mirando hacia afuera y las barrigas insolentes. Cuando la mujer hubo pasado, en una reivindicación de su calma, se miraron condescendientes y separaron más las piernas.

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2 Comentarios

  1. Me ha encantado lo de la pecera.

    Jejeje, lo haces parecer bucólico, familiar y campechano, Marcel.
    Y no niego que se le acaba viendo el lado «romántico» al cabo de un tiempo, pero nunca olvidaré que después de mi primera salida desde Baneasa, hacia Roma, en Agosto, y cuando aún la crisis no nos azotaba como ahora (o sea, que había muchos más viajeros), mi definición del aeropuerto fue: «un absurdo infierno»

    Un saludo!

  2. Claro, pero una es esperar y otra volar a o desde Baneasa y otra ir a recibir o despedir a alguien. Al fin y al cabo quien espera mira desde fuera. Un abrazo!

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