Dolor, epopeya y vergüenza: memorias de un hincha mundialista

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No imagino cómo debe de ser el crecer en una España que ya es campeona mundial de fútbol. Aunque me haya alejado —sentimental e intelectualmente— de la competición futbolística regular durante los últimos años, no se puede haber sido un niño o adolescente varón en España y no estar profundamente marcado por el fútbol. El Mundial y la Eurocopa —que es como una metadona mundialista— siguen constituyendo para mí una liturgia periódica, que me atrae casi más por un sentido de la Historia que por la competición misma. Ahora que ya somos campeones, me apetece revivir los otros mundiales que he presenciado desde la tierna infancia y que aún puedo recordar. No sé si es un intento de aleccionar a los más jóvenes sobre lo que significaba ser seguidor de la selección española de fútbol “antes de”, de explicarles cuál fue el sino de la selección en los distintos campeonatos o si se trata sencillamente de un ejercicio de nostalgia sobre Aquellos Maravillosos Años en que perdíamos siempre y en los que, como españolísima reacción al desamparo, sentíamos que también siempre nos quedaba el orgullo. Un orgullo satisfecho o herido, según sufriésemos una salida digna o una debacle total, pero orgullo al fin y al cabo. El orgullo de haber puesto nuestro corazoncito de aficionado en ello.

El repaso podría bien haber comenzado en 1978, cuando la selección española regresaba a un Mundial tras doce años de ausencia y donde empezaba la Era de la Mala Pata que sólo finalizó en Sudáfrica 2010, pero seré fiel a la memoria y empezaré con el Mundial 82, que es el primero que realmente recuerdo. Sólo comentar que aquel retorno del 78 fue decepcionante: España lució un juego ramplón y quedó fuera de la fase de grupos cuando Cardeñosa falló un gol ante el portero de Brasil, en una jugada que se transformó en sinónimo popular de “pifia” hasta que el pobre Julio Salinas sustituyó a Cardeñosa en el imaginario nacional, tras fallar otra ocasión cantada, esta vez ante Italia, en 1994.

España ’82: la selección que nunca estuvo allí

Satrústegui en acción frente a Honduras. Treinta años después, los pobres hondureños aún deben de preguntarse qué demonios pasó en aquel partido.

Spain is different, definitivamente. Fuimos uno de los pocos países cuya selección no respondió favorablemente al hecho de jugar en casa, algo que tradicionalmente es una gran ventaja para cualquier selección que organiza un Mundial. Aunque, a priori, el equipo español no era malo: una combinación de nombres en los que había sitio para la garra tradicional de “la Furia” y también para la calidad que nunca ha estado completamente ausente de la selección española. Había un poco de todo, técnica y oficio: Quini, Gordillo, Alexanco, Juanito, Tendillo, Camacho, Urkiaga, etc. Una selección plural y compensada. ¿El resultado? Un desastre. Aquel Mundial 82 fue el Mundial de los complejos, e incomprensiblemente la presión de ser locales pudo con los nuestros, no sé si por tratarse de tiempos turbulentos para el país o sencillamente porque la mentalidad ganadora aún no se había establecido entre los españoles (de los barros del “que inventen ellos” vinieron los lodos del “que ganen el Mundial ellos”). La fase inicial ya fue mala pero milagrosamente no quedamos fuera del campeonato: una derrota contra la débil Irlanda del Norte (aquel gol en el dejamos que Arsmtrong y Hamilton parecieran Zico y Sócrates) o un sonrojante empate con Honduras —empate en el que necesitamos la embarazosa colaboración del árbitro— bastaron para subirle los colores a toda una avergonzada afición. Llegamos a la ronda de octavos de final —que aquel año se jugó también en formato de grupo— pero Inglaterra y Alemania, lógicamente, eran demasiado para un equipo español que no había podido con irlandeses y hondureños. ¿La sensación final? Que mejor no nos hubiésemos presentado. Al menos la organización del Mundial sirvió como ensayo para las Olimpiadas del 92 a la hora de aprender aciertos y errores, pero dudo que en otro Mundial posterior el aficionado español se haya quedado con semejante sensación de cabreo, decepción y vergüenza ajena. Pero así fue durante muchos años el mundialismo español: si no querías sufrir, mejor te ibas de vacaciones.

México ’86: la oportunidad perdida

Emilio Butragueño redujo a cenizas a la Dinamarca de Laudrup, en una de las más grandes jornadas del fútbol español.

Nuevos valores comenzaban a emerger en un equipo que, verdaderamente, pudo haber hecho grandes cosas, bajo la expertísima batuta del gran Miguel Muñoz, que había sustituido a Kubala tras la debacle del 82. En el extranjero no se tomaban demasiado en serio aquella selección, pese a que la España de Muñoz ya había avisado siendo subcampeona en la Eurocopa del 84 y pese a que estaban apareciendo nombres —aún poco conocidos en el exterior— cuyas cualidades resultaban evidentes, como las primeras avanzadillas de la “Quinta del Buitre”: Emilio Butragueño o Míchel. Se produjo un salto en calidad y sobre todo en mentalidad. Aquella selección española era un gran equipo. De hecho España hizo una primera fase bastante buena, en la que se ganó a quien se tenía que ganar (Irlanda del Norte y Argelia) y se perdió —muy dignamente— contra Brasil, en un partido cuya historia pudo ser distinta si se hubiese concedido un “gol fantasma” a Míchel (el karma, en forma de árbitro, nos cobraba la mala jugada que le hicimos a los pobres hondureños en 1982). El haberle jugado de tú a tú a toda una Brasil ya debió suponer una clara advertencia para la prensa extranjera, pero en el resto del mundo tenían puestos los ojos en un Maradona que parecía más irreal en cada partido. También había captado la atención de la prensa la que en fase de grupos fue la selección revelación del torneo, la Dinamarca de los Larsen, Olsen y, cómo no, Laudrup. Los daneses hacían un juego preciosista que les valió el poco original pero apropiado apodo de “tomate mecánico” y llegaron a endosarle seis goles a la siempre respetable Uruguay. El destino quiso que los dos equipos revelación, Dinamarca y España, se enfrentasen en octavos de final, y aquel fue sin duda uno de los días más gloriosos en la historia del fútbol español. Dinamarca comenzó el partido marcando, como para cumplir los vaticinios de la prensa mundial que la daba como favorita, pero fue entonces cuando la selección española demostró que nadie había sabido medir su auténtico potencial. Aquel equipo español no sólo no se rindió sino que terminó humillando a los daneses por 5 a 1, en una remontada liderada por un Butragueño en estado de gracia: él solito hizo cuatro goles y se convirtió, de la noche a la mañana, en el primer futbolista español que alcanzó la categoría de estrella mediática mundial.

Jean Marie Pfaff, la Pesadilla Belga: somos muchos quienes jamas podremos olvidar su rostro.

Pero como en aquellos tiempos no había gloria sin martirio, un equipo que pudo haber hecho historia se dio de bruces con su propia fatalidad en los cuartos de final. Bélgica había eliminado a una potente Unión Soviética en un dramático encuentro con muchos goles y una casi insoportablemente tensa prórroga. Bélgica era un equipo menor pero se había clasificado, pues, con honores. Aun así, en el partido entre los dos “tumbadores de gigantes” (como se llamó entonces a los verdugos de la URSS y Dinamarca) España era la clara favorita. No sólo tenía la misma —o más— capacidad de lucha de los belgas, sino un plantel de jugadores infinitamente más talentoso. Pero España se topó con una ristra de bajas en defensa, con una defensa belga muy experimentada y atenta, y con la actuación épica del portero Jean Marie Pfaff, protagonista de las pesadillas de quien escribe estas líneas —y de varios otros millones de españoles— durante una buena temporada. Cuando la calidad que había tumbado a Dinamarca no pudo romper el cerrojo belga, los nuestros sacaron la Furia a pasear y el partido se transformó en un incansable acoso hispánico a  la portería rival… acoso en el que todo, absolutamente todo, iba a parar a manos de Pfaff. España puso fútbol, luego puso garra y finalmente puso, con perdón, cojones. Pero nada de eso bastó y así comenzaba una angustiosa tradición de perder cuando menos lo estábamos mereciendo: España no pudo romper el empate pese a todo su ímpetu y la lotería de los penalties dejó fuera del Mundial a una de las mejores selecciones del momento. Una verdadera lástima. Al menos nos quedó el consuelo de ver cómo en las semifinales Maradona se deshacía de los correosos belgas como si tal cosa, con esa ultramundana facilidad tan suya, marcando dos extraordinarios goles —allá donde diez españoles no habían sabido hacer uno—que mostraban que lo del “gol del siglo” a Inglaterra no había sido casualidad. Con todo, la sensación final fue de doloroso orgullo: probablemente fue México 86 el Mundial que más nos dolió a los españoles, por lo que pudo haber sido y no fue, porque el equipo demostró su enorme calidad ante un mundo más bien escéptico, y porque el crescendo de intensidad emocional (Brasil-Dinamarca-Bélgica) nos llevó a un punto emocional de no retorno… precisamente el punto donde terminamos siendo eliminados. Aún duele.

Italia ’90: el retorno de la fatalidad

Podemos decir que hubo algún gafe en la Quinta del Buitre —o quizá el gafe era el seleccionador Luis Suárez— porque la selección de 1990, máxima expresión de esa Quinta, volvió a estrellarse contra un equipo que, como Bélgica, era muy respetable pero teóricamente inferior. Se pusieron de manifiesto otra vez bien los mismos defectos o bien la misma mala suerte —como menos nos duela verlo— que en el Mundial 86. España superó la fase inicial como primera de grupo, con esa especie de desahogada dejadez que suele definir a los equipos grandes: un empate frente a Uruguay y dos fáciles victorias frente a la débil Corea del Sur y, precisamente, Bélgica. La victoria contra los belgas fue, obviamente, recibida con satisfacción no sólo por tratarse de una apetecida revancha, sino porque ponía de manifiesto que, efectivamente, había un manifiesto desnivel de calidad entre ambas selecciones. Nosotros éramos mejores.

Los octavos de final nos enfrentarían a Yugoslavia, a priori una selección digna pero que nunca debía ser obstáculo para un equipo potente como lo era aquella España. Quizá se pecó de cierta suficiencia, al menos por parte de la prensa, pensando que la inferioridad del rival iba a manifestarse con claridad. Yugoslavia había pasado la fase de grupos de manera poco brillante pero decidida: tras ser goleados sin piedad por la todopoderosa Alemania, los balcánicos tuvieron el oficio suficiente como para decidir su clasificación frente a una peligrosa Colombia. De hecho, se estaba asistiendo al amanecer de una época dorada para el fútbol yugoslavo y aquel equipo tenía más armas que el crédito que se le solía dar. Cuando llegó el turno de enfrentarse a España, los inteligentes yugoslavos se cerraron en banda, con el portero Ivkovic —y los postes— ejerciendo de nuevo Jean Marie Pfaff y un frustrado combinado español confirmando su principal carencia: el no saber meter goles en los momentos decisivos de un gran campeonato. Nuevamente España le daba una lección de fútbol y pundonor a su rival: dominaba y atacaba, luchaba y empujaba… pero no llegaban los tantos. En un final de partido verdaderamente dramático, el peligroso Stoikovic —aquel jugador que por algún motivo no llegó más lejos— marcaba a falta de poco más de diez minutos, para desesperación de los aficionados españoles. Cinco tensos minutos después Julio Salinas “salvaba” a España en pleno arranque de la tan característica, y a menudo estéril, heroicidad hispana. Histeria del aficionado, esperanza… España va a hacerlo. La Furia va a por otro momento memorable. Pero por si algún cardíaco espectador español había sobrevivido a todo esto, los yugoslavos volvieron a marcar en tiempo de descuento (otra vez Stoikovic, ¡imposible olvidar ese nombre!) y mandaron al equipo español a casa justo antes del pitido final. Más dolor. Era el segundo Mundial consecutivo en que nos eliminaban cuando más estábamos trabajando, y mereciendo, una victoria épica. Y no sería el último.

Estados Unidos ’94: nosotros tuvimos pundonor y fútbol, ellos tuvieron a Baggio

Roberto Baggio obligando a la selección española a hacer las maletas.

Una vez más España se presentaba con un buen equipo, en el que se combinaban experiencia y talento: era la escuadra de los Hierro, Luis Enrique, Bakero, y un Caminero en la mejor versión de sí mismo. La fase previa había sido bastante buena, bajo la dirección de un Javier Clemente que fue sin duda el seleccionador que más guerras mediáticas generó en torno a sí, tanto por su carácter como por su fútbol resultadista, aunque los jugadores solían estar de su parte. Una vez más, las carencias españolas eran las de costumbre: la escasa capacidad para golear en el momento más necesario. Esta vez se sufrió en la fase de grupos: España empezó empatando contra Corea del Sur y con Alemania. En el tercer partido se venció a Bolivia y hubo la suerte de que los alemanes, que ya estaban clasificados, decidieran no irse a dormir frente a los coreanos y ganaran el partido (de lo contrario, los coreanos podían habernos dado el pasaporte). Hubo más suerte que mérito en pasar a los octavos de final, pero esta clasificación más o menos desangelada tampoco era motivo de preocupación: muchos grandes equipos mundialistas, entre ellos varios campeones, habían empezado sus torneos con dudas y salvando el pellejo in extremis gracias a carambolas diversas. No obstante, los titubeos servían para calentar el ambiente mediático en torno al siempre explosivo Clemente. En octavos de final nos enfrentamos a una Suiza que se había clasificado en el grupo más fácil. Fue ahí donde España mostró definitivamente sus credenciales: una rotunda victoria por 3-0 y la reafirmación de que España era un equipo aspirante; reafirmación necesaria porque el rival en cuartos iba a ser nada menos que Italia.

Los italianos se habían abierto camino a su manera: sin brillantez, con un juego defensivo y ramplón, y salvándose del desastre siempre en el último momento. Ni siquiera habían podido dominar en su grupo de clasificación, uno de los más fáciles del Mundial con equipos muy inferiores: Irlanda, Noruega y México. El grupo había terminado en un ¡cuádruple empate! y los italianos no se habían lucido precisamente: habían perdido con Irlanda, habían empatado con México y sólo habían podido ganar a los noruegos, y por la mínima. Tan sólo la diferencia de goles permitió que los italianos pasaran a octavos en detrimento de Noruega. Italia se había clasificado de puro milagro y la gran estrella italiana del momento —y para quien suscribe el mejor jugador europeo de aquellos tiempos—, Roberto Baggio, no había dado señales de vida. La escuadra azzurra estaba cabreando a la afición y prensa italianas hasta extremos indecibles. En octavos se toparon con Nigeria, una selección voluntariosa, físicamente fuerte y futbolísticamente dotada, que además empezó el partido marcando con un gol de Amunike. Italia no conseguía empatar y parecía destinada a la debacle: fue dos minutos antes del pitido final cuando el divino Baggio decidió manifestarse entre los mortales, creando de la nada un gol de tiralíneas con un soberbio toque de efecto imposible que sirvió para empatar cuando Italia estaba prácticamente fuera del torneo. Los nigerianos eran buenos, pero no se puede competir con algo así. En la vorágine de la prórroga, San Roberto Baggio volvió a escuchar las plegarias del italiano medio y dio un pase absolutamente mágico al área para Benarrivo, al que los pobres nigerianos sólo pudieron responder con un penalty… que el propio Baggio se encargó de marcar.

Luis Enrique intentando hacerle entender al ábritro que las narices no sangran solas, salvo cuando hay italianos cerca.

Esta fue la Italia a la que nos íbamos a enfrentar: fea, defensiva, marrullera, clasificándose a trompicones, pero con grandes nombres muy experimentados en defensa y mediocampo… y al frente un auténtico genio capaz de resolver los más complicados partidos él solo. Y esa fue precisamente la Italia que acabó con nuestros sueños. Como contra Bélgica en el 86 y Yugoslavia en el 90, la selección española jugó mejor y puso más agallas que los italianos, pero perdonó demasiado la vida. Italia abrió el marcador con un increíble chut de Dino Baggio y a partir de ahí el equipo transalpino hizo lo que mejor sabe hacer: el catenaccio. Todo el equipo italiano defendiendo —lo más suciamente posible, cómo no— y el depredador Roberto Baggio deambulando en solitario en campo español, esperando algún contragolpe en el que explotar su velocidad y virtuosismo técnico. España, como de costumbre en estos trances, fue el huracán de empuje y furia que se convertía en brisa cuando había que meter gol. Con todo, Caminero logró marcar a principios de la segunda parte y ahí se redobló el ansia del ataque español. Los italianos, acorralados en su área, recurrieron a todo, entre otras cosas romperle la nariz a Luis Enrique sin que el árbitro se diese por enterado. Pero esta es la clase de cosas con las que uno tenía que contar cuando se juega contra Italia. Con lo que no deberíamos haber contado es con hacer regalos, como aquel clamoroso fallo de Julio Salinas, que se hizo un lío cuando estaba solo ante el portero Gianluca Pagliuca (el pobre Salinas tuvo que hacer frente a toda clase de despiadadas críticas a partir de aquello; el público no se lo perdonó nunca). Pero es que esa fue, a fin de cuentas, la diferencia decisiva entre los dos equipos: cuando poco después Roberto Baggio se encontró solo ante Zubizarreta, no tuvo ningún problema para romperle la cintura al portero español y marcar el gol de la victoria, dando la estocada a España como había hecho con Nigeria. El genio había despertado en el torneo y había decidido que quería llegar a la final (en semifinales, nuevamente Baggio metió los goles decisivos que sirvieron para eliminar a la correosa Bulgaria). Nosotros teníamos un buen equipo, pero no teníamos un Roberto Baggio. Era la tercera vez consecutiva que España salía de un Mundial en su mejor y más peleado partido. De poco servía quejarse del codazo de Tassotti a Luis Enrique: sí, los italianos habían sido muy antideportivos, pero nosotros no teníamos un Baggio con el que romper cerrojos y por eso Italia llegó al a final y España no. Aunque de algo sirvió esta nueva eliminación: la frustración acumulada del hincha español estaba empezando a curtirle, algo que iba a necesitar para afrontar el despropósito de Francia ’98.

Francia ’98: sacando los colores, pero no los de la camiseta

España se despidió el Mundial 98 con la mayor vergüenza desde 1982, no obstante haber goleado inútilmente a Bulgaria.

España llevaba tres Mundiales consecutivos dando una buena imagen pero siendo eliminada de manera inoportuna e injusta. En la última Eurocopa había perdido también por penalties, tras darle una esplendorosa lección de hombría a Inglaterra que, sin embargo y como de costumbre, se había saldado sin que España pudiese marcar y cerrar el resultado. Tarde o temprano tenía que haber justicia y el mundial de 1998, jugado tan cerca de casa, era una ocasión perfecta… aunque hay que decir que no pocos esperaban con cierta ansia la caída de Clemente de su puesto como seleccionador (¿por qué? Explicar algo así daría para otro artículo bastante extenso: las guerras de Clemente). Una vez más, el equipo era de calidad: se mezclaba la veteranía de los Hierro y Nadal con la generación que había logrado tantos títulos en selecciones juveniles: Alfonso, Luis Enrique, Kiko, y también, cómo no, con el ascenso de Raúl. No se pudo contar con Guardiola, que estaba en su mejor momento y era una de las piezas clave pero se había lesionado antes de la cita mundialista. Aun así, había talento, inspiración y garra. Sobre el papel.

Porque sobre el césped el ridículo fue monumental; que una selección como la española no pasara de la primera fase, en uno de los grupos más endebles, supuso un rotundísimo fracaso. En el primer partido España dejó escapar una tranquila ventaja frente una Nigeria que, francamente, ya no tenía mucho que ver con la potente Nigeria del 94. Tras ir ganando cómodamente 2-1, se permitió al mediocre equipo nigeriano remontar en los últimos minutos. Aquello, sin embargo, no tenía por qué complicar la clasificación: los otros equipos del grupo eran Paraguay y una envejecida y gastada Bulgaria que, con mucho,  había visto pasar ya sus mejores tiempos. Pero, ¿acaso necesitábamos que Nigeria nos complicase las cosas cuando ya podíamos complicárnoslas nosotros solitos? En el segundo partido, y aun necesitando desesperadamente una victoria, la selección española no pudo pasar del empate a cero frente al Paraguay de Celso Ayala y Miguel Ángel Benítez. Un resultado terrible para un equipo español que había sido considerado como uno de los razonables aspirantes al título. Aquella Paraguay no era un equipo despreciable ni mucho menos  pero tampoco era la clase de selección que hubiese debido cerrarle las puertas a una supuesta potencia de primer orden como aquella España.

Mientras, en la misma ronda, Nigeria le había ganado por la mínima a la senil Bulgaria. Eso significaba que en el tercer partido de su grupo España tenía que ganar y, además de ganar, confiar en que los nigerianos venciesen a Paraguay. ¿El problema? Nigeria era ya matemáticamente primera de grupo tras la segunda jornada y no tenía necesidad de ganar a Paraguay. La tercera y última jornada fue, pues, tan enojosa como surrealista: los españoles, en una quijotesca y fútil hazañita de última hora, barrieron por 6-1 a unos deprimidos búlgaros que ya no esperaban ganarle a nadie. Pero los paraguayos, como era de esperar, no desaprovecharon la oportunidad y terminaron imponiéndose a una sesteante Nigeria ya clasificada, cuyos titulares veían el partido desde el jacuzzi del hotel. Totalmente absurdo: Nigeria, un equipo medianito, encabezó el grupo sólo para ser demolida en octavos de final a manos de Dinamarca (un humillante 4-1 que dejaba claro que los nigerianos del 98 no eran ya los de 1994) mientras España, señalada por muchos como una de las grandes aspirantes, hacía las maletas. Pero para muchos aficionados españoles casi era preferible esta manera vergonzosa de perder que la constante tortura de la “maldición de cuartos”: al menos en 1998 no nos hicimos ilusiones para que después nos rompieran el corazón. Nuestra tensión arterial había pasado por menos altibajos gracias a la temprana eliminación. Endurecidos por veinte años de fracasos mundialistas, ni siquiera la cara de Calimero que pudo Fernando Hierro al finalizar la goleada a Bulgaria y saberse eliminado nos enternecía. Si acaso, era motivo de chanza. Fue un Mundial patético —en los dos sentidos de la palabra: el literario y el de uso vulgar— pero le vino bien al escepticismo del futbolero medio de aquella generación. Nos olvidamos de la tensión mundialista y nos fuimos antes de vacaciones, lo cual siempre viene de perlas.

Corea / Japón 2002: linieres al borde de un ataque de ceguera

Otra oportunidad perdida. Aunque de cara a la prensa internacional no era un equipo llamativo, por su escasez de nombres con mucho cartel, la selección del 2002 reunía una gran alineación de futbolistas. Algunos de ellos tuvieron una época de gloria muy breve, pero lograron éxitos deportivos con diversos clubes y también cumplieron en la selección. A los ya curtidos como Raúl se unía una serie de nuevos valores que configuraban un arsenal rico y heterogéneo. Desde un nuevo prodigio de la portería como lo era Iker Casillas, a nuevos defensores de carácter como Carles Puyol, pasando por centrocampistas polivalentes con talento y facilidad para finalizar como el gran Gaizka Mendieta, organizadores sólidos como Rubén Baraja, regateadores natos y rompedefensas como Joaquín y Valerón.

Joaquín no se lo podía creer, nosotros tampoco.

Como decimos, algunos de aquellos jugadores vivieron un esplendor más bien breve, pero reunidos en un mismo equipo y en aquel preciso momento tenían todas las condiciones para haber hecho grandes cosas. El no ser objeto de claro favoritismo fue positivo: la prensa internacional no les tomaba muy en serio (por algún motivo en el extranjero nunca acertaban, ni para mal ni para bien, con lo que podían hacer las diferentes selecciones españolas), en la propia España reinaba un sano escepticismo y aquellos jugadores acudieron al Mundial asiático sin tanta presión, bajo la dirección del voluntarioso y muy celtibérico José Antonio Camacho. Un equipo con hambre y con ganas de demostrar cosas. Otra vez la fortuna nos bendijo con un grupo fácil (Paraguay, Eslovenia y Sudáfrica), pero esta nueva selección no desaprovechó la ocasión e hizo lo que tenía que hacer: ganar los tres partidos y clasificarse cómodamente. En octavos de final la suerte siguió siendo benévola y nos tocó un rival digno pero asequible: Irlanda. Eso sí, la prensa española que no mucho antes había hecho el papel de escéptica estaba ahora en pleno ataque de euforia tabernaria, y la seriedad de la modesta selección irlandesa fue considerablemente desestimada. En el partido, España se adelantó a los escasos minutos con un gol de Morientes… pero tantas facilidades terminan siendo contraproducentes. España se durmió en los laureles y los irlandeses empataron de penalty en el último minuto (otro penalty, que pudo haber significado la eliminación, fue desviado por Casillas). Tras una paralizante prórroga se llegó a los penalties y, por una vez, la lotería benefició al equipo español. Se superó la ronda y el angustioso susto experimentado podría servir como aviso: no hay que menospreciar a ningún rival. También sirvió para comprobar, por cierto, que los hinchas irlandeses eran unos de los que mejores migas hacían con los españoles.

En los cuartos de final, sin embargo, terminó la suerte: el rival sería el anfitrión, Corea, que era un equipo asequible… pero que también tenía el arbitraje de su lado. Culpar a los árbitros de la derrota siempre es una huida hacia adelante y un gesto poco deportivo, incluso podríamos decir que indigno: si España hubiese marcado goles cuando debió marcarlos, est es, cuando los necesitaba de verdad (para no romper la tradición, a España le costaba Dios y ayuda hacer un gol en las eliminatorias) hubiese podido clasificarse. Pero eso no obvia que la actuación arbitral en aquel partido fue, lamentablemente, una merma para el devenir del campeonato. El tiempo reglamentario terminó en empate y se llegó a la prórroga: ahí el arbitraje, hasta entonces dudoso, se salió de madre. Un gol de Morientes fue anulado por un fuera de juego de Joaquín, fuera de juego que había consistido básicamente en que Joaquín corría más que el defensor coreano… algo que llevaba haciendo todo el partido y que al juez de línea parecía no gustarle. Hubo más fueras de juego extraños pitados en ocasiones claras: tanto Morientes como —otra vez— Joaquín, tuvieron la oportunidad de quedarse solos ante el portero coreano, pero sendas jugadas fueron interrumpidas banderín en alto. También Mendieta, que por aquellos años tenía instinto asesino en momentos clave —como bien sabíamos los valencianistas— pudo haber marcado de no habérsele pitado un offside. Incluso hubo auténtica mala suerte en forma de un balón al palo de Morientes. Como en la ronda anterior se volvió a llegar a los penalties: en octavos había sido por méritos de Irlanda, pero en cuartos costaba señalar cuáles habían sido los méritos de Corea. Y los penalties quisieron que España quedase eliminada. La maldición de cuartos regresaba en su encarnación más sarcástica y burlona. La lección era dura, pero certera: cuando un equipo no hace goles, no importa lo bien que jueguen o los redaños que le pongan: el destino se reirá de ese equipo. Siempre hay un Pfaff, un Stoikovic, un Baggio, o un Al Gandhour (el árbitro del España-Corea, que naturalmente tardó poco en empezar a ser conocido como El Gandul). Unos nos eliminan porque tienen suerte, otros porque son más listos, otros porque —lo queramos o no— son mejores, y otros porque los árbitros no tienen ni pajolera idea de lo que pitan. Pero al final siempre nos eliminan porque no metemos goles. Esa es la auténtica “maldición de cuartos”.

Alemania 2006: saber perder es empezar a saber ganar

Visto desde hoy, está claro que en aquel equipo, de la mano de Luis Aragonés,  se estaban gestando los futuros triunfos de España. Pero también es un hecho que aquel Mundial fue signo inequívoco de que la selección española todavía no estaba “ahí”. Aragonés había iniciado una revolución generacional: continuaba Raúl, pero empezaban a entrar nombres de los que marcarían la edad dorada de la selección: Ramos, Alonso, Xavi, Torres, Villa, Iniesta, etc. En la fase de grupos el guión fue idéntico al del 2002: nuevamente un grupo fácil, con Túnez y Arabia Saudita; como modesta piedra de choque la Ucrania del gran Shevchenko, quien a todos los efectos se batía en solitario en un equipo ucraniano bastante por debajo de su altura como jugador. Los ucranianos, de hecho, fueron goleados por una muy superior España, que venció sus tres partidos y que se clasificó sin despeinarse, con una saludable diferencia de siete goles a favor.

La Francia de Zidane fue demasiado para una España que, no obstante, empezaba a encontrar su sitio en el mundo.

Donde cambió el guión fue en octavos de final: como campeones de grupo esperábamos un rival fácil —tal que Suiza— pero los helvéticos también dominaron su propio grupo gracias a la nefasta primera fase realizada por los inminentes finalistas, la Francia de Zinedine Zidane, que se clasificó por los pelos como segunda de grupo y se nos cruzó en el camino. Y lo intentamos, pero no lo conseguimos. España y Francia se midieron en un punto crítico de sus respectivas historias: los galos ya no estaban en su cenit absoluto pero aún conservaban buena parte de su poder. Los españoles, en cambio, estaban a punto de alcanzar ese cenit pero aún les faltaba un punto de madurez y un último trabajo de renovación por parte de Aragonés. No hay mucho que decir sobre aquel partido excepto que ganaron los mejores, los que tenían más oficio y los que sabían dar la puntilla en los momentos clave. Francia fue mucha Francia y España aún necesitaba romper la barrera psicológica del eterno perdedor, algo que conseguiría en la Eurocopa del 2008. Por una vez fuimos eliminados por un equipo que era francamente mejor. No cabían quejas ni maldiciones. De algún modo, esta derrota justa activó un resorte en nuestra historia futbolística y a partir de ahí España sufrió una definitiva transformación psicológica: habíamos probado lo que era perder contra unos campeones… ¿por qué no intentar probar lo que significa ganarles?

Sudáfrica 2010: pero cómo, ¿de verdad hemos ganado nosotros?

A nivel histórico podemos considerar el último Mundial como la culminación de un proceso de revolución del fútbol español, pero en realidad, a nivel de juego, esa culminación se produjo en la Eurocopa del 2008. Allí, Luis Aragonés redondeó su creación y asombró al mundo con un equipo español que, por primera vez en décadas, jugaba a algo concreto. Además ese algo era espectacularmente bonito, y casi en contradicción con el estilo tradicional de Aragonés en muchos de sus clubes. Pero el “Sabio de Hortaleza” entendió el plantel que tenía, el concepto de fútbol que podía crearse a partir de ahí y le dio a la selección española una identidad y un sistema de juego. Vicente del Bosque se hizo cargo de la selección en Sudáfrica y también demostró una considerable sabiduría al respetar y conservar el sistema de Aragonés: puede parecer engañosamente fácil que un entrenador mantenga el estilo de juego que tan bien le fue a su predecesor, pero uno: ha de saber aplicarlo a su vez. Y dos, España tiene una pintoresca historia de seleccionadores que nada más llegar al cargo han borrado con la manga el pizarrón del anterior. La tarea de Del Bosque no era una tarea tan sencilla como parece, y no sólo supo hacerla, sino también entender la necesidad de continuar el buen trabajo de otro. Modestia bien entendida.

Iniesta a punto de poner fin a varias décadas de pesadilla interminable.

El Mundial del 2010 confirmó lo que se había visto en la Eurocopa del 2008: España, por primera vez en décadas, tenía un sistema de juego reconocible. Y eso es importantísimo para comprender el triunfo. ¿Por qué? Porque en los momentos difíciles, en los partidos trabados, cuando las cosas no van bien, los futbolistas tienen algo en lo que refugiarse: el sistema. Tradicionalmente, cuando al equipo español las cosas le iban mal en un partido mundialista la respuesta era lanzarse a un ataque ciego cual caballería ligera. Algo que producía orgullo en los aficionados y admiración en los periodistas, pero que no sirvió ni contra Bélgica, ni contra Yugoslavia, ni contra Italia, ni contra Corea, ni contra Inglaterra en aquella otra Eurocopa que España pudo, quién sabe, haber ganado. Un ataque feroz es digno de cantares trovadorescos pero nos hacía vulnerables a los Baggio, los Stoikovic y los fueras de juego. El recurso de la famosa “Furia” es de una gran hermosura dramática pero nunca nos sacaba las castañas del fuego.

En Sudáfrica, sin embargo, el equipo español hacía exactamente lo mismo cuando las cosas iban bien que cuando las cosas iban mal: jugar según el sistema. Tener el balón, aprovechando la superioridad técnica sobre la mayoría de selecciones del planeta. Dominar el juego con tranquilidad y no dejar que los partidos entren en la típica fase de locura que jamás ha favorecido a una España tradicionalmente poco afilada en ataque. Porque, si nos fijamos, varios de los defectos tradicionales de nuestra selección también aparecieron en el último Mundial. Por ejemplo, esa dificultad para hacer goles tan típica de los nuestros. La España campeona no ha tenido más facilidad goleadora que otros equipos del pasado, de hecho, ha tenido menos que varios de ellos. La diferencia es que, con el nuevo sistema de juego, ha sido una selección menos vulnerable: si conservas el balón, poco daño puede hacerte el rival. Y el gol, como diría Valdano, no se busca, sino que se encuentra. También en Sudáfrica aparecieron nuestra legendaria mala suerte, los rivales antideportivos y violentos o los árbitros incompetentes. En esencia, el de 2010 fue un Mundial bastante típico para el equipo español y sucedían las cosas que habían sucedido siempre. E incluso algunas cosas peores, como esa Holanda de la final cuyo juego sucio dejaba en mantillas a la Italia del 94: a Luis Enrique le rompieron la nariz, pero es que a Xabi Alonso casi lo matan. Pero, con todo, España fue campeona y la gran diferencia era que por fin estábamos jugando a algo.

¿La moraleja?

España tiene que seguir jugando a esto, a lo que juega ahora, siempre. Es así de simple. No nos engañemos pensando que se trata únicamente de una generación de jugadores que está haciendo algo irrepetible: eso podría valer para la selección de baloncesto de Pau Gasol y compañía, pero no sirve para la de fútbol. España ha tenido jugadores para desarrollar este tipo de fútbol no una vez ni dos veces, sino muchas veces a lo largo de mucho tiempo. No me cuesta nada imaginar a Bakero, Guardiola o Mendieta triangulando con el equipo que ganó en Sudáfrica. Tampoco me costaría imaginar a Gordillo o Míchel corriendo las bandas con la selección campeona del 2010, y aún menos imaginar a Butragueño, Quini o Raúl en la delantera. Y por defensas de calidad tampoco habrá sido. En el fútbol español siempre ha habido calidad individual y la seguirá habiendo. Lo que no había, ahora sí hay y tenemos que procurar que el futuro siga habiendo, es el convencimiento de que España puede jugar a su propio juego, y ese otro convencimiento de que jugar bonito no significa perder —a los más jóvenes, espero, esta idea les parecerá absurda, pero los más mayores saben a qué me refiero— y de que un buen sistema de juego gana partidos mientras la Furia se limita a perderlos honrosamente. Será tarea de los futuros seleccionadores aplicar este mismo sistema de juego; será tarea del aficionado exigir que continúe este sistema de juego más allá de que se seleccione a Fulano de Mi Equipo o a Mengano de Tu Equipo, y eso significa que será tarea de la prensa aprender también a demandar lo mismo, sin importar el club al que apoyen.  Es posible aplicar un sistema de juego bonito y eficaz durante varias generaciones de jugadores y no hablo sólo de Brasil: Holanda lo hizo, Francia lo hizo… no todos esos equipos ganaron o no ganaron todo lo que merecían, pero estuvieron allí y aún se habla de la Holanda de Cruyff o de la Francia de Platini. No veo ningún motivo, ni temporal ni futbolístico, para que España no pueda plantarse de nuevo en la final en el Mundial de 2014. La Argentina de Maradona repitió final; incluso la Holanda de los 70 repitió final y eso que en su segundo mundial no estuvieron ni Johan Cruyff ni el legendario Rinus Michels, creador del “fútbol total” de la Naranja Mecánica; los holandeses repitieron final sin su estrella y sin su seleccionador fetiche, porque supieron conservar el sistema.

Dentro de cuatro años podrían estar los mismos jugadores que ahora o podrían jugar once completamente diferentes, pero en la liga española se sabe jugar al toque, se sabe tener el balón y distribuirlo: unos clubes lo harán mejor que otros, pero en mayor o menor medida es algo que saben hacer prácticamente todos porque es la forma española de jugar. No todos los entrenadores han respetado esta forma de jugar en los clubes —el propio Aragonés, pese a haberlo implantado en la selección, fue uno de los reacios— pero, en general, el futbolista español siempre ha tendido al toque, como el inglés siempre ha tendido a correr, el brasileño a regatear o el italiano a defender. Esa tendencia se ha agudizado y ha sido llevada a la excelencia por algunos entrenadores y algunos clubes, pero nunca ha faltado en la genética del futbolista español. Por eso la actual selección española juega tan bien al toque: más allá de que un grupo de jugadores provengan del Barça y hayan absorbido esa filosofía en su club, hoy al jugador español se le está dejando jugar a lo que sabe. Lo vuelvo a repetir: Bakero, Mendieta o Martín Vázquez encajarían de maravilla en este sistema. Ni que decir tiene lo que podría haber hecho Luis Suárez —recordémoslo: único jugador español de nacimiento que ha ganado el Balón de Oro— jugando en el actual sistema. Este es el juego de España, el natural, el innato, el genético… y el bonito, el satisfactorio y el necesario. No lo perdamos.

O nos tocará sufrir durante otros veinte años. Lo cual, para qué negarlo, en el fondo también tenía su encanto.

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17 Comentarios

  1. Magnífico, enorme artículo: dudo mucho que yo hubiese escrito nada diferente, exceptuando lo del mundial de Corea, donde nada me hará cambiar de opinión de que fue un robo directo y que España no tuvo ni remotamente algo de responsabilidad en haber caído en cuartos. (claro que sólo se gana haciendo goles… ¡y los hicimos! ¡Varios! ¡Pero los anularon!).

    Un detallito: en el mundial 2006 Francia no era la vigente campeona, lo era Brasil. Francia cayó en 2002 en primera ronda sin marcar siquiera un gol.

  2. Gracias por tu elogioso comentario, Alberto.

    Corregido el detalle del mundial 2006, lo que se quería expresar era simplemente «inminente finalista», así que te agradezco la puntualización. Da gusto tener lectores tan atentos.

    En cuanto a lo del mundial de Corea, efectivamente: puede calificarse de robo, estoy totalmente de acuerdo contigo. Así lo sentí en su día y así sigo viéndolo hoy, sólo que el artículo pretende centrarse más en la actuación de la selección en sí. También te digo que ahora que España pertenece ya al grupo de los campeones mundiales, creo que será difícil que semejante robo se repita, al menos frente a un equipo menor. En el 2002 a nadie le importaba si España era asaltada a mano armada por Corea, porque la nuestra era aún una selección «second tier»… pero la estrella que ahora lucimos en el uniforme hará que, en lo venidero, el mundo esté más pendiente. Claro que también nos obligará a sentenciar esta clase de partidos con una contundencia a prueba de árbitros; ésa es la idea que pretendo transmitir.

    Pero resumiendo: sí, fue un robo. Y si me apuras, con premeditación.

    Un saludo.

    • No pareció importar entonces que Italia luciera tres estrellas en su camiseta para que los favores a Corea fueran, al menos, tan escandalosos en su partido de octavos de final. Aquel mundial fue un escándalo, una verguenza.

  3. Contra Alemania en el 94 no perdimos, ¿cómo has podido olvidar el gol de Goiko?
    Cada uno tenemos nuestros recuerdos, pero lo mejor es la conclusión. Efectivamente, los jugadores pasados que mencionas encajarían en esta selección, me has convencido de que lo importante es el estilo.

  4. Enhorabuena por el artículo. Ha sido bonito recordar aquellos momentos, como viví cada partido y a la gente que tenía a lado en aquel momento.

    Un par de apuntes si me permite y sin ánimo de fanfarronear: mantiene que Alemania nos ganó en el ’94, cuando fue un empate a 1. Goles de Goiko y Klinsmann (me encantaba el alemán). Y en Corea se le olvida mencionar el gol anulado, mal, a Baraja en el tiempo reglamentario. Lo digo porque su conclusión es que no metiamos goles en los momentos clave, pero en ese partido marcamos 2 goles que no subieron al marcador. El segundo tanto, por cierto, (me permito el lujo de un tercer apunte) si no me falla la memoria fue anulado porque cuando centró Joaquín el juez de línea señaló que el balón rebasó la línea de fondo, cuando era claro que el esférico estaba sobre la cal, más dentro que fuera del campo.

    A fin de cuentas el Mundial cumplió con lo que quería la FIFA, abrir mercado en Asia y una bonita final entre Alemania y Brasil. Blatter durmió con una sonrisa dibujada en su rostro, su amplio rostro.

    Un saludo

  5. Gracias a ambos por los apuntes; no es fanfarronear, David, es simplemente complementar los pequeños huecos de mi memoria —a fin de cuentas son estas unas memorias corazoncito en mano— cosa que agradezco enormemente, ya que escribí el artículo en «riguroso directo» tras una extensa charla sobre el tema. De todos modos, si me permiten, sigo sosteniendo que el no meter goles en los momentos clave siempre ha sido siempre nuestro Talón de Aquiles. Lo siguió siendo durante el último Mundial, aunque nos salvó el estilo que, como Bruno menciona, es realmente lo importante. El partido contra Corea fue una semi-excepción malograda por los árbitros, pero mi tesis —tal vez un tanto exigente, lo admito— es la de que un equipo grande debe finiquitar a uno pequeño con goles a prueba de dichos árbitros. No será la última vez que nos encontremos con arbitrajes teledirigidos por la FIFA, desgraciadamente.

    Por lo demás, me alegra que hayan disfrutado con el artículo y que compartan también parte de sus recuerdos. Un saludo a ambos.

    PD: Se me olvidaba preguntarles cuál es su partido favorito de la selección española de entre los mundiales anteriores al 2010.

    • Posiblemente mi favorito sea el España-Brasil y el España-Dinamarca del Mundial 86. El de Brasil fue el primer partido mundialista que recuerdo, y el de Dinamarca por la amósfera encantada que había en casa cuando lo vimos.

      El España-Ucrania del 2006 fue posiblemente el mejor partido que hemos jugado en un Mundial, cogido de forma aislada, como tal partido.

      Claro que todo eso se queda pequeño ante el España-Rusia de semifinales de la Euro 2008, posiblemente los mejores 45 minutos (la segunda parte) que he visto hacer a un equipo en una gran competición de selecciones.

  6. Si hablamos de mundiales, el partido que más recuerdo (ganado) fue contra Irlanda en el 2002, por la agonía del mismo. También el subidón que propició el mayor escarmiento del 3-0 a Suiza. Mi padre diría que el partido que más el marcó es el de Querétaro en el ’86. A mí me cogió, por desgracia, demasiado joven. Y si añadimos las Eurocopas el partido que más recuerdo de todos los que he visto de España es el disputado en Viena, en cuartos del 2008 contra Italia. Lo celebré casi más que la final. Mi cuerpo se quedó pequeño para tanta alegría.

    Si de decepciones hablamos, como Mundial el del ’94. Muy doloroso lo de los italianos (puede que esto también alimentase la alegría del 2008, siento el rencor pero no olvidé nunca lo USA). Y hablando también de Eurocopas, el día que nos eliminó Inglaterra en el ’96. Fue horrible. Aún recuerdo las lágrimas y las caras que hubo en mi casa. La jugada de Manjarín sólo contra Seaman y el gol mal anulado a Salinas (puede que hubiese sido su redención personal de lo sucedido 2 años antes en Boston) me torpedearon la mente durante mucho tiempo. Steve McManaman, uno de los mayores activos de los ‘pross’ por aquel entonces, aún tendrá pesadillas con Sergi Barjuan, cuyo marcaje obligó al seleccionador inglés a cambiarle de banda en el descanso.

    Un saludo.

  7. Qué grande, y qué bonita la reivindicación de Bakero, jugador al que siempre se le criticó no dar un pase hacia adelante. Tenía la técnica de un pirata con dos patas de palo, pero su capacidad para jugar al primer toque (aunque fuera en horizontal y para atrás) y moverse, y dar de nuevo apoyo al compañero, le haría encajar perfectamente en esta selección. Y el volumen de sus pelotas, vamos a decirlo todo.

  8. Precioso artículo, que a los casi cuarentones nos hace revivir muchísimas cosas. Sólo te haría una observación sobre uno de tus comentarios:
    «También te digo que ahora que España pertenece ya al grupo de los campeones mundiales, creo que será difícil que semejante robo se repita, al menos frente a un equipo menor. En el 2002 a nadie le importaba si España era asaltada a mano armada por Corea, porque la nuestra era aún una selección “second tier”… pero la estrella que ahora lucimos en el uniforme hará que, en lo venidero, el mundo esté más pendiente.»
    Corea del Sur venía de hacerle exactamente lo mismo a Italia en octavos con un árbitro ecuatoriano, a una selección que históricamente no sufre estos abusos, sino que los comete. La pela es la pela para la FIFA, ya seas campeón o no.
    De hecho yo me alegré de que perdiese Italia siendo robados, pero recuerdo que mi hermano me avisó que nos atracarían. Yo contesté algo como «no lo va a hacer dos veces»… y mira. Todo muy kármico, Italia siendo robada y nosotros por alegrarnos… ;)

    • Ricardo: siempre fui defensor de José Mari Bakero, era la clase de jugador que no hacía muchas cosas pero, las que sí, las hacía casi a la perfección. Aunque si pudiera elegir un jugador español de épocas recientes para incluir en la actual selección, sería sin duda alguna al Gaizka Mendieta de finales de los noventa. No quiero ni imaginar lo que Mendieta podría hacer en el actual equipo: un jugador que evolucionó desde la sorda discreción de un lateral derecho correbandas hasta ser nombrado un par de veces mejor jugador español de la Liga y mejor centrocampista de las competiciones europeas. Eso se llama capacidad de aprendizaje.

      Miguel: en mi ingenuidad quiero pensar que todo el mundo se alegró de que Italia recibiese un escarmiento por su mal karma, mientras la selección española simboliza hoy por hoy el gusto por el buen juego —el “fútbol de salón” como solía decirse en los ochenta— y que levantaría ampollas verla fuera de otro Mundial por motivos similares. Pero puede que tengas razón: las ampollas se acaban cerrando mientras las cuentas bancarias suizas siguen en su sitio.

      • Desde luego que Mendieta encajaría bien en esta selección, no lo discuto, pero creo que Valerón debería provocar al menos algunas dudas a la hora de escoger al futbolista de «épocas recientes» (a menos, claro está, que dejemos que influyan aspectos emocionales y no sólo futbolísticos).

  9. Estupendo artículo. Baggio-Salinas: ellos tenían al primero, nosotros al segundo. No hay más. Me alegra, por fin, ver a alguien defender lo mismo que llevo años diciendo, en interminables discusiones inútiles. TVE repuso ese partido durante el Mundial de Sudáfrica. Lo volví a ver. Italia estaba sonada en el segundo tiempo, casi muerta; hasta que apareció Dino. Clemente aún defendía que aquel equipo era tan bueno como el que luego se proclamaría campeón. No, tan bueno no. Clemente seguía sin entender que allí no había un Iniesta, (o un Villa capaz de meter un gol a Suecia en la Euro al final del encuentro donde un segundo antes sólo había un patadón de su defensa) ese tipo de jugadores que, a cuánto más difícil es el partido, más aparecen.

    Una pequeña matización: el seleccionador español en el 82 fue Santamaría, no Kubala.

  10. Buenísmo el artículo. Siempre es bonito recordar todos los mundiales, eurocopas y demás. Ahora que se gana casi sin bajar del autobus es muy facil pintarse la cara de rojo y amarillo, pero la frustración que históricamente hemos sufrido en todos los grandes torneos es algo que, por suerte, las nuevas generaciones ya no saben de qué trata. Y ojo, mola mucho estar donde estamos, pero recordar el fallo de Salinas, lo que nos cabreamos aquel sábado a las 8 de la mañana con Al Gandhur, o aquella Eurocopa en Inglaterra donde la prensa de alli se burló de nuestro pais tambien tiene su encanto.
    No obstante, que dure y dure mucho esta racha bestial del deporte español. Despues de recordar la mierda que nos ha tocado comer, se disfruta todavía más.

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