Guillermo Ortiz: Rafa Nadal, invicto en Roland Garros

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La precocidad de Nadal ya invitaba al optimismo. En 2003, solo con 17 años recién cumplidos, ya consiguió participar en Wimbledon, donde derrotó a Mario Ancic —casi nada, el mismo que había ganado a Roger Federer el año anterior, también en primera ronda, la única derrota del suizo en seis años sobre hierba— y se plantó en tercera ronda antes de caer ante el tailandés Srichaphan, especialista en la superficie y por entonces uno de los mejores jugadores del mundo.

Rafa empezó 2004 participando en Australia y liderando a España en la Copa Davis ante la República Checa. No había cumplido los 18. Su punto de mira estaba en Roland Garros y los Juegos Olímpicos. Una cosa implicaba la otra, es decir, una buena actuación en París le llevaría a ganarse un puesto entre los españoles que competirían en Atenas, algo muy complicado en una época en la que Moyà, Ferrero, Albert Costa y en menor medida Álex Corretja o Feliciano López estaban en lo más alto. Sin embargo, una fractura por estrés en el pie izquierdo le obligó a decir adiós a la temporada de primavera-verano: se perdió Roland Garros por segundo año consecutivo —el anterior había sufrido molestias en el hombro, algo habitual en el paso de juvenil a profesional—, Wimbledon y por supuesto, los Juegos.

Con la mayoría de edad llegó el mejor Rafa: campeón de la Davis dando el punto definitivo ante Andy Roddick delante de decenas de miles de espectadores en La Cartuja sevillana, octavos de final en Australia forzando cinco sets a Lleyton Hewitt, el ídolo local, dos títulos en Sudamérica, final en Miami ante Roger Federer —otra derrota en cinco sets— y apoteosis primaveral con triunfos en Montecarlo, Barcelona y Roma, tras una final espectacular contra Guillermo Coria.

En esas, Nadal se plantó por primera vez en París y lo hizo como cabeza de serie. Aún no había cumplido 19 años, recuerden, pero el cambio físico era brutal. Corría lo mismo que antes, pero resistía más: no daba una bola por perdida, se defendía como un muro y descolocaba a sus rivales con una zurda forzada, reconvertida, llena de efectos y botes imposibles sobre tierra batida. Su primer Roland Garros lo saldó con su primer triunfo, después de eliminar al todopoderoso Federer en semifinales y al dopado Mariano Puerta en la final.

Ya entonces se veía que aquel adolescente iba a ganar más de uno y más de dos Grand Slams, pero, ¿hasta dónde aguantaría su físico? La tierra batida tiene una parte buena y una parte mala: la buena es que beneficia los apoyos, castiga poco las articulaciones y disminuye el riesgo de lesiones. La mala es que los partidos son eternos, requieren un desgaste físico tremendo y resulta imposible ganar sin sudar hasta la última gota. Si no, que se lo pregunten a los McEnroe, Edberg, Becker… grandes jugadores de clase que nunca consiguieron triunfar en París.

La dictadura de Nadal requería confirmación cada año y cada año la encontraba. Aquello era increíble. En 2006 se enfrentó a Federer en las finales de Montecarlo, Roma y París. Ganó las tres. Algunas más sufridas, otras menos. Pero las ganó. Hablamos de años en los que Federer a lo mejor perdía siete partidos por temporada, no más. Los mejores días del mejor jugador de la historia. En 2007, la historia se repitió ante el mismo rival y en 2008, más de lo mismo, con un punto cruel: el suizo solo pudo ganar cuatro juegos en toda la final, que acabó 6-1, 6-3, 6-0. Pocos meses después, en Londres, después de cinco sets y cinco horas de juego, Rafa volvía a imponerse al suizo en su santuario de Wimbledon y acabaría por arrebatarle el número uno del mundo.

El esperado cambio de guardia se había producido por fin.

En esa posición de líder de la ATP, llegó Nadal a la primavera de tierra batida de 2009. A sus éxitos anteriores, añadan el Open de Australia de ese mes de enero, su sexto Grand Slam con solo 22 años. La rutina fue la habitual: llegó a Montecarlo y ganó. Llegó a Barcelona y ganó. Después venció en Roma, como por inercia, y se plantó cómodamente en las semifinales de Madrid, donde Novak Djokovic le llevó al extremo. Tanto, que en la final ante el sempiterno Federer, Rafa acabaría cediendo en dos sets, completamente agotado.

Con todo, los resultados eran difícilmente mejorables y 2009 parecía que podía ser la mejor temporada de su carrera, superando incluso la excelente 2008 del doblete tierra-hierba. A París llegó con la seguridad del tetracampeón, el hombre que nunca ha perdido un partido en un torneo. Nunca. Desde mayo de 2005 a junio de 2008, cuatro ediciones sin llegar siquiera a un quinto set, 28 partidos ganados de 28 jugados.

Por supuesto, Nadal era el favorito. El único favorito. Había cosas, sin embargo, que no sabíamos: los rumores de separación de sus padres, que luego el propio Rafa reconocería que le habían afectado… y la eterna molestia de las rodillas, agravada tras los esfuerzos madrileños. Todo eso lo sabrían sus allegados, porque los de fuera, los que veíamos los partidos en la televisión solo asistíamos a una exhibición tras otra: Marcos Daniel le hizo 12 juegos en tres sets, Gabashvili se quedó en siete y Lleyton Hewitt no pasó de cinco en la tercera ronda.

Yo quiero una crisis así, señores.

Por quinto año consecutivo, el español se plantaba en octavos de final, dispuesto a conseguir su 32ª victoria sin derrota alguna —Borg había dejado el record anterior en 30— precisamente ante otro sueco, Robin Soderling, un jugador algo inestable, con el que ya había tenido algún pique en Wimbledon 2007, y que nunca había destacado por su juego en pistas lentas. Típico tenista de gran altura, con un muy buen saque y una impresionante derecha plana, que pierde la paciencia cuando ve que la bola vuelve una vez tras otra.

Solo que esta vez la bola no volvía.

O no volvía con la asiduidad habitual.

Rafa estaba lento y cabizbajo. No era normal que estuviera así con el paseo que se estaba pegando ronda tras ronda en este torneo. Algo pasaba. Se tocaba cada parte de su cuerpo antes de sacar como para encontrar una respuesta pero no había manera: Soderling se hizo con el primer set por 6-2, en el segundo, Nadal sacó fuerzas de donde no las tenía para forzar un tie-break y ganarlo. Ahí se acabó lo que se daba: Soderling siguió palo tras palo, limpiando las líneas y Rafa se resignó a perder, algo inconcebible, consciente de que no podía dar más. Simplemente, no podía. Estaba agotado, dolorido y mentalmente exhausto.

No es que no luchara, eso nunca. Soderling tuvo que ganarle el partido dos veces: tras ganar el tercer set por 6-4, sirvió para ganar el cuarto y no lo consiguió. De nuevo el parcial se iba a la muerte súbita, pero esta vez no hubo milagro. Cuando acabó el partido, nadie se lo podía creer. Desde 2005, solo dos personas habían batido a Nadal en tierra batida: Federer, en un par de ocasiones, y Juan Carlos Ferrero, en Roma, víctima de unas dolorosísimas ampollas.

Nadal era humano. Nadal había dejado de estar invicto. La racha se quedaba en 31 partidos consecutivos. Soderling llegaría a la final, que perdería ante… Roger Federer. Rafa prefirió borrarse de Queen´s y Wimbledon, donde defendía título, para no poner en juego su carrera. Fue un acierto enorme. Desde entonces, el español ha ganado Wimbledon (2010), US Open (2010) y Roland Garros dos veces, en los años posteriores a su derrota. La última de ellas, tras cuatro sets trepidantes ante un chiquito llamado Federer. Diez años de una rivalidad que no tiene pinta de acabar pronto, precisamente.

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7 comentarios

  1. Javier

    Creo que el punto definitivo en la Davis de la Cartuja de 2004 lo ganó Carlos Moyá a Andy Roddick.

  2. Guille Ortiz

    Cierto! Carlos me mata! Nadal ganó el segundo punto, ante Roddick, el que nadie esperaba. Gracias!

  3. Larry Bird

    Destacar el regreso de Nadal a Roland Garros. Se proclamó campeón en 2010, ante Soderling y recuperando el número uno de la ATP. Todo en una misma tarde en la que Rafa no pudo evitar las lágrimas tras conseguir el último punto que sellaba su venganza.

  4. Pablo

    La pagina es estupenda. Pero como argentino no puedo leer lo de dopado Puerta sin mostrar mi malestar. Saludos!

  5. Guille Ortiz

    Bueno, dio positivo en ese partido, le sancionaron, volvió y dio positivo de nuevo. Su nacionalidad no tiene nada que ver con ello, estamos los españoles como para dar lecciones en eso…

    • Tenés razón, Guillermo. No discuto que el doping existiera (incluso su excusa luego de la final fue patética) sino que me parece fuerte el término.

      De todas formas, es un mero detalle. Insisto, la página es fantástica y tus notas, excelentes

      Abrazo!

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