La última Vuelta a España de Miguel Induráin

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El 21 de julio de 1996 acababa en París el Tour de Francia más inesperado de los últimos años. El día anterior, Jan Ullrich, con apenas 22 años, se había paseado en una contrarreloj de 63 kilómetros consolidando su segundo puesto en la general detrás de Bjarne Riis, apodado dentro del pelotón como “Mr. 60%” por sus indicadores de hematocrito, que por entonces la UCI pasaba por alto en los controles. El doblete Telekom Riis-Ullrich acababa con cinco años de dominio de Miguel Induráin pese a que a finales de junio nadie dudaba de que el navarro se llevaría su sexto Tour. En principio, no había rivales a la vista.

Induráin fracasó en las montañas. Con frío y con calor. En Les Arcs y en Hautacam y sobre todo en el Larrau, lo que le condenó a un undécimo puesto final en la carrera, impropio de su trayectoria. Tiempos en los que Peter Luttenberger y aquel Carrera de Pantani, Zaina y el doctor Conconi te adelantaban por todos lados en cuanto te descuidabas. Induráin se arrastraba por las pendientes e incluso Bo Hamburger le ponía la mano en el sillín para echarle una mano y que el ridículo no fuera mayor.

Sin embargo, su rendimiento en las contrarrelojes, sin ser insultantemente dominador, no dejó tanto que desear. En esa penúltima etapa, Induráin quedó segundo tras Ullrich y cedió menos de un minuto, lo cual, teniendo en cuenta las circunstancias no era precisamente un mal resultado. No es mi intención decir que el pobre Miguelón perdió porque todos los demás iban dopados y él no. Que el Telekom se dopaba lo sabemos porque la fiscalía alemana así lo demostró y Riis salió a decir su “bueno, ¿y qué?” hace ya unos cuantos años. Lo que haría Induráin no lo sabemos. David Millar, a quien le preguntan a menudo sobre el tema, suele decir que sí cree que Induráin ganó uno o dos Tours “limpios”, descartando los tres siguientes en plena explosión de la EPO y los parches de testosterona. Millar no es el tipo más arriesgado del mundo en sus declaraciones públicas pero aun así es imposible saber si Induráin se había adaptado o no a los nuevos “métodos médicos”.

Si lo había intentado, Sabino Padilla mediante, desde luego el resultado aquel año había sido horroroso.

Afortunadamente, la redención llegaría pronto: apenas un par de semanas después del final del Tour se disputaban en Atlanta los Juegos Olímpicos. Por primera vez en la historia, los profesionales podían participar en las pruebas de ruta y contrarreloj. Induráin sabía que no tenía nada que hacer en la de ruta, pero en la contrarreloj… al menos la medalla la veía segura. Sus rivales eran Boardman y Olano. Boardman, por su dedicación exclusiva a las contrarrelojes y Olano por ser subcampeón del mundo en la especialidad, estrenada un año antes en Colombia con doblete español.

Ullrich no fue convocado por su selección, que le pedía no disputar el Tour. Cuatro años después, lograría la plata en Sydney, justo por delante de Armstrong, además del oro en la carrera en ruta.

La carrera fue agónica, pero tuvo el final esperado: Induráin logró el oro, Olano consiguió la plata a solo 12 segundos y Boardman terminó tercero a poco más de medio minuto, siempre acechante. Era el colofón ideal a una larga carrera de éxitos que todos veíamos cómo, a los 32 años, se iba extinguiendo. La prensa empezó a filtrar mensajes de todo tipo con un denominador común: Miguel ya no estaba a gusto en Banesto, no soportaba a sus jefes, Echávarri y Unzúe, y consideraba que su preparación había sido defectuosa. Ante esta circunstancia, había dos posibilidades: la lógica era la retirada, la revolucionaria era fichar por la ONCE de Manolo Saiz.

Hay que recordar que durante los primeros 90, ONCE y Banesto fueron rivales viscerales. Se odiaban. Acudían a medios de comunicación distintos que a su vez se odiaban entre sí. Si Echávarri o Unzúe tenían entrevista en la SER, Manolo Saiz siempre podía acudir a Antena 3 o la COPE. La irrupción de la ONCE en 1991 fue descomunal, de la mano de Eufemiano Fuentes y de un puñado de corredores encabezados en un principio por Marino Lejarreta, Peio Ruiz Cabestany y Melchor Mauri que sumaban un número de victorias abrumador año tras año. Con el paso de las temporadas, Banesto se había convertido exclusivamente en el equipo de Perico e Induráin y la ONCE en el de las estrellas extranjeras, principalmente Zülle y Jalabert.

Saiz llevaba fatal el trato que los aficionados daban a su equipo, un equipo que luchaba contra la gran estrella española como si ellos fueran de otro planeta. ¿Qué mejor campaña de publicidad para el equipo y el sponsor que combinar victorias desde enero a noviembre con el fichaje del mejor ciclista español de la historia? Por lo que se sabe, el trato estuvo muy avanzado, a punto de cerrarse, pero al final Induráin no dio el paso. Las razones aún se desconocen a día de hoy. En su relación con el Banesto no ayudó nada una decisión que tomaron Echávarri y Unzúe sin consultar a Miguel. La última que el navarro aceptó de sus jefes: correr la Vuelta a España de 1996.

La relación Induráin-Vuelta había sido muy extraña a lo largo de los años. La mayoría de los aficionados conocimos a Miguelón cuando aquel chaval enorme y de pelo enredado llegó a liderar la Vuelta a España de 1985, meses antes de que cumpliera los 21 años, el líder más joven de la historia de la competición. Hasta 1991 fue un fijo, aunque con problemas de todo tipo: bronquitis, caídas, fracturas… no había manera de cuadrar una Vuelta en condiciones aunque en julio ya empezara a coquetear con los primeros puestos en el Tour, aún como gregario de Pedro Delgado. Ese año 1991, el suyo, acabó siendo el de Melchor Mauri, que se sacó una Vuelta que no repitió jamás, superando al navarro precisamente en su terreno: la contrarreloj. Aquel equipo ONCE volaba, y colocó a Lejarreta tercero.

Ahí acabó la relación entre Induráin y la Vuelta de su país. Durante los cinco años de esplendor francés, Miguel no volvió a pisar la salida. Ni cuando se disputaba en abril ni cuando pasó a hacerlo en septiembre. El Banesto prefirió mandarlo a Italia, donde ganó dos Giros, y después lo reservó a una grande por temporada, lógicamente el Tour.

Después del fracaso del verano del 96 y conocedores de que Induráin no iba a seguir en el equipo, a los jefes de Banesto no se les ocurrió otra cosa que obligar a su líder a correr la Vuelta, para agradar a su patrocinador y darle la oportunidad de redimirse del fiasco. Induráin no quería y lo dejó claro públicamente varias veces. Se resistió como gato panza arriba pero al final cedió mientras seguía negociando con Saiz y sus abogados. Todos le daban como gran favorito pero ni su cabeza ni sus piernas estaban por la labor y en España a mediados de los 90 ya no corría solo el ONCE sino que también se habían unido a la fiesta el Festina, el Polti, el Kelme… Tres suizos coparon el podio de la carrera y cuatro italianos se colaron en el top 10. Tiempos de Michele Ferrari y sus concentraciones en Saint-Moritz, antes de que prefiriera Girona y el Teide.

Con todo, en la salida de Valencia, Induráin era el favorito indiscutible con permiso de Alex Zülle, la eterna promesa de Manolo Saiz, el veteranísimo Tony Rominger y el vigente campeón, Laurent Jalabert, que se había paseado el año anterior logrando victorias en la alta montaña, en los sprints, destacando contrarreloj… Una exhibición sobrehumana. El recorrido favorecía el fervor: no hubo prólogo y las etapas llanas se sucedían sin problemas para los líderes mientras Induráin “iba ganando forma” según los acólitos cara al primer gran test: la contrarreloj de Ávila. Pocos días antes, Miguel había resistido el ataque en tromba de la ONCE camino de Albacete: los nueve corredores de Manolo Saiz, todos a una, tirando como bestias hasta abrir un hueco de casi ocho minutos con respecto a los Mapei de Tony Rominger, pillado en un abanico.

Entre bonificaciones y pequeños cortes, Induráin afrontaba la contrarreloj en 22ª posición, a 1´35” del líder, Fabio Baldato, a poco más de un minuto de Laurent Jalabert pero en el mismo tiempo casi que Alex Zülle, apenas 39” por delante del navarro, una diferencia ridícula teniendo en cuenta que de El Tiemblo a Ávila había más de 46 kilómetros, casi todos cuesta arriba. Una auténtica salvajada después de la jornada de descanso, en la que, según publicó El Mundo Deportivo, Induráin recibió la visita de su esposa Marisa y del doctor Padilla, a la sazón ya médico del Athletic de Bilbao. Las jornadas de descanso y las visitas de los médicos, ese clásico del ciclismo moderno.

La etapa no le fue mal pero tampoco bien: Rominger se desquitó con una agónica victoria sobre Zülle, que pasaba a ser líder de la carrera. La distancia entre ambos fue de 2”. Induráin cedió 27 y se colocó segundo en la general a la espera de las etapas en Asturias, siempre decisivas. La ONCE colocó a cuatro corredores entre los seis primeros, una exhibición digna del Telekom o del US Postal: Zülle, Jalabert, Mauri y Stephens. Los cuatro completaban el Top 5 junto a Miguel. “Demasiados amarillos”, decía el navarro a la prensa cuando miraba la clasificación y veía cómo Zarrabeitia y Cuesta, también de la ONCE se colaban octavo y décimo.

Aun así, la cosa no era grave: Zülle siempre se venía abajo en algún momento de las carreras de tres etapas y nada hacía indicar que Jalabert o Mauri fueran a ser mejores en las montañas que el cinco veces ganador del Tour. La distancia con el suizo era de poco más de un minuto, más que asumible, y dos días después la Vuelta llegaba al Naranco, la primera llegada en alto, breve pero explosiva.

El Alto del Naranco fue el Les Arcs español. Toda la etapa fue un suplicio para el Banesto, obligado a tirar tras cada corredor de la ONCE que se colaba en las escapadas. Ya a principio de puerto, Induráin resistía como podía en un grupo de diez del que tiraba Zarrabeitia y que incluía a otros tres compañeros de equipo, especialmente Jalabert y Zülle, quien lanzó un ataque a dos kilómetros de la meta, no demasiado duro pero suficiente para dejar a Induráin como unos zorros, intentando sin éxito seguir la rueda de su compañero, el “ChavaJiménez. Induráin se retorcía como se había retorcido en julio y por delante Jalabert y Zülle volaban, llegando con más de un minuto de diferencia en apenas dos mil metros.

Lo importante será recuperar”, decía Induráin, que quedaba tercero en la general a más de dos minutos ya, con la sensación de estar sitiado y los Lagos de Covadonga esperándole el día posterior.

La etapa estaba programada para un sábado, horario de máxima audiencia en la primera de TVE. Antes de llegar a los Lagos, como era habitual se subía el Fito. La pregunta no era si Induráin recuperaría distancia sino si sería capaz de salvar la etapa sin perder del todo sus opciones a ganar la Vuelta. Lo supimos en seguida. Ya en las primeras rampas del Mirador de El Fito y ante el ritmo de Herminio Díaz Zabala —también de la ONCE, por supuesto—, el navarro boqueaba y se dejaba caer. Su ritmo no era el de alguien que pasaba por un mal momento sino el de alguien que quería desaparecer y hacerlo cuanto antes. Se quedó solo en el descenso, un descenso cómodo hacia Cangas de Onís y cuando pasó por delante de El Capitán, el hotel donde se hospedaba su equipo, se bajó y dejó la bici en el coche, para el que la quisiera.

Aquella etapa la culminaron en solitario, por supuesto, Zülle y Jalabert.

Las explicaciones fueron confusas: el primero en salir fue Eusebio Unzúe con un lacónico: “Nos equivocamos al hacerle venir”. El propio Induráin dio una rueda de prensa donde apenas dio información: se encontraba mal, tenía una pequeña congestión respiratoria y no pensaba quedarse para luchar por ser quinto. “Este abandono no debe condicionar mi futuro”, dijo el navarro antes de volverse con su mujer a casa. El divorcio con Banesto ya era total y la exhibición de la ONCE, hasta cierto punto, complicaba las cosas: ¿Qué rol le esperaba en un equipo donde ya estaban Zülle y Jalabert? Si Induráin no estaba dispuesto a luchar por ser quinto, ¿tenía sentido irse a un equipo donde probablemente acabara de gregario? Es más, ¿quería la ONCE pagar un dineral por un gregario descontento? En términos de imagen podía merecer la pena, pero, ¿qué imagen es la de un pentacampeón del Tour arrastrándose por las carreteras?

La última pregunta, la que nunca podremos contestar, es más dura: ¿Tenía Induráin motor y ganas para rodar en un equipo con un sistema médico de entrenamiento que hacía que los nueve corredores fueran superestrellas durante tres semanas?

Las semanas pasaron entre la incertidumbre. Induráin dio la temporada por acabada y canceló su posible participación en el Mundial de aquel año. Los rumores sobre su negociación con la ONCE seguían apareciendo por todos los medios sin que él se molestara en acallarlos. El dos de enero de 1997, convocó una rueda de prensa. Solo podía ser para anunciar su retirada porque ya era demasiado tarde para fichar por ningún equipo. Afirmaba estar en condiciones físicas de ganar un sexto Tour pero no en condiciones mentales de prepararse para ello. Hizo bien. Aquel Tour de 1997 lo ganó Ullrich con una superioridad aplastante pese a los continuos ataques del Festina. Años después sabemos cómo iba Ullrich y cómo iba aquel Festina, así que pensar que a sus 33 años les habría batido cuando no lo había conseguido en 1996 es absurdo.

La última imagen de Induráin sobre una bicicleta es precisamente la imagen de Induráin dejando la bicicleta en manos de un mecánico. Un portazo en toda regla. No ha vuelto a competir más que en exhibiciones sueltas y carreras amateur. De vez en cuando le preguntan por dopaje y contesta con evasivas. Es una lástima. Pese a todo, sigue siendo el ídolo de toda una generación.

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33 Comentarios

  1. Muy buen artículo, pero a mi entender demasiado en la órbita del dopaje.

    Desde luego que ahora sabemos algunas cosas pero tampoco podemos juzgar el tour de Bahamontes con parámetros actuales.

      • Se debe compañero, se debe. ¿O tu cuando hablas de Guardiola hablas de dopaje? ¿Tu cuando hablas de Carl Lewis hablas de dopaje?
        Un poco mas de respeto a esta gente que con o sin dopaje son unos héroes, porque aquí parece que si te dopas cualquiera de nosotros podremos ganar una carrera, cuando dudo que nadie aguante ni mil metros a esta gente, pero hablar desde el sofá es muy fácil

  2. Muy bonito, un buen resúmen de cómo fue todo aquello. Me pregunto cómo habría sido el relato hace un mes… O hace un par de años. Por suerte cada vez hace falta menos valentía y sólo sinceridad para contar las cosas como pintaban, para darle ese repaso necesario con la vista actual que permite comprender mejor aquellas cosas.
    Yo esa época la viví como adolescente, por eso a Induráin lo tengo algo «mitificado» y a la época en general (el kelme, esas cosas) Ni se me pasaba por la mente lo que había por detrás, tampoco el caso festina rompió demasiado la imagen en la cabeza de un recién llegado a la edad adulta pero poco a poco, las confesiones, confirmaciones, positivos y demás han ido dejando un panorama que en lo general ofrece pocas dudas y cuando echas la vista atrás, cae un nuevo barniz sobre aquello, entiendes cosas que de aquella no tenían explicación. Se ha perdido magia, azar, sorpresa y se ha ganado comprensión y explicaciones.
    Todavía quedan puntos por esclarecer y muchas historias por contar pero lo mejor de todo esto es tener la historia presente en la cabeza por que se entiende mucho mejor lo que pasa en el presente. Hay cosas que se repiten, historias que ya te suenan y que hoy en día te hacen levantar una ceja, que se te escape un sonrisilla de medio lado y que pienses «ya se a qué jugáis» aunque te la estén tratando de dar con queso y vociferen su limpieza hasta niveles exacerbados… (por lo menos ahora saben escoger mejor los colores ¿Rosa? ¿amarillo? un negro uniforme a lo lado oscuro queda mucho mejor)

  3. Ya que citas a Herminio Díaz Zabala… échate un vistazo a su palmarés y a la Tirreno-Adriático que ganó. Encontrarás la solución a uno de los primeros ‘conejillos de indias’

  4. Un comentario, Indurain es un apellido vasco, en euskera, y por tanto no lleva tilde ya que éstas no existen en euskera. Se pronuncia «Induráin» pero no lleva tilde.

    • Tampoco lleva tilde en ruso «Kaláshnikov» y se la ponemos. Aunque Induráin sea un apellido vasco, si se escribe en español se pone. Igual que no nos vamos a cabrear si en vasco resulta que se escribe «Sebilla» o «Kaditz».

      • Ya, pero Kaláshnikov es una transcripción del alfabeto cirílico, ¿le pones, cossack, tilde a Laudrup, Wagner o Haider?
        Indurain no lleva tilde.

  5. Hablando de si la tilde en Induráin o no, me acuerdo de cómo al principio algunos se empeñaban en llamarle Mikel, hasta que él mismo zanjó el asunto diciendo que en su casa le llamaban Miguel. (A mí me da igual el asunto en sí, y de hecho siempre llamé Pello o Peio a mi ídolo Cabestany; pero qué cargantes los *apropiacionistas* sobrevenidos.)

  6. Por lo demás, gran artículo, Guille! Solo una pequeña corrección de fecha: el equipo de la ONCE empezó en 1989, y en 1990 ya les fue bastante bien, colocando a cuatro entre los doce primeros del Tour (Lejarreta, Chozas, Fuerte y Cabestany). Lo que hizo en 1991 fue ganar su primera Vuelta, con Mauri… aunque porque quitaron la etapa reina (por el mal tiempo), que debió haber ganado Indurain o Induráin.

    • De acuerdo en que esa etapa suspendida de La Bonaigua y Pla de Beret en la Vuelta del 91 influyó de forma decisiva para que ganara Mauri, pero en aquella carrera a Indurain se le veía demasiado conservador. Todavía le quedaban puertos duros donde atacar, como Lagos de Covadonga, y allí apenas abrió brecha siendo infinitamente mejor escalador que su rival (Mauri se arrastraba cada vez que la carretera subía). Quizá Miguelón estaba reservando fuerzas para el Tour. Si fue así, que lo ignoro, la jugada le salió redonda.

  7. Sí, sí, la ONCE se funda en 1989 y sin duda he subestimado su año 1990 colocando 1991 como el de explosión. Me da rabia escribir sobre ciclismo sin mencionar el dopaje, pero, ¿cómo escribir sobre esa última Vuelta, ese último año fingiendo que no sé lo que sé? Es imposible. En cuanto a Indurain -quito la tilde-, los datos están ahí, prefiero que el lector inteligente saque sus conclusiones. Es complicado pensar que no estuviera durante esos primeros años de la EPO -Rooks ya la tomaba en 1988- dopándose. Si ni siquiera Millar le salva, que salva a todo el mundo… Ganarle al Rominger de Ferrari o al Pantani de Conconi sin doping es muy improbable y Padilla estaría ahí para algo. Por otro lado, también creo que en 1996 la tuerca del dopaje masivo dio un giro más y a él le pilló a trasmano. Algún día se sabrá todo esto, supongo. En medio queda este reflejo de los recuerdos de un gran ídolo… al que sus propias declaraciones dejan en sospecha, inevitablemente.

    • Estoy de acuerdo en que es complicado asegurar que Indurain no se dopase, pero también es cierto que desde muy joven fue un ciclista que apuntaba maneras de campeón. Lo suyo no fue una metamorfosis como la de Jalabert, que pasó de esprinter a escalador de la noche a la mañana, o la de Rominger, que de corredor de clásicas se transformó en un experto escalador y contrarrelojista y a ganar tres Vueltas y un Giro.

      Enhorabuena por el artículo. Siempre es agradable recordar aquellos años del ciclismo, aún teniendo que hablar de dopaje.

  8. Cada uno escribe su nombre propio como él quiera. La vieja explicación de Álex Grijelmo:

    «Induráín lleva acento, si él quiere. Los nombres vascos que terminan en ‘ain’ deben llevar tilde (acento ortográfico) si los examinamos con arreglo a las normas del castellano. Así ocurre con los Induráin, Beguiristáin, Andoáin… Pero si aplicamos las normas del euskera o vascuence, tales palabras no deben mostrar el acento ni por asomo: en ese idioma nada lleva acento ortográfico. Todo dependerá de cómo el personaje o el municipio de que se trate hayan decidido llamarse. En el caso del ex ciclista Induráin, él lo escribe con acento. Pero el ex futbolista y ahora entrenador Txiki Begiristain no lo usa (y, por tanto, tampoco se ha de escribir la ‘u’ detrás de la ‘g’, siguiendo también las normas del euskera».

    Por lo visto, Miguel Induráin escribe su apellido con tilde.

    Saludos de un Izagirre sin ‘u’.

    PD: Qué penita da ver a Miguel en su declive.

  9. Exacto, el apellido del amigo Ander va sin u, y así lo he escrito también cuando ha tocado :-) Por cierto, qué buenas fotos las que te hiciste con Cabestany, de niño y de mayor. Un abrazo!

  10. Aparte de que se escriba con tilde o no, los comentaristas siguen pronunciando ‘Muniaín’ , cuando es ‘Muniáin’ e Iraizótz’ o ‘ Iraizóz’ en vez de ‘Iráizotz’ o ‘Iráizoz’.

  11. Por favor abstenerse lo comentarios politicos de este blog.

    Personalmente hay dos etapas una de dopaje, un dopaje ignorante y chapucero que ha existido desde comienzos de siglos, hasta la epoca de Indurain y un dopaje sistemático, programado y cientifico que empezo con Ferrari, Us Postal, ONCE etc.

    El 1º (en mi opinión) no te hacia ganar carreras ni te daba una ventaja competitiva frente a tus rivales, el 2º obviamente si

  12. No deja de resultarme curioso el supuesto peso que tienen las palabras de Millar cuando se refiere a Indurain.

    Millar sube a profesionales en 1997, mientras que Indurain no llega a competir en ese año.

    No es ya que no coincidieran en un mismo equipo, sino que ni siquiera llegaron a correr en un mismo pelotón.

    Pero sí, llevemos la palabra de Millar a misa, ¿eh?

  13. Agradecido por el artículo, sigue contando estas grandes historias de nuestro amado deporte. Solo un punto que no estoy nada de acuerdo:

    «Si Induráin no estaba dispuesto a luchar por ser quinto, ¿tenía sentido irse a un equipo donde probablemente acabara de gregario? Es más, ¿quería la ONCE pagar un dineral por un gregario descontento?»

    Miguelón nunca hubiera seguido para ser gregario ni nadie en su sano juicio iba a pagar 600 millones anuales por ello. Si fallaba en carrera estaba claro que sería con galones de jefe hasta el final.

    Un saludo Guillermo,

  14. Interesante artículo, salvo la tonteria gratuita de que los demás iban «dopados» y él no. Mesedez, indurain iba hasta las cejas en los cinco tours, fue el rey de la EPO, como todo el peloton por otra parte; sin embargo como muy bien se señala padilla ya se había comprometido a trabajar full time en el athletik y los cambios de drogas le cogieron a desmano. Fue muy inteligente al no querer arriesgar toda su carrera por un positivo de última hora. Y para el que dice que ya apuntaba alto desde joven, como queriendo descargarlo de responsabilidad dopping: alto apuntaban hinault y merckx, esos Si eran superclases que a los 23 años ya reinaban. Indurain fue un producto total de laboratorio que a los 24 años no sabía lo que era terminar un tour.

  15. Y para crear un producto de laboratorio cogieron a un tío de 1.88 que pesaba 82 kilos, ¿no?

    Equivaldría a pretender que una rata corra a 25 km/h y escoger para el experimento a la más gorda de la canasta, la que pesa dos kilos y medio.

    • Si esa rata es la que te desarrolla más potencia en el banco de trabajo tiene toda la lógica del mundo.

      Por mucho que ayude el doping, no puedes pretender que el primer hijo de vecino que pasa por ahí pase a ser un top mundial

  16. El navarro apellido de Eusebio no es «Unzúe» como esta escrito varias veces en el texto sino «Unzué» ya que la partícula -ue se debe leer como un diptongo y no un hiato.

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