Política y Economía

Capitalismo indignado: ¿Sirven las empresas para hacer la revolución?

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Un manifestante frente al edificio de Goldman Sachs en Nueva York. Fotografía: Cordon Press.

«Follar cada cuatro años no es vida sexual; votar cada cuatro años no es vida electoral», «Lo llaman democracia y no lo es» y «Que no, que no nos representan». Las ansias de más y mejor democracia envolvían las proclamas del 15M y las de la indignación que se estaba generalizando en España en 2011. Había que refundar las instituciones, había que buscar nuevos medios para comunicarse con los demás y con el poder, y había que transformar un mercado pasto del «saqueo»[1] o «la estafa[2]», que coronaría su siniestro reinado con hasta 1700 causas abiertas[3] por corrupción en los tribunales solo tres años después. Muchos creían que el capitalismo no estaba en crisis, sino que este capitalismo era la madre de todas las crisis. ¿Por qué? Por falta de democracia, porque los controles del sistema habían saltado por los aires, porque el ser humano ya no era patrón sino marinero de su propia vida. Ellos sentían que su momento había llegado: «Cerrado por revolución: disfruten las molestias».

Con independencia de si su conclusión era correcta, lo cierto es que muchos de los que creían en una alternativa al capitalismo tal y como lo habíamos conocido se lanzaron en tromba a fundar sus propios negocios, a sumarse como clientes si les encantaban las ideas o a aprovechar la catapulta de la ira popular para que los vientos de semejante monzón multiplicasen la velocidad de crucero de los proyectos que llevaban años en marcha. Incluso en Estados Unidos las llamadas benefit corporations, un tipo de empresas que asumen firmes compromisos sociales hasta el punto de que sus accionistas pueden denunciar al consejo de administración si no los cumplen, pasaron de no recibir ninguna protección o regulación favorable en todo el país en 2010 a disfrutar de ellas en diecinueve estados solo tres años después.

En 2012, la inscripción de las primeras benefit corporations en el registro de California desató un enorme boom mediático y en agosto de 2013 se incorporó a la ola de cambio Plum Organics, una de las quinientas mayores cotizadas de la primera economía mundial y la gigantesca filial de Sopas Campbell dedicada a la alimentación de bebés. Todo ello ha abierto la discusión[4], en la misma cuna donde nació la desregulación financiera a finales de los noventa, sobre si ha llegado el final de una era en la que las compañías podían limitarse a satisfacer las demandas de las leyes o el apetito de consumidores y accionistas sin preocuparse (y dedicar ingentes recursos) a cuestiones como el impacto social, la ayuda a los más desfavorecidos o el medio ambiente. Republicanos y demócratas fueron de la mano en uno de los peores momentos de polarización política de la historia reciente del país y sacaron adelante las normas que necesitaba este nuevo modelo para operar y expandirse rápidamente. Aunque estos «negocios con conciencia» no formaron parte de las grandes discusiones que surgieron en las acampadas del parque Zuccotti en 2011, muchos de los miembros del movimiento Occupy Wall Street los consideraron más adelante una alternativa al sistema que merecía ser explorada a fondo. Según Nielsen[5], entre 2011 y 2013 el porcentaje de consumidores dispuestos a pagar más por un producto que ofreciese algún beneficio social como donaciones a una ONG pasó del 33% al 44% en Estados Unidos y del 31% al 40% en España.

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8 comentarios

  1. Pingback: Capitalismo indignado: ¿Sirven las empresas para hacer la revolución?

  2. Que cambien lo gustos y exigencias de los consumidores (demanda – productos sociales, ecológicos,…) y a raíz de ello surjan iniciativas empresariales, al principio pequeñas, que las cubran (oferta), suponiendo un gran boom y haciéndose rápidamente con mucha cuota de mercado, no es sino la expresión más evidente de que el capitalismo, cuando se le deja, funciona.

  3. Qué encantadora inocencia.

    Es bien sabido que cuando una palabra empieza a emplearse como reclamo de marketing, pierde su significado. Cuando algo se califica de «revolucionario», podemos estar seguros de que se trata de una pequeña novedad intrascendente. Lo mismo está pasando con «ético» y «sostenible».

    Por supuesto, hay muchas iniciativas perfectamente decentes y que funcionan bien. El software libre, Wikipedia, algunas ONGs, son admirables. Pero también son marginales. No van a afectar a la evolución general de la sociedad. De hecho en ocasiones se les da visibilidad porque sirven de hoja de parra para ocultar lo que está pasando.

    Lo que está pasando es el triunfo de la revolución liberal-conservadora: que el siglo XXI se parezca más al XIX que al XX. Todas las conquistas obreras del siglo pasado, como son el derecho a un salario digno, un empleo seguro y una jubilación decente, están desapareciendo. La clase media trabajadora es cosa del pasado. La democracia también: las decisiones importantes las toman organismos «técnicos» a los que nadie ha votado. Una de esas decisiones ha sido la globalización, que exige una igualación hacia abajo de los derechos laborales. Los mercados mandan: ya no es una persona, un voto, sino un euro, un voto. Y no hablemos de «democracia de consumidores»; con precarios salarios de 800 euros (si tienes suerte) poco se puede elegir. En cambio un capital de 100 millones puede emigrar en un instante al paraíso fiscal más adecuado.

    En ese río revuelto hay oportunidades para que gente con ideas, iniciativa y suerte eche la caña y pesque algo, en los resquicios que dejan las grandes redes de las multinacionales. Pero estamos hablando de minorías; los ganadores serán un 10 % de la población como mucho. El otro 90 % somos los peces.

  4. Ejemplos de «comercio justo», «ético», «orgánico»… Por supuesto, el consumidor elige libremente.

    http://io9.com/fair-trade-cocaine-is-a-thing-now-1620110392

  5. Pingback: Las empresas demuestran que otro capitalismo es posible

  6. Gonzalo Toca

    Epicúreo,

    La facturación de negocios considerados sociales superó el 12% del PIB español o 150.000 millones de euros el año pasado.

    Por eso, yo no lo llamaría marginal.

  7. Pingback: La Barbie que ahora toca querer ser - La Marea

  8. Pingback: La Barbie que ahora toca querer ser ⋆ Noticias de hoy

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