Cuando Oscar Schmidt Becerra acabó con el sueño español

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Oscar Schmidt Becerra. Foto: Corbis.
Oscar Schmidt Becerra. Foto: Corbis.

Es 5 de julio de 1986 y hay en el ambiente del Palacio Municipal de Deportes de Zaragoza un ambiente de euforia desatada en forma de ola. De alguna manera, aquello tiene un punto de continuidad, de venganza después de las ilusiones rotas contra Bélgica en aquellos penaltis de México. La maldición de cuartos de final y todas esas historias. Llega por fin «el otro mundial», aún conocido como Mundobasket y lo hace a lo grande: el proyecto megalómano de la Federación Española de Baloncesto, auspiciado por el irrepetible Raimundo Saporta, parece que va a conseguir lo que años antes se creía imposible: un torneo sólido, con figuras, sin problemas económicos, retransmitido a todo el mundo y con veinticuatro equipos en competición repartidos en seis sedes.

Incluso los Estados Unidos, reacios a mandar a sus mejores universitarios a todo lo que no sean Juegos Olímpicos, han decidido unir a Charles Smith, David Robinson, Steve Kerr, Armon Gilliam, Kenny Smith y el diminuto Tyrone Bogues para recuperar el cetro perdido en Cali a manos de la Unión Soviética del adolescente Sabonis. Han pasado solo dos años desde la retirada en el último momento de la delegación soviética de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles y la sensación creciente es que el baloncesto universitario americano está dejando de ser dominante, que hace falta algo más.

Junto a los dos equipos más emblemáticos de la historia, los atractivos son innumerables: ver a Drazen Petrovic en directo después de ganar su segunda Copa de Europa con poco más de veinte años, comprobar si el patinazo de Italia en los Juegos ha sido una casualidad o no, y medir el nivel de los equipos latinoamericanos: Cuba, Panamá, Uruguay, Argentina… cuya jerarquía natural va descomponiéndose en favor de la pujante Brasil. Por si falta exotismo, ahí está Malasia, que llegará a perder su primer partido por casi noventa puntos de diferencia.

Pero, sobre todo, el público tiene a España. Una España que lleva mes y medio concentrada bajo el mando algo inestable de Díaz Miguel. El debut en Zaragoza contra Francia llega en medio de una combinación de serias dudas, conflictos internos y un optimismo quizá exagerado por parte de los medios y la afición. La medalla de plata de Los Ángeles queda muy cerca, parte de ese ciclo histórico que incluyó las semifinales del Mundial de Colombia de 1982 y la plata de Nantes de 1983. Solo un año antes, con todo a favor para llegar a una nueva final europea, la selección cayó ante Checoslovaquia en las semifinales. Muchos lo consideraron un accidente; otros, un síntoma de que el suflé se estaba desinflando.

Con todo, ya digo, los medios se vuelcan y con los medios los patrocinadores y España no es el grupo de estrellas NBA que será tres décadas después en continua gira pero, con el mundial de fútbol ya acabado y Maradona coronado como estrella indiscutible, el baloncesto está dispuesto a tomar las portadas de los periódicos deportivos. Sin ir más lejos, el Mundo Deportivo contrata a un astrólogo, Antoni Mas, capaz de análisis previos tan complejos como el siguiente: «La clave de España es Sibilio. Tiene dos términos de envergadura que le pueden convertir en una de las figuras».

Ese es el nivel de histerismo colectivo y el trabajo de Díaz Miguel es mantener al margen a sus seleccionados. Al «equipo nacional», como le gusta decir… solo que de equipo cada vez tiene menos y desde luego el entrenador no es el tipo más tranquilo del mundo. Desde la retirada de Corbalán, a la selección le falta dirección, ascendencia sobre el grupo y anotación. La primera decisión del seleccionador fue llevarse para el Eurobasket de 1985 a dos bases potentes, rápidos, eléctricos al contraataque y capaces de un enorme despliegue físico: Vicente Gil y José Luis Llorente. Como la apuesta no funcionó, ahora ha decidido confiar en dos veteranos, consistentes en defensa pero con muchos problemas cara al aro: Joaquim Costa y Joan Creus. Si a eso le unimos a Nacho Solozábal, está claro que la tripleta de bases anotará pocos puntos. Menos aún dentro de unos sistemas en los que los bases no tienen ninguna relevancia ofensiva.

La otra gran ausencia es Iturriaga, cuya relación con Díaz Miguel es insostenible. En su lugar regresa Fernando Arcega, el ídolo local, para jugar los minutos que no puedan disputar Epi o Andrés Jiménez, los titulares en los puestos de alero exterior e interior. Aunque Díaz Miguel es totalmente contrario al lanzamiento de triples, decide mantener a Sibilio y Margall en la selección para acompañar al joven Villacampa, un hombre que con la selección parece siempre nervioso, atormentado casi, desde que su horrible preolímpico de París le dejara fuera de la plata de Los Ángeles en favor del casi inédito Beirán.

Por dentro, los de siempre: el citado Andrés Jiménez, Fernando Romay como referente defensivo, el «Lagarto» De la Cruz, apurando sus últimos minutos en el baloncesto de élite, y la gran estrella mediática del equipo, Fernando Martín, ya por entonces en guerra declarada con su entrenador.

Un equipo al borde del ataque de nervios

A sus veinticuatro años, Martín es ya una leyenda, pero una leyenda que llega en el peor momento físico y mental posible. Sus pruebas el verano anterior con los New Jersey Nets habían levantado las protestas de la federación y el seleccionador, aterrados ante la posibilidad de que el pilar interior del equipo decidiera convertirse en profesional y quedara así fuera de cualquier competición FIBA. Las presiones llegaron hasta el punto ridículo de amenazarle con jugar como extranjero en su propio país si se atrevía a cruzar el charco. Mientras su club, a regañadientes, le apoyaba, conscientes quizá de que aquello no era sino una primera escaramuza sin importancia; su seleccionador le atacó en público, manchando para siempre una relación que nunca fue fácil.

Con todo, Martín acabaría rechazando la oferta de los Nets, en parte porque su puesto ya lo ocupaba Buck Williams y en parte para no perderse el Mundial en casa del año siguiente, tras el cual, ahora sí, marcharía a la NBA, esta vez a los Portland Trail Blazers. En julio de 1986, por tanto, la cabeza de Martín está en la aventura americana y su cuerpo no anda mucho mejor: una tendinitis limita sus movimientos en ataque y se une a sus crónicos dolores de espalda. Ya en aquel primer partido, los problemas de Martín se hacen evidentes y la Francia del estilista Dubuisson, el corajudo Dacoury y el larguísimo Ostrowsky está a punto de llevarse la victoria. Epi, Jiménez y Sibilio, con sus dos «términos de envergadura», apagan el fuego en los últimos minutos, asegurando un ajustado 88-84 a favor de los locales.

Como cabeza de serie, se espera de España algo más que victorias in extremis. El primer objetivo es llegar a la segunda fase, pero eso en realidad se da por hecho. El sueño de todos es volver a luchar por las medallas y para eso basta con imponerse a sus rivales de grupo: después de Francia, cae Corea del Sur con facilidad, pero al día siguiente se cruza Grecia y la tragedia se masca durante treinta y nueve minutos. Encabezados por Gallis y Giannakis y pese a la ausencia de Fassoulas, que está precisamente jugando en la liga de verano de los Nets, los griegos solo ceden en el último instante de un partido que acabará 87-86 a favor de España.

La victoria clasifica a la selección a la siguiente fase y, algo más relajados, Panamá paga los platos rotos con un apabullante 125-70 en la penúltima jornada de la primera fase.

La contundencia de la victoria acaba resultando engañosa y contraproducente. El mal juego de España, sus escasos recursos en ataque y especialmente en el tiro, la nula aportación de sus bases, que van repartiéndose minutos sin establecer un criterio claro, concentrados en mover el balón y defender, más el pobre estado de Villacampa y los problemas de Martín y el resto de los interiores en el rebote quedan a un lado por un día y la euforia vuelve a renacer.

Para completar el pleno solo queda un rival, Brasil, peligroso pero irregular. Nadie cuenta con un tropiezo a estas alturas.

Los flirteos de Oscar con la NBA y su agotador 1986

Y no es que el equipo brasileño sea cualquier cosa. Al contrario. A su tradición deportiva de décadas se añade un momento de forma tan brillante como el español: en 1978 consigue la medalla de bronce en el Mundial de Filipinas, se clasifica con más o menos apuros para los Juegos de 1980 y 1984 y suma un par de campeonatos sudamericanos en ese período; el último en 1985, apenas doce meses atrás. Es una selección compacta, firme y muy equilibrada: en el puesto de base se turnan Guerrinha y Paulinho; el juego interior queda en manos de los fornidos Gerson e Israel, mientras que la anotación depende de lo que hagan sus dos tiradores: Marcel y el omnipresente Oscar.

La historia de Oscar, apodado «Mano Santa» en su país por razones obvias —el chico es capaz de anotar desde cualquier posición, incluso desequilibrado— es imposible de resumir en un artículo como este. Debutó con la selección con diecisiete años, fue campeón sudamericano con diecinueve, pieza clave en el repuntar de Brasil en la escala internacional junto al seleccionador Ary Vidal, y máximo anotador de la liga italiana con el modesto Caserta año sí y año también.

Precisamente la agotadora temporada en Caserta, equipo al que llegó cuando jugaba en la A2 y que lleva a la final de la A1 ese mismo año, hace que Oscar renuncie en un principio a jugar el que sería su tercer mundial. A los veintiocho, parte de su entusiasmo está perdido. Dos años atrás, en 1984, tuvo la gran oportunidad de marcharse a la NBA, también a los Nets para variar, pero la cosa no funcionó. Pese a que dejó impresionada a toda la franquicia, incluyendo al entrenador Stan Albeck, que le ofreció un contrato garantizado por un año, el brasileño prefirió quedarse en Italia. Según él, por lealtad patriótica, pues jugar en la NBA, como sucedía con Martín, equivalía a no poder volver a hacerlo con la selección.

Otras fuentes, recogidas por Gonzalo Vázquez en su maravilloso libro Invasión o victoria, culpan al dinero de la falta de acuerdo. Los Nets no podían ofrecerle más de setenta y cinco mil dólares por un año, un cuarto de lo que cobraba Oscar en Caserta.

Fuera como fuere, el caso es que Ary Vidal, que ya le entrenara en los años gloriosos del Sirio, a principios de la década, consigue finalmente convencerle de que al menos aparezca por España apelando a su lealtad de años… pero los primeros partidos de Oscar en el Mundobasket presentan a un jugador desconcentrado, muy castigado físicamente y sin la energía necesaria para un reto así: Brasil gana fácil a Corea del Sur, como todos, pero solo puede superar a Panamá en una prórroga que fuerza el propio Oscar con una canasta en el último segundo. Al día siguiente, cae sin paliativos ante la errática Francia. En ninguno de los tres partidos, el alero supera los veintiséis puntos, cifra que puede alcanzar en un solo período cuando se pone a ello.

Contra las cuerdas, Brasil saca fuerzas de flaqueza para ganar a Grecia justo antes del partido contra España, resultado que complica todo muchísimo. Aquel es el primer gran día de Oscar y Marcel, que se combinan para anotar 64 puntos y dejar a los de Gallis al borde de la eliminación. Solo una carambola puede salvarlos: ganar en la última jornada… y que Brasil haga lo propio con los anfitriones, algo posible pero, visto lo visto, poco probable.

El partido que marcó a una generación

Y así llegamos a las 20 horas del 10 de julio de 1986, de nuevo en Zaragoza. El público español llena las gradas a la espera de una nueva exhibición, parecida a la de Panamá el día anterior. Un puñado de valientes brasileños se une a los aficionados griegos en apoyo de la selección visitante. En la previa, Díaz Miguel ya ha advertido de los peligros de los tiradores rivales, pero Díaz Miguel lleva dos años advirtiendo de los peligros de los tiradores rivales incluso cuando España juega contra la Finlandia de turno, así que tampoco hay que hacerle mucho caso

El partido es crucial por los siguientes motivos: si gana España pasará a la ronda semifinal de Barcelona con dos victorias y Brasil con ninguna, pues Francia ocuparía el segundo lugar del grupo. Sin embargo, la victoria brasileña les dejaría a ellos con dos victorias porque el otro clasificado sería Grecia y dejaría a España en una peligrosa segunda posición teniendo en cuenta que en la fase semifinal de Barcelona se enfrentarían a la Unión Soviética, Israel y Cuba, es decir, un rival muy potente al que será difícil meter mano y otros dos muy sencillos, que difícilmente pondrán en apuros a Brasil. Las posibilidades de remontar serían, por tanto, casi nulas.

En juego está ni más ni menos que la semifinal del Mundobasket y en seguida se nota que hay un equipo al que le va la vida y otro que no se juega nada, que llegó a España sin demasiadas aspiraciones y que si se lo ponen fácil, bien, y si no, pues a buscar otra plaza de honor. De entrada, el noveno puesto de Los Ángeles ya está mejorado…

La ansiedad se nota desde el principio: España juega sin Epi, con molestias en un pie, y pierde así la poca jerarquía que queda. Los demás jugadores dan la sensación de ser intercambiables y eso es peligroso en un equipo acostumbrado a lo contrario: siempre se había dicho que Díaz Miguel tenía sus cinco favoritos, a lo sumo seis, y el resto podía prepararse para no jugar ni un minuto y ahora está perdido en un lío de rotaciones que no contenta a nadie. Entre los tres bases sumarán solo dos puntos en el partido… después de tres lanzamientos a canasta, más o menos la media del torneo.

Villacampa está perdido, igual que Sibilio y Margall, hasta ahora, quizá, el jugador exterior más fiable junto a Epi, pero el problema está dentro: Israel y Gerson hacen lo que quieren con Martín, Romay y un Jiménez que empieza a mostrar problemas en el codo. La única solución para España, completamente desesperada, es tirar un triple tras otro hasta acabar en siete de veintiocho. Veintiocho triples en 1986 no admite comparación posible con el presente, es una barbaridad.

Enfrente, aparte de los pívots, un enorme Oscar, que ha olvidado ya su cansancio y su saturación mental: juega 39 minutos y anota 30 puntos además de sumar nueve rebotes. Su 2,04 de altura le permite postear y lanzar desde lejos sin que nadie pueda taponarle. Sus «bombas», como se les llama en Italia, salen desde demasiado arriba, a menudo sin tiempo siquiera para armar el brazo: el balón le llega en lo alto y según lo recibe, su muñeca lo empuja desde seis, siete o incluso ocho metros.

Al último arreón de España, que se pone 66-69 a falta de cinco minutos, responde el alero con dos triples consecutivos. Fin de la historia. Brasil gana 86-72, dejando a España en una anotación ridícula en tiempos donde se llega a los 100 puntos con cierta facilidad. La decepción es enorme, más aún cuando se confirman los cálculos: hay que ganar a la URSS y confiar en que el triple empate con Brasil sea favorable… o que los brasileños también se carguen a los soviéticos.

Ambas cosas están a punto de suceder, pero se quedan en el «casi». Con un Epi ya recuperado, España lucha durante treinta y nueve minutos para acabar cayendo 88-83 ante el rodillo de Valters, Kurtinaitis, Tikhonenko, Tarakanov, Sabonis, Belostenny, Tkachenko y compañía. La derrota ya les deja fuera de las medallas. Brasil se juega con los soviéticos la primera plaza del grupo al día siguiente y cae 110 a 101. Oscar, que ya les metió 49 puntos a los cubanos para abrir la segunda fase, vuelve a dar una exhibición. Aunque los brasileños acaban el torneo en cuarto lugar, después de ser apalizados por estadounidenses y yugoslavos en la ronda de medallas, su alero consigue ser el segundo máximo anotador del torneo con 28,1 puntos de media pese a su flojo inicio, solo por detrás de los estratosféricos 33,7 de Nikos Gallis. Curiosamente, es solo el principio.

La segunda juventud de Oscar Schmidt Becerra

Y es que, si el Mundobasket de España será el inicio de un largo ocaso para la selección del país organizador, también es el comienzo de una segunda juventud para Oscar y Brasil: en 1987, con 46 puntos de «Mao Santa», Brasil consigue imponerse a Estados Unidos en los Juegos Panamericanos: la primera vez que los norteamericanos pierden en su casa y la primera vez que encajan más de 100 puntos, en concreto 120. Al año siguiente, en Seúl, la exhibición de Oscar llega a niveles ridículos: acaba el campeonato como máximo anotador con una media de más de 42 puntos por partido, incluyendo 55 a España, el récord vigente de anotación en unos Juegos Olímpicos.

Brasil acabaría quinta ese campeonato después de tener contra las cuerdas de nuevo en cuartos de final a la Unión Soviética, que se llevaría la medalla de oro en una enorme final ante la Yugoslavia de Petrovic y Kukoc.

Después, ya saben, aquella finalísima de la Recopa contra el Real Madrid de Petrovic en la que se fue a los 44 puntos pero no pudo superar los 62 del croata, otros dos Juegos Olímpicos —1992 y 1996— siendo el máximo anotador, el último ya con treinta y siete años, su fugaz paso por Valladolid con los once triples en un solo partido ante el Murcia… y cuando todo parecía acabado, un par de ligas brasileñas con el Corinthians y la obsesión por batir el récord de anotación de Kareem Abdul Jabbar, cosa que logró en 2002, un año antes de su retirada, dejándolo en 49 703 puntos a lo largo de toda su carrera, registro que, por cierto, la FIBA se niega a reconocer igual que la FIFA se niega a reconocer el de goles de Romario sin que a los brasileños parezca importarles lo más mínimo.

En 2013 ingresó en el «Hall of Fame» del baloncesto americano pese a no haber jugado nunca allí ni haber siquiera estudiado en una de sus universidades. Aquel hombre religioso hasta el fanatismo, que no concedía entrevistas por no perder energía y que siempre tenía una botella de Coca Cola a mano para paliar la sed, lo merecía. Como padrino no eligió a Kobe Bryant, quien se declaró fan absoluto del brasileño desde su adolescencia en Italia sino al mítico Larry Bird, quizá el único tirador que aguantaba la comparación.

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6 comentarios

  1. Muy bueno. Pensaba mientras leia que yo a Oscar recordaba verlo jugar vs argentina en lo 90 y me decia no puede ser el mismo tipo…

    No entendí la relación entre jugar en la nba y no poder hacerlo en la selección nacional.

    • Adrian

      Los jugadores que participaban en la NBA eran considerados «profesionales», siendo el resto «amateur». La A de la FIBA de aquella significaba Amateur, pudiendo participar en competiciones internacionales solamente estos «amateur».

      Esta diferencia se eliminó en 1989.

      Por eso antiguamente, los jugadores NBA no podían jugar con su selección, y por eso USA llevaba siempre equipo de universitarios.

  2. Basketisssimo

    Recuerdo haber visto ese partido pocos días antes de irme a mi primer campamento de verano. Fue un bonito varapalo e inicio de una crisis en forma de L de la que tardaríamos algo así como 13 años en salir (hasta la plata del Eurobasket 1999, excepción hecha del bronce en el a mi juicio devaluado Eurobasket 1991).
    Bonito artículo, una vez más.

  3. Paulo Schmidt Bezerra

    De Barcelona’92 hay una anécdota muy bonita con Oscar de protagonista…
    En los días previos al EEUU-Brasil, los medios preguntaron varias veces a los estadounidenses por Oscar y si estaban preocupados por su poder anotador.
    De cara a la galería, todos respondieron cortesmente. Ya sabes, el típico «nos tomamos todos los partidos en serio», «todos los rivales son duros», «no hay enemigo pequeño», etc.
    Bueno, todos exepto el indomable Charles Barkley, el cual comentó: «¡Uuuuuhhhh, Oscar Schmidt! Qué miedo. Estoy temblando. Me toca defender durante la temporada a Larry Bird, James Worthy, Kevin McHale, Dominique Wilkins y a una docena más de tíos. ¿Por qué coño tendría que estar preocupado por Oscar Schmidt?… Cosas de «El Gordo».
    Sin embargo, de puertas para dentro, tanto Chuck Daly como su ayudante Mike Krzyzewski (hoy Coach-K) pensaron que sería mucho mejor dejar todo atado y bien atado. Así que llamaron a filas a Scottie Pippen y le encargaron una defensa especial sobre Oscar. (Y recuerden que Pippen fué escogido diez veces en el quinteto defensivo del año en la NBA, algo que sólo han superado un tal Tin Duncan y otro desconocido llamado Kareem Abdul-Jabbar).
    Bueno, pues a pesar de la gran defensa de don Scottie y a pesar de los 34 años que ya tenía el bueno de Oscar, este llegó a los 24 puntos en 30 minutos de juego.
    Espectacular!

  4. José Antonio Jiménez

    Me gusta el artículo, pero me gustaría hacerte un par de apuntes. Los 12 elegidos eran los que había. Montero igual tenía que haber sido citado, pero poco más. Joan Creus no era un base defensivo, todo lo contrario. De los tres, el que mejor veía el aro con diferencia. Ante Panamá, por cierto, lo bordó…

  5. Abraham Pérez Sánchez

    Totalmente de acuerdo con José Antonio Jiménez, y haré una extensión sobre lo que dice si se me permite. Joan Creus era sencillamente el base más completo que existía en España en ese año 86 y aún lo sería trece años más por sorprendente que parezca. Desde mi punto de vista debería haberse convertido en el timonel de la selección sin discusión. No sé a qué venía tanta disculpa barata por parte de Díaz Miguel del rollo que había sido escogido por ser el base que más rebotes pillaba. Quizá existían presiones desde determinados medios de comunicación, quizá aquel prejuicio de que Creus jugaba en un equipo mediano, pero a partir de 1987 lo hicieron otros que provenían de escuadras parecidas y a aquél no se le volvió a llamar. Por cierto, periodistas del Jot Down. La trayectoria de Joan Creus i Molist da para un reportaje de antología. Si este hombre hubiera sido norteamericano recibiría homenajes televisados cada dos días aproximadamente. A ver quién se anima.

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