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La épica de Del Potro y la Davis ponen fin a una esperanzadora temporada de tenis

Juan Martin del Potro celebra su victoria frente Marin Cilic. Foto: Cordon.
Juan Martin del Potro celebra su victoria frente Marin Cilic. Foto: Cordon.

Después de cuatro horas y cuarto de partido y de remontar dos sets al croata Marin Cilic, Juan Martín del Potro se dispone a empezar la última manga del cuarto partido de la final de Copa Davis ante el abrumado público de Zagreb. Sabe que, si pierde, la decepción será brutal. No solo en lo personal, pues la Copa Davis ha sido el gran objetivo de este final de temporada, sino en lo nacional: sería la sexta final perdida para su país en esta competición, la cuarta en los últimos diez años.

Es el gran momento del año y Del Potro es perfectamente consciente de ello. Más grande que su victoria ante Djokovic en Río, que su heroicidad ante Nadal en las semifinales olímpicas o que las casi cinco horas que tuvo a Murray sobre la pista en la final de dicho torneo. Más grande que los cuartos de final en el US Open después de dos años sin poder pisar ni Flushing Meadows ni Wimbledon ni Roland Garros ni Melbourne… Más grande que su título en Estocolmo y solo comparable, aunque casi no lo recuerda, al día de su consagración, aquella final que ganó en Nueva York al mejor Federer también después de remontar en los últimos dos parciales.

Delpo no duda y gana el primer punto para poner el 15-0, pero después viene el caos: Cilic no está muerto y lo demuestra. El muy irregular croata se anota tres puntos seguidos y se pone con dos bolas de break, misma situación que disfrutó en el anterior parcial antes de perder su servicio y verse abocado a esta agonía. La muy futbolera hinchada local ruge de nuevo ante la posibilidad que se abre y celebra extasiada cuando Cilic gana el punto, cierra el puño, pide aún más apoyo y deja a Croacia a un paso de una nueva ensaladera.

Solo que Del Potro no ha llegado hasta aquí para rendirse ahora. No ha pasado por cuatro operaciones de muñeca en dos años para hacérselas ahora de blandito. No se ha dejado la piel en esta remontada para morir en la orilla. Desde 2008 le persigue la famosa frase de «le vamos a sacar a Nadal los calzones del orto» cuando, adolescente arrogante, pretendía caldear la final de aquel año ante España. Todo para que al final Nadal ni apareciera por Mar del Plata y Del Potro se lesionara en el primer partido. Argentina, por supuesto, acabó perdiendo la eliminatoria.

Así que, como no ha venido tan lejos para lamentarse, Delpo rompe inmediatamente el servicio de Cilic y aguanta como puede el suyo. Eso le sirve para tranquilizarse y anular cualquier conato de rebelión. Sólido con su saque, llega al 4-3 y ahí rompe de nuevo al croata para sentenciar el partido al borde de las cinco horas. Uno de los mejores partidos de la historia de la Copa Davis. El jugador llora de euforia como lloró en Río y todo el país confía en que el veteranísimo Ivo Karlovic no saque su fusil a pasear frente a Delbonis.

Nada de eso: Karlovic parece superado desde el principio, de los nervios a sus treinta y siete años. Cede su saque en blanco en el sexto juego del primer set y a partir de ahí no levanta cabeza: una ruptura en el segundo set y dos más en el tercero le valen al argentino para llevarse el partido y con el partido la primera Copa Davis para su país. Las imágenes de su último punto serán las que recorran el mundo. La gloria, todo el mundo lo sabe, quedará para su compañero. La última gran estrella de un año con mucho tenis y muchas historias…

El tardío reinado de Murray

No es raro que un deportista al borde de los treinta años ceda el mando en su disciplina. Lo raro es que el testigo lo recoja otro hombre al borde de los treinta años, como se ha dado en el intercambio de poderes entre Novak Djokovic y Andy Murray. De hecho, es la primera vez que sucede desde que, en 1974, el australiano John Newcombe llegara al número uno con la treintena recién cumplida. No deja de ser un signo de los tiempos: pese a los amagos de rejuvenecimiento del circuito y las lesiones de Federer y Nadal, la edad media del top ten este año ha quedado en 28,2 años. Al menos supone un respiro con respecto a los 29,5 del año pasado.

También es extraño que Djokovic ceda el trono justo el año que ha completado no ya el carreer slam —ganar los cuatro torneos del Grand Slam a lo largo de una carrera sino una especie de Nole Slam, como podríamos llamar al hecho de haberlos ganado de forma consecutiva… aunque a caballo entre dos años naturales. Cuando el serbio ganó Roland Garros por primera vez después de cinco finales, todo el mundo se puso a fantasear con los años que le quedaban como número uno y su papel en la historia, vaticinando que muy pronto alcanzaría los catorce grandes de Nadal y Sampras o incluso los diecisiete de Federer.

Seis meses después, Djokovic no se ha movido de los doce, ha pasado por una especie de depresión, varias lesiones menores, ha cumplido un año más y ha acabado cediendo una ventaja descomunal para caer al segundo puesto del escalafón. El hombre de hielo que ajusticiaba al resto del circuito ha visto cómo primero caía en tercera ronda de Wimbledon, después cedía a primeras de cambio en los Juegos Olímpicos de Río, su otro gran objetivo del año junto a Roland Garros y, para rematar, apenas ofrecía resistencia a Stan Wawrinka en la final del US Open.

Desde entonces, se ha sabido más bien poco de Djokovic, envuelto en una especie de pregunta constante —¿qué me está pasando?— que le ha hecho mostrarse inseguro casi en cada partido desde septiembre.

Algo ha tenido que ver Andy Murray en todo esto. El escocés no solo acaba como número uno del mundo sino que lo hace después de apuntarse los últimos cinco torneos del año para un total de veinticinco victorias consecutivas, racha que, por supuesto, aún sigue abierta. Que Andy iba en serio lo intuimos ya a finales de la temporada pasada cuando él solito ganó la Copa Davis para Gran Bretaña, imponiéndose en todos los encuentros, tanto de individuales como de dobles, junto a su hermano Jamie. A su impresionante racha final hay que sumarle su segundo título en Wimbledon y el oro olímpico en Río, después de una final escandalosa ante, ya sabemos, Juan Martín del Potro.

Con todo, siempre hay un «pero» que ponerle al atormentado Murray. Solo un torneo de Grand Slam parece poco premio para un año tan regular y completo. En Australia y París no pudo hacer nada contra un excelso Djokovic; más decepcionante fue lo de Nueva York, cuando tenía el partido ganado ante Nishikori y lo entregó entre las típicas muestras de conmiseración y enfado. Es impresionante que una carrera como la suya haya llegado hasta este punto con solo tres grandes en su haber, los mismos que, sin ir más lejos, el citado Wawrinka.

¿El futuro ya está aquí?

La estadística sigue diciendo que ningún jugador nacido en los noventa ha ganado jamás un torneo de Grand Slam ni un Masters 1000. Teniendo en cuenta que vamos a comenzar 2017 me parece una estadística de lo más significativa sobre lo que es una generación perdida en la historia del tenis. Al menos este año, hemos visto cosas interesantes que confiemos en que no queden en flor de un día.

Siguiendo el orden de la clasificación, el primer nombre que destaca es el de Milos Raonic. Después de varios meses de lesiones y molestias, el canadiense ha conseguido de la mano de Carlos Moyà conseguir la regularidad que siempre le había faltado. Logró derrotar en Wimbledon a Roger Federer en uno de los partidos del año para llegar a la primera final de un noventero en toda la historia. La perdió ante Murrray, como era de esperar, pero algo es algo. Raonic ha sido una presencia amenazante durante los diez meses de temporada y no solo a rachas sueltas. El premio ha sido el número tres que ahora mismo ocupa en el ranking, solo por detrás —muy por detrás, eso sí de Djokovic y Murray.

Dominic Thiem fue la gran sorpresa de principios de temporada, aunque el austriaco se desinflaría en la segunda parte fruto sin duda del cansancio y de un calendario absolutamente imposible: hasta veintiocho torneos disputó Thiem a lo largo del año, buena parte de ellos sin importancia alguna y justo en vísperas de otro torneo más grande al que llegaba agotado. Con todo, y aunque fuera por la renuncia de Nadal, consiguió llegar a las World Tour Finals, ganarle un set a Djokovic y un partido a Monfils, que no es poco bagaje.

El poder posadolescente dio un paso adelante con la consagración del alemán Alexander Zverev. Desde aquel partido que estuvo a punto de ganarle a Nadal en Indian Wells, con dos match points desperdiciados, y a pesar de un cierto bajón veraniego, la temporada de Zverev ha sido prodigiosa para un chico de diecinueve años: se ha consolidado entre los veinticinco primeros del mundo y por el camino ha levantado su primer título, en San Petersburgo. Es difícil no verle como gran dominador en el corto-medio plazo, pero lo mismo decíamos de Dimitrov hace cuatro o cinco años y ahí seguimos esperando.

Imposible no referirse en este segmento a Nick Kyrgios. Es un jugador desconcertante. Después de todo un año de desplantes, bromas groseras, insultos a la grada y declaraciones altisonantes en las que dejaba claro que el tenis no le gustaba, ha acabado el número trece del mundo. No sé si eso habla muy bien de su talento o muy mal del talento de los demás. Kyrgios tiene solo veintiún años y, quién sabe, igual que le pasó a Agassi, podría acabar gustándole este deporte. No parece probable pero cosas más raras se han visto.

Por último, hay que mencionar al francés Lucas Pouille, verdugo de Nadal en un magnífico partido de octavos de final del US Open, y que ha dado un salto adelante algo inesperado esta temporada. Pouille siempre ha estado bajo la sospecha del tenis francés, incapaz de sacar un campeón de Grand Slam desde Yannick Noah, y de esto han pasado ya casi treinta y cinco años. Lo que le hemos visto en la última fase de la temporada invita al optimismo. El chico solo tiene un año más que Kyrgios y parece que al menos no abundan los pájaros en su cabeza. Queda, eso sí, lo más difícil: mantenerse.

¿El adiós de Federer y Nadal?

Por primera vez desde aquella primera ronda de Miami en 2004, cuando un adolescente Nadal se imponía al número uno del mundo contra todo pronóstico, este ha sido el primer año en el que no hemos visto enfrentarse a los dos grandes del siglo XXI. Las lesiones se han cebado con ellos hasta el punto de que muchos anuncian su ocaso definitivo. Puede que la afirmación tenga sentido: al fin y al cabo, Federer ha cumplido treinta y cinco años y Nadal va para treinta y uno, edades a las que es muy complicado competir al nivel de los mejores.

Ahora bien, conviene matizar el pesimismo: pese a disputar solo veintiocho partidos en todo el año casi los mismos que disputó Andy solo en los últimos dos meses de su temporada, Federer logró llegar a dos semifinales de Grand Slam, la final de Brisbane con la que abrió el año y aguantar entre los veinte primeros de la clasificación, por delante de los anteriormente loados Pouille, Zverev y compañía.

Lo grave quizá no sean tanto sus lesiones sino un cierto secretismo alrededor de las mismas. Después de Australia se rompió el menisco, al parecer bañando a sus hijas. Cuando iba a volver, le asaltó un virus desconocido. Jugó varios partidos a bajo nivel en tierra batida y renunció a Roland Garrosel primer Grand Slam que se perdía desde 1998 por problemas en la espalda y la rodilla. Volvió para la temporada de hierba sin estar del todo recuperado pero vivió un nuevo esplendor en Wimbledon, derrotando en cinco sets a Cilic y perdiendo en otros cinco contra Raonic después de sufrir una caída que, en principio, desencadenó la que sería su última y definitiva lesión.

¿En qué consiste? No lo sabemos exactamente pero el jugador tuvo claro ya en julio que no iba a poder volver a jugar hasta enero del año siguiente. Hay que pensar que era una cuestión de chapa, pintura y descanso para afrontar su última o sus dos últimas temporadas a tope… pero es imposible estar seguro de nada sin saber exactamente qué le pasa.

Algo parecido sucede con Nadal: desde su lesión de muñeca en Madrid que fue arrastrando hasta Roland Garros y le obligó a una retirada inesperada en tercera ronda del torneo parisino, Rafa apenas ha podido competir al cien por cien… y aun así ha acabado en el top ten por decimosegundo año consecutivo, nos regaló unos partidos espectaculares en los Juegos de Río y su torneo en Nueva York tenía muy buena pinta hasta que regaló un partido que tenía ganado ante el mencionado Lucas Pouille.

El problema, aquí también, es que no se acaba de saber qué le duele o qué le pasa a Nadal. Tan pronto te dice que está todo bien como que lleva meses con molestias. Gana un partido 6-1, 6-1 y todos los palmeros anuncian un momento de forma estelar, para después perder el siguiente partido ante un semidesconocido. Así se ha pasado todo el año y las dudas con respecto al siguiente continúan: hace un par de meses renunció a la gira de invierno por Latinoamérica porque ahí hace mucho calor en esas fechas y no disfruta y le supone un gasto innecesario… y de repente anuncia la pasada semana que disputará el Abierto de Acapulco en febrero. Da la peligrosa sensación, desde hace demasiado tiempo, de que no hay nadie al mando de esa nave.

La agonía del tenis español

La caída leve de Nadal y la pronunciada de Ferrer han dejado al tenis español sin sus dos grandes referentes. Lo que extraña es que, en un tenis que siempre ha sabido regenerarse y con una gran cantidad de jugadores importantes entre los cien primeros, no haya relevo a la vista. La temporada de Roberto Bautista ha sido excelente, pero tiene veinitocho años, los mismos que Albert Ramos. El quinto español en la lista sigue siendo Feliciano López, brillante vencedor en París junto a Marc López en la categoría de dobles, a sus treinta y cinco años. Hasta cuatro jugadores más han acabado entre los cincuenta primeros, que es una barbaridad, pero ninguno menor de veinticinco años.

Queda el futuro en manos de Jaume Munar, si consigue dar el salto que se intuía hace un par de años, y de Nicola Kuhn, el adolescente de dieciséis años que fue semifinalista junior en Roland Garros y cuartofinalista en el US Open. De este último se hablan maravillas, pero la alta competición es otra cosa y no se puede proyectar sin más desde tan lejos. Falta le hace a España no ya un nuevo Nadal sino un top ten, aunque sea con sus altibajos.

Por cierto, hablando de altibajos, es hora de tocar el tema de Garbiñe Muguruza. Probablemente le encante el tenis… pero la competición la lleva mucho peor. Ha conseguido algo histórico que le acompañará toda su vida y es ese Roland Garros ante Serena Williams, convirtiéndose en la tercera española que gana un torneo de Grand Slam tras Conchita y Arantxa. Con eso, ya ha cumplido para toda una carrera pero quizá debería plantearse si no está para algo más.

No me refiero a más títulos grandes o pequeños, sino a una cuestión de actitud. Esa continua queja en la cara, esa sensación de ahogo en los partidos, esas continuas faltas públicas de respeto a su entrenador… ¿De verdad es necesario? En sus entrevistas, Muguruza presume de ser algo parecido a una bala perdida, completamente imprevisible… como si así fuera realmente feliz. Bien está, pero no lo parece. No hay ni un amago de felicidad en el rostro de Garbiñe o no lo ha habido desde su victoria en París. Eso sí que es un problema y de los gordos, porque la victoria, efectivamente, no es algo que se pueda exigir.

Todo lo contrario sucede con Carla Suárez, instalada desde hace años en la élite, consciente de sus limitaciones, y por eso mismo, satisfecha con cada resultado y luchando cada punto. Sería tan absurdo pedirle a Muguruza que fuera Suárez como a Suárez que fuera Muguruza, pero si va a ser fiel a una forma de ser y de competir, que al menos sea la forma que le permita respirar sin ansiedad entre juego y juego.

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6 Comentarios

  1. Pingback: La épica de Del Potro y la Davis ponen fin a una esperanzadora temporada de tenis – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Depositemos también un poco de esperanza en Pablo Carreño por parte del tenis español.

  3. Buen artículo haciendo balance de la temporada 2016; algunos datos erróneos que quisiera marcar: para Argentina, la de este año, fue su quinta final de copa davis, y no la sexta; y como bien dices, la 4ta en los últimos 10 años…: las 5 fueron las siguientes: 1981, 2006, 2008, 2011 y 2016…por su parte, si bien es cierto que Federer se hizo profesional en 1998, su primera participación en un cuadro principal de Grand Slam fue en Roland garros 1999 (p. Rafter en 1R), año en el que también fue parte del cuadro principal de Wimbledon (p. Jiri Novak en 1R), pero no participó ni en Australia ni en el US Open …a partir de el Abierto de Australia en 2000, Roger si disputó todas las ediciones de los 4 grandes de manera ininterrumpida hasta su renuncia en 2016 a Roland Garros…(record de participaciones consecutivas en torneos de Grand Slam, dicho sea de paso…)

  4. Me encantan estos artículos de tenis de Guillermo. Estupendo resumen del año. Gracias por ello. A ver qué pasa con esa generación de los 90. Son muchos artículos mencionando lo que, por eso mismo, debe ser una importante anomalía histórica.

  5. Del Potro es un tipo con un talento a la altura de Djokovic, Lástima de lesiones.

  6. ¡Gracias!

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