
«Tengo sangre negra en mis venas, mi padre era mulato, mi abuelo un negro y el antepasado de mi padre era un mono», solía soltar con desarmante ironía Alejandro Dumas (padre) cuando se las tenía que ver con alguno de los muchos racistas que pululaban por la Francia del siglo XIX. Pero, aparte de ser negro, el autor de El Conde de Montecristo o Los tres mosqueteros tuvo a sueldo a varios negros que le echaron una mano a la hora de escribir su muy prolífica producción literaria, compuesta en total de setenta y ocho títulos. El más conocido de todos los negros de Dumas era blanco y se llamaba Auguste Maquet.
Lo curioso es que en un principio fue Dumas el que le hizo de negro a Maquet: le reescribió una obra de teatro que vio la luz en 1839 bajo el título Bathilde y que salió firmada solo con el nombre de Auguste Maquet. Era un drama en tres actos y se convirtió en un éxito. Posteriormente Maquet y Dumas escribieron a medias (Maquet se encargó del borrador inicial y Dumas de pulirlo) una novela de espadachines que bautizaron como El caballero de Hamertal y que vio la luz en 1842. Cuentan que a Dumas no le hubiera importado nada firmarla con Maquet y que si no lo hizo fue por presiones de Émile de Girardin, el rey de la prensa y de los folletines por entregas. El caso es que la obra salió con el nombre de Alejandro Dumas como único autor. Maquet, eso sí, se embolsó ocho mil francos por hacer de negro, una suma enorme en aquella época.
Aquello fue el principio de una fructífera colaboración que duró toda la década de los años cuarenta y en la que Maquet y Dumas escribieron juntos decenas de novelas y obras de teatro. Como negro Maquet estaba bastante bien pagado, pero ver cómo Dumas se llevaba él solito los aplausos y la gloria por un trabajo del que también él era responsable le corroía por dentro. Resumiendo: estaba negro de ser el negro. En 1858, frustrado por su falta de reconocimiento público, llevó a Dumas a los tribunales. Fue el primero de varios procesos que entabló contra él exigiéndole los derechos de las obras escritas a cuatro manos.
Al final logró obtener una indemnización de 145 200 francos, una auténtica fortuna, a cambio de renunciar a todos los derechos de las obras escritas con Dumas. Dumas de hecho murió en la ruina, asfixiado por las deudas. Pero su nombre ha pasado a la historia y sus restos descansan en el Panteón de París, el templo reservado a los inmortales. Maquet, por su parte, murió rico. Tan rico que llegó incluso a comprarse el château de Sainte-Mesme, donde falleció en 1888. Está enterrado en el cementerio Père Lachaise de París y sobre su tumba alguien ha grabado los títulos de los libros más conocidos que escribió con Dumas. Pero para la historia de la literatura no es más que una nota a pie de página.
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Un caso ‘famoso’ en España es el de los negros de Ibáñez, el de Mortadelo. Todavía no se conoce el nombre de todos, aunque sí que entre ellos estaba Ramón Casanyes, un muy buen dibujante que en su trabajo en solitario era un clon de Franquin -el autor de Spirou y Gastón LaGaffe-… el mismo Franquin al que Ibáñez copió y más que copió, plagió, sobre todo en su Botones Sacarino. Bueno, Casanyes debió salir bastante rebotado de la experiencia, ya que a mediados de los ochenta, y en un momento en que Bruguera se estaba yendo a pique y supongo que poco podía demandar ya, se encargó de hacer una parodia, creo que para El Jueves, en clave porno-festiva de los famosos detectives de la TIA., tan bien hecha -años de experiencia lo avalaban- que parecía firmada por el propio Ibáñez. Eso en el ámbito del folletín o la literatura de kiosko, que al menos de Cela se sabe que también tuvo sus negros…
Bien, creo que «los negros» se merecen todo lo que les caiga encima. ¿A quién se le ocurre trabajar para que otro se lleve el mérito? Si aún se hiciera uno rico así, pero parece que no es el caso porque el Maquet ese fue una excepción.
Menuda ceguera la tuya. Mira a tu alrededor, anda, trufao.
Vaya, eso sería como trabajar para una compañía por un sueldecillo de mierda para que el presidente se embolse millones. ¿Quién sería tan gilipollas de hacer algo así?
No es lo mismo, lince. Esa compañía se fundó con dinero del empresario o empresarios que corrieron el riesgo de perderlo si la cosa no hubiera tirado para adelante. Los menos importantes aquí serían los trabajadores que se pueden sustituir por otros sin grandes problemas, debido a la poca relevancia de su aportación a dicha empresa. En cambio, en el caso que nos ocupa, resulta que el autor del texto es otra persona distinta a la que firma, lo que constituye un FRAUDE.
Para mí que todo reside en que lo que menos importa en el negocio de la edición y en buena parte de la literatura es la personalidad, y lo que más, el nombre (el del autor y el de sus parientes o amigos importantes, por supuesto, aunque estos últimos no se divulguen), la marca editorial y la publicidad ortodoxa o de cualquier otra clase. Supongo que el patrón se afianza cuando los lectores ya no detectan los rasgos de estilo de cada escritor porque la uniformidad y la chatedad son mayoritarias y no llaman la atención, y si el autor es nuevo y cae en el mismo rango, es uno más en la neblina, y si algo se compra es por listas de best sellers o por recomendaciones snobs o por un impulso ilusionado y esporádico. El resultado es la fuga de lectores. Los negros no tienen la culpa: se ganan la vida con sus habilidades y es probable que no muy holgadamente, escriben mucho mejor que los titulares o jamás lo harían, y se hacen la ilusión de que alguna vez le saldrá un mecenas entre tanto jeta mientras van aborreciendo cada día más lo que tienen que escribir y, por lo tanto, les cuesta más hacerlo bien.
¡Gracias!