Sociedad

Alguien me está escuchando

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La vida de los otros, 2006. Fotografía: Wiedemann, Berg Filmproduktion / Bayerischer Rundfunk / Arte / Creado Film.

Cada vez que descuelgas el teléfono lo notas. Unas veces es un ruido impreciso, como de roedor, como de alguien que lija una madera marcando el ritmo. Otras escuchas el diluvio universal. Y siempre, tu voz repetida en eco metálico, tus propias palabras que resuenan un segundo más tarde y te confunden. Al principio no le das demasiada importancia. Supones que le pasa a todo el mundo. Culpas a la calidad del servicio, a la operadora, a la saturación de la red o a tu teléfono, que se ha quedado obsoleto y no ha vuelto a ser el mismo desde aquella vez que te sentaste encima. Qué se le va a hacer. Un día lo cuentas a los que trabajan contigo y resulta que ellos también lo sufren. Las llamadas se cortan con frecuencia, las voces suenan amortiguadas, se oyen chasquidos y acoples. De pronto caemos en la cuenta: todo esto nos sucede desde el día en que empezamos a trabajar en la serie y entre nosotros hablamos a diario de yihad, de bombas, de venganzas y asesinatos. Desde ese día alguien nos está escuchando.

Es el momento de decir que soy guionista, que me gano la vida escribiendo guiones de cine y de televisión. A menudo busco documentación en la red, sobre cualquier cosa que necesite recrear. En esta serie, en la que ahora escribo, hay un atentado. Una célula. Alguien que se convierte al islam. La amenaza de una masacre. Diversas combinaciones de estas palabras figuran en mis favoritos de Google. Y lo mismo en mis correos y mis conversaciones telefónicas, en las que debato con mis colegas las tramas de los capítulos, la conveniencia de matar a un personaje antes o después o los detalles de un plan suicida. Vida de guionista. Supongo que en algún momento saltó la alarma, no sé cómo funciona eso, pero en algún lugar que no sé por qué imagino en penumbra, un trastero o un sótano en el que hay que entrar agachado, un funcionario se vio obligado a tomar la decisión de pinchar mi teléfono y el de mis colegas. Y, a partir de entonces, tomar buena nota de todo lo que decimos. Por si acaso.

Lo quieras o no, pronto te acostumbras a hablar acompañado de esos ruidos y ese eco. Y digo acompañado porque cada vez que descuelgas eres consciente de que hay alguien al otro lado, ahí, en alguna parte, haciendo su trabajo. Un día en el que las interferencias te impiden la conversación y ya no puedes más, vas y se lo dices, por favor, haga usted lo que tenga que hacer, pero déjenos hablar, que así no hay manera. O se lo explicas a alguien que te llama y se sorprende del runrún de fondo: perdona el ruido, pero me parece que tengo a un señor escuchando. A fuerza de hablar de él, de darlo por habitual, acabas por saludarle, por educación, por no hacerle de menos. Tomas ese saludo por costumbre, de manera que cuando respondes a una llamada lo primero es mencionar al que escucha. «Hola, Manolo», le dices, porque algún nombre hay que ponerle. Y al llamarlo Manolo te lo imaginas entero, sentado a una mesa, con sus auriculares puestos y la libreta a punto. Que seguro que se levanta de mal café cuando me da por hablar a deshora, o cuando mis conversaciones le pillan a mitad de bocata, que también se quejará de los ruidos porque no son culpa suya sino del material que le han dado, un casete que se atasca a cada poco, un magnetofón en los que la cinta se lía haciendo ochos y no hay más remedio que rebobinarla a mano, un lapicero al que saca punta con la navaja. El pobre se pasa el día sentado en un taburete, pelado de frío, con bufanda y mitones, rellenando una quiniela mientras me escucha. En resumen: como en aquella película, La vida de los otros, pero con el filtro Gila.

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3 comentarios

  1. Desde hace 10 o más años, ya no usamos magnetofón. No estamos todo el rato escuchando. Lo ponemos en automático y el “sistema” nos hace un resumen de tu día. A veces, incluso recogemos los datos de Google, Facebook y el Tenedor para completar tu perfil y tus gustos.

  2. O llega un dia en que un error del sitema te conecta con él y le oyes, le preguntas y te contesta… «usted ya sabe quienes somos», inmediatamente te cuelga. (juro que esto es real)

  3. No hace falta que te molestes, el trabajo es un coñazo, pero lo pagan bien.
    Firmado, «Manolo»

    PD: ¿de dónde sacas que aún utilizamos cinta magnetofónica? Ponte al día, chico.

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