La luz negra: tradiciones secretas en el arte

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La luz negra: tradiciones secretas en el arte desde los años cincuenta. Imagen: Twopoints. (Hágalo usted mismo)

Jot Down para CCCB.

Breve introducción al arte de los mundos secretos

En 1962, Brion Gysin (1916-1986), poeta, novelista y aquella persona de la que William S. Burroughs dijo «es el único hombre que respeto», ideó la Dreamachine, un artefacto que existe al mismo tiempo como obra de arte y como medio para transportar al espectador a un trance de naturaleza mística. La máquina estaba compuesta por un cilindro que proyectaba, girando sobre sí mismo y a través de las formas recortadas sobre su superficie, una secuencia de luces parpadeantes de frecuencia idéntica a las ondas alfa, las oscilaciones electromagnéticas que produce el cerebro humano en estados de relax. Aquella pieza, adelantada a las instalaciones multimedia, invitaba al espectador a sentarse ante ella con los ojos cerrados para dejarse invadir por los parpadeos y experimentar alucinaciones hipnagógicas similares a las que sirven de transbordo entre el mundo de la vigilia y el sueño.

Dreamachine. Imagen: CC.

Durante una tarde cualquiera de los noventa, Terry Manning se tropezó mientras zapeaba con un telepredicador sosteniendo algo que le resultaba muy familiar, el álbum Led Zeppelin III en su edición en vinilo, un disco con renombre en la historia de la música. Aquel evangelista catódico ofrecía una perorata rabiosa a sus telespectadores denunciando los perversos lazos que unían al rock and roll con el diablo, y enarbolando aquel vinilo como ejemplo incuestionable del tema. La cámara se posaba con dedicación sobre la superficie del disco al tiempo que el soberbio telepredicador señalaba con su dedo un pequeño texto grabado sobre ella. Se trataba de la frase «Do what thou wilt» («Haz lo que desees»), una máxima que, tal y como apuntaba el orador, había nacido de la boca de una de las criaturas más diabólicas de la historia, el hechicero satánico Aleister Crowley. A Manning se le escapó la risa ante el dramático espectáculo que estaba teniendo lugar en su televisor, porque él mismo se había encargado de tallar aquellas letras con las que el predicador aterraba a la audiencia.

Veinte años antes, durante una tarde de julio de los setenta, Manning había grabado con delicadeza y pulso firme la frase de Crowley sobre un hueco libre en el máster en vinilo de Led Zeppelin III, procurando no rayar el resto de pistas ya horadadas. Jimmy Page estaba presente y contemplaba todo el proceso con una mezcla de nerviosismo y fascinación porque la idea había sido suya. Había convencido a Manning, junto a quien elaboró la mezcla final del álbum, para registrar la palabra de Crowley en un recoveco del disco. Page era un seguidor y estudioso de la obra de la superestrella ocultista, coleccionaba sus manuscritos y obras de arte e incluso llegó a comprar una residencia que perteneció al mago. Una mansión a orillas del lago Ness, un lugar que históricamente ha servido como imán para mitos y leyendas, cuyas paredes acogían, según las habladurías, a un puñado de espíritus invocados por Crowley durante sus ritos oscuros. El cuarto álbum de Led Zeppelin, un disco que no reflejaba el nombre de la banda en su famosa cubierta, llegó relleno con símbolos extraños de aspecto esotérico representando a los miembros del grupo. Tiempo después, Manning aseguró públicamente que no tenía constancia real de que Page hubiese intentado lanzar un hechizo en algún momento.

Aleister Crowley. Imagen: CC

En octubre de 2009, se publicó por primera vez el Libro rojo del psicólogo suizo Carl Gustav Jung. Un manuscrito de doscientas páginas de caligrafía impecable e ilustraciones espectaculares que hablaba de lo onírico, la personalidad humana, Nietzsche o la relación entre la magia y la razón. A pesar de que Jung contaba con todo un ejército de seguidores, aquel tomo (bautizado inicialmente como Liber novus) había permanecido encerrado hasta entonces en la caja fuerte de un banco suizo y tan solo una veintena de personas habían podido echarles un ojo a sus páginas.

Extracto del Liber Novus. Carl Jung.

En 2018, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) inauguró la exposición La luz negra: tradiciones secretas en el arte desde los años cincuenta, una instalación comisariada por Enrique Juncosa que, a través de trescientas cincuenta obras de diversos autores, repasa parte de la influencia que ejercieron los hábitos ocultos en el mundo del arte.

La luz negra

Puede resultar curioso que un centro como el CCCB, amigo de abrazar la cultura racional, decida repasar la influencia que han ejercido las prácticas no racionalistas sobre ciertas disciplinas. Pero asomarse a los destellos de La luz negra basta para entender que la propuesta no solo tiene toda la lógica del mundo, sino que además resulta tremendamente atractiva por su planteamiento: estudiar las raíces y ramificaciones del arte de aquellos creadores que decidieron pasar de puntillas ante el pensamiento científico para retozar en mundos secretos. Porque las musas son seres caprichosos que en ocasiones prefieren bailar los ritmos más esotéricos y los artistas son criaturas curiosas que entienden sus creaciones como pórticos de entrada hacia realidades que habitualmente son invisibles. Y sobre todo porque, bastante a menudo, lo desconocido y misterioso es mucho más interesante que aquello que podemos explicar.

La exposición, que dura hasta el 21 de octubre y llega acompañada de un catálogo muy agraciado, se ha bautizado a partir del concepto «luz negra» del sufismo, una vertiente mística del islam que interpreta la realidad como luz en diferentes grados de intensidad. Un camino de conexión con lo divino apoyado en visiones interiores de diferentes colores que desembocan en un estadio de supraconciencia conocido simbólicamente como dicha luz negra. Entre los artistas que componen la muestra desfilan personas capaces de construir máquinas con las que navegar a través de los sueños, aficionados a sumergirse en los alucinógenos, alienígenas que comandan bandas de jazz, perpetradores de rituales mágicos, cabecillas de organizaciones secretas o gente capaz de modificar su cuerpo quirúrgicamente para alcanzar la inmortalidad. Este texto es un pequeño repaso a la vida, obra y milagros de algunos de los autores más llamativos de la exhibición que acoge el CCCB bajo luces enigmáticas, un conjunto de pinceladas que esbozan las siluetas de autores con más aristas de las que pueden enumerar un puñado de párrafos. Por eso mismo, es tarea del lector visitar la exposición, enfrentarse en persona a los ángeles de Cameron, contemplar las estatuas invisibles de Gino de Dominicis, entrar en las habitaciones de Tania Mouraud y masticar las construcciones psicodélicas de Philip Taaffe para decidir si todos estos seres son magos eminentes, crédulos bienintencionados, eruditos supraconscientes, cantamañanas con suerte o verdaderos iluminados por la luz negra.

Pioneros de lo oculto

Un extracto de la película Heaven and Earth Magic de Harry Smith (1923-1991) ejerce de prólogo a La luz negra. Smith, un sorprendente artista visual de Portland que se convirtió en icono de la generación beat neoyorquina, comenzó a pintar inspirado por Kandinski y acabó encarrilando su obra hacia el misticismo y lo esotérico, anticipándose a los hippies en todo aquello de usar las drogas psicodélicas como tobogán hacia otras piscinas de la realidad y siendo muy conocido en la Ordo Templi Orientis (O.T.O.), una organización secreta inglesa. Sus films despliegan situaciones insólitas creadas a base de collages animados, como si se tratase de una versión enigmática y adelantada a su tiempo de Terry Gilliam. Jordan Belson (1926-2011), un artista abstracto que comparte espacio con Smith en el CCCB (en vida compartió además estudio y amistad con el bohemio de Oregón), también permitió que la espiritualidad agarrase el timón de su obra. Afirmaba poseer una mirada mística capaz de distinguir estructuras ocultas, y concibió junto al pionero de la música electrónica Henry Jacobs unos espectáculos de luz y sonido que en aquella época, finales de los años cincuenta, parecían auténtica ciencia ficción, shows donde decenas de proyectores perfilaban mundos ilusorios en las entrañas de los planetarios. La luz negra se encarga de reflejar el talento pictórico de Belson a partir de una selección de sus cuadros donde se dibujan lluvias de cometas (Rain Comets, red/bue), oleajes de pinturas al pastel (Pastel Waves), dianas misteriosas (Target) o mandalas luminosos (Fluorescent Mandala), piezas que el propio autor definía como «gloriosas, si no esperas de ellas una explicación».

Harry Smith. Sin título (1951). Tinta, acuarela y tempera sobre papel. Imagen: Colección Raymond Foye, New York.

Mark Rothko (1903-1970), Agnes Martin (1912-2004), Ad Reinhardt (1913-1967) y Barnett Newman (1905-1970), pilares fundamentales del expresionismo abstracto, también forman parte de la selección de La luz negra. Sus cuadros convierten el color y la luz, o la aparente ausencia de ambos en el caso de las creaciones negras y monocromas de Reinhardt, en su razón de ser. Una luz interior que se alcanza a base de superponer capas de color como en el sufismo (Rothko), a través de la meditación interior (Martin) o apuntando hacia las ideas metafísicas (Newman).

Agnes Martin. Sin título, n.º 7 (1997). Acrílico y grafiti sobre tela. Imagen: Colección la Caixa. Art Contemporani © Vegap

René Daumal (1916-1944) fue un escritor y poeta, afiliado a la patafísica y autor de la fascinante novela El monte análogo, una obra inacabada y publicada después de su muerte donde un grupo de alpinistas escala una montaña de accesos invisibles y rutas que solo existen al ser contempladas desde un ángulo concreto, el libro en el que Alejandro Jodorowsky (1929) se basaría para  erigir su película La montaña sagrada. Daumal fue un gran aficionado a alimentar la creatividad consumiendo peligrosas sustancias alucinógenas, algo que hacía de manera habitual junto a un grupo de amigos entre los que militaba el poeta Roger Gilbert-Lecomte, el artista que tuvo la mala fortuna de predecir su muerte en su obra al bautizar algunos de sus versos como Tétanos mystique. El belga Henri Michaux (1899-1984) también utilizaría la droga como un catalizador de inspiraciones al acostumbrarse a elaborar sus cuadros puesto hasta arriba de mescalina. Entre tanto, en Barcelona, un lector de Carl Jung llamado Antoni Tàpies (1923-2012) y Joan Ponç (1927-1984) fundaban el magacín Dau al Set, una de las grandes revistas de vanguardia del siglo XX, y comenzaban a surfear entre mundos oníricos.

Antoni Tàpies. Cubiertas de libro (1987). Pintura sobre cubiertas antiguas de libro. Imagen: Colección particular, Barcelona © Herederos de Antoni Tàpies / Vegap, Madrid.

Aquellos maravillosos sesenta

En Nueva York, el cineasta underground Kenneth Anger (1927) salpicaba sus producciones con elementos tan coloridos y provocadores como el satanismo, la homosexualidad (en una época en la que nadie hablaba de otras aceras en público), la imaginería nazi, las estampas cristianas, el ocultismo, el sadomasoquismo y los rituales de la religión neopagana que fundó Aleister Crowley. La luz negra lo revela como uno de los cineastas más innovadores de la historia del cine, alguien que durante la década de los sesenta convirtió su propia vida en un guateque fabuloso: se tatuó «Lucifer» en el pecho, se instaló en una vivienda victoriana del siglo XIX y se hizo amigo de lo mejor de cada casa, desde rockeros como Mick Jagger o Keith Richards hasta ilustres como el fundador de la Iglesia de Satán (Anton LaVey), pasando por personalidades como la modelo  Anita Pallenberg, Bobby Beausoleil (el hombre que asesinó a Gary Hinman por orden de Charles Manson), la actriz Marjorie Cameron o Jimmy Page. A la mansión escocesa de este último el director acudió personalmente para echar una mano a la hora de barrer: Page solicitó su ayuda cuando se vio obligado a elaborar un exorcismo con el que expulsar de su domicilio al fantasma de un hombre sin cabeza que le amargaba las tardes.

Lucifer rising. Kenneth Anger.

Marjorie Cameron (1922-1995), amiga de Anger y actriz en sus películas (Inauguration of the Pleasure Dome), también se convirtió en una notable moradora de los mundos esotéricos tras la muerte de su marido Jack Parsons, un experto en explosivos e incondicional del ocultismo cuyas actividades mágicas llegaron a ser objeto de investigaciones del FBI. Parsons falleció en un extraño accidente en su laboratorio y Cameron optó por zambullirse de cabeza en todos los universos ocultos: intentó comunicarse con su fallecido esposo a través del espiritismo y diversas ofrendas de sangre, se convirtió en hooligan de la religión Thelema y de la Ordo Templi Orientis, participó en rituales sexuales con el objeto de concebir a un vástago lunar en honor a Horus, experimentó con todo tipo de drogas alucinógenas y comenzó a creer firmemente que una nave espacial la rescataría para llevarla hasta Marte durante un inminente apocalipsis donde tendría bastante protagonismo un cometa bien gordo. Sus pinturas más llamativas se posan sobre las paredes del CCCB retratando ángeles y demonios mientras en vida sus propios demonios la arrastraron dando tumbos. Algunos ilustres miembros de la religión thelemita llegaron a etiquetarla como una completa desequilibrada.

Marjorie Cameron, West Angel, Grafito, tinta y pintura de oro sobre papel. Imagen: Nicole Klagsbrun and Cameron Parsons Foundation.

Rudolf Steiner (1861-1925) fundó y cinceló la antroposofía, un sistema de conocimiento esparcido a lo largo de varios trabajos que abarcan ensayos filosóficos y espirituales, obras de arquitectura que regateaban las convenciones tradicionales (el Goetheanum y su rediseño), pinturas diversas, escultura en madera, calendarios compuestos por versos, obras de teatro y un legado pedagógico del que se han derivado disciplinas como la pedagogía Waldorf, la medicina antroposófica y la euritmia (el arte de moverse de modo armonioso). Un orador notable, de quien se decía que improvisaba sobre la marcha con gracia envidiable, que en La luz negra se presenta a través de las pizarras, repletas de garabatos incomprensibles pero fascinantes, que utilizaba durante sus conferencias. El trabajo y la filosofía antroposófica de Steiner sirvieron de cimientos para otro de los grandes artistas del siglo XX cuya obra se ha acercado a Barcelona: Joseph Beuys (1921-1986).

Rudolf Steiner. Sin título (Dibujo en pizarra de una lectura de Rudolf Steiner el 20.03.1920). Tiza sobre papel. Imagen: Rudolf Steiner Archiv, Dornach.

«The wickedest man in the world»

Aleister Crowley (1875-1947) es una de las figuras más influyentes en el campo de las tradiciones secretas. Un británico que lo tenía todo para convertirse en una estrella: místico, poeta, hechicero, aficionado al masoquismo, ocultista, sodomita, mago ceremonial, alquimista, heroinómano, ducho en el ajedrez, alpinista y escritor. Formó parte de la Orden Hermética de la Aurora Dorada, inventó la palabra magick para diferenciar su magia de la de aquellos prestidigitadores de feria y durante su luna de miel en El Cairo recibió la visita de un ente sobrenatural, un santo ángel de la guarda al que bautizó como Aiwass, que le dictaría los textos que formarían El libro de la ley. Un manuscrito que se convertiría años más tarde en la peana sobre la que construyó Thelema, una religión de fabricación propia. Crowley se lo montó tan bien a la hora de escandalizar, interpretando un papel de satánico estereotipado, como para lograr que la prensa lo etiquetase como «el hombre más malvado del mundo», entabló amistad con Fernando Pessoa, fundó la sociedad esotérica Astrum Argentum, militó en la Ordo Templi Orientis, viajó por el mundo, se dedicó a experimentar con hobbies tan sanos como la coprofagia, ejerció como empresario teatral de un septeto de violinistas chaladas e incluso llegó a integrar elementos mágicos en la práctica del sexo anal para disfrute de los miembros más veteranos de la O.T.O.

Gracias a tan envidiable currículo su silueta llegó a ser una de las más famosas de la historia, hasta el punto de convertirse en un recurso pop: no solo fue cincelado sobre el tercer disco de Led Zeppelin, sino que su cara también se asomó por la portada del Sgt. Pepper’s Loney Hearts Club Band de The Beatles, sus andanzas sirvieron de inspiración para que William Somerset Maugham escribiese la novela El mago y su leyenda propició que Ozzy Osbourne crease un tema, «Mr. Crowley», en su honor. La muestra La luz negra se atreve a escarbar en su obra pictórica, retratos y paisajes que tienen más interés por la naturaleza de su autor que por lo grácil de sus pinceles. Una de las facetas menos conocidas del que para algunos es un tremendo farsante y para otros un fabuloso iluminado.

Aleister Crowley, Snow-Peak beyond Foothills, Libra I8 ( 1934). Bolígrafo y acuarela. Imagen: Ordo Templi Orientis

Mutaciones

El estadounidense Herman Sonny Blount (1914-1993) se convirtió en Sun Ra en honor al dios del sol egipcio, fundó un colectivo musical (la Arkestra), estableció una sociedad secreta (Thmei) e inició una carrera en el mundo del jazz absurdamente prolífica: llegó a parir más de un centenar de álbumes distintos y componer más de mil canciones en total. Se le considera un pionero en el uso de sintetizadores, el afrofuturismo y la improvisación jazzística, aunque el trabajo de su Arkestra, que ha continuado en activo tras la muerte de su frontman, suele ser observado de reojo y con ciertas sospechas por el hecho de ser la única agrupación de jazz del mundo que parece más preocupada por la filosofía cabalística y la ciencia ficción que por la música propiamente dicha. Nada raro teniendo en cuenta que Sun Ra se pasó toda su vida asegurando sin sonrojarse que era un habitante de Saturno que había sido enviado a este planeta con la misión de predicar la paz.

El artista Alberto Porta (1946) también experimentó una metamorfosis curiosa al convertirse en Zush tras una jornada alucinógena junto a personajes insólitos: «Zush» fue el nombre por el que le llamó a gritos un esquizofrénico en el hospital donde la policía lo había trasladado tras detenerle drogado. Habitante de las calles de Ibiza, Nueva York y Barcelona, fundador de un estado propio y autor de obras pictóricas que alardean de ser ventanas hacia alucinaciones, Zush volvió a mutar como entidad en 2001, convirtiéndose en Evru.

Forrest Bess Homage to Ryder, 1951 Oleo sobre tela. Imagen: Collection Museum of Contemporary Art Chicago Gift of Mary and Earle Ludgin Collection 1981.22

A Forrest Bess (1911-1977) le tocó defender a su país empuñando pinceles durante la Segunda Guerra Mundial: al alistarse en las filas del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos le fue encomendada la labor de diseñar los patrones de camuflaje para las tropas. Pero el conflicto bélico minó su salud mental y tras varias crisis psicológicas se vio forzado a abandonar el servicio. Bess trató de llevar lo que suele considerarse una vida normal en la sociedad, pero acabó aceptando que le resultaba imposible vivir cerca de otros seres humanos y recurrió al aislamiento. Se convirtió en pescador, refugiándose en un pedazo de tierra en el sureste de Texas al que solo era posible acceder en bote. Dedicó su jornada laboral a lanzar anzuelos y su tiempo libre a convertir en cuadros los sueños y las visiones que le rondaban, piezas que llamaron lo suficiente la atención como para lucirse en exposiciones de Nueva York, San Antonio o Houston. Pero todos aquellos lienzos formaban parte de un proyecto mucho más amplio, un manifiesto confeccionado en su cabeza a partir de la filosofía de Carl Gustav Jung, la alquimia y ciertos rituales poco sanos de los aborígenes australianos. Bess estaba convencido de que el camino hacia la inmortalidad tenía una parada obligada en el hermafroditismo, una teoría que, a su pesar, no fue confirmada por ninguno de los numerosos sexólogos con los que estableció contacto. Dichas consultas no amilanaron a un Bess que, partiendo de la discutible idea de que el cuerpo humano necesita orificios adicionales para acomodar penes ajenos, optó por hacerse a sí mismo de la manera más literal posible: fabricándose personalmente un nuevo agujero en sus genitales con la esperanza de convertirse en hermafrodita. No funcionó.

Genesis P-Orridge, Burns Forever Thee Light, 1986. Cabello, maíz indio, cera, saliva, semen, sangre, Pintura acrílica, Cinta fluorescente, páginas de Man Myth & Magic, Polaroids, c-prints, pintura de bolígrafo. Imagen: Cortesía del artista e INVISIBLE-EXPORTS

Genesis P-Orridge es el nombre de guerra de un inglés inquieto que ha ejercido como músico, letrista, poeta y perpetrador de curiosas performances. Fundador del colectivo artístico COUM Transmissions, miembro de las bandas Throbbing Gristle y Psychic TV, y creador del grupo ocultista Thee Temple Ov Psychick Youth, P-Orridge tan pronto publicaba falsos recopilatorios de acid house como elaboraba cuadros a base de pinturas y fluidos corporales. Pero, sobre todo, es el culpable de llevar a cabo junto a su segunda esposa, Lady Jaye (nombre artístico de Jacqueline Mary Breyer), uno de los proyectos más delirantes e inusuales de la historia del arte: The Pandrogeny Project. Una iniciativa en la que ambos amantes se sometieron a todo tipo de operaciones de estética, tratamientos de hormonas y modificaciones corporales con el único fin de parecerse lo máximo posible el uno al otro, obteniendo como resultado una nueva entidad llamada Breyer P-Orridge que vendría a ser un remix de ambos. Lady Jaye falleció en 2007, pero ese detalle no logró frenar ni la carrera artística ni el proyecto que nació de la unión de ambos artistas. Porque desde entonces Genesis P-Orridge se encarga de representar a Breyer P-Orridge en el mundo real mientras la finada Lady Jaye lo hace en el mundo inmaterial, llevando a cabo una oficial, pero no demasiado común, «colaboración interdimensional».

Philip Taaffe. Rose Triangle (2008). Técnica mixta sobre tela. Imagen: Collection Raymond Foye, New York

«La luz negra» repasa la influencia que las distintas tradiciones secretas han ejercido en el arte contemporáneo desde los años cincuenta hasta la actualidad. Una exposición producida por el CCCB, donde se podrá ver hasta el 21 de octubre, que presenta unas trescientas cincuenta obras de artistas tan dispares como Carlos Amorales, Kenneth Anger, Antony Balch, Jordan Belson, Wallace Berman, Francesco Clemente, Bruce Conner, Aleister Crowley, René Daumal, Gino de Dominicis, Louise Despont, Nicolás Echevarría, Robert Frank, João Maria Gusmão + Pedro Paiva, Brion Gysin, Jonathan Hammer, Frieda Harris, Derek Jarman, Jess, Alejandro Jodorowsky, Joan Jonas, Matías Krahn, Wolfgang Laib, LeonKa, Goshka Macuga, Agnes Martin, Chris Martin, Henri Michaux, Grant Morrison, Tania Mouraud , Barnett Newman, Harry Smith, Rudolf Steiner, Philip Taaffe, Antoni Tàpies, Fred Tomaselli, Suzanne Treister, Vaccaro – Brookner, Ulla von Brandenburg o Terry Winters.

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