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Odio eterno al fútbol modesto

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Fotografía: Matthias Ripp (CC).

Lo habrán visto. En sus redes sociales, en infinitos blogs, incluso en algunos artículos aparentemente sesudos. Esa inquina, ese desprecio al fútbol actual de gran nivel. El reivindicar las viejas pintas, los viejos modos, las viejas costumbres. Reconozcámoslo ya: el balompié de hoy, como cualquier gran mercado publicitario, da un poco entre asco y pena, con todos esos tipos que parecen sacados del mismo molde (concretamente de uno que hubiese creado el inventor de Gran Hermano), con sus respuestas insulsas de corrección política unineuronal y su desprecio por todo lo que no sea el dinero y derivados directos, como los coches, los aviones, o los coches más grandes. Es fácil añorar así a bocazas borrachines estilo George Best, a tipos que parecían recién salidos de la taberna como Juan José o, directamente, a feos grandiosos como Spasic.

Sí, la tentación es grande.

El problema viene cuando esos mismos (se los pueden imaginar, con sus barbas, sus gafas de pasta, sus camisas abotonadas hasta la mismísima nuez) pontifican sobre el verdadero fútbol. Solo sobrevive en las categorías modestas, concluyen, entre campos de tierra y partidos jugados sin luz artificial. Y se quedan tan anchos, picoteando un poco de la ensalada de quinoa.

La contradicción, si lo quieren ver desde otro punto de vista, es que quienes admiran la idiosincrasia del fútbol humilde son los que no han visto más de diez partidos por debajo de Segunda en toda su vida. Vamos, que hablan de oídas. Lo que aprecian es la imagen primitiva, bárbara, algo tribal. El fútbol como religión, como manifestación casi orgánica del orgullo de cada barrio, pueblo o ciudad. Y beben otro sorbo de su bebida macrobiótica.

No les hagan caso. Son quintacolumnistas de los espectáculos de masas, de la Champions League, de las Eurocopas y los Mundiales. Es el suyo un amor impostado. Las patadas, la virilidad, las rodillas maltrechas. Adoran lo humilde porque les recuerda al pasado, y aman el pasado solamente porque allí fueron más jóvenes. Pero sus mullidos glúteos jamás se van a posar sobre el incómodo cemento de un campo de Tercera División. No, eso sí que no.

Y, ¿saben qué? Tienen suerte. Porque el fútbol modesto es un auténtico pestiño.

Pasen, pasen, que se lo cuento desde mi muy humilde experiencia.

El fútbol que no es fútbol

Hablemos claro: el fútbol modesto no es fútbol. O, al menos, no es el mismo deporte que ustedes ven por tele repantingados en el sofá. Discutir sobre si lo real es la tortura que soporto yo cada domingo o lo que degustan los connaiseurs los miércoles a las 20:45 es materia para otro artículo. Pero vamos, que no tienen nada que ver.

Me explico. En Primera División el objetivo es avanzar con el balón controlado, pasársela a uno que lleve tu misma camiseta, generar alguna ventaja gracias al regate o la velocidad y posteriormente anotar un gol. Más o menos, ¿no? Bueno, pues en Tercera División (vamos a empezar a hablar de la experiencia personal) eso no es así. No hay pases, sino fallos. No hay regates, sino fallos. No hay goles, sino…bueno, a veces hay goles, pero pareciera que llegan casi por equivocación. Por, sí, fallos. En serio, es horroroso.

Tampoco es de extrañar cuando ves a los futbolistas, ¿eh? Una mezcla curiosa de jovencitos rápidos y técnicos con auténticos viejetes lentos y leñeros. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que, oye, o los primeros se adaptan al tono general del partido o acaban con una pierna mirando a Cuenca. De forma totalmente deliberada, por supuesto, nada de entradas de esas fortuitas con mil repeticiones y un vídeo colgado horas después en Instagram explicando que, joder, yo no quería, me ha dolido más a mí que a ti, aunque tú tengas la rodilla hecha un cisco. No, no, aquí las cosas se ven venir, los hachazos se huelen en el ambiente. Y, como hay poco público y estamos muy cerquita de los jugadores, no es tan difícil coger al vuelo algunas de las frases que se dedican. Que si jódete y te quedas sin verano, que si la próxima va al tobillo, que si piénsatelo por si no juegas en unos meses. Ya ven. Criaturitas.

Todo ello provoca la aparición (casi natural) de ciertos especialistas cuyo hábitat preferido son los huesos rotos y que se caracterizan por dejar en la retina del (sufrido) espectador más patadas que controles brillantes. Si es que alguna vez hubo alguno, vaya. De aquellos, carniceros sin compasión, he visto bastantes. Recuerdo especialmente uno que era conocido por su contundencia, sus codos de hierro y su mala hostia. Central, por más señas. Durante un partido hubo un balón dividido en ataque, y al defensa del equipo contrario se le ocurrió dejar un par de recaditos al extremo. El protagonista de la anécdota, aguerrido y todo pundonor, comenzó un potente sprint de ochenta metros. El estadio enmudeció, expectante, sabedor de lo que iba a ocurrir. Quince segundos más tarde alguien se retorcía en el suelo y nuestro héroe se encaminaba al vestuario con toda tranquilidad, sin esperar siquiera a ver la tarjeta roja. El trabajo estaba hecho.

Y así todo.

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Fotografía: Andy Dean (CC).

Bien, vamos a quitarnos unas cuantas caretas. Igual ustedes no lo saben, pero yo soy de Torrelavega, que está en Cantabria, y es ciudad desde 1895, y tiene un poquito de alma de pueblo, y un montón de bares, y fábricas, y vacas en las afueras. Captan el ambiente, seguro. El equipo de Torrelavega es la Gimnástica, que se fundó antes que ningún otro en La Montaña, y tiene a sus espaldas una larga experiencia de sufrimientos, problemas económicos, alegrías efímeras y otras cosas sobre las que no me voy a extender. Así que, confieso, mis vivencias tienen coordenadas geográficas y temporales. Para qué negarlo.

Aclarado esto, volvamos a los jugadores. Algunos no parecen ni deportistas. Tipos gordos, auténticos toneles que hacen del toque estático su razón de ser, porque no pueden dar diez pasos sin doblarse sobre sí mismos. Recuerdo un partido contra el equipo de un pueblo cercano (lo bueno de la Tercera División es que todos los partidos son contra el equipo de un pueblo cercano, lo que ayuda mucho a la memoria). Era un domingo por la mañana. 7 de enero, por más señas. El mediocentro del contrario sobrepasaba ampliamente los cien kilos de lorza y molla, y trotaba alegremente, cual marrano en cochiquera, por un campo embarrado intentando no congestionarse. Hacía frío, mucho frío, y en la segunda parte hasta se puso a nevar. Yo veía aquel infierno junto a mi amigo Tuten, que es buen chaval pero tiene estas taras, como todos tenemos algunas. En un momento dado, castañeteando los dientes, nos miramos a los ojos con cara de auténticos gilipollas. Pero qué coño hacemos aquí. Cuéntamelo. Dame razones.

No nos fuimos, claro.

Eso es el fútbol modesto.   

En defensa del cero a cero

Seguramente aquel partido acabó empate a cero. Por pura estadística, ¿eh?, porque así es como terminaban la mayoría de los encuentros. Sin goles. Algunos, no pocos, sin ocasiones. No, eso no es el fútbol modesto. El fútbol modesto es garra, es lucha, es brega, son brechas en la cabeza y hombres sangrando debajo de vendajes mal puestos. O directamente sin vendajes, que empezamos cubriéndonos las heridas y acabamos depilándonos las cejas. Y por ahí no paso. La defensa, la defensa. El miembro más importante de cada equipo es el central. O, en su defecto, el gordo, que tiene jerarquía. Jerarquía es como se llama a los años y los kilos sobrantes en las categorías no profesionales. También necesitas un poco de mala hostia. Pero sobre todo jerarquía.

Así que ahí andamos. Viendo patadones, controles defectuosos y pases errados en el centro del campo. Al menos estamos cómodos, ¿verdad?

Pues no. Eso tampoco funciona en nuestro particular balompié.

Empezamos con los horarios. Como aquí no hay que satisfacer las demandas de chinos y qataríes cada club tiene sus ritmos tradicionales. Normalmente pensados para no coincidir con otros eventos de la zona, como un partido de superior categoría o un concurso de beber gintonics. Hay de todo. El problema es que resulta muy habitual ver encuentros los domingos a las doce de la mañana. Que ya me dirán ustedes cómo cojones se puede ir al fútbol un domingo a las doce de la mañana. Que es una hora inexistente, coño, llena además de decisiones trascendentales. La fundamental llega a las cinco de la madrugada del sábado. ¿Me voy a casa a dormir un poco hecho mierda o tiro por la heroica, me lío hasta que amanezca, cafetito, pincho de tortilla, cuatro blancos y al campo? No es baladí. Escoger inadecuadamente supone arrastrar ese error durante horas o incluso días, dependiendo de la edad del interfecto. El otro horario más utilizado, justo después de comer, tampoco resulta demasiado atractivo, porque corta por completo el característico estado catatónico dominical, hasta producir en el espectador un enorme deseo de estar muerto. Tengo un amigo que, a juzgar por su rostro, sufre los peores suplicios del inframundo cada dos semanas en el Malecón.

Lo que me hace llegar al siguiente punto. El de los campos. Porque quizá ustedes piensen que estoy exagerando (y, bueno, lo hago un poco) y que no es para tanto. Que todos se tragan sus buenas chufas domingueras viendo a veintidós tíos en calzoncillos por la tele. Pero la clave es esa. La televisión. La posibilidad de dormitar en pijama mientras asisten al nefando espectáculo y luchan por continuar vivos. Si son un poco guarros incluso meterán una mano por dentro del pantalón, como un Al Bundy cualquiera. No miren para otro lado, sabemos que lo hacen. Sobre todo en invierno.

Pero esto es distinto. Aquí el juego se ve en directo. O, en otras palabras, tienes que desplazarte hasta allí. Adiós al pijama. Adiós al tenue dormitar de media tarde. Todo eso se perderá como lágrimas en la lluvia.

Lluvia, sí. Aquí, en el norte, llueve. Llueve mucho. Muchísimo, no sé si me explico. Y los campos no están demasiado preparados para estas inclemencias. ¿Gradas cubiertas? Una, como mucho, y pequeñita. Cuando hace muy, muy malo, allí nos apretujamos todos, hombro con hombro. Se lo pueden imaginar, todo bastante romántico. Hasta hace unos años la Gimnástica jugaba en el Malecón. Sí, como el de La Habana, solo que este, aunque también es un muro, sirve para controlar las crecidas del río Besaya y no los embates del estrecho de la Florida. Lo construyó Pablo Piqué en el siglo XIX, y tiene menos glamur, pero se le acaba cogiendo cariño.

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Fotografía: Vanbasten 23 (CC).

A ese Malecón, el estadio, se le llamaba «el viejo Malecón», porque tenía años, achaques e incomodidades. Un campo clásico, al estilo inglés, nos contaban. Nos dejábamos engañar, porque somos así, disfrutamos las cosas que ilusionan. Sentados sobre un cachito de historia, nada menos. Bueno, sentados a veces. A quienes no tenían un trozo de plástico en la grada principal les quedaban dos opciones. La primera era ver el partido bajo techo, pero de pie, lo que acababa cansando (recuerden, es domingo). La segunda era posar nuestras gélidas nalguitas sobre un bordillo de cemento y tierra, rezando para que no lloviese. El río a la espalda, apenas a unas docenas de metros. En invierno la humedad se te metía en los riñones y llegaba hasta los huesos. Acababas con más achaques que los futbolistas que correteaban por el terreno de juego. Que, ojo, era de un precioso tono esmeralda en septiembre, y luego marrón durante meses a medida que el barro iba ganando la pelea con el césped. Entre el punto de penalti y la portería directamente no crecía una brizna de hierba, como si por allí hubiera pasado el caballo de Atila o el delantero del Selaya. El barro, explico a los urbanitas, impide que la pelota ruede correctamente, y hace que el fútbol técnico y combinativo (llamado por los cursis tiquitaca) sea una imposibilidad física, imponiéndose, por las necesidades ya expuestas, el patadón, el juego de espaldas y, en general, el esperar una pifia de defensa y portero contrarios. Que acababa llegando, ¿eh?, apuesten por ello. Todo muy poco civilizado. No intenten vender esto en los mercados extranjeros.

Huelga decir que esa vetustez creaba comedias tan frecuentes como ridículas. Despeje de un lateral, por ejemplo. Jugador algo inútil pero noblote. Es decir, bruto. Es decir, el balón se va fuera del campo. A la orilla del río (o al río, vaya, si el tipo es noblote, noblote). En esos casos el utillero sale corriendo, salta la valla y emprende la búsqueda del esférico. Cánticos de los aficionados. Un buen utillero nace, no se hace, hay que valer, hay que tener una cierta consistencia humana y física para bordar tu trabajo. También rapidez, claro, porque no serán pocos los críos que intenten encontrar la pelota antes que tú para meterla en una bolsa de plástico y salir corriendo a su casa. Los Reyes, que han venido a destiempo este año. Chiquilladas. Pero con un punto de aventura. Ese tramo entre el campo de fútbol y la orilla del Besaya era el escogido por los toxicómanos del lugar para meterse su piquito de heroína. Así que había que estar atento, no fuera a ser que encima de no encontrar el cuero volvieses a casa con cien pesetas menos en el bolsillo. Los ochenta fueron eso, amigos, que no les engañen con cuentecitos de la Movida y tal.

Desde hace algo más de un lustro la Gimnástica juega en un nuevo recinto. Moderno y cómodo. Todo un cambio. Como soy una persona de incoherencia absoluta añoro con fuerza el anterior. Tenía más personalidad. Pueden creerme. Joder, era un clásico, de estilo inglés.

Al menos se sigue llamando igual.

Conoce tu región mientras te aburres un montón (®)

Ojo, también hay ventajas en el fútbol modesto. Las salidas, por ejemplo. Los partidos fuera de casa. Los desplazamientos, vaya, aunque sea una palabra muy gruesa. Difícil que se necesiten recorrer más de cincuenta o sesenta kilómetros para ir al fútbol. Así que ahí está: nada menos que treinta y ocho derbis al año. No tiene precio. Conoces pueblucos, ves iglesias y bares (más bares), ganas a casi todos los demás equipos porque son aún peores que tú. Para poner en la tarjeta de visita.

Eso, el componente entre folclórico y etnográfico, pues sí que mola. Visitar los establecimientos del lugar, beber unos cuantos blancos (aviso para mesetarios: en Cantabria se beben «blancos», que es un mejunje casi transparente de olor intenso, sabor amargo y filiación muy lejana con el vino… pedir una denominación de origen en determinadas tascas de determinadas villas es tanto como reconocer que se viene de fuera), a lo mejor comer por ahí, ir después al partido. Y allí ya es el acabose, porque algunos campos parecen fincas donde pastan las vacas, y la gente está encima de los jugadores, y llamar «duro» al juego duro es un eufemismo, y a veces el público se encabrita un poco, y lanza insultos y amenazas de muerte (aquí somos muy de amenazar de muerte), o tira alguna piedra, o pone la zancadilla al linier. Cosas. Anécdotas chispeantes que atesoras con el tiempo, cuando te vas haciendo mayor. Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Etcétera.

En resumen, que hay (todavía) menos espectáculo balompédico. Balones divididos, golpes y alaridos de dolor, eso sí. Fútbol…ninguno. Pero resulta divertido. A veces, no siempre. Por lo de cambiar de entorno. Conocer nuevos horizontes. Los blancos. El paisaje. Si quieren sigo…

Eso es, más o menos. Grosso modo, que podría contarles más cosas. Como lo de encontrarte a los jugadores el día antes del partido por ahí, de copas. Dependiendo de lo ilustrado que te consideres puedes afear educadamente su conducta (bueno, tengo un par de amigos que lo hacen sin educación) o les invitas a una, por campechanos. O los árbitros, tan apocados, tan indefensos, tan frágiles. O la megafonía, que va desde AC/DC hasta canciones montañesas. Ya ven, da para libro.

Pero no me vengan a contar lo del amor al fútbol modesto. Porque eso no es fútbol, no señor. El fútbol es un deporte, y tiene sus lucecitas, sus cracs, sus anuncios, su espectáculo impostado. Y esto… bueno, esto es otra cosa. Diferente. Distinta.

No es fútbol.

Es algo mejor, que me gusta aun más. Algo que sí merece la pena ser amado. Por si a estas alturas aún no se habían dado cuenta.

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19 Comentarios

  1. Buen artículo, Marcos.

    Ni Torrelavega es tan fea (bueno, sí, pero yo y muchos la preferimos a Santander) ni la Gimnástica tan mala. Este año tendrás menos de treinta y ocho derbies, pero podrás tomar blancos caros en la capital y cortos en León.

    Una amiga de la facultad tonteaba con el portero suplente del equipo de tu pueblo y recuerdo con ligera sonrisa el aura de deportista semiprofesional que se autoadjudicaba y cómo se cuidaba los fines de semana, para estar listo por si llegaba su pequeña gran oportunidad. La mía llegó durante uno de sus entrenamientos.

    Comparto tu amor/odio al «fútbol» modesto, que he pasado muchos domingos incubando resfriados en campo aún más frío, con veinticinco mil butacas vacías. Al menos la cerveza aún tenía alcohol…

  2. Que buen texto!, un disfrute….

  3. Ya me parecía que era una declaración de amor incondicional hacia el equipo de tu terruño, a pesar de que al inicio, con tu despotricar contra el futbol me alarmé. Te compadezco. Somos esos héroes anónimos que ningún poema épico, ni film, ni novela conservará para futura memoria. Pero no importa. Este simple, democrático, meritocrático y rudo deporte integra socialmente, regala sueños, esperanzas y esos dolores que nos dan más fuerza para la próxima vez. Por estos pagos anda un Real Sociedad de Stroppari (vaya nombre que se han buscado) que me está sacando canas verdes. Esperemos lo mejor.

  4. Me ha gustado mucho el artículo Marcos, y he ido corriendo a ver los goles de un grupo cualquiera de 3ª división:
    https://www.youtube.com/watch?v=mXf2akUmh78

    He visto buenos centros, pases en profundidad, vaselinas, y bastantes jugadas que me han sorprendido gratamente. Igual el clima y el barro del norte es una realidad paralela. Que puede serlo.

  5. Que de recuerdos…El fútbol modesto, toda una lección de vida, solo soportable por tipos muy duros.

  6. Fernando Figueroa

    Excelente texto. Lo leo en México, donde el «futbol llanero» es así. Y supongo que la tercera división por ahí anda igual.

  7. Pues me da pena, niños, y jóvenes, pasando media vida detrás de un balón, con las cosas que hay que ver, aprender, «CONOCIMIENTO», y el Fútbol, que no es deporte, lo tengo que ver a la hora de ir hacer las fotografías por mi trabajo, y oír a los padres las conversaciones, los gritos desde las gradas CONTRA CHAVALES DE 6, 7, 8, 12 años» «Esto es deporte», no me cuenten milongas.

    TODO ATADO Y BIEN ATADO

  8. Me ha gustado el artículo, pero lo que describes como tercera división no es del todo cierto. Eso es lo que tiene ser de una comunidad uniprovincial. Lo que has descrito equivale a la primera regional o en algunos casos a preferente, escalon por debajo y dividido en grupos provinciales en otras comunidades con mayor numero de provincias y un poco mas de nivel balonpedístico.

  9. Recuerdo una visita en segunda b para jugar contra tu equipo, pero en Tanos. Bus de aficionados repleto, día por Torrelavega y al campo. A pleno sol, en una grada supletoria y a 35 grados. Mi equipo se adelantó, pero sabíamos que ibamos a perder. El hermano de Negredo nos metió varios goles y nos contentamos en el bus de vuelta porque nuestro máximo rival había perdido también.

  10. David Degril

    Leed libros de historia del futbol. Los futbolistas de hace 150 años eran deportistas, los de hace 100 eran semideportistas, los hace 50 ya iban por el dinero. ¿Por que decir que es ahora?. Que tonteria escribir articulos tan poco pensados.

  11. J. Alberto

    Cierto masoquismo hay, no lo pongo en duda… Pero es que todo eso que describes es el encanto en sí de un deporte: el vivirlo con amigos, las cervezas pre, durante y post partido, las risas al ver algún «tuercebotas» pero también el encanto de descubrir a algún talentoso jugador perdido en estas categorías, viajar y conocer los pueblos de la provincia, de tu tierra, las rivalidades, ¡todo!

    Un saludo desde Jerez donde estamos redescubriendo el fútbol modesto.

    P.D.: como dice un comentario arriba la tercera división ya hay un nivel a tener en cuenta… Los gorditos con clase están dos o tres divisiones por debajo.

  12. Francisco Acuñas Espejo

    El fútbol no es el deporte nacional ni los toros la fiesta nacional porque evolucionamos con los nuevos tiempos y eso está bien. Lo que no cambia con los años es la fiesta por la crítica sobre el mal gusto de las pobres gentes sin cultura y sin esperanzas por una vida propia mejor. La realidad es que demasiados culturetas se dedican a crear leyendas negras sobre la historia, las fiestas y los deportes de masas en vez de preguntarse ¿que otra cosa se les ofrece a la gente común para sentirse vivos? ¿A que clavo ardiendo se puede aferrar alguien que no tiene nada? ¿A las redes? ¿A las religiones al descubierto? Quizás sea que la actividad que más viva y feliz ha hecho sentirse a la gente en la historia de la humanidad sea el fútbol. Quizás ese partido perdido en algún lugar extraño y lejano de los centros culturales haga latir el corazón más rápido por la emoción, el corazón de un africano Congoleño o Saharaui. O de ese rostro asiático con sus pupilas salidas de las órbitas ante un gol de chilena. En una ocasión en el equipo que dirigía un muchacho de la calle que jugaba de delantero se le ocurrió hacer un gol magistral solo ante el portero, consistía en picar el balón por detras de su espalda y por encima de su cabeza y del portero cuando lo fácil hubiera sido rematar al palo largo del portero. El chico de la calle falló y yo le recriminé entonces el me dijo “ mister, y si lo hubiera metido”

  13. El artículo me gusta, pero sí creo que exagera. En Cantabria puede llover «mucho» para un valenciano, pero no es «mucho». Y no creo que fallen tanto como se cuenta ni que haya tanta leña (excepto cuando hay). Muchos de mis amigos y conocidos juegan o han jugado en equipos que están por debajo de la tercera división o cualquier atisbo de profesionalismo y de todos modos hay «deporte». Y nombres tan épicos como Inter… de Rilán.

    • Parreche

      Inter de Rilán? La tercera división de Cantabria es la Champions en comparación con la liga campesina de Chiloé, donde ganado y futbolistas se turnan el campo y se confunden a veces

  14. Yo creo que o el articulo habla de como era el fútbol modesto hace décadas o es que allí en el norte siguen haciendo lo mismo. Por lo menos aquí en el sur hasta los gorritos rasean la pelota y se juega al toque. Hay dureza pero sin malas intenciones en general y si pegas un codazo a posta te miran mal hasta tus compañeros. La España campeona y los Xavi, Iniesta y compañía han calado hasta la médula.El fútbol modesto ya no es lo que era y hasta en partidos de liga local se ven buenas jugadas y goles espectaculares, porque sobre todo en España hay mucho fútbol eso que no llego a nada con más fútbol que otros que llegaron.

  15. antuñán

    marcos, me ha gustado mucho el articulo PERO ya que hablas de HISTORIA, no incurras en el error A PROPÓSITO de decir que la Gimnastica es el equipo más antiguo de La Montaña porque sabes que no es así. la gimnastica de 1907 desapareció y el deportivo torrelavega (actual gimnastica), se había fundado en la década de los años 20, se cambió de nombre a Gimnástica y comenzaron a decir que eran de 1907. de los clubes que hoy quedan en Cantabria, el mas antiguo es el racing y en Torrelavega el más antiguo es el Barreda. por mucho que los gimnasticos vengais contando una historia que sabeis que no es cierta
    un saludo yrepito, buen texto

  16. Marcos, fue un gusto leer tu artículo. Bravo.

  17. Sobrevalorado

    Estas historias de Torrelavega me las contó años ha un amigo al que sus paisanos le llamaban El Ruso.

  18. Pingback: El gol fantasma que costó una carrera – Libreta futbolera

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