Ángel Cappa: «Los entrenadores tienen esperanzas, alegrías, dudas… los directivos solo tienen miedo»

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Fotografía: Begoña Rivas

Mantiene una lucha desde que empezamos a saber de él en España contra el fútbol especulativo. Sostiene firmemente que ganar no lo es todo, que lo que importa es el juego. Fue recibido con división de opiniones, pero tras la irrupción del Barça de Guardiola y la selección española campeona del mundo, Ángel Cappa (Bahía Blanca, 1946) tuvo que sentir un placer íntimo. Él ya lo había dicho. En sus textos publicados en los noventa ya elogiaba un fútbol al que denominaba tiqui-tiqui. Ahora ya no quiere entrenar, se encuentra en un plácido retiro, y es un buen momento para comentarlo todo en perspectiva.

Le he tenido que llamar a un fijo. ¿No tiene móvil?

No, no tengo. No me hace falta, es simplemente por eso. Me parece que es un elemento muy útil para la vida, pero si yo no lo necesito, para qué lo voy a tener.

¿Cómo era su barrio, Villa Mitre, en Bahía Blanca?

Un barrio obrero, de gente trabajadora y humilde, donde el fútbol ocupaba el centro de todas las actividades y todas las aspiraciones. También era un lugar plural. En mi generación, todos nuestros abuelos eran extranjeros, los míos españoles e italianos. Una vez a mi mujer, que es española, le hice un repaso de todos los vecinos de mi barrio y uno era catalán, el otro gallego, otro siciliano… solo uno tenía un abuelo argentino y, de críos, no le creíamos. Nos lo aseguraba y le decíamos: «Nooo, mentira» [risas]. Porque era una cosa extrañísima.

También había árabes, judíos… Nosotros compartíamos todo con una familia judía que vivía al lado de mi casa. Nos invitaban a sus fiestas y nosotros éramos católicos, más de forma rutinaria que otra cosa, pero lo éramos. Los árabes también nos llevaban a su casa cuando celebraban sus fiestas, pero era algo natural. No lo veíamos como un suceso excepcional. Era nuestra convivencia diaria. Me acuerdo de un español que iba muy encorvado porque en la Guerra Civil le habían pegado un tiro en la columna. Él nos contaba cosas de España.

En resumen, para mí, el significado de la palabra extranjero solo lo sentí cuando vine a España. Cuando tenías una discusión de tráfico y te decían: «¡Vete a tu país, indio!». Era extraño, porque este era el país de mi familia. Creo que tuve una educación muy sana, porque un entorno como en el que me crie en Argentina te quita la idiotez del nacionalismo. Esa tontería de considerar que tienes más derechos en tu país que un extranjero, lo cual es estúpido.

Su familia española era pobre.

Mi abuela me contaba muchas cosas de su vida. Ella había asumido lo que la ideología dominante quiere que la gente piense, que era un hecho de la naturaleza que fuese un ser inferior a sus patrones, a sus jefes. Sus experiencias nunca me las contó como una cuestión de rebeldía o como algo injusto. En Argentina tenía que trabajar, por ejemplo, hasta el momento del parto. Tuvo mellizas, cosa que no sabía porque no iban al médico, y cuando salió la primera hija la comadrona se fue. Mi abuela le gritaba: «¡Que todavía tengo algo!». Y le contestó: «Lo que tienes es un tumor». Y se fue. Mi abuela le dijo a su marido: «No te muevas de aquí que tengo otro hijo». Y así tuvo a la segunda melliza, con su marido. Sobrevivían porque eran muy sanos, orgánicamente muy fuertes. Porque en estas condiciones tuvo ocho hijos y todos crecieron sanos y sobrevivieron.

En el barrio, la pelota para ustedes era como una deidad.

Jugábamos con pelotas de trapo. Para conseguir una de cuero, lo que hacíamos eran rifas con los últimos números de la lotería nacional. Hacíamos los boletos y regalábamos una botella de vermú y cuatro vasos, pero nadie lo cobraba. Quién iba a reclamar eso… todos los vecinos compraban un número para que pudiéramos tener pelota. Una sola vez reclamaron el premio; una señora cruzó al terreno baldío, que nosotros llamábamos portrero, y nos exigió el premio. Tuvimos que ir a comprar la botella y los cuatro vasos [risas].

Todo esto teníamos que hacer para tener pelota, que era un lujo, un privilegio. Luego íbamos a la carnicería a que nos diesen grasa para echarle en las costuras. La llevábamos al campo envuelta en papel de periódico, engrasada, y nadie la tocaba hasta que hacíamos los equipos. Era como un rito que indicaba el amor que teníamos por la pelota. Porque la pelota era un instrumento que nos daba la felicidad, pero también gracias a ella teníamos identidad. Eso que hacíamos con la pelota nos pertenecía, era nuestro y nos daba prestigio. En el barrio, el tipo más respetado era el que mejor jugaba al fútbol. Al matón lo que le teníamos era miedo, el respeto siempre iba al mejor futbolista.

Por aquel barrio luego te encontrabas con personajes como el Manco Gamero, que era un extremo derecho de una habilidad extraordinaria. Cuando jugaba, tiraba los centros levantando la pelota. La subía y te enviaba el centro de volea. Y era manco, le faltaba una mano. Cuando ya era mayor, le gustaba la bebida e iba a los bares, le tiraban una moneda, la levantaba con el pie, la iba subiendo dando toques, hacía jueguito y se la metía en el bolsillo de la camisa. Todo a cambio de un vaso de vino.

Su padre era peluquero y en su peluquería usted escuchaba a la gente hablar de fútbol veinticuatro horas.

Las discusiones eran muy puristas. Supongamos que el 9 tiró a puerta e hizo gol. Y discutían si era correcto, o si se la debería haber pasado al 10 en lugar de tirar a puerta, porque la jugada era esa, el pase. Se estaban una hora con eso. No he vuelto a ver nada igual hasta que vine a España y vi a gente hablar de toros. A mi suegro le gustaban mucho y miraba si el diestro había levantado bien la barbilla, cómo tenía el codo, porque no solo era el valor del torero, también la estética.

Cuando le leo a usted escribir sobre fútbol, me recuerda a los taurinos que van a San Isidro y les dan igual los triunfos, las orejas que se han cortado; se quedan con un derechazo, un natural. Solo un detalle les vale por toda la feria.

Esa analogía es correcta. Una vez aquí fui a ver una corrida de toros con un extorero que iba al gimnasio conmigo y me lo explicó todo. Lo entendí, vi el arte que encerraba eso, pero a pesar de haber ido sin ningún tipo de prejuicio, me impactó mucho cuando maltrataron al toro picándolo y cuando lo mataron. No anuló lo otro, pero me conmovió. Lo que me pareció más curioso es que salió un toro y lo devolvieron porque no era bueno. Solamente con verlo correr ya sabían que no estaba bien. Para mí era algo insólito.

Ahí hice una analogía con el fútbol, como cuando ves a un jugador controlar un balón y ya sabes que no es bueno. Lo que me dio pena es que me alegré porque pensé que ese toro iba a sobrevivir y me dijeron: «No, lo matan adentro». Vaya.

En nuestro club, el Villa Mitre, teníamos a gente como esos taurinos. Recuerdo al Tintín Prieto. Un señor que iba siempre con sombrero y puro, un Humphrey Bogart de los barrios. Todo un personaje. Era un sabio de los que ahora no tendrían lugar, porque con internet y un teléfono se sabe quién ha hecho cada gol que se ha marcado en la historia del fútbol, pero él lo recordaba todo por sí solo. Todo el mundo le consultaba y le preguntaban qué tal era cada jugador nuevo. Tenía dos frases. Una: «Ponele un sobretodo». Un abrigo, porque era un tipo muy frío. Y la otra: «Dale un sándwich», porque parecía famélico. Era de los tipos que tenían prestigio porque nunca les agradaba nada. Como si hubieran visto en otra época algo celestial. ¿Qué habrá visto este tipo que no le gusta nada?, te preguntabas. A lo sumo, si aparecía alguien tipo Messi o Maradona decían: «Juega bien». Y ya [risas].

Eran caballeros, pero luego en la grada…

Había uno, el Garfa Cortina, que era amigo de mi padre desde niño. A mí me había visto debutar en Villa Mitre, pero luego me pasé a Olimpo, que era el enemigo. Un equipo del centro, de la gente que tenía dinero. Una vez nos pintó la casa y cada vez que venía yo le abría la puerta y desayunábamos juntos. Una semana yo jugaba contra Villa Mitre, vino a casa como de costumbre, no lo mencionamos, el domingo salté al campo y me cayó una lista de insultos, «la puta que te parió, la concha de tu madre». Miré y era él. Pero el lunes volvió a casa tan pancho y me dijo «¿Qué hacés, negrito?», que así me llamaban, como si no hubiera pasado nada, y desayunamos. El tipo me quería, pero no podía evitar putearme porque me había ido al máximo rival.

¿Cómo fue ese debut en Villa Mitre?

Tenía solo once años, pero fue la emoción más grande de mi vida. Esta y cuando debuté en primera. Que te elijan entre doscientos niños ya te daba un estatus distinto y un respeto. En ese partido tuve gripe y no se lo dije a nadie, ni a mis padres. Ponerme la camiseta de Villa Mitre era lo más. He vivido muchas emociones en el fútbol, pero ninguna superior a esa. No aspiré a otra cosa que a jugar en ese equipo.

Pero luego, como ha dicho, fichó por el máximo rival.

Porque en Villa Mitre en esa época no cobrábamos. Fue el dinero, el vil metal. Me dieron un departamento solo por firmar. Y un sueldo, que alcanzaba justo para vivir, pero ya eras profesional.

Un día se dio cuenta de que no era una estrella.

Sí, fue con una selección de Bahía Blanca. Venían a jugar equipos de Buenos Aires en verano y nos enfrentamos a River. Estaban dirigidos por Renato Cesarini y había grandes figuras, Amadeo Carrizo o Ermindo Onega, gente de esa época. En un momento me dieron una pelota, yo era volante central, mediocentro, y entré para hacer gol; vi que Carrizo se tiró hacia mí, la crucé y le dio en los pies. Luego perdimos con dos goles de Lallana, un delantero que tenían. Yo tenía que haber amagado. Solo con no tirar, Carrizo se habría caído y habría hecho el gol. Ahí me di cuenta, me dije que si yo no amagué fue porque no estaba en ese nivel. Ese era mi tope.

Después de eso no pude ni volver a casa por mi padre, que era muy crítico conmigo. Sabía que me estaría esperando y me quedé en un bar hasta las tres de la mañana o las cuatro. Pensaba que ya estaría dormido cuando entré, pero nada más poner un pie en casa se encendió la luz y escuché: «Cómo fallás ese gol, tenés que amagar ahí» [risas]. ¡Yo lo sabía! Pero la emoción de hacerle un gol a Carrizo me pudo, era un ídolo, era como marcarle a Casillas.

Se retiró por una lesión.

Me rompí los ligamentos internos de la rodilla derecha. No me operé y debería haberlo hecho, entonces dije que para qué seguir.

Y se pone a estudiar Filosofía. ¿Por qué?

Ya había empezado a estudiar Pedagogía, pero yo quería encontrarle razones a la injusticia que había vivido y que vivía en mi barrio. Entonces, en los sesenta, en Argentina y en toda América Latina estábamos en un proceso de liberación, de construir una sociedad más justa. La carrera era Filosofía y Psicopedagogía y me ayudó mucho. Por ejemplo, yo era agnóstico, pero conseguí aprender y respetar la religión. Tuve contactos con el Movimiento de los Curas del Tercer Mundo y me di cuenta de lo lejos que estaba la gente de derechas de seguir el cristianismo.

El fútbol argentino que usted dejó atrás al retirarse estaba cargado de valores, usted alguna vez ha hablado de Rosario.

Cuando Menotti jugó en Boca, una vez iban perdiendo y Rattín, un ídolo local, le dijo: «Flaco, corré que nos matan». Y le contestó: «Lo único que falta es que yo para jugar al fútbol tenga que correr». Menotti proviene de Rosario [risas].

Es una ciudad que tiene un concepto de buen juego por encima de todas las demás. En todas partes te pedían que no tirases el balón a cualquier lado, que fuera a un compañero, pero en Rosario más, eran los puristas. Era la escuela del Trinche Carlovich, que nunca llegó a primera, pero que es un ídolo porque jugaba muy bien.

Otro día a Menotti con Boca le dieron una patada. Él, que tenía fama de frío, como he explicado, se dio la vuelta, salió corriendo detrás del tipo, se tiró a sus pies, le quitó la bola, recuperó, y luego Boca ganó. Fue el figura. Entonces Menotti volvió a Rosario, a su quiosco de siempre, a comprarse la revista, y el quiosquero no lo miraba. Le dijo Menotti: «¿Qué pasa? ¿No jugué bien?». Y le contestó: «Andate, ¿ahora tú también te tirás a los pies?». Tirarse a los pies del rival en Rosario era una traición al estilo. No lo permitían. Era una grosería.

En Bahía Blanca yo ya había vivido episodios similares. Recuerdo por ejemplo a Angelito Strano. Jugábamos un partido de la Copa Competencia, por eliminatorias. En el último minuto, no me acuerdo si íbamos empatados o perdiendo, pero nos pitaron un penalti que era decisivo. Nadie quería tirarlo y él se fue a por el balón. Angelito era un atrevido, no jugaba casi nunca porque no iba a entrenar. No iba con él. Y no lo ponían. Aquel día faltó alguien y salió. Y quiso tirar el penalti, pero lo hizo suavecito, muy despacio, a las manos del arquero. En el vestuario luego lo querían matar todos: «¡Qué hiciste, animal!». Y entonces el tipo recurrió a un concepto que era una forma de entender el juego. Era tartamudo, además, y dijo: «Co, co, co, con penales no se ga-ganan los par-partidos».

Eso era verdad; existía, ganar de penalti o de falta era ganar, te alegrabas, pero no estaba muy bien visto. Había que ganar con un gol de jugada. Ahora, nunca supimos si dijo eso porque lo creía o como excusa porque falló el penalti [risas].

Pero, años atrás, sí que existió Armando Galluci, yo era niño cuando jugaba en primera división en Bahía Blanca, pero tenía la particularidad de que tiraba los penaltis de rabona. Años después le preguntaron: «¿Armando, vos por qué tirabas los penaltis de rabona?». Y contestó: «Qué querés, de penalti…». Como diciendo que era mucha ventaja. Como si un Tyson peleara con un chico de quince años. Y luego con el tiempo leí a Di Stefano decir que ellos los goles de penalti no los celebraban. Levantaban la mano, no se iban a poner a llorar, pero no había euforia por respeto al rival. Esos eran los valores que existían en el fútbol. Podría parecer que un tío que se tiraba los penaltis de rabona fuese un pedante, pero no, era respeto.

Su ídolo era Ernesto Grillo.

Fue el que marcó el día que por primera vez Argentina le ganó a Inglaterra en 1953. Fue un gol de pillo; entró en el área por un lado, el portero se pensó que haría un pase y se la coló por el primer palo. Fue un 14 de mayo, que desde entonces es el Día del Futbolista Argentino. Grillo jugaba en Independiente, con las medias caídas. Yo tenía un póster que te daban comprando mermeladas Cirio. Me acuerdo hasta del eslogan: «Confitura Cirio, qué ricas que son y qué fuerzas que dan, confituras Cirio para toda edad» [risas]. ¡Estaba harto de comprarlas por el póster! No sé cuántas tuve que comprar hasta que el póster me salió de Grillo. Lo puse en el ropero, por la parte de dentro, y al ir a la cama, abría le ropero y me dormía mirando a Grillo.

El día que marcó Grillo, un periodista tituló: «Perón nacionalizó los ferrocarriles y Grillo el fútbol». Su juego era muy particular. Yo solo lo vi en Boca, donde decían que su forma de jugar ya había cambiado tras su paso por el Milan. Pero decían que iba corriendo y se paraba, subido con los dos pies encima de la pelota. Era una cosa… También era muy gambeteador, hacía goles… Su Independiente vino a España, con la famosa delantera de Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz, que era la delantera de la selección argentina, jugó contra el Real Madrid y le metió 0-6. Durante veinte años el Madrid envió telegramas para jugar la revancha e Independiente no la quiso jugar nunca [risas]. Grillo era el símbolo de ese equipo.

¿Y Antonio Sastre?

Sastre estuvo en Independiente en los años treinta y cuarenta. Yo lo recuerdo por los cromos. Era Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla. Arsenio Erico era el ídolo de Di Stefano, un centro delantero paraguayo. Y Sastre era muy talentoso, muy de academia. Jugaba en todos los puestos, decía que tenía tanta pasión por el fútbol que le daba igual dónde le pusieran. Incluso llegó a jugar de portero.

Un fotógrafo argentino, Fredy Grunberg, me contaba siempre una historia de Reinaldo Merlo, de River, el Mostaza. Tras un partido en el que corrió por todo el campo, un periodista le preguntó «Pero vos, Mostaza, ¿cuántos pulmones tenés?». Y le contestó: «Uno, uno, como todo el mundo».

Sí, se equivocó, ¡pero lo dijo con toda humildad! Quería decir que no era mejor que nadie… [risas]. Me gusta mucho leer sobre los jugadores antiguos y he tenido la suerte de poder conversar con Di Stefano, con Pedernera, con Sívori… y de España con Chus Pereda, con Luis Suárez… para que me contaran. Creo que es importante conocer de dónde venimos. Mi padre nunca paraba de hablarme de esta gente.

Hubo un entrenador brasileño, Osvaldo Brandão, que dijo que Sastre les enseñó a ellos a jugar al fútbol cuando pasó por el São Paulo. Era la época de los «wines», los extremos, que los llamaban a todos «el Loco»: el Loco Bernao, el Loco Corbatta, el Loco Carro de mi ciudad; a todos les decían «loco» porque eran anárquicos, arbitrarios. Y eran «wines» de wing. Nosotros conservamos la terminología inglesa, aquí no porque Franco nacionalizó los nombres. Decíamos half, inside, el volante central era central half, que acabó siendo «centro has». O como órsay, que finalmente la Academia ha aceptado.

Se habla también de que Maradona es el mejor de Argentina con permiso de René Houseman, que luego también tuvo sus problemas, con la bebida en este caso.

Era un jugador de esos que salen y no sabes por qué. Menotti le entrenó en el Huracán, que salió campeón en el 73. Le pregunté al Flaco qué le decía antes de jugar y me dijo que nada, que a un jugador así no le podías decir nada, porque todo lo hacía por intuición. Este te gambeteaba en el aire, algo que solo se lo he visto hacer después a Mágico González. Saltaba y, cuando parecía que la iba a parar, hacía una cosa y te gambeteaba. Estaba al nivel de Garrincha y todos estos tipos. René no vivía el fútbol como nosotros, no le daba esa importancia. Se lo gastaba todo. Venía de una gira por Europa y le estaban esperando al llegar todos los amigos del barrio porque le había comprado una radio a uno, otra cosa a otro… Igual que Mágico.

Menotti me contó que una vez no fue a una concentración. Si no estaba Houseman era como si no estaba Messi. Se fueron a buscarlo al barrio y se lo encontraron jugando un partido en la calle por dinero. Eso se hacía mucho, y apostabas con tipos muy bravos. A Obdulio Varela, el uruguayo, le preguntaron si tenía miedo en Maracaná cuando ganaron allá y dijo: «¿Cómo voy a tener miedo? Miedo me da jugar en mi barrio por dinero». Entonces cuando llegó el Flaco vio que René no estaba jugando, estaba en el banquillo. Se acercó, le tocó el hombro y le dijo: «René, ¿qué hacés acá?». Y le contestó: «¿Que qué hago acá? Fíjese en el titular, es un fenómeno» [risas]. Pensó que le recriminaba que no estaba jugando.

Se dejó usted bigote nada más retirarse.

Las modas. Los que estábamos en la militancia de izquierda llevábamos o barba o bigote, era una manera de identificarse. Una vez que me lo dejé, me escondí detrás. Nunca me preocupó, pero yo sé que no soy Paul Newman y el bigote me viene bien para taparme la cara.

¿Cómo vivió el golpe de Estado?

Militaba en el peronismo de base. Esto lo conté una vez en México y el periodista escribió «terrorismo de base». Casi muero cuando lo leí. Nosotros éramos un movimiento de izquierdas que cuestionaba el liderazgo de Perón. En aquella época el golpe se veía venir, pero lo que no esperábamos fue su brutalidad.

Fue parte de un contraataque del poder económico en toda Sudamérica impulsado por Estados Unidos y también por las oligarquías autóctonas. El golpe en Argentina lo prepararon los civiles y los militares fueron el instrumento para imponer unas medidas económicas que venían de la escuela de Chicago.

La brutalidad la vimos enseguida. Los militares agarraban a uno, lo mutilaban y lo dejaban en un lugar bien visible. Era una campaña para aterrorizar a la gente. Estabas en una cafetería, aparcaba un coche en doble fila, salían unos vestidos de civil, se llevaban a alguien y la gente seguía como si nada. Pensaban la famosa frase «algo habrá hecho», estaban todos aterrorizados.

Usted ha dicho que estos días el fútbol le salvó la vida.

Es cierto. Llevaba unos panfletos en mi Citroën 3CV. No sé qué ponía, «abajo la dictadura», «militares asesinos». Nos subíamos a algún edificio o lugar estratégico y los lanzábamos. Un día me pararon en un control. El militar que me pidió la documentación me dijo: «Ah, sos Cappa, el futbolista». Dije que sí y me dejaron pasar sin revisar el coche. Ahí me dije: «Una como esta más no voy a tener». Y me fui del país.

Comentó en Público que guarda más rencor a los civiles que organizaron todo eso que a los militares, que no eran más que «mamarrachos que se creían patriotas».

No, a ver. Sí que les guardo rencor, porque además eran criminales, ladrones. Se constituyeron en una mafia al margen de las torturas. Cuando detenían a alguien después se llevaban los electrodomésticos. Antes de matar a alguien le hacían firmar una escritura por la que le daba la casa a un militar. Luego estaban esperando a que las embarazadas tuvieran el niño para quedárselo y matarlas a ellas. Lo que quería decir es que fueron el instrumento de un poder económico. No fue un golpe de cuatro locos militares.

Llegó a Madrid en 1976, al barrio de Canillas.

Lo que encontramos fue una solidaridad enorme de la gente. Fue conmovedor. Después de vivir en un hostal alquilamos una casa vacía, que no tenía nada. No me quedaba mucho dinero y los vecinos nos trajeron colchones, con mantas, con sábanas, comida… Tengo un recuerdo espléndido.

Luego trabajé de todo. Fui negro. Me mandaban ir a la Biblioteca Nacional a resumir libros. No sabía ni para quién ni para qué. Generalmente, eran capítulos referidos a lo sexual. Supongo que luego aparecían en los quioscos como libritos de bolsillo sobre sexo. Después iba a vender lámparas y vidrieras, vendí enciclopedias.

También estuve de contable. Trabajaba ocho horas. Entraba a las nueve y muchos días a las nueve y veinte ya había acabado mi trabajo, pero me tenía que estar hasta las ocho de la tarde. Me obligaban. Era terrible. Me veía ahí toda la vida y me daba algo… Les dije que me daba igual que no me pagasen la Seguridad Social, que la necesitaba para que me dieran la nacionalidad, que solo pedía poder irme de allí cuando acabase mi trabajo, pero no. Tenía que estar las ocho horas [risas].

Y al poco de establecerse se encontró con los asesinatos de Atocha.

Para mí fue como: «¿Y ahora dónde voy?». Si se interrumpía el proceso democrático y volvía la extrema derecha la cosa era peligrosa para todos nosotros. Por otro lado, en Argentina, con la Triple A, estábamos ya habituados a estas matanzas.

Aquí se unió a otros argentinos para pedir el boicot al Mundial.

Hicimos una revista, El Correo Argentino, para denunciar la dictadura. En el 78 pedimos el boicot al Mundial, pero luego nos juntábamos para ver los partidos, cantar los goles y festejar. Pero fíjate una cosa, en Argentina, mientras tanto, me enteré años después de que en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, la ESMA, el centro de torturas más importante, los presos veían los partidos junto con sus torturadores y gritaban los goles.

Igual es indecente decirlo, pero es que parece un sketch de Monty Python.

Se dieron casos muy raros, para estudio de psicología. También salieron parejas. Torturadores que terminan casándose o viviendo con una torturada, violada. Increíble.

¿Su amigo Menotti cómo llevó dirigir esa selección siendo comunista?

Me dijo que lo consultó con el partido y que le dijeron que no lo dejara, que ese era un momento de alegría de la gente. No le estaba haciendo el juego a la dictadura, sino que les facilitaba la posibilidad de reunirse. Y es verdad, la gente salió a la calle, se juntaron, cosa que estaba prohibida. La dictadura trató de aprovechar el deporte, lo hacen todos los Gobiernos.

Tiempo después, me fui a ver un Argentina-Holanda a Berna, en Suiza, para ver a Maradona, aunque era como la revancha, y estuve con unos amigos que llevaron una pancarta que decía: «Videla Asesino». Esa pancarta la taparon en la televisión argentina con un anuncio de la próxima actuación de Les Luthiers.

¿Cómo empezó a colaborar con Menotti?

Menotti necesitaba a alguien en Europa para pasar informes, a alguien a quien no conociera nadie. Un amigo común me recomendó y empecé a trabajar para la AFA. Nos conocimos en persona en Wembley, el día en que Maradona hizo ya la jugada en la que regateó a todos, pero esta vez se le fue fuera por poco. Por cierto, que Diego cuenta que su hermano le dijo después del partido que tenía que haber gambeteado al portero y que luego en el 86 se acordó, lo hizo y ahí sí la metió.

Cuando regresó a Argentina también se fue a verlo.

En el 81 la dictadura estaba en las últimas. Me estaba esperando mi padre con una entrada para un River-Boca; estaban Brindisi, Maradona, Kempes, Alonso… Empataron con goles de Kempes y Maradona. Recuerdo que le cayó la bola a Alonso, que era muy hábil, y escuché gritar a un hincha: «¡Humille, Beto!». Ahí me di cuenta de que estaba en Argentina. Le pedían que no solo ganase al rival, no bastaba, había que humillarlo jugando bien, con algún caño, alguna jugada.

En el Mundial del 82 ya trabajó para Menotti viendo a los posibles rivales.

Por suerte me tocó Brasil y disfruté como un loco. Argentina no tuvo la ambición del 78 y tuvo mala suerte de perder el primer partido contra Bélgica, el cual, por cierto, vi junto a Serrat en el Camp Nou. Parece increíble, pero a Francia después de ganar Mundial y Eurocopa le pasó igual. O a España… Se desinflan. Pasa un ciclo y…

Cuando Menotti llegó al FC Barcelona siguió contando con usted como ojeador. ¿Qué tenían de particular sus métodos, sus entrenamientos? Se dice que lo cogió todo de su época como futbolista en el Santos de Pelé.

Tomó cosas. Menotti era un tipo muy observador. De los que son entrenadores ya cuando son jugadores, como Guardiola. En el Santos jugó una temporada. Estaba en The Generals, en Estados Unidos, y se enfrentaron al Santos. Pelé le vio y le dijo: «Qué hacés acá, vente con nosotros». Pero Menotti jugaba en su puesto, de 10. Cuando llegó al Santos el entrenador le preguntó dónde quería jugar y le contestó que de 10. Y el entrenador le dijo: «Bueno… acá lo va a tener difícil» [risas]. Estuvo de suplente, porque jugaban Dorval, Mengálvio, Coutinho, Pelé… y sacó muchas cosas viéndoles, en los partidos y en los entrenamientos.

Al Barcelona le hacía jugar sin balón… pero como si lo tuviera. Con un balón imaginario.

Sí, iba él diciendo por dónde iba la bola y les hacía desmarcarse, moverse, achicar. Era un creador en los entrenamientos. Improvisaba cosas de acuerdo a cómo veía a los jugadores. Lo veías desde fuera y parecía que respondía a algo muy planificado, pero lo que tenía preparados eran los conceptos, no la forma de trabajarlos. Aquí iba diciendo «¡La tiene Migueli!». Y Migueli hacía como que tenía la pelota. «Se la pasa a Julio Alberto, ¡la perdimos! Achican ahora, vamos a recuperarla». Iba relatando el partido.

Pero lo que estaba haciendo era utilizar la pizarra para explicar algo, solo que en el mismo campo. Entonces el público barcelonista no era como ahora, no tenían la cultura de la posesión, había que ir hacia delante, te silbaban si pasabas la pelota para atrás. Para Menotti era mejor una pelota hacia atrás segura que dividida hacia delante, y eso no se entendía.

Yo, como ojeador, lo que pasé fue frío. Una vez en un Osasuna-Cádiz me tuve que ir a casa. Era en diciembre, me acuerdo que Mágico González estaba con guantes y leotardos sin moverse en el campo, quieto. Hacía un frío tremendo. Me tuve que ir al hotel corriendo a tomarme una sopa. Años después fui entrenando al Tenerife y aguanté porque la gente que estaba al lado me pasaba el Pacharán. Pero ser ojeador me sirvió para conocer a Valdano. El Barcelona jugaba con los rivales que iba dejando el Zaragoza y entonces me encontraba siempre con él.

A Menotti le ganó Clemente con su Athletic de Bilbao luchador.

No, no, tenía muy buenos jugadores. Nadie gana con equipos luchadores solamente. Sarabia, Argote, De Andrés… eran muy buenos. Sin Clemente habrían jugado mejor al fútbol, no me cabe duda. No ganaron porque Clemente fuese rácano, sino porque eran buenos. Menotti tuvo mala suerte. Maradona se contagió de hepatitis y luego se le lesionó, y Schuster se dislocó un dedo y se quedó dos meses fuera. Menotti decía: «Con todos los jugadores que tengo se me lesionan dos: Schuster y Maradona».

En el 86 Argentina ganó el Mundial con Bilardo.

Bilardo tuvo una virtud muy importante, convocó muy buenos jugadores. Batista, Burruchaga, Enrique, Maradona, Valdano… Eran muy buenos, y Maradona estaba en su esplendor.

Su primera experiencia como entrenador fue en Banfield. Puso en marcha un sistema que le criticaban llamándolo «tiqui-tiqui», del que decía usted: «Hay que diferenciar el tiqui del toque».

Teníamos que quedar entre los cuatro primeros para entrar en lo que iba a ser la segunda división nacional, que se estaba creando. Íbamos últimos, el presidente me llamó y me dijo: «Aquí hay mucho tiqui-tiqui, mucho pase, y hay que ganar los partidos». Luego salimos primeros y nos clasificamos. Entonces el presidente, como ocurre, ya fue muy amigo mío. Ahí empezó el tema del tiqui-tiqui. Después, en el Real Madrid también nos lo decían como algo peyorativo. Nos acusaban de tener mucho pase.

Hay tópicos en el fútbol muy difíciles de derribar. Se cree que la posesión es un lujo que tú te das. Como si les dices a los jugadores que no pueden tirar a puerta si no han dado equis pases. Eso es una tontería. Si se juega con la pelota, vamos a tenerla para crear una situación de gol. Si se puede en dos toques, mejor que en cinco. Pero la ocasión tendrá que llegar en los toques que sean necesarios. No es una opción estética, que sería válida de todos modos, es eso.

Supongo que cierta satisfacción sí sentiría cuando el Barça y España ganaron todo haciendo lo que aquí se dio en llamar tiquitaca.

Lo más fácil es la lucha, el coraje… Cruyff me lo dijo un día claramente. Le pregunté: «Johan, ¿por qué hay tan pocos entrenadores que se adhieran a esta manera de jugar?». Y me respondió: «Muy fácil, porque hay que saber». Lo otro es «Venga, luchar» y ya está. En cambio, para jugar al fútbol bien hay que saber, y eso es más difícil. Y luego está el periodismo, que siempre vio mal ese juego. La crítica periodística vive de etiquetas, como «vertical», «primera etapa», «intensidad». Un equipo pierde y es que no tuvo «intensidad». Si gana, «es intenso». De pronto llegaba el Barça tocando, dos, tres veces, y salía Iniesta solo por la banda y les pilló de sorpresa a todos. No lo esperaban.

¿Y cómo criticar a Guardiola si ganaba todos los días? ¿Cómo criticar a España si ganó lo imposible jugando así? Pero fíjate que perdieron contra Suiza en Sudáfrica y ya saltaron. Yo siempre digo que la inteligencia está bajo sospecha. El inteligente perturba. Mira lo que le costó a Iniesta ser titular. Y a Xavi, que estaba ya por irse del Barça. Dos jugadores que pasarán a la historia del fútbol como dos de los más importantes. Iniesta tuvo que marcar en Wembley a Inglaterra para ser aceptado. Recuerdo que en aquella época en la que yo defendía a Iniesta, una vez contra Irlanda salió Albelda, que me parece un gran jugador. Pero yo no lo entendía. Para mí había mucha diferencia futbolística entre él e Iniesta. Y alguien, que no voy a decir quién, me dijo: «Para luchar, Ángel, que Irlanda es muy luchadora». Entonces le contesté yo: «Si va a jugar solo Albelda va a perder, porque son once luchadores contra uno. ¿Por qué no jugamos mejor al fútbol y ya está?».

Mira cómo critican ahora a Guardiola, y Mourinho, que va por detrás en la tabla, les parece normal. Está más aceptado lo que hace. A mí esto me cuesta entenderlo.

Ese Banfield marcó el gol de su vida.

Salimos jugando desde el fondo. Había dos jugadores, Benítez y García, que fueron subiendo la pelota tocándola. Según subían, la gente se iba levantando de sus asientos. Fue uno de esos momentos mágicos que ocurren también en el fútbol, como en el teatro y en el cine, en los que se para el tiempo. Cuando uno se instala en la eternidad. La jugada siguió, uno recibió el pase, se abrió de piernas y la dejó pasar; otro la recibió, regateó al portero y marcó. La gente deliraba. Yo me quedé sin palabras. Después me dieron la grabación del gol donde un locutor decía: «Si somos respetuosos con el fútbol, aquí tiene que acabar el partido». Uno aspira a esos momentos mágicos. Vale lo mismo si lo metes con el culo, pero no es lo mismo.

Luego dirigió la cantera del Boca de Menotti, pero cogió al primer equipo.

Menotti tuvo una urgencia, una brida, una oclusión intestinal, y me hice cargo del equipo cuatro partidos. Menotti entonces era como Guardiola en el Barcelona. Si le decía a un jugador: «Hola, cómo andás», el futbolista se conmovía. «Andá, mirá lo que me dijo Menotti» [risas]. Yo tuve que llegar a la concentración y dar la charla al día siguiente. Jugaban Gatti, Higuaín, Tapia, Rinaldi… tenían entidad. Afortunadamente, ganamos. Dejé el equipo en la final y ahí se lo devolví a Menotti.

Gatti seguía ahí y ya tenía cuarenta años.

Cuatro porteros me han deslumbrado. Carrizo, de River. Gatti, Ubaldo Fillol e Iribar. Gatti, concretamente, por el dramatismo que le quitaba al juego. Y por cómo se anticipaba a la jugada. En el entrenamiento, cuando le tiraban, decía por dónde iba a ir la bola para ver si acertaba. Y era un portero que jugaba, no atajaba. En una entrevista le pusieron una parada de Fillol que era imposible. Le cabecearon, voló y la paró. El periodista le preguntó a Gatti: «¿La habría atajado usted?». Porque Gatti no era de volar. Y dijo: «Yo no, pero a mí no me cabecean» [risas].

Iribar también se anticipaba. Todos los disparos los recibía quieto, parecía que era fácil, pero estar ahí no lo era, plantado donde iba el tiro.

Cuando luego fue a Huracán, les puso como ejemplo a los delanteros a Hugo Sánchez.

Al Toti Iglesias, concretamente. Yo en Madrid veía que Hugo Sánchez definía todos los goles a un toque. No me lo podía creer. Así que me fui al Bernabéu una temporada a ponerme detrás de la portería a mirar solamente a Hugo Sánchez. Del mismo modo que antes ya había ido a mirar solo a Butragueño, pero para disfrutar. Hugo se ubicaba en el lado contrario del que venía la jugada. Le permitía estar siempre de cara a la jugada, perfilarse muy bien. Cosa que hace de manera excepcional ahora Luis Suárez. Siempre está perfilado para el gol, una virtud que no tiene Diego Costa, por ejemplo. Lo de Hugo se lo enseñé a Toti Iglesias y lo incorporó.

Del Mundial de Italia, del que se criticó su juego, usted siempre dice que no le gustó ni a Kissinger.

Porque escribió un artículo en El País criticándolo. Lo tengo guardado. Como buen representante de los explotadores, que eso es lo que era, además de un asesino —ahí están los documentos desclasificados donde se prueba cómo mataron a Letelier, o a los generales que no se sumaron al golpe de Pinochet—, a Kissinger le acabó gustando el fútbol porque lo veía como un buen instrumento de dominación. En el Mundial del 90 se dio cuenta hasta él de que era un desastre. Decía que Argentina no tiró a puerta en la final y que el fútbol así no podía ser.

¿Cómo se gestó la dupla que hizo con Valdano en Tenerife?

Hay un poema de Benedetti que dice «con tu quiero y con mi puedo vamos juntos, compañero». Yo tenía experiencia y él no, pero yo jamás habría accedido a esos equipos sin su nombre. Hicimos esa dupla tan productiva no por los triunfos, sino por las vivencias, porque fueron cuatro años en los que nos lo pasamos muy bien.

En Tenerife teníamos muy buenos jugadores. Estaba Redondo, que era extraordinario. Fue de los mejores que yo he visto en ese puesto. Tenía una convicción futbolística a prueba de balas. Le gustaba la pelota. Se cuidaba. Jugaba para ser el número uno. Decías: «Con este voy a cualquier lado, en cualquier cancha y contra cualquiera». También estaban Pizzi, Chano, Estebaranz… era una gran plantilla.

Y le dio dos noches negras al Real Madrid.

El primer partido lo perdió el Madrid, nosotros jugamos mal. Si lo ves ahora y le quitas los goles crees que ganó el Madrid, pero estaban tan nerviosos que se hicieron dos goles ellos solos. El de Rocha y la jugada famosa de Sanchís y Buyo. En el segundo no, el Tenerife jugó mucho mejor que el Madrid y eso que no estaban ni Redondo ni Chemo del Solar. Pero ellos no perdieron la liga en estos partidos, ya se habían dejado un montón de puntos antes. De hecho, nosotros el primer año también ganamos al Barcelona. Se ha quedado la leyenda de que le quitamos las ligas, pero no fue exactamente así. Además, en el segundo año nos jugábamos la UEFA.

También recuerdo que el Madrid vino con un psicólogo que les había dicho a los jugadores que no pensasen que el año anterior habían perdido el partido, sino que imaginasen que se les había muerto un familiar y fueron a su funeral. Entonces les dijimos a nuestros jugadores que, en el campo, les recordaran que no se había muerto nadie el año anterior, que habían perdido como les iba a volver a pasar.

Esa temporada, la atención estaba en Madrid y Barcelona, mientras se libraba una batalla mucho más dura por la UEFA que involucraba no solo al Sevilla y al Tenerife, sino a dos filosofías: el bilardismo y el menottismo.

En Sevilla nos ganaron 1-0 y en Tenerife les metimos tres. Fíjate lo que es el bilardismo, recuerdo que iban perdiendo 3-0, tomaba la pelota Simeone y Bilardo le gritaba «No, pará, pará», porque lo que no quería era que le metieran más goles.

El escritor sevillista José Lobo se queja de que, si las victorias hubiesen valido tres puntos, habrían ido ellos a la UEFA, que ustedes llegaron gracias a los empates.

No lo sé. Hubo mucha rivalidad en el primer partido que jugamos, tuvo mucha repercusión. Echaron a Maradona porque Redondo y Pizzi se le tiraron a los pies y el árbitro le sacó tarjeta amarilla a Pizzi, pero Maradona le dijo que había sido el cinco, Redondo, que ya tenía tarjeta, y echaron a Maradona por protestar. Para mí, ese día, con lo que me quedé fue con la primera vez que, en una falta, vi que la tirasen por abajo.

Maradona se esperó a que la barrera saltase y se la coló por debajo de los pies. Luego lo han hecho otros, creo que Messi la ha metido, pero Maradona, aunque estuviera de vuelta en Sevilla, seguía siendo descomunal.

En la 94-95 ficharon por el Real Madrid.

Me vino bien por mi suegra, que no cenaba si perdía el Madrid. Después de lo de Tenerife, que se le quedó el champán en la nevera, a mis hijos les daba miedo ir a su casa [risas].

Tenían que acabar con la hegemonía de Cruyff.

Nunca lo vi así, es la primera vez que lo escucho. Solo pensábamos en ser campeones.

Pero fue con una propuesta más parecida a la de Cruyff después de que «el nuevo Sacchi», Benito Floro, no resultara.

Programamos un centro del campo con Míchel, Redondo, Laudrup y Martín Vázquez. Entones muchos periodistas nos preguntaban: «¿Y quién se la quita al rival?». Yo no entendía, les replicaba: «Pero ¿por qué les dan la pelota a los rivales si la vamos a tener siempre nosotros?».

Les recibieron con pintadas en el Bernabéu que decían «no queremos ni rojos ni sudacas».

Fue una parte de extrema derecha del Fondo Sur. Todavía cuando opino hay fascistas que, diga yo lo que diga, me critican por la ideología de izquierdas que tengo. Yo lo que dije en aquel momento fue que los ladrillos sobre los que ellos insultaron a un sudaca estaban ahí puestos por un sudaca. Por Di Stefano.

La Quinta iniciaba el declive.

Míchel todavía estaba bien. Butragueño ya no estaba tan vigente, pero él lo tomó bien. Por dentro estaría mal, pero lo asumió con naturalidad, como un caballero, que es lo que es.

¿Redondo interrumpió la trayectoria de Milla?

Posiblemente, no lo sé. Los jugadores de primera para mí se dividen en buenos, muy buenos, excelentes y cracks. La diferencia entre Milla y Redondo es que Milla era excelente y Redondo, un crack. Pero cuando Redondo no estuvo, Milla jugó de forma notable.

Ustedes han cargado siempre con que no querían a los jugadores que fueron los más destacados ese año: Amavisca y Zamorano.

Es un mito que no hay manera de destruir. Yo estaba empeñado en traer a Cantona, lo que me dejaba fuera a Zamorano, que no quiso irse. Dijo que se iba a quedar a ganarse el puesto. Y lo hizo de cara, de buenas maneras. Pero Amavisca nunca fue cuestionado. En ningún momento. No sé por qué se le incluyó, será cosa de algún dirigente.

Usted escribió de Amavisca al final del año: «Fue clave todo el año, pero será mejor cuando agregue pausa».

Amavisca tal vez con un poco de pausa habría jugado un poco mejor, pero ahora con el paso del tiempo creo que tal vez no era un jugador de pausa. Si se paraba, jugaba peor. Amavisca era mejor con carrera. Seguramente el equivocado fuese yo.

Martín Vázquez jugó mucho ese año, pero para usted siempre buscaba la opción más complicada.

Es cierto, porque tenía mucha calidad para hacerlo, y la más complicada es la que desconcertaba al rival. Si tenía un pase fácil para el lateral derecho, él ya había visto que el izquierdo estaba entrando entre dos rivales y se la ponía. Esa era la más complicada y la hacía por su exuberante calidad.

Hierro y Sanchís le producían deleite.

Yo había sido defensor y me ocupaba de la línea de atrás. Nunca he visto una pareja de centrales mejor. Todo es opinable, igual un mourinhista me mata, pero creo que mejor que Hierro y Sanchís no ha habido nada. Los dos se compenetraban. Hierro se anticipaba al espacio, porque, como no era rápido, buscaba cortar el juego porque sí era rápido mentalmente. Sanchís era rápido en tramos cortos y en el mano a mano, infranqueable.

Cuando teníamos el partido ya definido me gustaba que los rivales encarasen a Sanchís solo por el placer de ver que nadie podía pasarle. Además, con la pelota era muy hábil porque había sido centrocampista. Luego Quique Flores también era notable atrás. Decían que no marcaba bien, lo que se dice de todos los defensas que son buenos con la pelota, y sí era buen marcador. Era intuitivo, de los laterales más completos que vi. Chendo por su parte era extraordinario en la marca.

Chendo, que le tiró un caño a Maradona.

El fútbol al revés, dijo Valdano. Los pajaritos se tiraron a las escopetas. Pero es cierto, le tiró un caño y le sacaron tarjeta a Maradona porque le hizo falta. Todo al revés.

Hicieron debutar a Raúl. Citó a Miguel Hernández para describirlo en su día: «es como el niño yuntero, masculinamente serio».

Fíjate los niños yunteros, lo que describe esa poesía, lo que tenían que hacer. Raúl era así, ponía cara de hombre siendo un niño de diecisiete años. Salió de una ocurrencia que traje de Argentina de hacer una selección con los mejores de la cantera, entrenarlos y jugar con ellos una vez por semana. Ahí apareció, con una capacidad goleadora que le va a durar hasta que tenga ochenta años. En dos amistosos vimos que estaba a la altura de cualquiera, por eso lo incorporamos. Luego fue creciendo, como les ocurre a todos los jugadores inteligentes, van incorporando el conocimiento del juego a sus virtudes naturales. Lo único que pudo vencer a Raúl fue el tiempo.

Lo del Odense fue un mazazo.

Tengo el partido grabado y lo veo de vez en cuando. Allí fue facilísimo y en Madrid tuvimos, sin exagerar, quince ocasiones de gol. Ellos en un contragolpe hicieron uno. A pesar de perder, estábamos clasificados. Hubo un córner. Valdano y yo nos desesperamos gritando que no subieran a rematar. Pero con ese espíritu de querer ganarlo todo, subieron y en el rebote nos hicieron el segundo. Después, en el vestuario le dije a Valdano que íbamos a salir campeones. No por subir la moral, sino porque solo nos quedaba la liga.

Una liga coronada por el 5-0 al Barcelona.

La jornada antes habíamos ganado 0-5 al Valladolid, el equipo tenía mucha confianza. Nunca nos planteamos hacerle cinco al Barcelona, pero el equipo jugó bien y en el primer tiempo, 3-0, tres goles de Zamorano. Cuando entramos al vestuario había una euforia incontrolable. Todos gritaban. Los jugadores sí que se acordaban del 5-0 que habían sufrido en contra en año anterior. Míchel, que estaba con muletas, bajó al vestuario, tiró las muletas, se puso a abrazarse a todos. Nosotros no podíamos ni hablar.

Quique Flores, que había recibido una falta fuerte de Stoichkov, estaba en la camilla y gritaba: «¡Yo sigo, yo sigo, estoy bien!». Había una locura. No me dieron bola a decirles que había que ganar el partido. Y salí convencido de que les metíamos cinco. Cuando hay esa locura, cuando hasta Laudrup gritaba… Luego, al final del partido, se me acercó, así como era él, serio, y me dijo: «Yo gané diez a cero» [risas]. Para mí fue el día de Zamorano. Hizo tres, y luego en el cuarto tiró al palo y la empujó Luis Enrique, y el quinto fue otra vez un pase de Zamorano, que esta vez remató Amavisca.

El año siguiente empezó mal, perdiendo la Supercopa contra el Deportivo, y la temporada fue un desastre.

La situación institucional del club era muy complicada. Querían reemplazar a Mendoza y para ello lo cercaron económicamente. Mendoza dijo que se iba si le perdonaban el aval que había puesto para ser presidente, y ahí estaba la lucha. Dentro del club no le dejaron dinero para fichar y los bancos no le dieron crédito. Tuvimos que traer jugadores lo más baratos posible.

Ustedes pagaron el pato de esa situación en la oportunidad de su vida.

Podíamos haber salido campeones cuatro años seguidos. Sabíamos que había que renovar la plantilla, cosa que se hizo al año siguiente. Nosotros lo intentamos, no pudimos hacerlo y los jugadores se enteraron. Así que nos quedamos sin fichajes y a malas con la plantilla. Petkovic y Rincón, que no eran malos jugadores, vinieron porque costaron muy baratos.

Rincón se encontró con las pintadas también: «Negros no».

Fíjate la cantidad de negros que vinieron al Madrid después. Aparte de esto, a él le afectó la situación que se vivía, que no era normal. Todo eran nervios, un clima que no era el adecuado. Pero Rincón era un jugador extraordinario.

El Ajax de Van Gaal les dio un baño en Champions.

En Ámsterdam no, incluso diría que estuvimos mejor, pero en Madrid nos dieron un baile extraordinario. El Bernabéu en silencio, recuerdo que se oía el ruido de la pelota: tac, tac. Nos ganaron 0-2, pero porque les anularon dos goles que nadie sabe por qué. Perdiendo 0-2 yo estaba mirando la hora. No existimos.

Su sociedad con Valdano se rompió ese año, él dijo que ustedes dos no eran «hermanos siameses».

Hice unas declaraciones que fueron error mío porque comprometí a todos los demás. Dije que no me quedaría en caso de que no hubiera un proyecto y que en ese momento no lo había. Cosa que era verdad, pero comprometí al resto del cuerpo técnico. Si se quedaban, mal. Si se iban, yo lo había provocado. Yo era un tipo muy calentón, entonces. Reflexioné y me eché atrás. Luego en la comisión directiva les hubiera dicho de todo por lo hipócritas que eran, porque sabía cuáles querían que el equipo fuera mal para echar al otro ¡porque me lo habían dicho en privado! Y con Valdano también hubo diferencias, naturalmente. Diferencias lógicas, porque no se puede pensar exactamente igual siempre. El grupo bicéfalo que éramos, que había funcionado hasta ese momento, ahí se rompió. Él desde ese día tuvo su forma de ver las cosas y yo otra distinta.

El mayor enemigo del Madrid muchas veces es él mismo con sus intrigas palaciegas.

Suele ocurrir. Tampoco es un hecho extraordinario en el fútbol…

El Rayo les echó ganando en el Bernabéu.

Ahí la situación ya estaba rota. Era complicadísima. De lo que me acuerdo es de Ezequiel Castillo encogiéndose de hombros, diciéndonos que lo sentía. Sabía la situación que estábamos viviendo, pero tenía que ganar su partido.

Reapareció usted con Las Palmas de Valerón y el Turu Flores.

Valerón era un crack, verdaderamente. Dominaba todas las facetas del juego y como persona es más bueno que el pan. Pero al tercer o cuarto partido se rompió el menisco. Hay que tener mala suerte. El Turu era extraordinario también, pero había que verlo con un bote de aspirinas al lado, porque te volvía loco en cada jugada con sus ocurrencias, pero, de repente, cuando estabas a punto de sacarlo del campo, te hacía un gol maravilloso, un gol que ni Pelé. Era así el Turu.

Y le echaron tras perder con el Valencia de Valdano.

Otro mito, ya me habían avisado de que no seguía antes de ese partido. Recuerdo que esa directiva también… me dijo uno: «Mire, yo no entiendo de fútbol, pero…». Al salir de esa reunión ya le dije a mi mujer que hiciera las maletas. Pero fue un error mío. Lo manejé mal. No debí haberlo hecho desde el conflicto. Teníamos que haber hecho el equipo el primer año y tratar de ascender el segundo. Pero había urgencias. Los directivos están todos cortados por el mismo patrón. Los entrenadores tienen esperanzas, alegrías, temores, dudas, certezas. Los directivos solo tienen miedo, nada más.

Después de una mala racha en México y en el Tenerife, ganó su primer título como entrenador en Perú.

Ya lo gané en Madrid.

Me refiero como primer espada.

Éramos dos espadas, esto lo voy a defender porque era verdad. Valdano y yo éramos una dupla. No es por presumir ni por nada: es que éramos dos.

En Perú tuve una experiencia maravillosa. Nos pagaron solo dos meses y los directivos se marcharon. Nos dejaron a jugadores y cuerpo técnico solos sin cobrar. Poníamos dinero nosotros para ir pagándole algo a los chicos porque no tenían ni para el autobús. Hicimos una reunión, decidimos no marcharnos, pero si seguíamos tenía que ser a muerte. Y salimos campeones. Todavía se recuerda allí ese campeonato. Salíamos diciendo que jugábamos por la hinchada. Fue hermosísimo. Y cuando estábamos celebrando el título aparecieron de nuevo todos los directivos. En el hotel les dijimos que les obsequiasen con algo a los jugadores para celebrar, y ni las cervezas pagaron. Las tuvimos que pagar nosotros.

En Huracán, se apodó al equipo «Los Ángeles de Cappa». Según encuestas en prensa argentina, el equipo favorito de los aficionados en los últimos años.

Lo más bonito fue que ese equipo demostró que el fútbol argentino tiene una identidad y la gente celebra cuando se juega como ellos lo sienten, se gane o no. Todavía voy a Buenos Aires y la gente de Huracán se baja de los coches y me abraza. Tuvieron que apelar a lo más turbio de la corrupción del fútbol argentino para quitarnos el campeonato. Jugábamos contra Vélez en su campo en el último partido, donde nos jugábamos los dos el título. Tengo indicios de que el árbitro y los jueces de línea cometieron errores decisivos y no fue de forma involuntaria.

Se interrumpió el partido por el granizo, hubo un gol de Huracán válido que se anuló y después ellos le hicieron falta al portero en un choque, perdió la pelota, le cayó a uno de ellos y gol. Fue un partido con pocas ocasiones y el árbitro tuvo que aprovechar esto alevosamente porque no tuvo más oportunidades, si no, empatábamos y ganábamos el campeonato. Hubo un periodista que hizo una nota que tengo guardada donde le agradecía a Brazenas, el árbitro, que nos robase, porque haber ganado habría sido vulgar, estarías a la altura de cualquiera que ganó, escribió. Nosotros merecimos ganar y nos robaron el campeonato, por lo tanto, seguimos siendo románticos. Me llegó, aunque era irónico todo, por supuesto.

Los hinchas de Vélez le gritaban despectivamente «subcampeón».

Fíjate cómo esta sociedad solo valora y respeta el triunfo, el éxito. Ser subcampeón es una deshonra.

Dice que, en la actualidad, peor que se juega en Argentina no se juega en ninguna parte.

Se perdió la identidad. Los jugadores están simplemente para irse. El campeonato es un escaparate para venderlos. Y lo de los dirigentes es un caos absoluto y una corrupción total, un desastre. Ahora han surgido entrenadores jóvenes que vuelven a defender el fútbol. Pero salen jugadores, como Pastore, que estuvo en veinte partidos en primera y se marchó. Como Higuaín, como Aimar, cualquiera que nombres. Es muy difícil hacer nada. Es un campeonato para vender jugadores. Además, ahora irá a peor, porque quieren privatizar los clubes, convertirlos en empresas, en esta oleada privatizadora de Macri.

Usted habla de que existe fútbol de derechas y fútbol de izquierdas. Yo, la verdad, si quisiera transmitirle a mi hijo los valores del sindicalismo a través del fútbol, le pondría a la Grecia que ganó la Eurocopa. Un equipo que teniendo menos que los demás, por su solidaridad entre ellos, su compromiso, lograron imponerse a todos.

El compromiso colectivo es una virtud destacable, el compromiso con una idea, pero también se puede tener compromiso para asaltar un banco. Hay que ver para qué es ese compromiso. Si tienes una banda y atracas un banco, tienes un compromiso para el mal. Estados Unidos también tuvo un compromiso en las Azores para invadir un pueblo y quitarle el petróleo. El compromiso en el juego es para jugar bien o para jugar mal. Se puede tener un compromiso, como el del Celta de Vigo, que con un equipo modesto juega bien al fútbol. Porque no hay ninguna receta que me diga que yo voy a ganar con este juego o con el otro. Lo más racional es que se gana jugando lo mejor posible. Siendo defensivo también, pero con un fútbol modesto ser campeón es muy difícil.

También se puede comprometer uno con grandes jugadores para que el rival no juegue, que lo respeto, pero yo creo que uno debe comprometerse para jugar bien. Porque no se trata solo de ganar, el fútbol también es para disfrutar. El fútbol es un animal de dos cabezas, la eficacia y la belleza. Si le quito la belleza, también puedo ganar. Y si le quito la eficacia, me queda la belleza. Pero también podría perder quitando la belleza, y habría perdido dos veces. Y si gano jugando bien, como dice Xavi Hernández, gano dos veces. Yo apuesto por eso. La izquierda le da valor a la belleza y la derecha no, en términos generales, a ellos les importa la eficacia, el dinero y punto. Lo importante es tenerlo. Aunque destruyas el planeta. Como Bush, que no firmó Kioto porque la economía no podía parar. Podía romper el planeta, pero no la economía.

¿Cómo logra un entrenador hacer causa con los jugadores?

No hay una norma. Lo principal de un entrenador es crear un compromiso colectivo sobre una idea. Esta es la idea y nos comprometemos todos a defenderla. El mérito extraordinario que tiene Simeone es eso. Estableció una idea y los jugadores cumplen esa idea a rajatabla. Ahora, ¿cuál es la receta? No la hay. ¿Cuál es la receta para conquistar a una persona, a un hombre o a una mujer? Hay quien lo hace con la fama, otros con el dinero, otra opción es el conocimiento… En mi caso, hablo mucho [risas]. Pero no hay receta. Para el entrenador es igual. No voy a decir el nombre, pero había un entrenador en Argentina, uno de los que más triunfos logró en el país y con distintos equipos, que era muy hábil para elegir los jugadores, y después se hacía querer por ellos. En las concentraciones estaban hasta las cuatro de la mañana jugando a las cartas, con whisky, fumando, jugando al billar. Era increíble. Y la charla que les daba era solo «Venga, vamos, vamos». ¡Y se mataban por él los jugadores! ¡Lo amaban! Lo querían como a un hermano. Luego otros son rígidos y también les responden, o no. Porque es que no hay una norma.

Para insultarle a usted le llaman filósofo.

Claro, o poeta. Porque para la ideología dominante los filósofos y los poetas sobran. Yo jamás traicioné lo que pienso. Me equivoqué, muchas veces, pero nunca renuncié a lo que pienso para sacar ventaja.

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9 comentarios

  1. Samuel Calderón Salazar

    Maravilloso artículo, por el periodista y por el personaje tan especial. Un hombre de fútbol en el sentido estricto de la palabra. De los que “juegan al fútbol”, no de los que “trabajan el fútbol”.

    Había oido mencionar a don Angel Cappa, pero no conocía todos esos detalles de su vida como hombre sencillo, jugador de equipo de barrio, luego de equipo chico, de equipo grande y sus grandes conceptos y resultados como técnico.

    Gracias por permitirnos conocerlo tan de cerca.

  2. Entrenadores, padres de familia… todos deben educar desde la imperfección…
    https://dametresminutos.wordpress.com/2017/11/19/educar-desde-la-imperfeccion/

  3. Una entrevista realmente buena, enhorabuena al entrevistado y al entrevistador.

  4. Perret

    Excelente, un tio para sacarle jugo.

  5. cesar rubio

    Estupenda historia del fútbol a través de un solo personaje.

  6. Con la grandeza de ánimo y de amor por el fútbol de este señor, pasa a segundo plano la mortificación de que se tenga que jugar el clásico fuera de la Argentina. Emocionantes recuerdos, en especial modo aquel de la pelota de cuero, que si aún engrasada, cuando llovía pesaba, y cómo dolía si eras arquero…
    Sobre el cielo del área había un solo planeta: la de cuero y por debajo un entrevero de ganas y sudor opuestos a cara e’perro; y ya caía ese objeto del deseo dominguero indiferente al barro y al dolor de las rodillas, y, sin embargo, ahí, nuestras pobres vidas no eran otra cosa que un picado en cancha con arcos de dos palos y rayas convenidas, uno de ida con decisión y rabia en el ataque, y el de vuelta a tapar agujeros y gritar a rajagola para aguantar la montonera con ganas de revancha, y si salía bien ser los nuevos super héroes del barrio. No teníamos edad ni futuro, pero estábamos seguros de que todo cambiaría después de amansarla con el pecho y con la derecha del corazón reventarla y tirarla lejos, sobre el área más o menos chica del contrario esperando luego del revuelo, polvareda y gritos aquellas palabras mágicas: golgolgolgolgoooool. Y a empezar de nuevo desde el centro imaginario del potrero desparejo con táctica de bar o de vereda. Sudar y poner la gamba con ese instinto primordial que se nos pega cuando nacemos; puños crispados, el rostro fiero y un corazón tan grande que daba miedo que se nos reventara si nos daban una patada mientras escapábamos en busca del pase al centro para peinar el sueño de cuero resbaloso que se burlaba de vos otra vez, como la vida, pues rebota, lame el palo, se va afuera, o el arquero se luce dejándote con las ganas y sin aliento, a boca abierta, rezongando y diciendo que te faltó poco, un pelito de esa suerte esquiva que hoy no quiso regalarle un gol a tu equipo y a la eterna barra futbolera seguidora y fija. Gracias por la excelente lectura.

  7. Fernando

    La fotos de Begoña Rivas son extraordinarias …. El articulo acompaña muy bien a las fotografías y no al contrario .

  8. Un curioso

    La entrevista es magnífica.

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