Božidar Maljković: «Una final de la Copa del Rey de la ACB es mejor que cualquier partido de la NBA»

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Fotografía: Ivana Todorovič

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot DownSmart número 9

No para de sonarle el teléfono ni de saludar a gente. Estamos en un restaurante en el centro de Belgrado y lo mismo se abraza efusivamente con Zoran Filipovic, delantero del Estrella Roja y el Benfica, que pasaba por ahí, como nos señala con mucha discreción al actor que ha interpretado a Radivoj Korac en una película reciente sobre el genio balcánico. Tampoco falta un camarero que aprovecha el momento para pedir consejo porque un hijo suyo está empezando a jugar bien al baloncesto. Es Božidar Maljković (Otocac, Croacia, 1952), uno de los entrenadores más laureados de Europa, y el artífice de la Jugoplastika de Kukoc y Radja que no deja de aparecerse en nuestras pesadillas. Pedimos unas rakijas y un cordero y junto a Jordi Sampietro, formador de jugadores y entrenadores en Serbia en los campus de Belgrado Basketball, repasamos toda una vida dedicada no solo al baloncesto, sino a competir a cara de perro contra lo que se ponga por delante.

Cuáles son sus orígenes, de dónde era su familia.

Soy un caso muy difícil de explicar. Mi familia nació en Croacia y los mejores años de mi vida los pasé en Split entrenando a la Jugoplastika. Mi mujer es serbia, pero también con orígenes croatas. De modo que soy serbio, pero Croacia es fundamental en mi vida. Yugoslavia está dentro de mi corazón todavía. Era un gran país. Siento mucha nostalgia. A Belgrado llegué en el año 66. Mi madre aún vive, tiene ochenta y siete años, estamos cada día con ella. Y mi padre era militar, coronel. Lo que más recuerdo de él es que cada vez que me explicaba cómo llegar a algún lugar en coche me daba las coordenadas, como hacen en el ejército, y yo siempre me perdía con esa información, no la entendía. Acababa perdido en el campo. Siempre me peleaba con él por eso. Pero en realidad mi padre no tenía mentalidad castrense, era como un poeta. Muy buena persona. No era duro, como yo. De niño jugaba mucho al ajedrez con él, hasta que le gané; no quiso enfrentarse más a mí (risas).

Aunque una cosa que me trató de inculcar sí que me marcó. Trabajar duro, decía, ocurre solo cuando te sudan las muñecas, por la parte donde pasan las venas. Solo por ahí. Si te esfuerzas de verdad, sudas por esa parte. En serio. Lo comprobé una vez que construimos una casa de verano cerca de Split, trabajé como un animal en verano. No teníamos mucho dinero y yo soy hijo único, así que me deslomé para levantar esa casa. Llevaba tantos kilos encima que me temblaba todo el cuerpo, pero de repente lo vi, me estaban sudando las muñecas, y me puse a gritar a mi padre: «¡Milan! ¡Milan! ¡lo he conseguido!» (risas).

A mis jugadores se lo he dicho siempre: no es un buen entrenamiento si no sudas por las muñecas. Años después recuerdo que estaba jugando contra el Breogan y me llamó un amigo para decirme que mi padre se había dado un golpe en la cabeza. Me dijeron que no era grave, pero sentí que iba a morir. Estaba con Unicaja y los chicos jugaron para mí, sabían que estaba triste, y ganaron. Cogí un coche alquilado directo a Madrid, un avión, escala en Frankfurt, y llegué a Belgrado. Mi padre aguantaba con vida solo para poder tocar mi muñeca. Lo hizo y murió. Pudo haber vivido más, pero estaba cascado por su experiencia en la Segunda Guerra Mundial. Fue partisano, luchó contra los nazis y le habían metido dos balas en la espalda. Se me fue con setenta y siete años.

Usted jugó al baloncesto solo hasta los diecinueve años.

Solo tenía tiro. Un tiro excelente que aún conservo, pero no daba más de mí. Mi preparación física era cero. Defensa, cero. ¿Correr al contraataque? Sí, si soy yo el que mete la canasta (risas). El Boza Maljkovic entrenador nunca hubiera fichado al Boza Maljkovic jugador. Teníamos un entrenador en aquel equipo que se tuvo que ir a la mili y nos quedamos todos llorando. Entonces un amigo me eligió para que fuese yo su sustituto. Pasé una noche entera sin dormir, tenía que demostrar que valía.

Para la salud no es bueno hacerte máximo responsable de un club siendo tan joven. Como entrenador, pase lo que pase, el culpable eres tú. El jugador entrena cinco horas, pero tú trabajas veinticuatro. Cuando empecé me pasaba noches enteras en vela fumando cajetillas de tabaco. Pero me fue bien, logramos que el equipo ascendiera de categorías.

Y se convirtió en profesional.

Me fichó el Estrella Roja como jefe de la cantera cuando el primer entrenador era Bata Djordjevic, el padre de Sasa Djordjevic. Estuve tres años, luego entrené al Radnicki, que significa «el trabajador», y me convertí en el segundo entrenador más joven de toda Yugoslavia. Aquí nunca teníamos dinero, no podíamos hacer preparación física, entrenábamos en un parque. Los demás tampoco es que fuesen muy allá. Radja y Kukoc, por ejemplo, tenían un Golf; cobrarían alrededor de cincuenta mil marcos alemanes.

Pero aquí ocurría una cosa muy a tener en cuenta. El piso te lo daba el Gobierno. Gratis. Los asignaban los ayuntamientos, y el dinero de tu salario era todo para ti. Eso motivaba a la gente para jugar mejor. Un entrenador en España dijo una vez que nosotros jugábamos tan bien porque teníamos hambre de salir del país. Tuve que ir a hablar con él para explicarle que no tenía razón.

Hizo la mili con Dalipagic.

Coincidimos un mes en la Armada. Lo vi jugar en un campeonato que se organizaba para los soldados. Es uno de los mejores jugadores que ha dado este país. Saltaba en suspensión que le ponía las zapatillas en la boca a los que le defendían. Ahora es un apasionado del tenis. Me acuerdo que el profesor Nikolic, uno de los padres de nuestro baloncesto, me dijo: «Este es un fenómeno». Le contesté: «Sí, es uno de los mejores…». Y me interrumpió: «No, no por eso. Le puedes dar una zapatilla del 40 o del 47; se las pone y juega, arrasa con lo que sea que le calces en los pies» (risas). Imagina a los de ahora…

Fue asistente de Ranko Zeravica en el Estrella Roja, otro de los padres del baloncesto yugoslavo.

Sí, aprendí mucho a su lado. Una vez estábamos en Salónica en un torneo contra la selección griega y North Carolina. Cuando llegaron los americanos nos dejaron alucinados. Eran todos treinta centímetros más altos que nosotros. El base medía 2,07, por ejemplo. Solo con ver el equipaje, de un metal especial, ya daban miedo. Llevaban no uno, sino dos curas. Rezaban antes de comer. Nosotros mirando… madre mía ¿Qué es eso? ¿Otro mundo? Tenían una disciplina increíble.

El Estrella Roja jugó contra ellos el mejor partido de toda su historia, probablemente. Faltaban seis segundos de la prórroga, íbamos uno arriba, la robó uno que… ¿Quién era? Se llamaba Michael Jordan, metió canasta y con la mano nos dijo adiós a todos. La cogió el animal y no pudimos hacer nada. Luego tuve oportunidad de charlar con él de esto y se acordaba perfectamente de cómo nos dijo bye bye.

Me lo contó años después en el Buddha-Bar de París, cuando entrené al PSG en el 97. Yo estaba enfadadísimo aquel día. Habíamos perdido contra Chicago Bulls, pero eso me daba igual, el problema era que nuestra afición iba con ellos. Veinte mil personas, en tu pabellón, y todos animando al rival. Hay que entender que París es multinacional, pero me enfadé mucho. Le di al L’Equipe unas declaraciones en las que dije: «Quiero pensar que la mejor parte de los parisinos se ha quedado en casa». Quería insultar a los que habían ido a vernos (risas). Pero la fascinación por Jordan y los Bulls alcanzó hasta a mis jugadores. Llevaron a la familia, se hicieron fotos, todos estaban pensando en poderle decir a sus nietos que jugaron contra los Bulls de Jordan.

Pese a todo, lo que me pareció increíble fue que luego, cuando estuve tomando algo después con él y Toni Kukoc, le pedí un autógrafo para mi hija Marina y ni de coña. Jordan tenía un contrato con una empresa que le daba seis millones limpios y le prohibía firmar autógrafos. En cualquier caso, lo pasamos muy bien. Kukoc por entonces empezaba a hablar mucho de golf. Y ahora, después de retirarse, digamos que solo habla de golf. Se va con Jordan, ponen mil dólares cada uno, y se pasan el día jugando. Cuando he hablado con la mujer de Toni no hace más que quejarse: ¡ocho horas cada día se pasa jugando con Jordan!

En este equipo Zeravica era el poli bueno y usted el poli malo, y luego se quedó usted para siempre ejerciendo solo de poli malo.

Ranko estaba mayor entonces. Aprendí muchas cosas de él, pero sobre todo porque era un amigo para toda la vida. Yo he pasado más tiempo con Ranko que con mi padre. Por mi temperamento, cuando los jugadores no querían trabajar bien, le decía a Ranko que no se preocupara que ya me encargaba yo.

Años después, de mayor, él se fue a vivir a Zaragoza. Le llamé hace poco y le dije: «¿Qué tal estás?». Contestó: «Bien, bien», Y yo: «No, no estás bien». Y ya reconoció: «Bueno, ando fastidiado…». Nunca te decía que algo iba mal, pero entonces su corazón trabajaba al veinticinco por ciento. Tenía miedo de venir a Belgrado porque no hay vuelos directos y yo llamé inmediatamente al presidente de la federación, Dragan Djilas, y le dije de hacer una buena acción ante Dios y ante el pueblo: pagarle un avión privado a Zeravica. Lo conseguimos, y cuando se lo comenté a Ranko, me soltó: «¿No puedo yo pagar los pilotos?» (risas).

Cuando llegó al aeropuerto a Belgrado, casi llorando, me dijo: «Gracias, es mi último vuelo». Y lo fue. Yo tenía la intuición de que estaba mal, pero es que nunca lloraba. Hice un discurso en su entierro y lloró todo el mundo. Nos pidieron traducirlo al español desde Argentina, donde pasó gran parte de su vida trabajando.

Mira, para hacerse una idea de su nivel. Una vez estábamos en un avión para ir a Israel a enfrentarnos al Hapoel Haifa y los jugadores empezaron a decir que en la pista del aeropuerto estaba Maradona. Se lo comenté a Ranko, que estaba muy enfadado porque habíamos perdido dos partidos, y me respondió: «¿Que dicen que está Maradona? Sabía que mis jugadores eran gilipollas pero no que también eran imbéciles?». Entonces vi que iba a subir al avión y grité: «Que sí, que sí, que es Maradona». Y él: «Así que tú también eres imbécil, Boza». Ranko era muy aficionado al fútbol. Veía varios partidos por semana. Seguía hasta la segunda división italiana… Al final subió Maradona al avión y ya me dijo él: «¡Coño! Sí que es él, ve ahora mismo a pedirle un autógrafo para mis hijos». Me acerqué a Maradona, se lo pedí muy amablemente: «¿Podría firmarle un autógrafo a nuestro entrenador, Ranko Zeravica?». Maradona giró la cabeza, le miró y gritó: «¿Zeravica? ¿Ranko Zeravica? ¡Usted es Dios! ¡Usted es Dios!».

Ese era Ranko Zeravica. También recuerdo que el sobrecargo del avión llegó para preguntar si íbamos a tomar menú kosher, nosotros dijimos que nos podían poner todo lo que quisieran. Luego el tío llegó a donde estaba Maradona, y le dio en el hombro preguntando: «Señor, ¿cuál es su apellido?». Y Diego contestó: «Soy Maradona». El azafato se dio la vuelta y nos dijo a todos riéndose: «Anda, este dice que es Maradona». Y siguió: «¿Me hace el favor de decirme su nombre?». Entonces se giró el argentino y le dijo a la cara: «Dieeego Armaaando Maraaadona» ¡El hombre estalló! Se puso a llamar a los pilotos como un loco, todos pidiéndole autógrafos. Zeravica se partía.

En el Estrella estuvieron a punto de fichar al otro Maradona, el del baloncesto: Drazen Petrovic.

Fue por una canasta que no lo logramos. Nos arbitraron muy mal en la final de la liga contra la Cibona, en el 84. Estábamos vendidos. Habían comprado al árbitro, seguro. Esto lo hemos sabido después. Y en los últimos segundos, Mihovil Nakic metió un churro que yo no sé si fue la única canasta que metió en todo el año. Un gancho de izquierda… Y nos ganaron. Yo conocía muy bien a la madre y al padre de Drazen, teníamos su palabra de que ficharía con nosotros, pero se fue con la Cibona porque nos ganó. A él le daba igual el equipo, su único objetivo era jugar la copa de Europa y se fue con el club que la disputó al año siguiente.

Fue una pena. Le conocía desde crío porque yo tenía una casa de verano en Croacia. Años antes, ya me habían dicho que había un chico que sobresalía, pero que tenía problemas con las caderas, no caminaba bien y tenía un tiro muy malo. No obstante, era un animal. Partiendo de esa situación, todas sus cualidades fueron fruto del trabajo. Se levantaba una hora antes para ir a la escuela y aprovechaba para tirar. Yo esto lo he visto. Cuando iba a comprar pescado a Sibenik le veía trabajando solo. Tirando y tirando. Creo que no hay jugadores que hayan trabajado más que él y Dusko Ivanovic. Lo suyo no era ser trabajador, sentía perversión por el trabajo. Ni siquiera podía vivir sin pesas. Quizá podría haber tenido una mejor defensa, pero… (risas).

Moka Slavnic nos contó que fue muy importante para Drazen que él fuera su entrenador-jugador en su primer año.

¡Claro que sí! Le dio, aparte de la oportunidad de jugar, confianza en sí mismo. Le decía: «Tira. Si metes, bien, y si no, no pasa nada». Con eso no basta, pero a partir de ahí si había que tirar algo, Petrovic lo tiraba. Ese control, confianza, Slavnic sabía hacerlo. No solo con él, también con otros jugadores que tuvo.

Hablemos de la Jugoplastika. Llegó en el 86. Hotel Park, habitación 101.

Mi entrada fue complicada. Estaba en esta habitación, que era la suite de Tito, y casi me asfixio. Tengo alergia al polen y me desperté en mitad de noche ahogándome. Estaba preocupado, la gente andaba quejándose de que habían contratado a un entrenador anónimo y tuve que dar mi primer entrenamiento con la cara hinchada por la alergia.

Radja había dicho a la prensa que mi fichaje no tenía sentido. Yo llegaba de Belgrado a Split, había mucha rivalidad. No fue nada, nada fácil. Sin embargo, a los pocos días toda la plantilla estaba trabajando sin que tuviese que dar una sola voz ni un mal gesto. Los jugadores saben cuando alguien sabe de baloncesto. A la semana, Radja se acercó a pedirme perdón; me dijo que no sabía quién era, que le habían preguntado los periodistas y dijo lo que dijo. Lo bueno fue que me dieron las llaves de la casa. Poder absoluto. Y funcionó.

¿Por qué le ficharon si no le conocían?

Los de la Jugoplastika llamaron a Ranko Zeravica y él me recomendó, dijo que era mejor que él. Imagínate qué clase de persona era, qué categoría. Luego llamaron al profesor Nikolic, que fue el fundador del baloncesto aquí, creó nuestra escuela, y también me recomendó. Dijo que era ideal para la Jugoplastika. Y ahí estaban tíos que sabían, como Jerkov o Skansi, pero con estas credenciales apostaron por mí y, bueno, qué decir, fueron cuatro años inolvidables. Porque la primera vez que ganas en Europa es inolvidable, pero la segunda vez ya no es la primera (risas).

Cuando la Jugoplastika ganó la Final Four de Munich se habla de que lo hizo «un equipo de imberbes».

No he visto en mi vida algo como el recibimiento que nos hicieron en Split al volver. Pero antes de eso, en febrero, nos había dado una paliza el Barça. Creo que fue la primera vez en mi vida que he sentido vergüenza como entrenador de baloncesto. Nos mataron. Solozábal, Costa, Epi… quería que se me tragase la tierra. Desde ese día, en cada entrenamiento les recordaba este partido. Les ponía el vídeo y le decía a Kukoc: «Macho, mira el bíceps de Jiménez. Bien, ahora mira el tuyo» (risas). A Dusko Ivanovic le puse de los nervios. Terminó rabioso. Y así salimos a la cancha en la Final Four.

¿Sabes, de todas formas, qué nos falló ese día de febrero? Antes de jugar en Barcelona fuimos a ver el museo del club y el Camp Nou. Nos impresionó mucho y nos empequeñecimos. Es algo que no he vuelto a hacer en mi vida cuando he vuelto a jugar contra ellos allí. Ves el campo de fútbol para ciento veinte mil personas, y luego te ves a ti, con un palacio para tres mil personas… Te ganan la guerra psicológica. Te quedas sin garra. Eso fue lo que nos pasó y de lo que aprendimos.

En la final contra el Maccabi Aza Nikolic acudió para darle una charla a su plantilla.

En el hotel dio un discurso muy emocionante. Les dijo que no tenían ninguna posibilidad de ganar, para que se relajasen, pero que íbamos a hacer nuestro mejor baloncesto para pasarlo bien. Nikolic estaba mayor, tenía ya párkinson, intentaba llevarse el cigarro a la boca entre palabra y palabra y no acertaba, el pobre. En el partido se sentó detrás de mí con un puñado de pastillas de nitroglicerina en la mano para no morir de un infarto.

Recuerdo que el pobre Kukoc tenía encima una presión tremenda. Falló todo lo que tiró al principio. Los hinchas de Split, que los tenía detrás, me gritaban: «¡Cambia a este desgraciado, vamos a perder por su culpa!». Quise apoyarle, le mantuve, se tiró el séptimo o el octavo, tocó los aros, una vez, dos, tres, cuatro y dentro. Empezó a jugar y ganamos.

Estábamos celebrando en el vestuario, todos locos, y me llamó Aza Nikolic: «Compañero, escucha. A partir de ahora vas a tener muy pocos amigos». Y es verdad, ha sido tal cual en mi caso. Lo gracioso es que después de ganar, me fui a ver a mi padre. Me tomé con él una rakija de ciruela, vimos los periódicos, donde habían escrito juegos de palabras con mi nombre: «Regalo de Dios». Mi padre solo me dijo: «Bueno, Bozidar, y ahora, dime: ¿cuándo vas a trabajar en algo serio?» (risas).

Aquellos jugadores aún tienen pesadillas con los entrenamientos.

No creo que nadie haya trabajado como nosotros, ni en horas ni en intensidad. Y encima, Zeravica tenía la teoría de que no nos lesionábamos mucho porque tomábamos todos los días chorba, la sopa típica de aquí, que tiene verduras y minerales.

Ivanovic y Perasovic terminaron obsesionados por lo que trabajaron, pero luego lo han intentado aplicar en los equipos que entrenan y hay un problema: no hay tiempo. Nosotros estábamos un mes sin jugar. La selección se iba a Estados Unidos, donde aprendía muchísimo, y nosotros seguíamos trabajando, trabajando y trabajando.

Pero por muy bien que entrenes y por mucho que trabajes, sin talento no vas a ningún sitio. Aquí, en tres regiones yugoslavas, Dalmacia, Herzegovina y Montenegro, hemos tenido la mejor cantera. Solo en Dalmacia, entre Split, Sibenik y Zadar, hay ciento cincuenta kilómetros, y han salido los mejores jugadores del mundo. En el sur de Serbia se acaba. En Nis, por ejemplo, ya no tenemos gran baloncesto. Y en el norte, en Eslovenia, tampoco. Tienes a los hermanos Dragic, pero son hijos de serbio, igual que Rasho Nesterovic. ¿Y por qué? Porque está todo en ese triángulo.

También, detrás de la Jugoplastika, estaba Joza Blasic. Un coronel del ejército que era como nuestro padre. Había sido asistente de Tito para primeros auxilios, por si le daba un infarto. A mí, cuando me veía nervioso, me metía en la sauna. Antes de los grandes partidos, me ponía como loco y él me relajaba con unos ejercicios. Fue también como un padre para Radja, para Ivanovic… Tenía manos de oro. Nunca he visto a nadie igual. Cuando se estaba muriendo fui a verle al hospital a Ljubliana y le di la mano poco antes de que falleciera. Me dijo: «Maestro, sabía que iba a venir».

Cuando Vinny Del Negro vino a Italia, a la Benetton, tenía la espalda jodida y le llamó. Le dio tal masaje que dijo: «Este tío no se vuelve a separar de mí» (risas). Y lo ficharon. Recuerdo que cuando íbamos en bus con él y todos dormíamos, el coronel estaba despierto vigilando. Si nos despertábamos, se dormía él. Luego hemos estado en otros países, pero siempre que teníamos mal la espalda nos íbamos a Treviso a que nos la pusiera él bien. Este hombre tiene tanto mérito como el mejor jugador de la Jugoplastika. Les ponía unos estiramientos a los jugadores que yo les veía las caras y me daba pena, de verdad. Sudaban como decía mi padre, por las muñecas.

Luego me partía de risa con Savic, cuando fichó por el Barcelona, que vio a todos los jugadores catalanes en el vestuario enchufados a modernos aparatos eléctricos para recuperar. Nosotros en cuatro años de Jugoplastika no habíamos usado nada más que las manos de Joza. No tuvimos más que una luxación del hombro de Kukoc.

¿Y eso que se decía de Kukoc, que tenía los brazos tan largos por los pesos que le hacía usted llevar?

Como era el más joven, según mis reglas, llevaba las maletas. Las bolsas y el equipaje. Era buenísimo, pero me daba igual. Una vez me encontré con él cuando era entrenador del Barça y me dijo: «Míster, ya no llevo las bolsas, ahora las lleva Tabak». Estaba todo contento. Creo que si quieres que la cosa funcione tienes que controlarlo todo. Yo no permitía por ejemplo que se movieran treinta kilómetros de la ciudad donde estuviera el equipo sin avisarme por teléfono. Les ponía multas.

También influye el carácter, en Balcanes es duro.

Lo comenté hace poco en una charla que me invitó a dar la UEFA en París. En la antigua Yugoslavia somos muy duros con los críos. Espartanos. Si un niño tira un triple en el último segundo, no entra y el equipo no gana, no puede dormir en su casa. Su padre le recomendará de mala manera que se busque otro deporte. «¿Por qué no haces ballet?», le dirá. Porque le ha humillado y no va a poder hablar con nadie en varios días.

Un perro y un lobo son la misma familia en el reino animal, pero el perro está calentito en casa, bien alimentado, y el lobo está buscándose la comida, peleando con otros animales. Pero como se enfrente un lobo a un perro, se lo come vivo. Esto es lo que hay aquí. En España se comete un error y todo el mundo te dice «no pasa nada», «mañana será otro día»… Aquí te matan. Metes la pata y tu familia, tus padres y tus compañeros te dirán: «¿Tú trabajas o no trabajas?».

Por ejemplo, Novak Djokovic es un lobo. Su padre vendió todo lo que tenía para invertir en él. En Francia fallas una canasta y ne se passe rien, no pasa nada. Aquí te machacan. El mejor ejemplo que puedo poner es la Final Four de Estambul. Morales, después de que la metiera Jofresa, cogió el balón y en vez de ponerlo en el suelo, porque entonces no se paraba el tiempo, ¡le dio el balón Koprivica!, que sacó rápido, recibió Djordjevic, triple y perdieron. ¡El mérito del famoso triple fue de Morales! Por eso lloraba el pobre al final del partido. Yo estaba viendo el partido con Bata, el padre de Djordjevic, que estaba eufórico, y se lo dije ahí mismo: «Dale la gracias a Morales». Todo por no pensar un segundo. Eso diferencia a un lobo y a un perro.

La Jugoplastika le ganó la liga al Partizan de Vlade Divac.

Divac como jugador es muy vago. Como talento, increíblemente bueno. Solo Kukoc tenía más talento que él. Pero como persona no me gusta nada. Es presidente de nuestro comité olímpico, van a empezar ahora en Belgrado el torneo preolímpico clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Río. ¿Y dónde está Divac? En Sacramento. Luego ha tenido problemas por vender Gucci falsificados en su tienda… Todos sabemos que es así. Está metido en política y le defienden determinados políticos. A mí me das a elegir para confeccionar una plantilla a dos jugadores como Divac o a uno como Radja y cojo a Radja, que era un gran trabajador y mejor persona, una condición que también hay que tener para ser un número uno.

¿Crees que Nikola Jokic, que está ahora en la NBA con veinte años, puede llegar a ese nivel?

Puede ser incluso mejor. Entiende el juego mejor que Divac, trabaja más que Divac, corre, participa en los contraataques. Puede ser mejor. Como persona no le conozco, pero talento le sobra.

Esa final contra el Partizan se suspendió precisamente por un monedazo a Divac.

Abandonaron por ese supuesto monedazo. Aquello fue teatro y del malo. Ya en su momento dije que algún día sabríamos todos que eso fue una pantomima. Djordjevic, honesto como es, ya ha dicho que sí. El médico que le atendió ha dicho que sí… Ellos sabían que en Split no podían ganarnos. Era muy difícil. Imposible. Y se retiraron de la final cuando nos pusimos dos partidos a cero con el pretexto del monedazo. Eran grandísimos jugadores, pero muy malos actores.  

Aun así, a pesar de un bochorno así, la liga yugoslava era tremenda.

Si hubiese dependido de la gente del baloncesto no hubiese habido una guerra aquí con miles y miles de muertos. La gente del baloncesto en todos los países, Eslovenia, Bosnia, Croacia, Macedonia… era gente muy inteligente y todos se sentían yugoslavos, no eran separatistas. Me duele mucho haber perdido Yugoslavia, vivíamos muy bien. En la época de Tito no había gente escandalosamente rica, todos teníamos más o menos lo mismo, y en el baloncesto era lo mismo; estábamos todos a un mismo nivel, había mucha competitividad y era una liga excelente. Ahora hablo con la gente del baloncesto a la cara y me lloran, recuerdan los grandes tiempos de Yugoslavia, pero en cuanto aparece alguien alrededor ya no dicen nada, están calladitos. Yugoslavia era un gran país, como España, a la que quiero tanto. La gente de estos dos países entendemos la vida de forma muy parecida.

En 1990 fichó por el FC Barcelona.

Entendí que se había acabado un ciclo. Todos los grandes de mi país se habían marchado a demostrar que tenían clase y calidad también fuera. Lo anuncié un año antes. Me ofrecieron cincuenta mil dólares menos que en Barcelona; acababan de vender a Radja, con un contrato vitalicio, en el que yo decidía cuántos años. Pero preferí salir.

En Barcelona al principio solo tuve un problema. Yo notaba que los jugadores me escuchaban, pero algo pasaba. Había como una barrera. Tenía un traductor, Ljubo Rikic; le pregunté si me estaba traduciendo bien y se enfadó: «¡Hablo español mejor que estos, hasta hablo catalán mejor!». Estaba casado con un catalana. Pero seguían raros, y lo que pasaba es que en serbocroata la traducción de «veces» es «puta», y yo, al dar instrucciones, decía todo el rato «puta, puta, puta» (risas). Esa tontería la solucioné, pero luego con Aíto tuve problemas desde el primer día.

Quería demostrar a todos que el mejor fuera de España no podía trabajar con el Barcelona, que solo él era capaz. Pregúntale a Epi, a Norris, a Solozábal, hasta a Salvador Alemany… todos te dirán lo mismo de él. Llegué a tener un precontrato firmado con Toni Kukoc y él lo destruyó. Pudo haber jugado en el Barça.

¿Entonces no fue por dinero?

Aíto tenía dinero de sobra. Aguanté todo lo que pude y se lo dije a la cara: «Quiero ganar aquí y tú haces todo lo posible para que no lo consiga». Aíto me dejó sin jugadores, hizo que muchos se operaran. Me lo dijeron grandes entrenadores: «Este te va a perjudicar». Y era cierto. Tú miras las plantilla de cada año y la mía era la más floja. Y aun así gané la Copa del Rey, me ganó la liga el Joventut en la final y llegué también a la final de la Final Four. Con el Joventut perdimos por un error en el pase de Montero. Al día siguiente tuve que llamarle para darle un abrazo y un beso, al pobre.

Eso es lo contrario que se hacía en Yugoslavia.

Ya, pero es que a Montero lo estaban machacando todos. Estaba todo el mundo contra él y le estaba afectando. Quise darle mi apoyo. Porque un cirujano comete un error y no se entera nadie, pero nuestro trabajo es público, todos nuestros errores los ven miles de personas por televisión. Yo soy duro, pero intento serlo solo en el momento. Y cuanto más experto sea el jugador, más. Epi me decía que le hablaba peor que a todos los compañeros juntos. Ahora nos hemos encontrado y nos hemos abrazado. Si haces un equipo con Solozábal de entrenador  y Epi de director yo pongo el dinero.

¿Si Aíto fue así desde el primer día por qué no se marchó?

Porque era mi primera salida fuera. Imagina cómo me sentía. Dimitir hubiese sido como decir que no era capaz de trabajar solo. Luché todo lo que pude. Como entrenador Aíto es muy bueno. Como persona, no. El único del mundo del baloncesto con quien no me hablo. Solo se llevaba bien Montero porque tenían negocios juntos. Aíto tenía mucho poder en el club y fuera. Tenía árbitros. Por ejemplo, cuando le ganó la liga al Real Madrid de Petrovic el árbitro les crujió. Fue una vergüenza verlo, incluso hoy.

En Europa solo Mike D’Antoni y usted implantaron la zona 1-3-1.

Más él que yo. Yo hice otro tipo que parece 1-3-1, pero no lo es. Es una zona-hombre. Nadie ha jugado ni antes ni después esta zona. Por ejemplo, con la Jugoplastika se la apliqué al Barcelona en la final de la Final Four de Zaragoza. Y a su vez con el Barcelona al Estudiantes, grandísimo equipo, en la Copa del Rey que se jugó también en Zaragoza. Al final fue mi ciudad talismán.

El Estu en unos minutos nos metió un parcial de doce puntos. Fue uno de esos momentos en los que el entrenador tiene que reaccionar o lo matan. Puse esa defensa que es zona man to man. Este sistema no es como juegan muchos en España de triángulo más dos man to man, el mío depende de tus movimientos. Solo se puede hacer con jugadores listos. Trabajamos mucho esto desde el primer día, meses y meses. Y ganamos al final por seis puntos, cosa que nadie esperaba porque nos faltaban jugadores importantes. Nunca olvidaré la cara de Aíto cuando debía estar contento.

En el 91 estalló la guerra en Yugoslavia. ¿Le afectó?

Lo pasé muy mal. No conozco a nadie más yugoslavo que yo. Ahora mismo debo de ser el único entrenador en Serbia que defiende la liga adriática. Llamaba por teléfono a mis amigos croatas y… ¡llorábamos! Estuve muchas noches sin dormir, la gente me llamaba con problemas, yo creo que envié un millón de dólares a personas que lo necesitaban. Y a los dos lados, a amigos serbios y a amigos croatas.

Con Johan Cruyff tuvo algún cruce de declaraciones.

Empecé muy mal con él. Salió en la prensa diciendo que no entendía a su club, que la sección de baloncesto tuviese a un fichaje como Montero, que ganaba no sé cuánto, y sus jugadores mientras la mitad. Decía Johan que él llevaba a ciento y pico mil personas y nosotros a menos de la mitad. Nos afectó. Y tenía razón, pero dije: «Un hombre que piensa que entiende del trabajo ajeno muchas veces el que no entiende es el suyo». Empezó una guerra de dos meses en la que, aunque nos pinchábamos, también había respeto mutuo. Luego le dio el infarto y fui a verle al hospital, olvidamos todo y quedamos para comer. Fue increíble.

Me acuerdo de que nos reunimos y estaba Ronald Koeman dándole lecciones a su hijo Jordi de cómo tirar faltas. Tenían una barrera de hierro de estas. Y de repente se levantó Johan Cruyff, que le acaban de dar el alta del infarto, salido de la UCI, gritando «no, no, así no». Y se puso él a tirar las faltas diciendo «quitad, que no tenéis ni puta idea». Cenamos muchas veces y lo pasamos muy bien. Era un tío muy listo. Especialmente inteligente.

La siguiente parada fue Limoges.

Yo odiaba Francia, no quería ir. Habíamos jugado años atrás contra el Limoges, vinieron a Split y llegaron con una lista de peticiones. Pedían agua embotellada. Y en aquella época no había en Yugoslavia, se bebía del grifo. Pensaron que les queríamos joder, pero es que no había. También se querían llevar la llave del vestuario al hotel, como si les fuésemos a robar. Tuve que darles mi palabra de que nadie iba a entrar.

Juré que nunca iría a jugar allí. De hecho, al principio, quería irme a Estados Unidos, pero el dueño del Limoges me llamó y me dijo que venía a verme en avión privado. Les contesté: «No voy a fichar nunca por un club francés, si quieres venir a verme como amigo, ven». El caso es que vino y me ofreció tal cantidad de dinero, el triple de lo que había cobrado en el Barça, y ya no era yo, tenía que pensar en mis hijos. Así que fiché.

Fui para allá en coche y cuando llegué, con el Opel lleno de barro, nieve y hasta arriba con todas mis cosas de Barcelona, alucinaron. Luego en Limoges una ventaja que teníamos era que no paraba de llover, podías estar encerrado en el pabellón muy a gusto. Vino Zeljko Obradovic un día y me dijo: «¡Coño, Boza, cómo puedes vivir aquí!». Ahora dicen que ha cambiado el tiempo. Aquello era increíble.

Logró la copa de Europa con muy poco.

Michael Young era el mejor atacante que he tenido en toda mi vida. Ganamos cinco títulos y el milagro de la Final Four. Un milagro, pero a mucha gente se le olvida que luego volví a meter al Limoges en la del 95 que ganó el Real Madrid.

El entrenador de la Benetton, Petar Skansi, tras la derrota del 93, dijo que el baloncesto iba a morir si se seguía jugando así.

Él con la Benetton tenía mucho dinero y los mejores jugadores, pero perdieron contra nosotros. En el vestuario, después, Kukoc estaba llorando como un niño. Le dije: «Toni, macho, el año pasado me ganaste tú a mí y yo no lloré». Me dio toda su equipación para mi hija Marina. Había perdido la primera final en toda su vida. Quería irse a Estados Unidos sin haber perdido ninguna.

Luego apareció Luciano Benneton. Me había querido fichar un año antes y no acepté. Les dijo a todos: «Levantad la cabeza, la familia Benetton y yo estamos contentísimos por todo lo que habéis logrado este año. Hay que perder alguna vez, hombre. No pasa nada. Vais a cobrar todas las primas de este partido». ¡Un señor!

Y nada, me fumé un cigarro con Skansi y nos fuimos a la rueda de prensa. De camino, me dijo: «Oye, Boza, tengo que decir algo para defenderme: voy a declarar que tu baloncesto es muy feo». Y yo: «Vale, no te preocupes». Y soltó: «Esto no es baloncesto, tal…» (risas). Entonces es cuando yo contesté que si me daba a mí a Toni Kukoc iba a verme jugar de manera distinta. Qué iba a hacer él, lo entiendo.

Me pueden decir lo que quieran de que soy defensivo, no hay más que ver los atacantes que he tenido: Savic, Perasovic, Naumoski… Ahora incluso me llaman para hacer seminarios de ataque. Pero qué opciones tenía con el Limoges. Podía jugar un baloncesto abierto, perder y quedar como un tío muy simpático, o defender, con muy buena preparación física, double team, defensa de botella, como dicen en España, cambios y ganar. Eso hicimos. Mejor, ¿no?

Nos marchamos de allí en aviones privados y en el aeropuerto Kukoc seguía llorando. Le abracé y lágrimas y lágrimas, pero ojo, yo tengo la teoría de que solo los hombres más valientes lloran así. Kukoc ni como cadete, ni como junior, ni sub-20 ni profesional había perdido una final en Europa. Se tuvo que ir a Chicago sin esta. Pero pese a esta ambición era una gran persona. Era de la filosofía de que una canasta hace feliz a uno, pero una buena asistencia a dos. A mí me gusta eso.

Después fue al  Panathinaikos.

Me dijeron: solo queremos ganar la copa de Europa, todo lo demás nos da igual. Fue muy interesante, porque en ese vestuario hablábamos seis idiomas. Lo que pasa es que el baloncesto griego es muy difícil, hay muchas cosas sucias fuera del campo. Siempre pasa algo. La prensa es muy mala, hay tres periódicos a favor del Panathinaikos y tres en contra. Los arbitrajes eran penosos, los partidos siempre parecían peleas callejeras. Y luego el dinero. El baloncesto griego empezó a bajar cuando llegó el euro. Ya no pudieron blanquear el dinero negro y hubo un pequeño declive.

Giannakopoulos, por otro lado, era tan rico que no sabía ni cuánto dinero tenía. En esa Final Four le dije de broma que nuestro avión privado para volver a Atenas como campeones de Europa era muy pequeño y rápidamente compró un jet con caviar y de todo. No me lo podía creer.

¿Cómo fue su relación con Dominique Wilkins?

Nunca hubo una mala palabra entre nosotros, pero jamás en su vida había trabajado en verano. En la primera sesión me lo encontré tirado detrás de la canasta. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que tenía asma. «Mira» —le dije—, «estás cobrando tres millones y medio netos, no tienes derecho a tener asma». Pero fueron solo tres o cuatro meses tontos, luego jugó como un animal; robaba balones, contraataque, saltaba por encima hasta de Vrankovic. Era un superjugador.

Él dijo que usted nunca podría entrenar en la NBA con sus  métodos.

Lo ha dicho él y me lo han comentado también Radja y Kukoc. En Estados Unidos no tienen autoridad. No te dejan trabajar como tú quieres. El arte de un entrenador allí es acercarse a los jugadores, ser su amigo. Yo no sé hacer eso, no soy capaz. Me puedo hacer amigo de los jugadores después, pero no sé ir de tío simpático. Quizá sea un error mío. Obradovic sí que lo hace. Sale con la plantilla, se toma un vino con ellos. Es una cualidad que yo no tengo.

En esa Final Four se encontró con el Barcelona de Aíto y no faltó polémica.

De este partido yo sabía que el Barça iba a hacer una presión importante sobre el árbitro, sobre Pascal Dorizon. No pitaron muchas faltas que eran para nosotros, debimos ganar sin ningún problema. Llamé al árbitro en mitad del partido y le advertí que lo que estaba haciendo no estaba bien, que el encuentro iba a ser un desastre y él lo iba a pagar.

Así que los que dicen que en la última jugada se decidió por el árbitro, que se pongan el partido completo. Lo de Montero eran pasos limpios. Clarísimos. Porque si no los hubiera hecho, habría fallado. Seguro que el balón se le hubiera ido a la izquierda, era un tiro con muchos nervios. Y el tapón no sé si era legal o ilegal. Solo sé que me llegó Salvador Alemany, una grandísima persona, la mejor persona que conozco del baloncesto español junto con Portela, y me dijo: «Boza, es muy difícil para mí, pero enhorabuena». A Aíto, que estaba triste, como es normal, se le acercó uno de Canal +, le contó no sé qué y fue entonces cuando empezó a quejarse, que si había un ángulo en el que se ve no sé qué. Estas cosas ilegales en los partidos pasan mil. Era imposible ver nada ahí, hombre.

A Unicaja llegó en el 99.

Cuando me fui de Málaga un periódico tituló: «Se va el que nos hizo grandes». Empecé con muy poco dinero, pero en cuatro años fuimos subiendo. Ganamos una copa Korac al Hemofarm aquí en Belgrado. Al día siguiente me llevé a todo el equipo al cementerio a la tumba de Korac antes de salir para Málaga. Estaban todos encantados. Pude quedarme más años, pero en cuanto me enteré de que el presidente me quería cambiar, me fui por orgullo.

Estuvo a punto de fichar a Sabonis.

Esto me molestó mucho. Hablé con Arvydas, que vive en Torremolinos. Tenía muchas ganas de jugar conmigo. Es una historia larga, nos conocemos y hemos jugado varias veces, perdió con el Real Madrid contra el Limoges. Yo hablo ruso y siempre hemos charlado. Salimos con las mujeres al restaurante favorito de Sabas, un gallego, y me dijo que quería acabar su carrera conmigo. Estaba todo listo, pero al final alguien en Unicaja se metió en medio para cargarse el fichaje diciendo que era un inválido, que no tenía piernas. Pues después se echó dos años en Portland en la NBA. Esta fue la primera herida que me hicieron en Málaga. Después de tres años maravillosos, ¿no tenéis confianza en mí?

Luego fue al Real Madrid, leemos que le recomendaron ir Mijatovic, Radomir Antic, Djordjevic… todos.

El Madrid es un gran club. Entre Barça y Madrid no sabría decirte, ambos tienen grandes virtudes. Tengo una excelente relación con todos los presidentes. Con Florentino hablo por teléfono de vez en cuando, con Núñez muy bien, y ahora ha venido Joan Laporta a dar una charla aquí a Belgrado y he estado con él.

En el Real Madrid quise modernizar un poco el club, pero fue muy difícil. Para empezar, quise traer a Joan Plaza, porque nos conocimos en Francia y le prometí que si volvía a España le ficharía; soy un hombre de palabra. Y en el club: «Qué pasa, no hay entrenadores en Castilla que tienes que traer a un catalán». Ahora Joan me parece uno de los mejores y lo ha demostrado.

Luego quería más dinero para fichar, se lo dije a Florentino; el último jugador de la plantilla de fútbol, que chupaba banquillo toda la temporada, cobraba más que todos nosotros juntos. Eso no podía ser. Luego vinieron Calderón y Divac y preferí irme.

Pero a Florentino le dejé a cuadros. Cuando jugamos la final de la ACB, quedaba un minuto y medio y perdíamos de nueve contra el TAU de Dusko Ivanovic. Fue muy divertido. Estaban Querejeta y Portela en el palco, bajaban para entregar las medallas, hay veintidós escalones, y cuando llegaron se encontraron con que los del TAU estaban llorando y nosotros celebrando. Metimos triple en el último segundo, el de Herreros.

Florentino bajó al vestuario con su mujer, Pitina, que murió, y con su hijo; estaba absolutamente emocionado. Me dijo que nunca había estado tan contento. Nos abrazamos de tal manera que le hice una fisura en las costillas. Hubo una foto en el Marca donde salía llorando por la costilla rota. Y al volver a Madrid Florentino vio con sus propios ojos que ganar una liga de baloncesto no era una mierda. Estaba todo el mundo loco de alegría. Habíamos ganado en el País Vasco, lo que tenía también su rollo político, y además el equipo de fútbol había fracasado. Pero en Madrid tuve a la prensa en contra desde el primer día. El Marca fue a por mí a muerte, parecía un periódico griego. Todo muy sucio. Fue una campaña contra mí, y no sé por qué.

Se habla mucho de que los entrenadores y los agentes cogen dinero de los fichajes.

No me gustan los agentes. Estoy muy decepcionado con muchos de ellos. Son gente que tiene millones de euros y no paga ni una Coca-Cola. Yo nunca he tenido agente. Me intentaron poner uno en Barcelona y no quise. Lo hice todo con un abogado, el que ahora le lleva todo a Zeljko Obradovic. Después de eso, Giannakopoulos me llamó personalmente y hubo una persona que solo por darle mi teléfono le cobró cien mil dólares. Le dije que estaba loco por pagar eso. A día de hoy hay deal entre los directores de clubes, agentes de jugadores y demás. Es muy difícil comprobarlo; uno te paga en Gibraltar, el otro en Andorra, y aquí no ha pasado nada. Muchos de mis colegas hacen más dinero con esto que con su contrato.

¿Usted cómo fichaba? ¿No estaba en estas redes?

¡Que diga uno que conmigo ha hecho deal! Nadie. Yo antes de robarle el dinero a un jugador me voy a la iglesia y me llevo el cepillo. Para fichar solo he estado atento a los detalles. En Split lo gané todo y fiché a Savic, que estaba jugando en un pueblo. Al macedonio Petar Naumoski y a Aramis Naglic. Los directivos me preguntaban para qué íbamos a traerles si ya lo habíamos ganado todo, y yo contestaba que cuando me fuera quería que el club siguiera ganando sin mí. Al año siguiente de irme de Split jugaron contra mí en el Barcelona y Savic nos metió veintisiete puntos. Por cierto, qué emocionante. Nombraron a Kukoc MVP y cuando tuvo que dar su discurso dijo que gracias, pero que el MVP había sido Savic.

Como seleccionador de Eslovenia logró derrotar a España.

Sí, pero lo de España es increíble. Toda mi vida he dicho que Sabonis era el número uno, luego Gasol y después Radja. Ahora creo que Gasol es el número uno. No me cabe duda. Nadie ha sido tan importante como él lo fue para España en el último europeo. ¡Madre mía!

¿Qué le parece la NBA a día de hoy?

Cada dos años voy para allá. El año pasado estuve viendo los entrenamientos de Phoenix Suns con Igor Kokoskov, el seleccionador de Eslovenia de ahora. Cuando acabó la sesión me dijo: «Boza, perdona por ver este entrenamiento». Es que no hay entrenamiento. ¡No entrenan! Veías a algunos jugadores pasando directamente del preparador. Y el entrenador: «¡Vamos! Let´s go!». Y nada. Ni caso. Solo hay glamur. Y no hay nada más, no hay competición. Hasta el playoff nada. No trabajan más que dos semanas. Lo respeto, eh. Es un gran país del baloncesto. No paran de surgir ideas nuevas.

Igual por ese caos surgen.

Sí, todas las ideas nuevas llegan de América. Lo que pienso es que Radja y Kukoc aquí tuvieron ciento y pico partidos por año. En Estados Unidos en la universidad son treinta con la misma edad. Los míos maduraban antes, más rápido, pero terminaban la temporada con inyecciones de calcio gigantescas. Al final de temporada aquí estaban machacados. Pero quiero decir una cosa, y yo estoy siempre detrás de mis palabras: para mí una final de la Copa del Rey de la ACB es mejor que cualquier partido de la NBA. Y si la final de la ACB es en Málaga, cerca del mar, con boquerones y carabineros, ¡mucho mejor que en Los Ángeles! (risas).

Ahora su hija continúa su legado.

Estoy muy orgulloso de mis hijos. El chaval tiene una empresa de marketing y ha trabajado con Kusturica, nuestro mejor director de cine, en su película Gato negro, gato blanco. Y Marina es una gran entrenadora. Cuando me dijo que quería entrenar le dije que no debía, pero ella quería, quería y quería. Me decía que si yo no escuché a mi padre por qué iba a tener que hacerlo ella, y siguió. Yo, como el padre de Djordjevic, que nunca se metió en la carrera de su hijo, nunca me he metido en la de ella. Nunca he estado en un entrenamiento y me he pasado diez años sin pisar un partido en el que ella fuera la entrenadora. Lo ha logrado todo ella sola. Una medalla de oro en el Europeo del año pasado. No tengo palabras.

Y ahora, ¿espera ofertas para volver o está fuera?

No. Quiero volver. Tengo ofertas y al final elegiré la que más miedo me dé (risas). Me he pasado un tiempo descansando y no he hecho más que leer. Muchísima literatura española, por cierto. Leo mucho de la Guerra Civil. Mi hija me roba los libros, ella habla español mejor que yo. Pero lo mejor que me ha pasado últimamente es conseguir que los pabellones de baloncesto de Belgrado lleven el nombre del profesor Aza Nikolic y Ranko Zeravica. Se lo pedí al expresidente de Serbia, Boris Tadic, y me engañó dos veces. No me hizo caso. Con Vucic no tuve que insistir, se lo sugerí y lo hizo.

Conseguir ponerle el nombre de mis maestros a los pabellones de baloncesto de esta ciudad ha sido muy importante para mí. Ha estado cargado de significado. Ha sido como ganar mi quinto título europeo. Me río porque la hija de Aza ahora me quiere regalar una pistola de su padre. Una preciosa, pequeña, que le dieron en el Ignis de Varese. ¿Pero para qué quiero yo una pistola? ¡Si ya tengo cuatro! Pero para mí es muy emocionante. Estoy muy orgulloso de haber conseguido un monumento para los que fueron mis profesores. Ahora todo el mundo por la calle viene y me abraza por esto, gente a la que no conozco de nada.

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3 comentarios

  1. La Espiga

    Gracias por la entrevista. Es preciosa. Gracias.

  2. Nunca ha sido alguien que caiga bien pero siempre hablan bien de él quienes le han conocido. Me creo y compro todo lo que dice, excepto lo de que la final de la Copa del Rey es mejor que cualquier partido de la NBA. Por competitividad sí porque se juega un título pero nada más. El 50% de la temporada regular de la NBA y el 100% de los play-off dan mil vueltas al baloncesto del resto del mundo por calidad e intensidad.

  3. Maravilla

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