Arte y Letras

Mamá, quiero ser ministro de Cultura

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Exposición sobre Lorenzo Lotto en el Museo del Prado. Fotografía: Cordon.

Jot Down para la Fundación Iberoamericana de las Industrias Culturales y Creativas

Imaginarse un futuro en el que todas tus decisiones modelen, impulsen y creen entornos propicios para fomentar las artes y las letras. Hasta convertir la industria cultural en un motor de desarrollo económico y social. Hasta que tu nombre figure junto al de los artistas inmortales, quienes, sin los promotores adecuados, seguirían siendo completos desconocidos. Si Màxim Huerta imaginó este escenario para sí al ser nombrado ministro de Cultura, la brevedad de su mandato nos dejó con la incógnita de qué hubiera conseguido. Lo que sí puso de manifiesto su elección fue que la sociedad demanda dejar la gestión cultural en manos de profesionales formados para ello. No todos reconocían tal mérito en la doble condición de escritor y periodista de Huerta, pero al menos su currículum tenía algo que ver con su cartera. Algo que ha sido la excepción, más que la regla, en la historia del ministerio.

Repasemos. Pío Cabanillas, primer ministro de Cultura de la democracia, notario. A Ricardo de la Cierva, catedrático e historiador, le podemos considerar más idóneo por su formación, pero era abierto defensor de algunos aspectos de la dictadura. Eso mejoró con Soledad Becerril, filóloga, y primera mujer en ocupar el cargo desde la República. Tampoco estuvo mal lo de Javier Solana, doctor en Ciencias Físicas, y hoy asiduo asistente a las reuniones del Club Bildeberg. Se sospecha que de la evolución cultural se habla también en esas reuniones tan opacas. La condición de Jorge Semprún, por escritor, intelectual, y superviviente al campo de exterminio nazi de Buchenwald ya empezó a estar más acorde a las exigencias de este ministerio. Aunque fue un jurista, y padre de la Constitución, Jordi Solé Turá, quien llevó a cabo los dos hitos más relevantes, culturalmente hablando, de esta cartera. Convertir el Reina Sofía en museo de arte contemporáneo, trasladando allí el Guernica, y conseguir que la sede del Thyssen-Bornemisza se estableciera en Madrid.

El cambio de mentalidad iniciado en los años noventa lo revela el nombramiento de Carmen Alborch, profesora de Derecho Mercantil. La cultura comenzó entonces a ser considerada un negocio de explotación, con el caso más visible en los museos, cuyas exposiciones puntuales y organización de colecciones estaban destinadas a conseguir grandes ingresos. Este modelo, consolidado hoy, contrasta con una herencia de siglos, donde el Estado o los reyes proporcionaban fondos y recursos del Tesoro a fondo perdido para conservar el patrimonio. Como liberales económicos, profundizaron en esta idea los siguientes ministros, cuya formación estuvo otra vez alejada del propio ámbito cultural. Esperanza Aguirre, licenciada en Derecho y técnica de información y turismo del Estado. Mariano Rajoy, registrador de la propiedad. Con Pilar del Castillo, catedrática de Ciencia Política, volvieron a producirse logros visibles, las ampliaciones del Museo del Prado y del Reina Sofía, y la creación del Museo del Traje.

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Un comentario

  1. Hasta la Cultura, siempre!

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