
Veo todas las series. Las malas solo cuando se me acaban las buenas, pero también las veo. Me pueden soltar en cualquier cena en cualquier parte del planeta. Da igual que no nos conozcamos, que no nos caigamos bien, siempre podremos hablar de series; del final de Los Soprano, de los encantadores borrachos de Mad Men, de cuál es la mejor temporada de The Wire. La gente habla ahora de series como antes hablaba del tiempo. En los ascensores ya no se comenta «qué calor hace» o «qué frío»; ahora se dice: «Me he comprado todas las temporadas de Juego de tronos» y «sí, anoche os oí cortar cabezas desde el quinto». Pero ojo, atentos, cuidado. Las series son peligrosas. Provocan terribles efectos secundarios sobre las expectativas, sobre el ciclo de sueño y quién sabe qué más. Como la OMS está a por uvas y no ha lanzado aún la alerta pertinente, las consumimos a lo loco, sin moderación. Y sé que muchos pensaréis: yo controlo, cuando quiera lo dejo. Bien, puede ser demasiado tarde.
Esta gente se mete en tu casa, en tu salón. Te acompaña varias temporadas, es decir, durante años. Y se generan vínculos. En el cine, las luces se apagan y la pantalla gigante te absorbe, pero a las dos horas salen los títulos de crédito y vuelves a hacer tu vida. Con las series, si no tomas precauciones, el regreso puede ser mucho más traumático.
Yo me he enamorado de Don Draper, de McNulty y del agente Peña hasta las trancas. Los he querido en la medida de mis posibilidades, que, lamentablemente, eran pocas. Los he buscado en las redes sociales, los he seguido, y algún día incluso me he atrevido a ponerles un corazón de «me gusta» debajo de una foto suya. ¿Y ellos qué han hecho?
Nada. Como si no existiera.
Cuando tenía la pequeña no me afectaba tanto, pero me compré una tele de mayor, llena de pulgadas y dolby surround. Fue mi perdición. McNulty casi a tamaño natural poniéndome esos ojos tristes. El agente Peña susurrándome cosas por la oreja derecha. Don Draper brindando conmigo a las tres de la mañana de un martes porque nosotros somos así, crápulas.
La felicidad absoluta.
No lo dices, porque te da vergüenza ser una de esas que desaparece en cuanto se echa novio, pero hay veces que no sales porque prefieres quedarte en casa con ellos. Tus seres queridos te preguntan inquietos, cotillas, al ver tus ojeras y tu sonrisa de tonta, qué hiciste ayer. Y tú no puedes decirles la verdad: que pasaste la noche con Don Draper, McNulty o el agente Peña. Que nos acostamos a las tantas. Que no te arrepientes ni una pizca.
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Me mataron a John Shelby. A May Carleton le debo mis peores resacas y mis mejores intenciones.
Yo estoy viendo por segunda vez Mad Men porque la primera no me enteré bien al estar embobada con Don, no te digo más.
Pero Mad Men se estrenó hace más de 10 años y terminó hace dos o tres, creo. Aún siendo simpático y bien escrito, el artículo llega bastante tarde, creo (again). Sobre todo teniendo en cuenta que en 10-12 años se han estrenado (y finiquitado) cientos de series..o al menos docenas. Será otro capítulo mas de la decadencia de los medios escritos, en este caso Jot Down ? que ya no tiene plumillas de nivel, tipo Natalia Junquera, que suele ser certera. divertida e irónica? Ojalá me equivoque aunque los últimos artículos leídos ( de Jot Down, no de Natalia), dejan bastante o mucho que desear. No este, precisamente…aunque llegue ya de. Salud.
Buen artículo. A mi me pasa igual. Durante un par de semanas al año, Frasier y Niles vuelven a ser mis mejores amigos.