Elogio de la mesa

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Anatoli Karpov, 1979. Fotografía: Koen Suyk / Anefo (CC0 1.0).

Últimamente sigo con gran interés las retransmisiones en directo de los torneos de ajedrez. Dirán que qué aburrimiento; nada más lejos de la verdad. Hasta hace solo una década, los aficionados teníamos que ir expresamente a los lugares en donde se celebraban estos torneos; ahí podíamos admirar a nuestros héroes batiéndose sobre las sesenta y cuatro casillas peón por peón, pieza por pieza. He estado presente en muchos torneos como mero espectador, disfrutando de partidas de jugadores legendarios como Viktor Korchnoi, Judith Polgar, Miguel Illescas o, más recientemente, Hikaru Nakamura, Vladimir Kramnik o Magnus Carlsen. Siempre me ha fascinado ese halo de inaccesibilidad que se desprendía de aquellas mesas aisladas sobre un escenario mayormente vacío en donde dos jugadores, frente a frente, iluminados por focos teatrales como si fuesen actores representando una tragedia griega (y hay mucho de eso en una partida de ajedrez) se batían en silencio de manera tan elocuente.

Recuerdo con gran cariño el match de candidatos entre el británico Nigel Short y el holandés Jan Timman. Era 1993 y se jugó en El Escorial, en el Real Coliseo Carlos III, un teatro de estilo barroco del siglo XVIII; un lujo para los sentidos. Yo estaba escribiendo mi tesis doctoral sobre modelos matemáticos y dinosaurios —¡quizás por eso lo recuerdo con tanto cariño!—; el ajedrez era (y lo sigue siendo) mi vía de escape. Creo recordar que fui a ver la última partida, que dio a Short la victoria final para disputar el campeonato mundial contra Gary Kasparov (en esa época, Kasparov y otros jugadores protagonizaron un cisma contra la Federación Internacional de Ajedrez, FIDE, convocando un título mundial paralelo que persistiría hasta la reunificación de los títulos en 2006). Los espectadores teníamos unos cascos para oír los comentarios de un gran maestro mientras los jugadores, obviamente ajenos a los comentarios y a los propios espectadores, seguían sentados el uno frente al otro representando su drama teatral. Un gran espectáculo, sin duda. Hoy, gracias a internet, los aficionados podemos seguir todos los detalles de estas partidas directamente en nuestras pantallas (sea el teléfono, la tableta, el ordenador o la propia televisión) y extasiarnos con las tribulaciones fruto de las partidas entre los mejores jugadores del mundo comentadas en tiempo real por especialistas; a veces por grandes maestros que pueden ser de la misma talla que los que están participando en el juego. Hace no mucho podíamos disfrutar de la retransmisión del campeonato mundial entre Carlsen y Fabiano Caruana comentada en directo por Peter Svidler. Otro lujo para los sentidos.

Magnus Carlsen y Fabiano Caruana, en el FIDE World Chess Championship. Fotografía: Cordon.

Tantas retransmisiones, tantas partidas, tantos jugadores. Estaba siguiendo uno de estos innumerables torneos cuando, de repente, caí en la cuenta. Fue al verlos sentados con ese ensimismamiento tan característico de los jugadores de ajedrez, concentrados hasta la extenuación en la partida, desentrañando posibilidades ocultas, planes acertados, combinaciones precisas. Cada uno con su deje personal: unos inamovibles, como Caruana, otros cruzando las piernas y meneando el torso de macho alfa, como Carlsen. Pero todos, todos, siempre sentados unos frente a otros, con un tablero de por medio. Entonces me di cuenta de que más allá del juego, de la representación teatral, del drama lúdico como modelo del mundo, existía algo mucho más mundano, trivial casi, pero que encapsulaba la propia historia de las civilizaciones humanas. Me refiero, claro está, a la mesa.

Dos personas frente a frente enredadas en un abismo de posibilidades. ¿Cuánto tiempo pasó en la evolución de nuestra especie hasta que decidimos que sentarnos frente a una mesa era una actividad deseable, provechosa (digamos, «evolutivamente» ventajosa)? No tengo ninguna duda: la mesa es un invento —el invento— en el devenir temporal de nuestra especie que lo cambió todo. Nos separó de un destino mucho más humilde desde el punto de vista de las posibilidades cognitivas a las que se supone podemos acceder los mamíferos. La mesa nos permitió el salto cualitativo desde la mera relación de fuerzas entre los individuos de una tribu a la de la introspección personal para meternos en nuestras mentes y, de paso, en la de nuestros congéneres.

Viktor Korchnoi, 1976. Fotografía: Hans Peters / Anefo (CC0 1.0).

La mesa es un espacio de relaciones personales y una excusa para la introspección. No hay nada más «antinatural» que una mesa, con su delimitación geométrica, sus limitaciones dimensionales, su altura que nos obliga a sentarnos en una posición ridícula que acaba destrozándonos la espalda. La mesa se contrapone al mundo exterior; al espacio libre fuera de la caverna con los árboles y los arroyos y el viento en la nuca y el sol en los ojos. La mesa es una transmutación artificial del fuego: si el fuego era un espacio sagrado donde realizar los rituales, la mesa lo trasciende y lo convierte en un objeto humano. Se transmuta la energía de las llamas por la organización del espacio, el personal y el de las relaciones personales. En la mesa hemos aprendido el abc de las cosas y nos hemos permitido espacios y tiempos y soledades junto a un libro o un ánfora de ambrosías; hemos escrito cartas de amor y desamor, poemas que acabaron en la basura y mil ideas para cambiar el mundo. Quien se sienta en una mesa se adentra en el universo íntimo del pensamiento de una manera alevosa, con la seguridad de que quiere hacer algo que no está escrito en nuestros genes, ni en nuestras células. Porque el que se sienta frente a una mesa es el artista que apoya sus telas y sus pinceles o el escriba con sus tintas y plumas y pergaminos o el estudiante con sus libros del saber o el chef con sus ollas y sartenes o el saltimbanqui del pensamiento que imagina los porqués de nuestras actitudes humanas. No hay nada más artificial que una mesa, nada más humano; nos hace seres introspectivos y, a la vez, nos aísla del medio natural acercándonos un espacio sagrado. Gracias a las mesas, y no a las armas, se han construido civilizaciones; mientras en las primeras se ha elaborado todo el pensamiento a la luz de la candela o el led, reventándonos las vértebras, las lumbares y las cervicales al servicio maravilloso de la imaginación, con las segundas solo se ha actuado en servicio de aquellas (reventándonos todo lo demás).

Los humanos, pobres los humanos, genios los humanos, inventando dioses y sociedades, sacrificando vidas y pensando, siempre pensando, alrededor de una mesa. La mesa es el centro del refinamiento del pensamiento; el asombro por los fenómenos naturales solo se puede interiorizar cuando uno está solo, sentado, en una mesa, con un papel y un lápiz (o un ordenador), listo para digerir y soltar al mundo una nueva comprensión del universo. Y en la mesa surge el coloquio y la representación en forma de juegos; juegos de mesa, claro, sobre la mesa. Dentro del espacio límite de la mesa, un espacio aún más delimitado, con reglas propias y entidades mayúsculas. Porque el juego de mesa es la sublimación de nuestra ignorancia. Gracias a los juegos disimulamos nuestra falta de entendimiento y la ponemos al servicio de unas reglas simples que nos es dado seguir a rajatabla para reducir la complejidad de lo que nos rodea y, de paso, nuestra ansiedad frente al infinito. Por favor, la próxima vez que pongan los pies sobre la mesa, piensen en todo esto.

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3 comentarios

  1. JoseLeon

    :)

  2. Qué gusto de lectura por un objeto al que no prestamos tanta atención! Hemos escrito poesia sobre todo, hasta sobre las moscas, pero me parece que no hay ninguna sobre una mesa. Muchísimas gracias por el momento.

  3. Félix-Paterna

    Un placer, como siempre, leerte en estas inmejorables metáforas…
    Y la mesa, sin olvidar a su penitente vecina, la silla, ;)

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