Arte y Letras Historia

Encerrados ilustres

isabel
La demencia de Isabel de Portugal. Cuadro atribuido al pintor barcelonés Pelegrí Clavé, en el que se muestra a la reina viuda de Castilla, Isabel de Portugal y Braganza, siendo víctima de uno de sus ataques de demencia. A su lado se encuentran su hijo menor, Alfonso de Castilla (izquierda) y su hija mayor, la futura reina Isabel la Católica (derecha) junto con otros personajes de la pequeña corte que acompañaba a la familia en su exilio.

Aprovechemos la ocasión, que la pintan calva. No somos los primeros encerrados, esto viene de lejos, ahora bien, es la primera vez que ocurre en nuestras vidas, que es un matiz tan importante a considerar como el de la diferencia entre caro y mucho dinero que la baronesa Thyssen estableció en una entrevista de TV: «Que tenga dinero para pagarlo no significa que no me pueda parecer caro, no nos confundamos».

Eso, no nos confundamos. Somos la primera generación que no ha vivido una guerra, ni una hambruna, ni ha sido víctima de plagas o morbos (hasta ahora). Los libres nos sentimos encerrados y ahora caemos en la cuenta de que hay mucha gente presa, solitaria, que no se vale por sí misma o que anda en la noche oscura del alma, aquellos que no ven salida a su tristeza y a su desgana, los que viven atrapados en la oscuridad sin resquicios. Eso sí es un encierro duro.

Hay muchas personas entrenadas ya para esto.

Encerrarse por una epidemia, he ahí la cuestión novedosa para nosotros, que podemos ahora experimentar en nuestras carnes otras formas de reclusión contadas por la literatura y por el cine. Serían buenas referencias a considerar. Los hubo (encierros) y los hubo (relatos).

Quiénes fueron, por qué permanecieron en esas circunstancias, cómo lo llevaron y cómo se resolvieron son cuestiones que nos pueden servir para empatizar con otros humanos de otras épocas y para borrar un poco eso que se ha dado en llamar adanismo: que la vida no ha nacido con nosotros, que muchas mujeres parieron niños sanos después de haber comido embutidos, que no nos hemos inventado el poliamor y algunas otras cosas que ya existían antes de que el narcisismo, como el humo de Kenny Rogers, cegara nuestros ojos.

No haré reseña de penalidades por delitos justos o injustos —El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas— ni de dolorosos emparedamientos por causas de guerra —Los topos, de Jesús Torbado y Manu Leguineche—. Se trata de la ficción en torno a un enclaustramiento personal o grupal que, por causas intangibles, pone en riesgo lo verdaderamente básico para la supervivencia del clan y de cada uno de sus miembros que es la salud. Ya lo contó Albert Camus en La peste (1947) como nos recuerdan en los informativos, y yo añado que andamos como los asistentes a la fiesta de Villa Nobile, la verdadera protagonista de El ángel exterminador, la película de Buñuel que se estrenó  en 1962.

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Un comentario

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