
—Aquí no hay brote —dice Evita, octogenaria, frotándose el ojo derecho por encima de la montura de plástico que protege sus lentes.
San Pedro —o Venustiano Carranza, que es lo mismo— es un pueblito rulfiano del occidente mexicano, en los límites de Michoacán y Jalisco. Uno de esos pueblos que no saben a desdicha, aunque se sorba un poco de su aire viejo y entumido. Donde todavía se puede escuchar el canto de los gallos por la mañana y el lúgubre ulular de las lechuzas por la noche, los días que no hay feria. Ahí, visito religiosamente a mi abuela Eva, Evita, desde que tengo memoria, concediendo que la memoria es esa habitación a media luz de la que hablaba Nabokov.
Nuestras conversaciones se suceden entre los nítidos y escrupulosos recuerdos de Evita en torno a dos personajes fundamentales en su vida: Lázaro Cárdenas, al que se refiere con desbordante admiración como don Lázaro, y Martha Salinas, la Señora, esposa del exsecretario de Hacienda Antonio Ortíz Mena.
—El bicho no llega hasta acá —dice Evita, infatigable, mientras corta las plantillas de sus sandalias con unas tijeras oxidadas.
Don Lázaro, gobernador de Michoacán de 1928 a 1930 y presidente de México de 1934 a 1940, vio en mi abuelo Alfonso a un hombre trabajador, fiel, servil e itinerante. Esta última virtud propició que los siete hijos que procreó con mi abuela (Chuche, Leonel, Miguel —que no Ricardo—, Poncho, el Gordo y Lolita —Lo.Li.Ta—) nacieran regados por toda la zona rural del estado de Michoacán.
Yo soy hijo de Miguel —que no Ricardo—, el cuarto de los siete hijos. Cuenta mi abuela que Manuel, su hermano, acompañó a mi abuelo Alfonso a registrar a mi padre con el nombre de Miguel, pero durante el camino a Manuel le pareció mejor idea que se llamara como un amigo suyo que tocaba en la orquesta de Morelia: Ricardo. Cuando en el registro civil preguntaron el nombre de la criatura, mi tío Manuel aventajó a mi condescendiente abuelo para perpetuar a mi padre como Ricardo. Mi tío y mi abuelo guardaron el secreto con recelo durante buena parte de la infancia de mi padre. Evita descubrió el montaje mientras hacía alguno de esos insufribles trámites administrativos en la secundaria del pueblo. Pero, como diría Julio César antes de cruzar el Rubicón con todas sus legiones, la suerte estaba echada: mi padre, Ricardo, pasaría a la posteridad como Miguel.
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Que belleza de texto! Me hizo revivir esas platicas y paseos con Evita.
No puedo imaginar lo feliz que será al escuchar esto y saber cuanta admiración y respeto sientes por ella, no dejes de compartirlo.
¡Qué buena lectura y sabia abuela! A través de ella un México que me parece conocer de pibe, otra de las tantas buenas patrias madrinas. Muy bien. Gracias
Muy buena lectura, me trae recuerdos de mi infancia en Michoacán.
Excelentes vivencias de Eva, un grato saludo para ella y toda su familia, una felicitacion a ese estupendo narrador
Gran relato de nuestra historia, fue como si las viviera otra vez… Hermosa Evita, hermoso San Pedro
La gran señora, mi tía la que al evocarla siento que todo se puede. Las emociones se vuelcan en mi corazón, hoy todos de alguna manera somos un poco ella. Es y será un eje fundamental, un punto de partida, un recuerdo grato y muchas horas felices en su compañía.
Gracias Ricardo por tu homenaje a su persona y sobre todo el reconocimiento a su sabiduría.