
Uno de los debates más vivos de nuestro tiempo tiene que ver con la identidad y la tradición, ya sea individual o colectiva; con tolerar costumbres ajenas o esperar que otros se adapten a las propias; con la forma, en definitiva, de convivir unos con otros. Quizá no sea simplemente una cuestión de moda del momento y nos acompañe para siempre, porque siempre ha estado ahí y lo que ocurría antes era únicamente que se empleaban otras palabras para hablar de lo mismo. Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero fueron dos personajes de vidas fascinantes, probablemente no quisiéramos calzar sus zapatos viendo las muchas calamidades por las que pasaron, aunque también pudieron decir al terminar sus días, a la manera de aquel androide, que vieron cosas que nosotros no creeríamos. Sus trayectorias fueron excepcionales pero sus estrategias para afrontarlas tienen al mismo tiempo algo de arquetípico, siendo uno fiel a su tradición y el otro capaz de aculturarse. Son dos formas de vivir, de convivir, que a ambos les funcionaron y quizá no sea posible distinguir de forma categórica cuál es mejor, pero al menos sí podremos conocerlas con algo más de detalle. A ello vamos.
Las llamadas Crónicas de Indias, ese compendio de obras que relatan cada detalle de la conquista de América a veces escritas por sus mismos protagonistas, están escritas en un castellano antiguo simpático aunque a veces arduo y tienden a menudo a perderse en mil detalles dada la ambición enciclopédica que las impulsa, pero también cuentan con fragmentos que en comparación convierten El Señor de los Anillos o Juego de tronos en algo parecido al BOE. Lo que narran no sufre la limitación propia de la ficción de necesitar parecer verosímil o coherente, y la manera en que lo dicen es tan franca y ajena a nuestra sensibilidad moral contemporánea… que te tienes que reír. Como en la descripción de los misteriosos animales que podían encontrarse en América hecha por fray Diego de Landa, que terminaba cada una con un «muy bueno de comer». Ahí, a lo importante, ¿por qué los documentales de animales de nuestro tiempo nunca nos cuentan qué tal saben?, ¿eh? O cuando describe el primer contacto con templos paganos de las tropas de Hernán Cortés en la isla de Mujeres: «el edificio era de piedra, de que se espantaron, y que hallaron algunas cosas de oro y las tomaron». Que el espanto ante la herejía no nos impida ni un segundo estar a lo que hay que estar. Y qué decir de aquella otra anécdota de Francisco Cervantes de Salazar sobre un desdichado español al que los indios arrearon tal garrotazo en la cabeza que lo convirtieron desde entonces en el tonto del pueblo, que acudía a sus casas por las noches en busca de comida y estos «holgábanse con él, porque era gracioso». Un cronista a la altura de Gila. Pues bien, tanto la Relación de las cosas de Yucatán, de fray Diego de Landa, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, como la Crónica de la Nueva España, de Francisco Cervantes de Salazar, cuentan las aventuras de nuestros dos protagonistas. Aunque no exactamente de la misma forma, así que a partir de esos tres relatos intentaremos elaborar uno conjunto.
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Gran artículo. De los que dejan tan buen sabor de boca que uno pide más.
Enhorabuena.
Comentaba hace unos días el novelista francés Binet, en una entrevista sobre su novela ucrónica Civilizaciones, que era normal que quisiesen derribar las estatuas de los conquistadores en Hispanoamérica, así como nosotros querríamos derribar en España alguna que se hubiera levantado en honor de Napoleón.
Una comparación bastante mal traída.
Este Binet, es cercano a Francia Insumisa, vendría a ser como un podemita en España, un izquierdista indefinido.
Perú o México no son la herencia de incas o aztecas, sino la herencia del mestizaje de aquellos pueblos y los españoles.
Precisamente por esto hay estatuas levantadas a esos personajes en dichos países, porque los conquistaron y se unieron a ellos y son padres de aquellas naciones. Lo que Napoleón no pudo hacer en España y motivo por el que al emperador francés no se le dedican estatuas aquí.
Aguilar y Guerrero resumen lo que acometió la Monarquía Hispánica en las Indias. El primero simboliza los principios y valores, las leyes e instituciones que se pretendían universalizar y el segundo, en coherencia con ese espíritu, el instrumento más eficaz y humano, el mestizaje.
Pero el discurso general no gira en torno a estos personajes de nuestra historia y a estos valores universalistas y mestizos, lo que tenemos es a Pocahontas y el relato hipócrita anglo-protestante, que últimamente se entretiene en denostar a Fray Junipero Serra o a Cervantes para ocultar sus propias vergüenzas racistas y poner freno a la expansión hispanoamericana.
Exelente articulo.
Desde mi punto de vista, desrrollado a través de el estudio de una licenciatura en antropología, y de un interes sobre las culturas prehispánicas nacido en la infancia, en México sigue existiendo entre gran parte de la población, independientemente de su nivel académico, la insostenible creencia en que somos descendientes univocos de nuestros ancestros indigénas, negandonos estupidamente a asumir nuestra ineludible y omnipresente herencia hispánica que representa una importantisima parte de lo que somos como mexicanos.
El dilucidar las causas y exponer las concecuencias de esta circunstancia han dado origen a grandes y diversos estudios, tomese como ejemplo de ellos la obra de Octavio Paz titulada «El laberinto de la soledad».
El planteamiento de la dicotomia que nos divide intimamente, al menos a los mexicanos de mi generación y las precedentes, puede ser planteada perfectamente, haciendo uso de un analisis de las dos actitudes representadas por el par de naufragos objeto de este exelente articulo.
Mil gracias por el mismo.
Muy buena nota. Me encantó.
Indudablemente que me identifico con Gonzalo Guerrero, llevo 43 años pintando y atravesé diversas tendencias sin embargo me casé con la joven india que conocí en la Academia de Bellas Artes, con sus formas, sus colores, sus texturas, sus técnicas, siempre teniendo charlas de largos tiempos con los soportes (las telas, los papeles, terciados, chapadur o MDF), disfrutando de esos días y noches enteros dedicados a una o dos piezas, hasta que le das una palmada y la sellas con una firma. Nada apurado, todo bajo control del autor, como el alfarero puesta la mirada en el barro, observando y dominando la cancha y si hay que desarmar y volver a empezar, pues empezaremos nuevamente hasta que el material se doblegue al autor… Eso es impagable.
Por razones muy puntuales que sucedieron en mi vida cerca del año 2000, por 16 años no pinté y cuando volví hacerlo en 2015, una gran transformación ha ocurrido en el movimiento plástico… y nado en esas aguas turbulentas y no encuentro lo que había pero si encuentro lo que no había. Y lo que hay, no lo puedo igualar con lo que es… Y no encuentro puertas, o a veces veo una y golpeo pero nadie abre, las galerías que conocía y frecuentaba ya no están o se han convertido en almacenes de todo por dos pesos. Se habla de curadores, gestores, agentes culturales, pero atienden en sus escritorios con turno. Tengo hoy 70 años, es como que quedé en el naufragio… tal vez con pocas esperanzas de llegar a la isla y de hacerlo me pregunto con quien me encontraré… Tengo casi 500 pinturas y dibujos que no tengo idea que puedo hacer con ellas… Ojalá me encuentre Hernán Cortés y me mande un bergantín para ir a la conquista de mis sueños…. ( http://www.asferartistaplastico.com )