Deportes

La Antiolimpiada de 1932

Antiolimpiada
Fotografía: Cordon Press

La historia del deporte tiende a mirarse al ombligo y recordar solo las gestas de cierto deporte, el que se ha impuesto con el tiempo, ese que ahora llamamos profesional. Sin embargo, cuando hacer monerías en ropa interior no era aún el espectáculo de masas que es en la actualidad, existía cierta discrepancia sobre cómo debería ser el deporte que se mostrase públicamente de forma organizada. 

La revolución de 1917 había puesto el mundo patas arriba. En los años veinte, todavía no estaba claro si las banderas rojas se detendrían en las fronteras del antiguo Imperio ruso y los intelectuales de todo el mundo podrían pensar en modelos utópicos, pero tenían la esperanza de que tal vez sí se podrían llevar a la práctica. En este contexto, las organizaciones de izquierda y los sindicatos interpretaron que esa moda que estaba causando sensación, el deporte, debía regirse también bajo las premisas de una ética revolucionaria. 

Competir con la bandera nacional les parecía un acto de chovinismo, al margen de que competir, en sentido estricto, tampoco era deseable. Se debía celebrar el deporte, pero no reventarse los pulmones para ser mejor que el de al lado. Hasta entonces, la inmensa mayoría de los juegos deportivos los practicaban aristócratas en clubes que prohibían la entrada y la asociación a personas con pocos recursos. Las reglas de las disciplinas deportivas se confundían con las normas sociales de estos individuos de bigote enroscado. De hecho, ya en 1890 surgió en Alemania una Asociación de Gimnasia de Trabajadores en oposición a la Sociedad Nacional de Gimnasia Alemana. 

Llegó a haber teorías antideportivas. A los revolucionarios radicales ver a obreros corretear y dar saltitos les parecía el colmo la alienación. Durante el día, trabajo extenuante; en los ratos libres, hacer el mico como un animal de circo. Es un hecho histórico que muchos clubes deportivos tenían como fin fundir a los patrones y los trabajadores en un mismo objetivo. Un ejemplo del fenómeno fue el West Ham inglés, creado por la compañía Thames Ironworks and Shipbuilding después de una huelga en el sector. Muchos equipos de béisbol de Estados Unidos tenían orígenes semejantes. Los rusos lo sabían bien: durante la Primera Guerra Mundial, el fútbol se había utilizado para controlar la retaguardia, si bien es cierto, a la vista de los hechos, que el plan le salió regulín al zar. 

Hasta entonces, había habido fútbol en las ciudades rusas, donde la industrialización había generado bolsas de proletariado y llegaron a haber ocho mil jugadores registrados antes de la guerra, pero el verdadero divertimento era reventarse los morros. Había batallas organizadas con estrictas normas que seguían y respetaban todos los participantes. Se enfrentaban en grupos grandes: primero los niños de diez a doce años, luego los adolescentes y al final, sobre las dos o tres de la tarde, ya solo los mayores. Solo se podía luchar uno a uno y golpear con las manos, nunca por debajo de la cintura, y estaba prohibido cebarse con un adversario que estuviera tumbado en el suelo o perseguirlo, si por un destello espontáneo, probable hasta en una inteligencia dormida, escapaba del tumulto echando patas. La revolución quiso redirigir estas prácticas hacia algo igual de lúdico, pero más sano, y no caer en los errores del deporte capitalista. 

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