Folhas secas, eslovenos y Leticia Sabater: sobre la Vuelta a España de 2020

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Primož Roglič, ganador de la Vuelta a España 2020. Foto: Cordon.

Tres Grandes Vuelta por etapas en dos años para un país que nunca antes había pisado cajón en ninguna. Que solo tenía un top ten, conseguido doce meses antes. Añadan, además, tres pódiums. Lo de Eslovenia es anormalidad estadística, una de esas casualidades que se dan de vez en cuando. Pasarán lustros y seguiremos recordándolo. Pogačar en el Tour. Primož Roglič allá donde corra.

En la Vuelta a España, por ejemplo.

La Vuelta que es menos Vuelta (pero que acabó siendo lo que era la Vuelta)

Una de las características de las carreras de tres semanas es que duran veintiún días. Se lo digo por si usted es de letras, como yo. En fin, cosa de Pedro Grullo, el de la mano cerrada y el puño. Aclaro esto para señalar que la Vuelta 2020 no ha sido una carrera de tres semanas. Claro que otra de las características de estas competiciones es que se disputan en años donde no hay pandemias universales, restricciones de movimientos y, en general, otras cosas más importantes para preocuparnos que doscientos tíos con ropa demasiado ajustada montando en bici. 

No es intención criticar, ni dar palos. Vivimos la época que vivimos, y bastante ha hecho la Vuelta con llegar hasta Madrid (manteniendo, además, una burbuja modélica y eficiente, a juicio de quienes estaban allí, que no arrojó ningún positivo por COVID). Aplauso por ese lado. Pero hay que consignar los cambios. Tres días menos, que no podemos ir a Holanda (esperemos que la reducción sea coyuntural y nadie tenga ideas de bombero al respecto). Suspendida la llegada al Tourmalet, que no podemos ir a Francia. Modificadas dos etapas en los últimos siete días, que no podemos ir a Portugal. Cambios, cambios. La carrera es la que fue, pero no la que hubo de ser. Por constatar.

Para adaptarse a las nuevas condiciones se miniaturizó la primera semana, lo que provocó que hubiese leña de la gorda desde el principio. Fue una constante en la prueba, que empezó con terremotos a lo Cecil B. de Mille pero luego sesteó por planos fijos llenos de miradas y sentimientos intensos como si fuese una peli de Isabel Coixet. Vamos, que tiró para abajo. Pero estamos adelantando…

El primer día final en Arrate y gana Roglič, como pasa casi siempre en los últimos tiempos. Dorsal 1 y de rojo a las primeras de cambio. Con buena limpia, además. Siendo cínicos la cosa parece que se nos quedaba entre él, Richard Carapaz y Enric Mas, por aquello de ser líderes en los tres equipos supuestamente más fuertes. 

Veinticuatro horas y por Lekumberri se suma otro al trío. Allí, bajando San Miguel de Aralar, Guti metió un gol de tacón. Y, como cada vez que Guti hacía algo, las expectativas empezaron a dispararse. Que si debe ir al Mundial. Que si Balón de Oro. Que si líder indiscutible de Movistar. Que si la Vuelta está a su alcance. 

Guti es Marc Soler, un chaval grandote e irregular que lo mismo te destroza un pelotón en puertos duros que pierde minutadas a las primeras de cambio. En la casilla de la seguridad social donde pone «profesión», él escribe «eterna promesa» (pese a reunir un palmarés ya bastante majete), que es algo rentable pero desmoralizador. Lo de Lekumberri parecía mostrar que sí, este es tu momento, vamos, da el gran salto. Solo que luego fue no. Vuelta destacable para él, pero en un contexto de cazar fugas, ser combativo y mostrar carácter. En eso ya está entre los más destacados. Quizá lo de ser titular con el Madrid se le quede algo grande.

Los primeros seis días siguen deparando espectáculo. Se llega, por ejemplo, a la Laguna Negra, sin que ningún Alvargonzález viniese a romper paces o mayorazgos, porque esas cosas ya no se llevan. Allí ganó Daniel Martin, tipo de extraña figura que lleva paseando chepazos y cara de sufrimiento desde hace una década. Escartín con turbo inyección directa, para entendernos. Hubo victorias también para Sam Bennet y Tim Wellens, uno que iba a repetir. La lucha constante de Guillaume Martin, cada día mejor ciclósofo (acabó ganando la montaña). Y luego vino la gran etapa. Que fue la sexta. Mala señal, malos augurios.

De las capadas, curiosamente. Camino a Formigal, donde Tarangu ganó una Vuelta y Froome perdió otra. Allí se vivió una tarde a la antigua. Por todo. Carreteras descarnadas, lluvia, cortes en la señal de televisión, caos entre grupos, no saber muy bien quién va delante y quién la está cagando. Tenía un toque vintage que resultaba de lo más agradable (porque estas cosas gustan cuando duran poco tiempo, si las viviésemos a diario igual pensábamos distinto). En general la Vuelta ha venido este año con aroma ochentero, cambio de fechas mediante. Muy «Me estoy volviendo loco», muy Roberto Pagnin arrimando coulotte a Leticia Sabater (y viceversa). Cada tarde veíamos campos verdes, bosques que se visten de mil colores, niebla y frío, incluso las sombras alargadas de ciclistas cuando asomaba el sol. Visualmente impecable. Desde el punto de vista estético ha sido una competición que ha lucido como pocas veces, olvidando secarrales y chicharras. Incluso la ausencia de público (generalizada, salvo excepciones) dejaba imágenes pintorescas que otros años el propio gentío hurta. No es cosa de desear que esto dure, claro, y seguramente añorásemos lo anterior en su caso, pero disfrutemos de los pocos elementos positivos que podemos rascar. 

Pero estábamos en Formigal. Allí ganó Ion Izagirre, y se puso líder Richard Carapaz después de un desbarajuste de subida, con todos atacando como críos que salen a dar una vuelta en bici, chubasqueros negros para no distinguir a unos de otros y Primož Roglič descolgado en la última bajada. Zipizape para el recuerdo, fuegos artificiales y una primera (no) semana de lo más rica.

Fumando espero… 

El problema es que fue lo más interesante de todo. El principio, digo. Luego la cosa decayó, con chispazos de interés, pero sin un relato completo que llevarnos a la boca. Desde hace unos años la Vuelta a España ha abandonado parcialmente su tan cacareado «modelo» para volver a lo que siempre fue el ciclismo. De forma moderada, sí, con ciertos tics difíciles de superar (las grandes pendientes, el puerto más duro como llegada, bajos kilometrajes por norma general) pero ya no es lo de hace una década. A esto se suma que, por razones varias, la cosa ha salido entretenida en los últimos tiempos, con zafarranchos en sitios inesperados y movimientos interesantes. Vamos que la Vuelta no suele exhibir nunca «La Gran Etapa de la Temporada» (eso queda casi siempre para el Giro) pero en general se hace divertida de ver…

Los primeros días hacían presagiar de nuevo eso, pero el castillo de naipes se nos iba desarbolando a medida que avanzaba la segunda semana. Por conformismo de los protagonistas, más que nada. Moncalvillo, por ejemplo, es un puerto lo suficientemente duro como para no ser reducido a sprint. Solo que se redujo a sprint, no me pregunten más. Supongo que todos estaban contentos con que Roglič les remachase, como sucede en estos casos. O Villanueva de Valdegovía, dos subidas a Orduña, un terreno de lo más pestoso. Nada, paisajes muy bonitos pero tran tran entre los favoritos. También llegaron a Suances, pero entre que salió buen tiempo y que no había que bajar el Alto del Caracol nadie pierde sus opciones para la Vuelta. ¿Saben qué? Allí volvió a ganar Roglič. Tres triunfos, llevaba. Un segundo, trece, mismo tiempo con el siguiente en esos días. Leído así suena raro, ¿no?

Ya en Moncalvillo perdió un mundo (para los márgenes que se manejaban) Enric Mas, y luego siguieron goteándole mordisquitos aquí y allá. Su Vuelta ha sido gris. En primer lugar por propio rendimiento. Aguantando cuando esperaban que atacase. Descolgado esas etapas que parecían propicias para él. La evolución de Enric le ha llevado a ser algo parecido a Mancebo con mejor planta y menos pelo. El chico que hizo segundo hace un par de años parece quedar solo en el recuerdo, y hoy se ha convertido en un diésel que muestra la misma arrancada que un camión subiendo El Escudo. Pero eso no es lo peor (porque eso, las limitaciones, nunca son malas, sino decepcionantes). No. La cosa es que cuando tenía todo a favor para convertirse en nuevo ídolo de la afición (nadie que pueda hacerle sombra, apenas nombres en el horizonte, líder del equipo más mediático) ha dado mus sin siquiera pasar seña. No sé, algo. Un ataque pancartero, que aquí somos muy de eso. Gestos a la tribuna. Declaraciones de asustaviejas. Pues nada. Quinto en el Tour, quinto en la Vuelta. Sobre el papel no está mal. En el asfalto ha sido cosa bastante menor.

Ah, en Orduña intentó maquillar Alejandro Valverde. Que tiene ya cuarenta años, y todos necesitamos nuestras cremitas para las arrugas, nuestras hidratantes, nuestro peinado favorecedor. Él, que es ciclista, buscó un par de veces la etapa en su carrera fetiche, esa donde subió al pódium hace ya… diecisiete temporadas. Vuelvan a leerlo. Diecisiete. La longevidad de Valverde es solo un recuerdo de lo viejos que somos, y jode un montón. No logró victoria, pero esa última trastada tras subir unas herraduras míticas tuvo algo de reconocimiento, de búsqueda estéril (que son siempre las más bonitas).

Y llegamos al fin de semana grande. Etapas reinas, una detrás de otra. En Asturias. Farrapona, luego el Angliru. Decepción, ya se lo adelanto. Camino a Farrapona se suben Cobertoria y San Lorenzo. Sobre el papel, y de forma totalmente objetiva, uno de los cinco encadenados más duros del país. Pero, no me pregunten la razón, jamás ha funcionado. Son ya varias las veces y… siempre grupos grandes. Vamos, que se los fuman. Sin remedio. Y ahora ya ni siquiera tienen mal asfalto para romper en las bajadas («agua, culo en caguetega, bici en flores que dan electricidad», en palabras del filósofo suizo más importante del siglo XX). Nada. Victoria para Gaudu (que repetirá en La Covatilla) por delante de Marc Soler (ya totalmente metido en su papel de guerrillero) y todos de la mano cantando canciones de los escolapios. O algo así.

En el Angliru parecido, no se crean. Siete tíos en medio minuto. Como lo leen. Diferencias de prólogo para la cuesta más temida de todas. Esa que sigue siendo igual de dura que cuando allí los huecos fueron minutos, no lo olvidemos. En fin, que la cosa se nos desinfla. Se impone Hugh Carthy, un británico que sube haciendo muecas como si estuviera muriéndose, tiene labio de Habsburgo y a veces hasta cierra los ojos para no ver la magnitud de su agonía. Ah, mide 1.93 y pesa menos de setenta kilos, lo que es una evidente falta de respeto a todos los que escribimos sobre estas cosas. Te miro con lupa, Hugh, te miro con lupa.

Siete días en tres kilómetros

La única crono parecía decisiva. Terminaba en el Mirador de Ézaro, una cuesta con pendientes imposibles de esas que tanto gustan en la Vuelta. Por un momento hasta pareció que Purito Rodríguez iba a volver al ciclismo, solo por probar. En fin, algo más de treinta kilómetros con pared al final. Esfuerzo mixto. Un invento muy raro.

Uno que ya se probó en el Tour, solo que allí todo era más grande. El kilometraje, el puerto final. También la hostia de Roglič, que seguramente nunca se vaya de vacaciones a La Planche des Belles Filles, ustedes me entienden. Y ese recuerdo flotaba en el ambiente. A ver si… Fue que no. El esloveno gestiona perfectamente su esfuerzo y afianza maillot. Quizá la diferencia está por debajo de la esperada (Carapaz y Carthy a menos de cincuenta segundos) pero debería valerle, teniendo en cuenta que la última semana era… bueno, era muy simpática. Con conversación. Amiga de sus amigas. Aventurera y soñadora.

Porque eso. Terreno con trampas, decían. Emboscadas escondidas, como los indios, clamaban. Mal tiempo, borrascas, apocalipsis. Y se abrirán los cielos, y de allí caerá un monstruo, y zafarrancho será su nombre y se llevará por delante a todos los reguleros de la bici. Pero no. Los sueños, sueños son, Segis. 

A ver, entiéndannos. Resolución bonita de las fugas. Ganadores de nivel. Paisajes espectaculares por zonas poco transitadas. Lo de Cavagna rodando hacia Ciudad Rodrigo. Sprint final para Ackermann, segundo en su cuenta. Pero eso. Algo descafeinados los últimos días. Mezcla de no mover el árbol y terreno raro. Ni una cosa ni la otra. Ni montaña, ni media montaña, ni colosos. Sumen a eso que Jumbo-Visma ha seguido la misma tendencia que en el Tour (con Sepp Kuss subiendo facilísimo a ratos y un casi desconocido Vingegaard apareciendo cuando hacía falta, porque tú este año le das una patada a una piedra y te sale un escalador vestido de amarillo) y a lo mejor tenemos la explicación del hecho.

Así que se llegaba a la penúltima etapa con emoción, porque es lo que toca cuando tienes a tres tíos en menos de un minuto. Ficticia, seguramente, o al menos debía serlo, pues Primož Roglič había ganado cuatro parciales y fue superior casi cada metro. Que llegara con tan poca ventaja (un pinchazo, una avería) al día definitivo es solo un error achacable a él mismo. O tiene máscara de cera en lugar de rostro y nos engaña a todos, o no gestiona bien la superioridad (abrumadora, a ratos) que demuestra. Pero, en fin, a veces le funciona (otras te sale un chavalín casi vecino y acaba jodiéndote el trabajo de tres semanas, ojo, nadie es infalible).

Pero faltaba algo. Un ingrediente habitual desde hace años. Sí. Saborcillo, el toque del chef. Las tácticas erráticas de Movistar, vaya. Lo de apostar por cien líderes. Lo de tirar cuando no hace falta y descolgar a los suyos. Lo de hacer segundo y tercero en una etapa, que son clasificaciones dignas de Mortadelo y Filemón. Todo eso no lo habíamos visto este (raro) año, porque el equipo había mostrado falta de piernas, no deficiencias tácticas. O no muchas, vaya. Pero esto es la carrera de casa y aquí lo damos todo, hostias ya. Espectáculo. Que nadie diga que renunciamos a nuestras señas de identidad. 

Pasó tres kilómetros antes de coronar La Covatilla. Última llegada en alto, momento definitivo. Antes ya venía el tema pelín anómalo, porque Bora tiraba del pelotón para defender el séptimo puesto de un señor centroeuropeo con bigote. Defender el séptimo puesto es algo así como si usted pone alarma electrónica al rastrillo de atropar verde, para entendernos. Pero en fin, qué sabré yo. Allí, tan cerquita de meta, atacó Richard Carapaz, un tipo que salió del equipo telefónico doce meses antes. Ruptura a malas, añadimos. Atacó, decíamos, y se fue solo, y a Roglič se le apareció el fantasma de Pogačar sacando la lengua en cada curva, mira Primož, no me jodas, otra vez, Primož, otra vez, es que ya te vale. Segundo a segundo, tic, tac. Complicado pero… el ecuatoriano está haciendo que parezca posible. Y entonces… ninonino, llega Movistar. Marc Soler y Enric Mas se ponen a tirar de Roglič, a protegerlo del (fuerte) viento. Para intentar el asalto al cuarto puesto, decían, que como excusa es pintoresca, yo no quería pero, a mí no me miren, saludaba siempre en el portal. Nunca sabremos qué podría haber pasado (seguramente no fue decisivo, viendo ritmos y distancias), pero podemos hablar de lo que pasó. Cuentas pendientes o Francisco Ibáñez dibujando la táctica de la escuadra… sea como sea Roglič salva el rojo por veinte segundos. Dos etapas con llegada en alto, otra de final en cuesta, la crono. Y sacó menos de medio minuto al siguiente. Cosas veredes. Supongo que los Movistar (al final no pillaron el ansiado cuarto en la general, suspiros decepcionados entre el público) tuvieron invitación a la cena de gala de Jumbo-Visma, que se come fenomenal y hay un ambiente de lo más chulo…

(Mención aparte lo de Carapaz, que teniendo piernas se guarda su gran ataque a distancia de paseo dominical para sexagenarios que caminan con las manos entrelazadas sobre los riñones).

Así que Roglic se hizo con su segunda Vuelta a España. Gracias a las bonificaciones, objetivamente, porque sacó a Carapaz treinta y dos segundos con ellas, mientras que el ecuatoriano quedó a solo veintucatro en la general. No es demérito, sino lo contrario… están ahí desde el principio, y todos juegan con las mismas normas, en su mano está aprovecharlas. Tercero fue Carthy, descubrimiento de la Vuelta. Después los otros. Martin, Mas, Poels. Los otros. Siempre lejos. Carrera de tres.

Una que se ha llevado Roglic. Por un suspiro. Con dominio total. Como quieran verlo. Gloria al (bi)campeón.

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9 Comentarios

      • Imperdonable olvido, la verdad. Si hasta Brajkovic salió de «oro» de una Covatilla, si no recuerdo mal. En fin, quede aquí mi exposición pública para no olvidar que la memoria es un instrumento falible.
        Ah, y gracias por leer

  1. Magnífico y divertido artículo, como siempre. Y no nos quejemos, que esta vez ha habido algo de emoción, demérito del ganador Roglic que parecía que iba a arrasar y llegó con la lengua fuera. Y si, lo de movistar…

  2. Me encantan estos artículos, pero sobre todo lo que me gusta de verdad es la forma de escribir de Marcos Pereda, su tono sarcástico a veces, directo otras me parece excepcional.

    Como no tengo quién me lo impida, me gustaría hacerle una recomendación… Un artículo sobre la broma en que se ha convertido el Movistar en los dos últimos años… da para un artículo excepcional… ahí lo dejo…

    Por otro lado, en cuanto a la vuelta tengo que decir que no me ha gustado la última semana… hasta entonces iba relativamente bien… quizá falto otra etapa más de montaña…

    No obstante, todo el mérito para el esloveno que ha sido capaz de jugar sus armas (las mismas que en el tour y conocidas por todos) y ha sido el mejor…

    En cuanto a Carapaz quizá le falto algo de equipo.. el único que estuvo a la altura (como siempre) fue Amador… pero no puede llegar a todo…

    un saludo

  3. Pienso que Movistar este año ha tenido «excusa» para algunas cosas (por fin), pero que otras son de fábrica.
    Con «excusa» de verdad, la plantilla, y por varias razones:
    1. Por arriba: Valverde tiene un año más, y entre la falta de ambición (normal, lo de pegarse la mitad de tu vida ganando tiene que cansar) y la pérdida de velocidad es normal que baje el nivel. Lo anormal es ganar todos los años 7-10 carreras. Y luego, pues qué decir: Mas y Soler no son Nairo (con todo lo que queramos, a la edad de estos dos Nairo había sido dos veces podium en el Tour y ganado un Giro) y Carapaz. Desde luego, no tienen su punch.
    2. Nivel medio: ha desaparecido: quitando a Oliveira, el resto del equipo es peor que el año pasado: Erviti es un año más viejo, Rojas es (sigue siendo) Rojas, se ha ido Amador, retirada de Benatti (y sus dos sustitutos italianos, Vilella y Cataldo han estado para el arrastre), Sutterlin fuera (vaya Giro hizo en 2019), Pedrero en vez de currar en Tour y Vuelta, a «liderar» en el Giro… Hace unos años Movistar iba al Tour con Amador, Oliveira, dos Izaguirre, Erviti más joven y Soler a trabajar… ahora va Rojas.
    3. Retraso en adaptarse al nuevo ciclismo: en los 90 Banesto tenía al corredor perfecto para las grandes vueltas de aquella época; nadie mejor que Indurain para un tour con 2 contrarrelojes largas y jornadas de montaña largas y de resistencia. Ahora el ciclismo de grandes vueltas, a excepción del Giro, pide corredores con chispa, capaces de ganar a base de bonificaciones. Lo mismo un Valverde de 29 años hubiera podido competir este Tour y esta Vuelta de etapas cortas, desde luego Soler y Mas no.
    4. Cambio de paradigma del equipo: la plantilla de este año está llena de corredores jóvenes extranjeros que, quitando a Jorgenson, está pensada para carreras de un día (y encima el fichaje de Cortina). No podemos pretender que un equipo con una plantilla para carreras de un día pero sin líder claro (Roelandnts es otro que vino a cobrar sin dar un palo) haga un año loco de victorias. necesitan tiempo para adaptarse.
    5. Mala elección de carreras a disputar con posibilidades de ganar: tienes a dos fondistas de calidad, Soler y Mas, y una única gran vuelta con etapas por encima de 200 km y puertos de primera y especiales encadenados , y decides correr con ellos Tour y Vuelta, con esas etapas de 110 km…
    El año pasado hubo una gran crítica y el equipo ganó Giro e hizo podio en la Vuelta, con etapas. En el Giro demostraron correr con cabeza táctica. En la Vuelta también (Roglic todavía estará agradecido a Javier Guillén y los jueces por parar aquella etapa de abanicos sin razón alguna). Este año pueden tener excusas (renovación, Covid, entrenamientos en rodillo…) pero lo cierto es que han faltado fuerzas y que el equipo ha bajado el nivel medio, ese que le daba para en años malos ganar siempre algo (recuerdos lo Tour con etapas de Txente, Izaguirre o Rui Costa, el Giro con Kirienka, Visconti, compitiendo con Arroyo e Intxausti la general…)

  4. Interesante primera semana, lástima que la última semana fuera muy floja en gran parte debido al recorrido, con sólo una etapa con terreno para hacer daño. De cara a próximas ediciones creo que es indispensable poner una CRI (25-35 km) antes de las primeras grandes etapas de montaña que obliguen a los corredores a moverse en carrera y a no esperar al sprint para jugárselo todo.
    En cuanto al Movistar, sigo sin entender porque Valverde no se descuelga completamente de la general y centra sus esfuerzos en ganar alguna etapa, tanto en la Vuelta como en el Tour está claro que ya no tiene fuerzas para lograr un top-10 + etapa.
    Por otra parte dudo que Marc Soler llegué a ser un corredor para la clasificación general, lo veo más un corredor estilo Zakarin y creo que sería más útil para su equipo si se dedicara a eso y a trabajar para el líder en determinadas etapas.
    Por último buena primera temporada de Enric Mas en el Movistar, sobre todo su quinto puesto en el Tour después de haber empezado con tan malas sensaciones. Como punto negativo, la sensación de que no ha estado ni cerca de aspirar
    a meterse en el pódium y haberse visto superado por corredores teóricamente inferiores como Carthy y Martin.

  5. La farrapona no funcionó porque al día siguiente estaba el angliru.
    Tenías que haber nombrado los 500 metros de respiro que le dio el compañero filtrado en la fuga a Roglic.
    Ha sido una buena vuelta en general, etapas disputadas, pocas fumadas y emoción hasta el penúltimo día.

  6. Reitero que entiendo poco de carreras ciclísticas, pero leerlo es un placer. Es desopilante. Me lo imagino a usted dentro de una destartalada camioneta, a los tumbos, con botellas vacías rodando de aquí para allá, restos de comidas rápidas, anotaciones sobre páginas que vuelan y a través de una abertura en el techo, con un binóculo siguiendo la competición, gritando, maldiciendo y tomando notas. Puro y grande periodismo deportivo. Muchas gracias por los momentos de lectura.

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