
Escapar, huir, ser otro. La sombra silente de un deseo iluminado en la pantalla. La fuga momentánea de una realidad áspera que aguarda en la calle, pero que ahora mismo queda muy lejos. Así ha sido el cine desde sus años mozos de espectáculo de barraca. Ilusión y asombro. Viaje lunático al centro de la Tierra. La escapada, sin embargo, también ha formado parte del material narrativo cinematográfico. Comedias, dramas, aventuras, thrillers o terrores de ultratumba han plasmado la huida incesante por piernas. Si Chaplin corría frenético delante de los grises —avant la lettre—, Keaton hacía lo propio ante la persecución de un tumulto níveo de novias en Siete ocasiones.
Incluso los buenos corrían agazapados en diligencias mientras, entre aullidos de guerra, se acercaban los indios terribles. Fue en el wéstern donde la figura del outlaw (el perseguido por la justicia) adoptó tintes trágicos y épicos. La mítica del fugitivo, en cualquier caso, impregnó de ambiguas consideraciones morales y sombríos retratos sociales buena parte del cine negro clásico y moderno. Y es en este punto en el que nos paramos para hablar de escapadas finales.
En los años treinta del pasado siglo, la Gran Depresión estadounidense también tuvo su impacto en las historias del celuloide. La brutal crisis económica y el desencanto creciente respecto a los políticos y las instituciones trajeron consigo la mística del gánster. El fuera de la ley pasó a formar parte de la galería de personajes investidos de un aura romántica. Fatal. Más víctimas del sistema que psicópatas sin escrúpulos, los criminales del hampa sublimaron en pantalla a los delincuentes mezquinamente reales. Ahí están títulos como Soy un fugitivo, Hampa dorada, El enemigo público, Los violentos años veinte o Scarface.
Pero tal vez sea El último refugio, del maestro Raoul Walsh, el film que, humanizando a un decadente hampón, mejor muestre el fatalismo del que huye. Después de foguearse en secundarios acartonados y en malvados unidimensionales, Bogart estaba preparado para meterse en la piel de un delincuente que escapa tanto de la ley como de sí mismo. Un personaje poliédrico que intuye que el final está a la vuelta de la esquina pero que no puede parar de quemar neumático en el asfalto en pos de ese último refugio del título español. La redención final a la manera de chica ciega. Un gesto de bondad en una vida marcada por el crimen. A partir de ese momento, los malos seguirán siendo malos, pero la idealización deja paso a cierto análisis social un poco más conspicuo. Es la hora de los que se ven impelidos a la escapada por necesidad, de los que huyen de un ambiente hostil, de aquellos cuyo único propósito es seguir adelante sin esperanza pero con convencimiento, de los rebeldes con o sin causa. Es la hora de Fritz Lang (Solo se vive una vez), de Nicholas Ray (They Live By Night) o de Stanley Kramer (¡Savaje!). Propuestas en las que aflora el envés amargo de una sociedad con muchos cadáveres en sus cunetas.
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Interesante…en filmaffinity leyendo comentarios sobre la serie de peliculas de Kenji Misumi «Lone Wolf and Cub», leí el comentario de alguien que afirma que «Camino a la Perdición» está basado en esa serie. Interesante también enterarme por su texto que el film de Mendes se basa en un comic, pues la serie de Misumi esta basada en un manga japonés. Siendo un fan de la película de Mendes, veré la serie de películas de Misumi para sacar mi propia conclusión. Excelente texto, por cierto.
Maravilla de artículo, Jordi. Muchas gracias.
Lástima que ese cine del que hablas dé hoy para tan poco o sea tan cercano a la nada.
Un saludo
Pues a mí no me gustó nada Camino a la Perdición y, sin embargo, Asesinos Natos, sí.