Un habitante del infierno: notas sobre Jim Thompson

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Jim Thompson
The Grifters. Stephen Frears.

¿Y qué? —me dije—. ¿Es que en algún momento fuiste feliz? ¿Es que alguna vez te sentiste en paz contigo mismo? Pues claro que no —me respondí—. Está clarísimo que no, nunca dejaste de sentirte habitante del infierno.

Aquí y ahora, Jim Thompson

«Un adelanto del infierno». Así, con cierta prosopopeya francesa, André Gide definía la esencia de la novela negra. Un averno entrevisto entre delincuentes de lumpen y de pijerío, detectives estoicos, ambiguos y sentimentales, mujeres con fatalidades ígneas, policías de limitado coeficiente intelectual, víctimas con interrogante y criminales escurridizos. El bien y el mal. Las sombras de la moralidad. Todo ello cabe en el círculo último del infierno. En ese underground flameante también habitó en vida uno de los más originales e imprescindibles autores del género: Jim Thompson. 

Dostoievski de todo a cien

El contundente retrato de asesinos inmisericordes, el desquiciado sentido del humor y una escritura alucinógena basada en el soliloquio torturado son algunos de los elementos que llevaron al editor Geoffrey O’Brien a considerar a Thompson una especie de Dostoievski del pulp. Y si en el siglo XIX el novelista ruso escribió a destajo para pagarse la vida y sus vicios, Thompson hizo lo propio a partir de la década de los cuarenta, los años de esplendor de los llamados paperbacks, baratijas de quiosco y estación, material literario de derribo, prosa de entretenimiento fugaz, libritos de bolsillo, de usar y tirar, confeccionados para atenuar el tedio de las esperas. 

Se convirtieron en todo un fenómeno de consumo de masas. Historias turbias y luctuosas, fantasías oscuras con su toque sórdido y sicalíptico, que develaban el negro sótano atestado de cadáveres que escondía el incandescente american way of life. A Thompson se le daba bien chapotear en el lodazal pestilente de la imaginación más perturbada. Tipo afable, sensible y con aprensión hacia la violencia real, cuando se ponía manos al teclado era capaz de dar voz y encarnadura vívida a verdaderos maníacos y monstruos inquietantes. Y encima sabía hacerlo con una rapidez inusitada. En cuatro años de la década de los cincuenta, Thompson se ventiló trece novelas, una cifra nada desdeñable. Hay que apuntar, para hacer más comprensible tal portento de prolijidad, que las editoriales de paperbacks pagaban por página a los normalmente apurados y sufridos escritores de crímenes. En palabras de su camarada en la publicación True Detective Jack Heise, eran «focas entrenadas». «Danos una sardina y te escribiremos lo que sea», apostillaba burlón. Durante toda su carrera, Thompson nunca —ni en cartas o entrevistas ni en sus declaraciones de impuestos o cuestionarios de autor— se presentó a sí mismo como artista, ni siquiera como novelista. Era un «escritor profesional» o simplemente «escritor». 

Una vida difícil

Junto a David Goodis y Chester Himes, Thompson tiene el dudoso honor de figurar en la tríada de novelistas noir marginales que componen el mítico ensayo Vidas difíciles de James Sallis. Aunque no tuvo una vida plácida, parece ser que Thompson estaba lejos de personificar la estampa del infeliz. Como muchos compañeros de oficio y género arrastró, eso sí, un alcoholismo intermitente que llegó a alcanzar el delirium tremens. Fue su abuelo quien le inició en el trago a la edad de siete años. De joven trabajó de botones nocturno durante la Prohibición y, como la fruta vedada sabe mejor, se dedicó al trapicheo de alcohol y otras sustancias. Más tarde, al igual que otros aspirantes a novelista, se echó a la aventura vagabunda pateando experiencias hasta acabar de jornalero en unos yacimientos petrolíferos de Texas. Fue en esos años de la Gran Depresión cuando descubrió el comunismo, ideología por la que nunca abandonó sus simpatías. Y, como paralelismo curioso y significativo, cabe mencionar que Raymond Chandler también trabajó para la industria petrolera, aunque lo hiciera desde un despacho y con innumerables secretarias multifunciones. 

En Aquí y ahora (1942), una novela que debería figurar en cualquier canon de la ficción autobiográfica si no fuera porque los taxidermistas de la literatura todavía vedan entradas en los sacrosantos panteones de las letras a los estigmatizados escritores de thrillers, Thompson relata cómo su joven alter ego tiene que coger las riendas de una familia desestructurada y, siendo todavía un adolescente, erigirse como cabeza de familia desempeñando empleos nada estimulantes —«desde que tengo memoria, nunca he querido hacer otra cosa que escribir, y la mayor parte de mi vida me la he pasado haciendo otras cosas», confesaría en 1946 a propósito de la publicación de su segunda novela—, mientras aplaza sin fecha fija y agarrado a una botella de bourbon su ambición de convertirse en escritor. 

Finalmente, Thompson lo consiguió. Pero no, como era su propósito, a la manera de coetáneos laureados como Hemingway, Steinbeck o Fitzgerald

Psicópatas risueños

Las grandes novelas de Thompson —Solo un asesinato (1949), El asesino dentro de mí (1952), El criminal (1953), Una mujer endemoniada (1954), Asesino burlón (1954), Un cuchillo en la mirada (1955) o 1280 almas (1964)— están protagonizadas por «psicópatas risueños» que, según el mencionado Sallis, llevan al lector «a reconocerlos y casi a simpatizar con ellos, con su desamparada y maltrecha inocencia. Sereno monólogo demente, esa voz habla sin cesar, a veces no del todo segura de la historia que está contando, a veces mintiendo descaradamente, pero siempre entretenida con la humanidad, siempre clínicamente distante, haciéndonos pasar a toda prisa, como un guía turístico, por delante de peligrosos arrecifes y cataclismos tenidos por la cosa más natural del mundo». 

Esta pléyade de psicópatas risueños nunca es lo que aparenta ser. El juego de apariencia y verdad era para Thompson la gran cualidad del Quijote, una de sus novelas predilectas de todos los tiempos, y esos asesinos fríos e implacables que se esconden tras una imagen de normalidad deben mucho a su lectura de la obra de Cervantes. Tienen, asimismo, un trasunto real: en Bad Boy (1953), otra de sus incursiones en la ficción autobiográfica, describe a un lacónico ayudante de sheriff que fue a cobrar una multa cuando el autor trabajaba en los pozos de petróleo y que impresionó hasta el colapso nervioso al incipiente escritor: «Me miró fijamente a la cara, descubriendo los dientes al sonreír. Me quedé paralizado, sin habla, mientras se me iba formando un nudo enorme y frío en el estómago. El viento gemía y aullaba al chocar contra la estructura de la torre (…) Cambió ligeramente la posición de su pierna. Los músculos de sus hombros se contrajeron. Sacó un par de guantes de piel del bolsillo y se los fue calzando con enorme lentitud. Golpeó con un puño la palma de la otra mano (…) Jamás volví a ver a aquel ayudante de sheriff, pero no puede olvidarlo. Y según pasaba el tiempo, más misterioso me resultaba». 

Hollywood acabó con él

«La generación de novelistas hard-boiled de los treinta (Hammett, Chandler, Cain y McCoy) influyó sobre las películas y escribió para ellas. Su prosa lacónica, punzante y coloquial, acabó dominando el guion del cine negro. La siguiente generación (entre ellos Thompson y Goodis) desarrolló su estilo a partir de las grandes películas noir de los cuarenta, aprendiendo el oficio no solo en sus escritorios, devorando novelas y relatos, sino también en la acogedora oscuridad de las salas de cine». 

La llamada de Hollywood supuso una noticia halagüeña. Para el escritor y para sus siempre maltrechas finanzas. Llegó al cine con ganas e ilusión, pero pronto se dio cuenta de que aquel mundo de mezquinos mercachifles y de vendedores de humo al por mayor no iba con él. «Hollywood básicamente acabó con él», se lamentaba su hermana Freddie. La primera en la frente fue con el megalómano y vampirizador Stanley Kubrick. Thompson le sirvió en bandeja de plata el guion de Atraco perfecto, sin embargo, en los créditos de la película el director optó por un «Guion de Stanley Kubrick con diálogos adicionales de Jim Thompson». El disgusto fue monumental. Aun así, volvió a colaborar con Kubrick en Senderos de gloria. Pero ya nada fue lo mismo: sus ilusiones con el cine ya se habían perdido en alguna barra de bar insomne de Los Ángeles. Quedarían las adaptaciones cinematográficas. Buenas, regulares o directamente desechables. Dignas de mención: La huida, de Sam Peckinpah, The Killer Inside Me, de Burt Kennedy, Serie negra, de Alain Corneau, o 1280 almas, de Tavernier. Una adaptación brillante: Los timadores, de Stephen Frears

Esperad y veréis

Tras el fiasco de Hollywood solo le quedó el rescate europeo. La Série Noire de Gallimard. En su país, sin embargo, su nombre fue oscureciéndose hasta el final de la noche. Durante los sesenta, los paperbacks perdieron público y se convirtieron en escapismo extravagante y residual. Una reliquia de mercadillo. Thompson siguió escribiendo hasta su muerte. En 1977. Entre novelas compulsivas y cogorzas empapadas, afirmó: «Esperad y veréis. Me haré famoso unos diez años después de muerto». En eso no se equivocó. 

El agente literario Jerry Bick dejó una semblanza de Thompson —recogida en el imprescindible Arte salvaje. Una biografía de Jim Thompson de Robert Polito— que bien merece ser reproducida como colofón a estas notas sobre uno de los más auténticos y brillantes escritores de subsuelo:

«Jim Thompson era en gran medida como los individuos que pueblan sus novelas. A un nivel consciente y en su trato diario, era obsequioso, siempre con una disculpa en los labios, un gran oso de peluche. Pero nadie puede ser tan atento y sumiso como lo era Jim y no tener un montón de rabia acumulada en su interior. En muchos aspectos era poco menos que un santo: amable, puro, inocente en cierto sentido, una bellísima persona, demasiado bueno para este mundo. Era el tipo de individuo cuyos sentimientos se ven heridos con facilidad, que siente dolor con mucha facilidad y en mayor medida que la mayoría. Jim se afligía con todo, era incapaz de pasar de largo junto a un mendigo en la calle. Cuando conoces a alguien así en el mundo real, es doloroso. Sabes que no va a sobrevivir. 

Pero Jim vivía en una fantasía. Era una persona inocente y bienintencionada, fascinada por la criminalidad. Jim tenía la capacidad de arremeter contra aquellos que le habían perjudicado o se habían portado mal con él y hacerlo con violencia. Pero todo esto acontecía en un único lugar y ese lugar era la máquina de escribir». 

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One Comment

  1. no he leído la novela que inspiró «la huida», pero me parece una película fantástica, como «the grifters» por otro lado, que debe ser la única película buena de Annette Benning…

    Hay una adaptación al cómic de «the killer inside me» y otra peli con Casey Affleck… en fin, para estómagos curtidos

    j

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