
A la tercera ducha, ya solo quedaba insuflarle otro termo de café. Porque él seguía canturreando en voz baja y dando tumbos por el vestuario. Se había ausentado de la concentración del equipo la noche anterior, excusándose en que se había llevado al hotel por error las llaves de su casa y su mujer le aguardaba, impaciente, en el portal del edificio. Pero, en realidad, lo que pretendía René Houseman era unirse a la farra por el cumpleaños de su hijo. Tanto se le fue la mano con el recado que, en lugar de regresar al rato, como había prometido al cuerpo técnico, volvió a las once de la mañana del día siguiente. Día de partido.
Salió a jugar. Como pudo, pero salió. Enfrente, todo un River Plate. En aquel Huracán, el Hueso, como le apodaban por flaquito (también el Loco, por disperso), era imprescindible. Por talento y por estilo. Con su media melena y las medias arrebujadas en torno a los tobillos, deambuló por su banda con el estómago revuelto y las ganas de vomitar asediándole en cada trote. Hasta que, en el minuto cuarenta de la segunda parte, agarró un pase de Russo, avanzó en diagonal, la tiró larga entre dos centrales y respondió a la salida de Fillol con una gambeta y un puntapié manso que se posó en la red. No hubo celebración. Houseman, que se había trastabillado con el impulso final de la jugada, se quedó tirado en el suelo, riéndose. Un minuto después, simuló un calambre, pidió el cambio y se fue a su casa a dormir.
Si en Belfast hubo un quinto Beatle, en el Bajo Belgrano hubo un sexto. Allí, en esas calles villeras siempre a punto de ser asfaltadas, creció el genio del futbolista del que Menotti dijo que era «una mezcla de Maradona y Garrincha». A los catorce años, trabajaba en las calderas del Hotel Sheraton. Después, se ganó la vida haciendo los repartos de noche en una carnicería. Dormía apenas tres horas al día porque, con la luz del sol, se obligaba a estar despierto para jugar al fútbol en el barrio. «Cuando vivía en la villa, lo único que estaba era la pelota y con eso nos criamos», solía decir luego. Su padre, invadido por la polio, dejó descabezada a la familia. Y en las botas del chico terminó anidando la esperanza de la prole.
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Enorme. En el fútbol moderno ya no quedan tipos como Houseman. Al mismo nivel que Garrincha, Maradona o George Best.
Si uno se interesa por el fútbol sudamericano es debido a talentos «salvajes» como el de Houseman. Es raro encontrar algo así en Europa. Argentina, Brasil, Colombia… suelen florecer por esos lares.
Ahora bien, si saben adaptarse triunfan pueden triunfar otro lado del charco. Y a lo grande.