Ocio y Vicio Viajes

Fuera de juego en la Aste Nagusia

fotografía Humberto Bilbao Aste Nagusia
Fotografía: Humberto Bilbao.

Pasaban las tres cuando un claxon le despertó. Javi tenía la sábana pegada al cuerpo y la cabeza mohosa. Si agosto sale bueno la humedad en Barakaldo lo impregna todo. Camino de la ducha una pesadez insufrible le tentó a volver a la cama. Pero el agua tibia le supo a gloria y cuando al rato abrió la nevera se sintió algo más despejado. El sol brillaba en la calle. Otro día de calor. 

El olor de las salchichas al fuego le abrió el apetito y en la mesa recordó la noche a fogonazos. Ya no lo hacía como antes. No le avergonzaba nada, como si estuviera a salvo de reproches. «Pero qué cojones, al día siguiente no se acuerda nadie». Había hecho suya esta advertencia del Txoni y esa sabia idea de que no hay peor exceso que no cometer nunca ninguno. Y cuanto más atrás sentía la juventud más creía esta doble coartada que le empujaba a ser lo que antes no fue, como una acuciante carrera por recuperar el tiempo perdido sin reparar en que tal vez lo hacía a destiempo. 

Apuraba el yogur zapeando cuando lo detuvo uno de esos pastiches con lo mejor de la semana en TV. De pronto salió la Blume, mojada en bikini, soltando paridas mientras agitaba los brazos y dos tetas de ensueño que le empalmaron en un segundo. Nunca dejaba de sorprenderle la autonomía de la polla en plena resaca. Arrojó el plato al montón del fregadero y se hizo una paja. Nada mejor para aprontar una siesta antes de ir a por Suso, con el que había quedado a las seis. Tenía la casa patas arriba. Pero ya apañaría un rato antes del martes, cuando sus padres volvieran del pueblo. Ahora tocaba aprovechar. Había convertido la Aste Nagusia en un ritual, en casi una obsesión. Acaso porque eran sus únicos días de salir al año. Y desde que conoció la noche, como veite años atrás, salir significaba exceso. Para que no lo fuera mejor quedarse en casa. Y cayó dormido en el sofá, como un paquete a medio abrir. 

A eso de las seis le despertó el teléfono. «Tengo la cabeza como un puto bombo. Si no hubieran venido estos me quedaba en casa. Anoche se nos fue mucho la pinza». Era Suso, siempre farfullando que no, para terminar cediendo. Media hora después ambos cruzaban Lasesarre camino del tren. El metro estaba bien para volver a ciegas. Pero a media tarde, aunque te plantara en Abando en un periquete, a Javi no le hacía ni puta gracia. Y como llevaba viviendo fuera once o doce años disfrutaba ahora del panorama que aún reconocía de sus tiempos mozos. Al paso por Lutxana se pegaba a la ventanilla embobado porque era, de todas las paradas, la más ruinosa, la más intacta. «Hostia, Burceña sigue igual», recordó como un símbolo de aquellas travesías por el arcén para ver a Putakaska y fumar en cuadrilla el talego y medio que pillaba el Albertito en Rontegi. Menos mal que aún quedaba el Suso. Todos los demás, casados, cansados y con hijos. Si no salía, si Javi cedía a la resaca, sabía que esa tarde a solas en casa su conjura corría serio riesgo de irse al garete. La mecánica festera disipaba así la culpa. 

«Nos bajamos en Zorroza —rompió Suso—. Han venido los colegas del Iñaki. Quieren ir al Golfo. Fumar allí cuatro chiflos y pirarnos al Izangoan. El Txinbito sale a las diez o así». Ese era el plan. Los colegas del Iñaki eran una panda de paletos de Miranda que caían en agosto por Bilbo con ganas de desfase y speed a saco. Llevaban años de retraso en fliparse con el veneno vizcaíno y el Golfo Norte, un garito chic de elegante madera en el rincón más privilegiado de la costa, un alto sobre la playa de Barrika en dirección a Plentzia, presidido por una amplia terraza tendida al horizonte. Al caer la tarde se divisa desde allí el mejor crepúsculo del Cantábrico. Javi y Suso lo habían descubierto mil años atrás, cuando el Barri se sacó el carné y la peña mataba por montar en el coche y cruzar hasta la Margen Derecha, el puerto Viejo de Algorta, Larrabasterra, Sopelana o Gorliz. El caso era salir de Beurko y respirar aquel aire lujoso y alucinar con decorados y tías que contemplar a distancia, con el rubor de los hijos del carbón y el acero. «Aquí no servimos zuritos ni trinas a medias», les humillaron la primera vez que pisaron el bar. Afuera, en uno de esos ambientes chill out que Barakaldo ni soñaba, reían en torno a una mesa Urzaiz y una panda de modernitos con gafas de sol. Allí desentonaron siempre. 

Aparcaron a la entrada. El garito estaba petado pero se hicieron con un par de mesas a un rincón. «¿Ponemos un bote?». Javi no esperó y corrió hasta la barra. Con prisa por sacudirse la cabeza se apretó dos pelotazos de Cutty que enseguida lo envolvieron en una mullida euforia. «¡Coño, si hay concierto!». En el Golfo era habitual. Se abría un hueco al fondo y el ambiente se encendía. «¿A ver? —ojeó Iñaki el cartel— los Dead Bronco. Ni puta idea». Al poco se echó encima un country ligero redoblando la animación y los picores del alcohol en ese primer bocado de alegría por la que en realidad estaban allí. «Joder estos ¿no?¡Vaya ritmo!», bromeó Suso al ver el trajín mirandés a los baños. Con el cuarto copazo en marcha a Javi empezó a tentarle el contagio. «Oye, ¿tiramos al Izangoan ya o qué?». Pasaban las nueve y había algo en el atardecer, allí mismo en la terraza, que invitaba a seguir sentado con el mar de fondo hasta la noche, tal vez hasta siempre. 

Bajando a Deusto por Enekuri Javi abrió la ventanilla para combatir la verborrea de aquella prole de taller —«La movida lleva unas válvulas que abren la tubería, ¿no sabes?»— y abandonarse embriagado al aire cálido. La noche prometía. 

En  la penumbra del Izangoan, de olor a cuero y buen rollo rockero, retumbaban los Ramones cuando los colegas del Iñaki, toda la tropa de Santutxu, empezó a estrechar manos a los recién llegados. «¡Esa peña!». Javi los veía cada año por fiestas, la noche que quedaba con Iñaki, que volvía una semana de Londres donde curraba de camarero. «Bien, tío, pero allí te miran como aquí a los moros». Aquella gente le caía bien. Pero no eran más que una excusa para subirse al Txinbito y pegarse el fiestón padre en mitad de la ría. 

Cuando el kalimotxo rodaba a todo trapo, la pareja de Barakaldo pidió un par de birras y salió fuera, donde animaba el cotarro un salado grupete portátil, con guitarras, bajo, saxo y caja a cuestas, que chutaba entonces por los Suaves. A menos diez un chiflido del Iosu, que organizaba la fiesta, sacó a la gente de allí y una manada de unos cincuenta fulanos enfiló cuesta abajo a ritmo de Hertzainak —Time so hard, la la la oh oh, egunero… denaokerrago— hasta la Grúa Carola, a la otra orilla de la ría, bajo el puente Euskalduna, donde está el muelle del Museo Marítimo. «Pegaos a mí que ahora es un jaleo de puta madre y se cuela peña fijo», apremió Iñaki entregando dos entradas a Suso y Javi. A esa hora el muelle era ya un hervidero. Por entre la legión apostada en dos carpas se abrían paso pequeños grupos de serenos arcaicos camino de Abandoibarra, donde luego tocarían los Revólver

Con unos veinte metros de eslora por siete de manga el Txinbito, así llamado por los txinbos o bilbaínos, es un viejo barco pesquero que ahora alquilan para fiestas y curiosos por surcar la ría del Nervión hasta Portu o Santurtzi. Con un aforo de doscientas cincuenta personas que repartirse por la doble cubierta, la cuadrilla y la banda trapera optaron por la de arriba, donde ocuparon las mesas chiflo en mano. Cuando al cabo cruzaban la península de Zorrozaure la explanada presentaba un aspecto monstruoso. Decenas de miles a media hora de tocar Iggy Pop. «¡Buah, qué pasada! —exclamó un mirandés— ¿Nos dará tiempo?». De pronto un estallido en el cielo elevó cinco grados el sabor de la noche. «¡Hostia, los fuegos!». Puntuales a su cita desde el Parque Etxebarria. Apagaban las luces, dejaban de servir y durante media hora los resplandores y el estruendo pasaban a dominarlo todo. «Si te pillan en el Puente del Arenal flipas». A esa hora el puente se llena cerrando el paso a los que bajan de Gran Vía y los que suben del Arenal. 

A su espalda las planchas del Guggenheim centelleaban al paso por Olabeaga. Javi recordó la de veces que Suso y él habían cruzado el Camino Viejo que bordea la ría, ahora cortado no sabían por qué. En la cubierta inferior había una barra. Se sirvieron un par de copas, a cinco pavos en vaso ancho, cuando vieron al Iñaki y dos colegas de Santutxu hacer cola para el baño. «No tendrás un tirín, ¿no?». Enseguida volvieron a cubierta con la nariz irritada y un intenso dulzor que al paso por el Puente Colgante se desató como el fuego. «¡Miraaa, Eskorbuto!», berreó Iñaki. Abajo había arrancado el concierto y toda la masa de punkarrones bajaron en tropel por los peldaños de proa empujando cuerpos hasta sumergirse a ciegas en el desfase. «Nuestras-vidas-se-consumen-el-cerebro-se-destruye». Saltos, gritos, empujones, copas al suelo, ardor, otro viaje al baño, más tragos. Inflamados por el fragor chatarrero el mundo se redujo a una jaula atestada de caos mientras el barco, de vuelta, surcaba impasible la ría. 

Cuando pusieron pie en el muelle lucían vasos medio vacíos y un mareo empapado. «Vamos a privar algo ¿no?», ordenó una voz rota. Subieron Ripa al trote hasta la txosna de Algara, donde se ventilaron otra ronda al saludable compás del Mari Jaia que las neskas bailaban alegres. A Javi le invadió la vaga molestia de echar allí el freno.

—Estos quieren comer algo.

—Joder, a rayas y con hambre. Pues vamos al Muga. 

—Qué va, que quieren chorizo. 

—No jodas. 

Y tiraron para Zapiain, una txosna restaurante al codo de Sendeja por la que entrar largo al Casco. El olor a chorizo a la sidra entre crujiente txapata seducía estómagos a prueba de bombas y los mirandeses ya estaban a papo lleno. «Nos vemos en el Muga», prometió Javi. 

Unamuno seguía petado pero presentaba un aspecto distinto al de años atrás. «Va, cómo molaban aquí los conciertos punkarras». En la plaza de Unamuno, al pie de cuyas escaleras que suben hasta Etxebarria se apilaron los últimos pies negros en fiestas, se celebraban los conciertos duros —que el programa llamaba jóvenes— reuniendo en paz a punkis y heavys antes de que Azkuna los barriera como el polvo. 

Entraron al Muga, que el tiempo no arrugaba y que cumplía otro agosto como bareto alternativo con raciones, bocatas y ensaladas de toque moderno que disfrutar escuchando a los Madness.

— ¿Tú vas a comer algo? 

—Yo qué va…

—Pues pídeme otro Cutty y vamos fuera. 

Apurando un porro llegaron los demás con más katxis que manos y eructando chorizo. Formaron un corro en la terraza. Un mirandés preguntó por la Plaza del Gas. «Para mí el mejor sitio de conciertos en Bilbao de toda la puta vida. Qué tiempos, tío. La Polla, Def Con Dos, Manu Chao… Buah, no he pasado yo ahí noches». A las faldas de la ladera que cae desde Etxebarria a Zurbarán se formaba una grada natural que terminaba en un escenario. No tenía más salidas que un sendero al lado. Precisamente el último año con Manu Chao el embudo alcanzó riesgos de polvorín, la excusa perfecta para chapar y levantar allí otro barrio comercial. Javi recordaba mejor la Plaza entre semana, con menos gente y noche improvisada, como la de Amparanoia, que además coronó magreándose en la hierba con una piba de Llodio. Ya no recordaba otra. 

«Me ha llamado Urko, que está en la Bilborock. Quedamos en Kaskagorri». La sala Bilborock ocupa la vieja iglesia de la Merced, reconvertida en local de conciertos. Los colegas del Urko, un grupete de Berango, hicieron esa noche de teloneros de Atom Rhumba. Hacia allí se dirigieron, no sin antes apostarse en el parquichuelo de la Ribera junto a la ría, a la que una fila de chavales meaba a placer. Empezaron a picar las carteras. Eran nueve. ¿Por qué no hablaban? A Suso le incomodaba estar siempre a escondidas. En cambio a Javi nada parecía gustarle más y uno a uno fueron esnifando aprisa con nervioso deleite. Además de una distancia insalvable al otro sexo, a la otra fiesta, les unía a todos ellos la condición de restos con una misma ambición, un mismo placer por mandar el fuste a paseo, como si el tiempo no hubiera transcurrido. 

Recobraron el paso abrupto, febril, arrollador. Los mirandeses iban desatados ofreciendo kalimotxo al que se cruzara, dominados por esa agresiva euforia de la anfetamina que imponía cumplir sus caprichos. En el puente de la Merced abordaron a dos tíos —«¡Priva, campeón!»— derramándoles encima la mitad del katxi antes de que sonrieran bobamente y se esfumaran aprisa camino de la sórdida San Francisco.

Al pie de la Bilborock, Urko ayudaba a meter instrumentos y cajas en una furgoneta. Javi se pegó a la pared y allí mismo se puso a mear, levantándose molestas las amigas del Urko. «¡Qué haces, tío!». Suso, que también se meaba, lo enganchó del brazo y se lo llevó hasta el Bullitt, donde tantos inviernos habían visto amanecer con las manos vacías. La música era allí una excusa a la caza de alguna chavalita que los detuviese para siempre. Pero ellas, que bailaban en la tarima del fondo, detestaban que les comiesen la oreja un par de ojos desorbitados. El rollo groovie del Bullitt concentraba cuerpos frágiles extasiados durante horas como pasmarotes enumerando de memoria los temas de los discos que se sucedían. Iñaki y Javi se colaron al baño. Los pánfilos de la cola nunca rechistaban. 

Dos copazos después bajaban el Arenal en dirección a Kaskagorri. Hacia arriba, al enjambre de la plaza Biribila y toda la zona pija del Iruña, no subían jamás. Como tampoco bajaban a Gogorregi, la txosna del PNV, separada por la ría del vasto dominio abertzale como una fortaleza. Al pasar por el Arriaga, a cuyo frente se levantan dos graderíos para el teatro de calle que tentaron a los mirandeses, a Javi le invadieron los nervios. «Vamos a pillar farlopa». Suso siguió como si nada y la cuadrilla cruzó la muchedumbre hasta la espalda del Teatro donde se agitaba la bahía borroka que preside el totémico Asterix de Kaskagorri. Sacaron otra ronda en Askapeña. No se podía dar un paso y el ruido era ensordecedor. Javi volvió a insistir mientras Suso recelaba del descontrol mirandés allí dentro. «¡Voy a pedir Soziedad Alkoholika, me cagüen dios!», gritó de pronto el más fornido sin parpadear y con los labios deshechos. «¡Eh, eh, no pidas nada, tío!», advirtió inútilmente el Iñaki, que recordaba la movida de años atrás cuando el muy animal pidió Kortatu en el Boulevard, adonde habían entrado por tabaco. Suso temió lo peor y cuando volvieron la vista ya se había formado un corro en torno a los tres foráneos, que enfarrucados daban golpes en la barra. Cuando los demás llegaron a empujones hasta ellos era demasiado tarde. «¡Pues si en tu carné pone que eres español es que eres español!», vociferaba el gordo. Acto seguido voló un puño por detrás y luego otro y otros dos y una oleada impulsó al resto hacia atrás. Suso pegó un tirón a Javi sacándolo de allí. «¡Vámonos de aquí, tío, paso de estos!». 

En un periquete los dos desaparecieron por el Casco y se plantaron en la plaza Nueva, abarrotada por un concierto reggae que caldeaba el aire. Javi musitaba entre dientes y una mueca pegada a la cara. Entraron a por una ronda al Erreka y Javi tropezó entre una familia que degustaba pintxos y canapés de salmón y antxoa mientras insistía a voces en la farlopa poniendo a prueba la paciencia del Suso. 

No había ya más destino. Y para cumplirlo, Iturribide, que subieron al trote pasando entre los rapados con tirantes y botas de La Espuela. Llegaron hasta el Zerua en busca del Txirri, un colega del Iñaki que controlaba el tema por allí. Suso preguntó en la barra por él. Lo hacía a gritos porque Rammstein atronaba la oscuridad metalera del garito. Txirri no estaba y Javi empezó a preguntar agitado a todo el bar. «Bajad hasta el Marina a ver». 

Javi entró al Marina dando tumbos barra adentro. Cuando se podía fumar era imposible distinguir el fondo desde la entrada, algo común al viejo Iturribide y antros como el Coconut o Los Cencerros, donde el aire era irrespirable. Javi se dejó caer al fondo, donde se parte la pana, y cuando Suso llegó con dos birras abrasaba a dos moritos y una pareja de críos que cerraban la punta de dos bolsitas a mechero. El morito puso en la mesa media tableta de costo pero Javi estaba ya a la chiquilla, una punkita de ojillos negros con los hombros desnudos por una camiseta rota de los Pistols y unas mallas cortadas por las rodillas. Pidió a Suso cincuenta napos. «Pero pruébala antes, ¿no?». Javi apuró el botellín de un trago y lo estampó en la barra frente al barbas, que no se tenía en pie como de costumbre. Sonaban los Cikatriz y ambos se rugieron a un palmo: «Todos ríen todos bailan / Pero tú no comprendes nada / (…) / Solo otra vez / Ya no te llena nada / Solo otra vez / Las mismas drogas las mismas caras / Hazlo otra vez”». De otro tirón Suso lo sacó del Marina.  

En un suspiro estaban agachados en el último peldaño de las escaleras de San Nicolás, donde los más perjudicados subían a potar. Bajo ellos, no más que a unos metros, una multitud se apiñaba al ritmo comercial de Tintingorri. De haber estado sobrios ni se les habría ocurrido hacerlo allí. «Va, tío, estoy por darle volquete». Javi corría el riesgo de tirarlo todo. «Tú flipas», lo detuvo Suso antes de pegar la nariz al cuero y desechar parte del trallazo descontrolado que había estirado el otro. 

Cuando bajaron ya no caminaban. Corrían flotando sin orden ni más destino que sumergirse en la profundidad de las txosnas, por la atestada avenida de Moskotarrak a Txori Barrote, donde el calor de los apretones y el ardor de la música enloquecían. Al paso por Eguzkizaleak Javi se detuvo con su katxi de JB en la mano. Una convulsión del estómago que despejó con varias caladas y los ojos entreabiertos, lo que Suso aprovechó para pegar un toque al Iñaki a ver qué había pasado y dónde andaban. Estaba en Barrenka, en pleno Casco, a mil batallas de allí. No había pasado nada. Un linchamiento no convenía aunque salieron calientes. Iñaki había dejado a los mirandeses a su bola porque a mitad de noche no se podía hacer con ellos otra cosa. Los muy borricos tenían la costumbre de subir a Etxebarria y montar en la noria con todo el puestazo, gozando de la mejor vista del Botxo en fiestas. De haber subido con ellos Javi no habría visto nada. Iba ciego y la cabeza se le vencía al pecho. Otro trallazo después se abandonaban a los gritos de Bisbal frente a Hontzak. Javi creía bailar. Y en su más profundo consciente percibía la presencia femenina a su lado, como un último apetito capaz. Junto a él una jovencita bailaba alzando los brazos. Javi quiso preguntarle, así como para empezar, de dónde era y cómo se llamaba. Pero no le salieron las palabras más que al fondo del cerebro. No podía hablar pero sí vomitar sin saber dónde. Y sintió como en otro plano que un tipo le agarraba el pescuezo antes de caer al suelo. 

Un confuso apagón de tiempo después le despertó el potente gruñido de una máquina barredora. Estaba tendido en el césped de los Jardines del Arenal con la boca abierta y la garganta como el esparto. Un sol pegajoso le castigaba la frente húmeda. Se incorporó pesadamente sin que la cabeza le acompañara. No había signos del Suso. Ni de nadie. Había que volver a casa, a su cama, a la vida. 

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6 Comentarios

  1. Fiestas sobrevaloradisimas, de un POSTUREO rancio. Una vez pasas una edad te das cuenta de lo que son.

    • Hombre, generalizar comportamientos o actitudes en las fiestas de Bilbao es un poco atrevido. No es una cuestion de edad, es una cuestion del cambio de los tiempos. Que el pijerio a ganado espacio es evidente, pero no en fiestas, en el dia a dia de Bilbao. De todas maneras no es lo mismo los que se juntan en el cafe Iruña q la peña de Irala, no es lo mismo Indautxu que Santutxu etc… Bilbao a perdido su parte mas salvaje, a veces he comentado que me da pena que mi hijo no lo vaya vivir como lo vivi yo, era mas «peligroso» pero tambien mas hemocionante. Aunque tambien es verdad que ahora es mas segura y entiendo que como padre me viene mejor. En fiestas de Bilbo hay mil ambientes diferentes y si tienes quien te guie te lo pasas de cine seguro.

  2. ¡Gran relato!
    En cuanto al comentario que dice que son unas fiestas sobrevaloradas: y una mierda. Son las mejores fiestas de una capital, con diferencia. De todas formas este relato está ambientado en 2005, por los conciertos que menciona, y algunas cosas han cambiado.

  3. Que bueno leerte mas allá del basket pero igual de disfrutable. Me han venido recuerdos de algunas escapadas adolescentes desde provincias vecinas a la Semana Grande. La última en el 98 para ver a Los Planetas…ya ha llovido si…un abrazo!

  4. Me da resaca sólo de leerlo jaja Ya me hubiera gustado pillar esas fiestas cuando estaba más joven
    Buen artículo

  5. Devòlver no habría hecho un tema mejor.

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