Literatura

Vida de parado. Crónica de lo que no se contó y nacimiento de un escritor

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«En 2009 vender un piso era tan difícil como encontrar un trabajo». Del último libro de Alfonso Vila Francés podrían entresacarse muchas frases, igual de útiles como citas que como descripciones de una época que no se ha contado. Es algo en que coinciden escritores y editores, la crisis de 2008 no tuvo apenas eco en la literatura española. El fin del bipartidismo fue quizá lo más visible, lo mismo que el 15M en las plazas, pero el otro relato, el de los protagonistas, quedó huérfano. El autor de Vida de Parado comparte esta opinión, es de lo primero que hablamos al iniciar nuestra charla, todavía hace falta tiempo, dice, para digerir aquella crisis, pero él está convencido de que con el tiempo irán saliendo más cosas. Más relatos como este libro, que cuenta la historia cotidiana del hombre común.

Alfonso ha tenido quince años no solo para digerirla, sino para rehacer su vida y dejar atrás aquella etapa. Incluso para convertirse definitivamente en escritor con España en Regional y Caminos de hierro, dos libros sobre trenes en los que afirma que una estación es una historia esperando que alguien la cuente.

¿La vida de un parado también lo es?

Siempre. Y más aún porque el parado se siente siempre muy solo. Y con razón. Estar sin trabajo es estar fuera de la sociedad. Eso solo lo entiendes cuando estás sin trabajo bastante tiempo, porque te ves en una balsa a la deriva, cada vez más lejos, cada vez más perdido en el mar, y sabes que nadie oye tus gritos. Y no estoy exagerando nada.

Y el resultado es este libro. ¿Literatura o autobiografía?

No hay ninguna diferencia, y si la hay siempre es artificial, una obligación impuesta contra sí mismo. Para un escritor todo es literatura. Y por tanto si todo es literatura todo es mentira. Esa es una de las tragedias de ser escritor, y por eso yo no se lo recomiendo a nadie. Uno es escritor porque no tiene otro remedio, como uno es cojo o tuerto porque no tiene otro remedio. Y si alguien dice lo contrario, es que no es escritor, es productor de libros, que es algo muy distinto. En eso soy muy radical. Porque no hay ningún orgullo en eso, sino todo lo contrario. Uno es escritor porque tiene una incapacidad de vivir de otra manera.

También porque atrapa en el papel matices de la existencia que se te escapan si no los has vivido o imaginado. Vida de parado podría ser un tratado sobre cómo un hombre de mediana edad en nuestro país enfrenta la perspectiva de estar sin trabajo. Eso no ha cambiado sustancialmente desde 2008, si acaso a peor, cerrando más el paso al mercado laboral de los mayores. Pero el texto, más que un diario, contiene todas esas contradicciones que hemos vivido, o vivimos, varias generaciones. Como el papel social de nosotros los hombres. Alfonso es de la opinión que la masculinidad te obliga a aprender a perdonarte cuando te quedas sin trabajo. Es machismo, lo califica así, pero si tienes familia, estás casado y con hijos sientes que debes llevar el pan a casa. Él veía más aceptable que en aquella situación, con niños pequeños, su mujer hubiera optado por ser ama de casa. Pero él se sentía un fracasado en ese papel. Y también lo veía en los ojos de cada uno de los hombres y mujeres con los que se cruzaba. Un machismo social que va viendo desaparecer, pero que sigue presente.

Incluye además en su relato trabajos que tuvo antes de ser despedido, una vida laboral de profesor y bibliotecario que repasa, pero no buscando una explicación al paro. Más bien parece parte de la expresión literaria. Como parado usó su tiempo para lamentarse por todos los desastres de su vida y sus grandes equivocaciones. Es, me dice, como cuando te divorcias.

Revisas todos tus fracasos sentimentales porque no lo aceptas. Caes en creer que lo has hecho todo mal, desde el principio. Lo ves todo muy negro, y no hay otra realidad que esa.

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Una de las cosas que hizo en aquella etapa fue trabajar de basurero con contratos de un día, una noche concretamente, que en un año no le permitieron ganar más de cincuenta euros. Pero que le hicieron sentirse bien, en camino a recuperar un trabajo. Los mitos y prejuicios que hay en torno a estar parado, me explica, son maneras que tiene la gente de ocultar que les da miedo. Ni siquiera la economía del país tiene una relación directa con lo que te pasa a ti. Como en una enfermedad mental, cada caso es un mundo.

¿Por qué, en general, entendemos tan mal a un suicida? ¿A un enfermo mental? ¿A un discapacitado? ¿A un vagabundo o a un alcohólico? ¿Por qué no entendemos a los fanáticos religiosos o a los dictadores asesinos o a las minorías étnicas? ¿A los que se quieren cambiar de sexo? Porque no queremos. Porque nos da miedo. Porque es mejor mirar para otro lado. O simplemente porque nos molestan, porque nos empujan a hacernos preguntas incómodas.

La incomodidad surge también cuando hablamos del otro problema, el inmobiliario, que para él también estuvo ahí. Su descripción de las agencias inmobiliarias, con su discurso de que ningún piso baja, que siempre es una inversión, no puede ser más familiar. Tampoco ese pensamiento de que él no buscaba invertir, sino un lugar donde vivir, y comprar porque la cuota hipotecaria era más baja que cualquier alquiler. Le duele aún, pero se considera afortunado porque su casa se la quedó el banco y no fue a la calle gracias al apoyo familiar, como cuenta en su libro. Para un banco, sentencia, solo vales por tu capacidad de endeudarte, igual que para un estado sirves por tu capacidad de trabajo o de engendrar hijos. Si no puedes contraer deudas, ahí acaba todo.

Pero yo, al acabar Vida de parado tuve la sensación de que, de algún modo, Alfonso había engañado al lector. Que en realidad él había escrito un título que hubiera podido llamarse Nacimiento de un escritor.

No lo pretendía para nada. Pero sí, es una lectura del libro. Para mí es un libro de amor a mis hijos y a mi mujer. Es como una especie de crónica de un alcohólico o un drogadicto en proceso de desintoxicación. Ellos me han soportado, han estado conmigo durante todo el proceso y lo han sufrido. Y justo es que se lo reconozca.

Uno de esos reconocimientos son las fotos. La fotografía, junto a la poesía y la narrativa, es el trío que resume la actividad de Alfonso. Y suele acompañar sus textos aunque este caso es anómalo porque él, deprimido, destruido, no tenía ni ganas de usar la cámara. Todas las hizo su mujer.

¿Por qué decidiste incluirlas entonces?

Porque son las fotos que mejor explican el momento, desde mi lado, es decir, todo lo que me estoy perdiendo porque estoy hundido en mis infiernos personales, por ejemplo, los juegos alegres con los niños.

Él es un fotógrafo de instantáneas, nunca hace fotos preparadas y le salen, me explica, por pura casualidad. Las que publica son pequeños éxitos entre muchos fracasos. Lo dice quien tiene de referencia, como a una triada de dioses, a Navia, a Alberto García-Alix y a Cristina García Rodero.

La primera vez que conocí a Alfonso fue en Sevilla, en un evento de Jot Down. Para mi era una más de las firmas de la revista, pero tenía además esa intensidad de los autores aspirantes, algo a medias entre la paranoia y el deseo. Nunca puedes estar seguro de a dónde les llevará eso, si a triunfar o al abismo, pero en algunos casos sabes que seguirán, hasta donde sea, obcecados en ser escritores. De eso hablamos ahora también, e intento comprender si su etapa de parado le hizo escribir más, menos, o si acaso le dio el empujón definitivo que necesitaba para consagrarse como escritor, aunque fuera inédito.

Me pasé muchos meses, tal vez incluso años, sin hacer absolutamente nada intelectual o artístico. Estaba totalmente bloqueado.

Pero en algún momento escribir te sacó del pozo.

No del todo, escribir solo te ayuda si tienes deseos de salir, que eso es lo más difícil de todo, tener deseos de salir, y luego fuerza para empezar a hacerlo. Y ahí es donde la literatura te da un empujón. O la música o la pintura o lo que sea, pero siempre es un empujón que viene cuando tú ya estás moviéndote. Si tú no empiezas a moverte antes, el empujón no llega nunca.

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Existe cierta tendencia a creer que la buena literatura nace de la tragedia.

Para nada. Para nada. Se puede ser feliz y escribir muy buena literatura. Es un mito, una parte de esa leyenda romántica que tanto daño ha hecho.

En Vida de parado el punto de inflexión hacia la escritura es un viaje. Una escapada, más bien, de la que se siente incluso culpable por el gasto que supone. Pero que le permite coger perspectiva y rehacerse. Aún no le hizo retomar el hábito de escribir, pero sí volvió a la fotografía, aunque no para publicar, sino para sí mismo.

¿Es ahí donde retomas el hábito de escribir?

No. Aún no. Recuperé las ganas de hacer fotos, aunque tampoco pensando en hacer nada con ellas, me refiero a publicarlas en artículos o en libros. Eran solo fotos para mí. Lo de escribir llegó después, bastante más tarde. Y empecé por la poesía, porque es la manera más inevitable de enfrentarte a ti mismo, y para escribir primero te tienes que enfrentar a ti mismo.

Entonces ¿el escritor es un fugitivo?

Sí, por supuesto, el escritor siempre es un fugitivo. Y vuelvo a ser muy radical. En general el artista es un fugitivo, porque no acepta la realidad, la realidad simple, pura, desnuda y vulgar. Y escapa. Uno puede escapar con las drogas, con cualquier droga o cualquier adicción, o puede escapar con la literatura (o con la pintura, etc., siempre digo lo mismo, si te coges un escritor o un pintor o un músico o incluso un actor, en el fondo no hay ninguna diferencia, se trata siempre de escapar de la realidad y de pretender ser otra cosa). Eso puede ser de una manera consciente o inconsciente, pero siempre escapas. Y ya digo, un adicto a los videojuegos o a la heroína no es tan distinto a un escritor. O yo no me considero tan distinto. Puede que socialmente no esté tan mal visto eso de escribir, pero es igual de destructivo e implica una incapacidad para llevar una vida normal. Y todos sabemos a qué nos referimos cuando hablamos de “vida normal”, aunque para cada cual la normalidad sea distinta. Porque lo “normal” es lo que hacen los demás, y lo que tú quieres hacer desesperadamente y no te sale.

Alfonso no es optimista con el futuro. Recuerda la crisis de la patata en Irlanda, aquella hambruna, y piensa que varios millones de jóvenes escaparon emigrando. Pero ahora eso sería imposible porque el capitalismo está agotado, ha gastado el cartucho del imperialismo colonial del XIX, las guerras del XX, en el XXI con el agotamiento de recursos y el cambio climático ya no hay alternativa. Lo siente por sus hijos, tendrán que vivir en un mundo muy jodido.

No es optimista pero es un escritor obcecado, y como tal, seguro que tiene planes para próximos libros. Efectivamente.

Novelas tengo solo una publicada, pero más de seis escritas. La mayoría no las quiero publicar, pero puede que alguna salga en el futuro. Y tengo otros libros ya escritos y que sí que quiero publicar, y espero publicar pronto, como otro de poesía y otro de relatos. Ya se verá. Al final, publicar o no depende de muchas cosas, no solo de ti. Por otro lado, como fotógrafo también sigo trabajando en otros proyectos que muy posiblemente acabarán algún día en otro libro.

¿Un Vida de empleado, por ejemplo?

Tengo empezado un Vida de interino, porque eso es lo que soy, un interino que normalmente cada año pasa por un instituto público distinto, dentro de mi comunidad o incluso de otras comunidades. Pero no tengo previsto acabarlo de momento, es solo un boceto, un primer borrador. Y no sé si lo acabaré. En todo caso si lo acabo tampoco sé si quiero publicarlo. De momento no, en un futuro lejano… ya veremos…

Fuiste parado y eras escritor. ¿Eso te hizo distinto a cualquier otro parado?

Sí y no. Por ejemplo, cuando trabajaba de basurero, desde luego. Ya no solo ser escritor sino simplemente tener una cultura, unos estudios. Allí me relacionaba con gente muy distinta a mí, gente muy maja, muy educada y muy trabajadora, pero que nunca leía ningún libro (y no quiero generalizar, porque había de todo como en todas partes, pero sí que me sentía distinto, y por supuesto al principio tenía mis “prejuicios de clase”, que luego los vas superando). Luego fui a un curso de inglés para parados y me encontré con muchos ingenieros, economistas, abogados, filólogos, arquitectos, etc, en el paro, gente que había tenido un buen trabajo, que había caído desde muy alto. Con esos (vuelvo a los inevitables prejuicios de clase), me identificaba perfectamente. Y eso, por cierto, me sirvió para tener menos vergüenza a la hora de decir que estaba en el paro. Porque “mal de muchos consuelo de tontos”… Ya se sabe. Pero volviendo a lo mismo, tú te crees que lo que te ha pasado a ti no le ha pasado a nadie, y luego te encuentras con gente que ha hecho tu mismo camino hacia abajo, pero que aún piensa que va a volver a subir, a recuperar el sitio que tenía. Y eso anima mucho.

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Un comentario

  1. Mi Vietnam. ¿Thailandia es un paraíso para los sentidos? Cuando fui de viaje a Thailandia y en una ocasión llevé la ropa la lavandería del hotel (la que daba servicio a los turistas), en un local de veinte metros había seis empleados.

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