
Este artículo está publicado originalmente en la revista impresa Calle del Aire. Revista de literatura 6.
A diferencia de otros oficios, el de crítico literario exige una permanente explicación de qué es y cómo se ejerce. Mal o bien, el público lector (ningún otro me interesa) entiende qué es un poeta o asunta la actividad de un novelista, mientras que la figura del crítico es esquiva y equívoca. Es frecuente —al crítico peruano José Miguel Oviedo le gusta contarlo— que a los críticos literarios nos pregunten si, además de «criticar», escribimos; es decir, si nos dedicamos a la «verdadera» literatura, sea prosa o poesía.
Se duda de que los críticos, aunque usemos el mismo lenguaje que los poetas o los novelistas, seamos escritores, pues se confunde a la lírica o a la imaginación relatada con la literatura, excluyendo del cuerpo de ésta a la prosa ajena a la ficción; en tanto la mayoría de los críticos literarios nos expresamos a través del ensayo, que es la principal, aunque no la única, forma de la crítica moderna. El ensayo literario, por cierto, incluye la disertación sobre las telarañas (lo ha demostrado Hugo Hiriart, otro de mis mayores), pero no solo se dedica a la delectación morosa y ensayistas también somos quienes hacemos historia literaria (como lo he hecho recientemente con La innovación retrógrada, 18051863), pues el crítico atiende, con el ensayo, la novedad y renueva la tradición. Es fácil volver a elogiar a Virgilio o a José Lezama Lima. Lo difícil es criticar a un contemporáneo con el cual nos toparemos en el café o en la librería. Más arduo es enjuiciar, sobre todo si se hace desfavorablemente, el libro de un debutante, joven o no, poeta o prosista y, si así lo creemos, criticarlo de manera pública. Solo quienes carecen de verdadera vocación se amilanan ante una primera reseña negativa. Un crítico de artes o letras es aquel que, frente a lo que le es antipático, abre los ojos y se obliga a ver o a leer. Mi ejemplo será siempre el de Jorge Cuesta, fundador de la crítica moderna en México, que se plantó ante Cristo destruye su cruz (1943), de José Clemente Orozco, que en principio le repugnaba, y lo entendió al fin.
A los escritores que hacemos primordialmente crítica literaria nos ofenden excluyéndonos del gremio de los escritores. De privar esa taxonomía, no lo seríamos quienes hacemos nonfiction, para utilizar el método crítico de Barnes & Noble. Quedarían excluidos desde Dionisio de Halicarnaso hasta Cioran y casi todos los ensayistas que no han incurrido en la debilidad de escribir al menos una novela, un puñado de cuentos o algunos poemas. No todos los críticos somos grandes escritores, concluía William Empson, pero todos somos escritores.
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