
«Me perdonará que le escriba así, sin más, pero se quejaba usted del adoctrinamiento en las aulas —o eso me pareció entender— y no he podido resistirme a trasladarle mi experiencia. Me llamo Pedro. Soy profesor. Recibí mi primera educación de unos clérigos vascos proetarras y antimilitaristas en un colegio al que se llegaba por caminos sin asfaltar, en uno de los barrios más pobres de Valladolid, al otro lado de las vías. Le describo el colegio. En la primera planta había un laboratorio nutrido (teníamos hasta isótopos radiactivos, además de mercurio y ácido nítrico y clorhídrico) y una biblioteca también muy buena. Éramos cuarenta y cinco niños por clase (dos grupos para cada edad; noventa en total). Al centro se accedía a través de un sorteo público anual, porque había más demanda que oferta. El edificio disponía de un bonito salón de actos donde representar teatro y proyectar películas, y el gimnasio contaba con un montón de aparatos y colchonetas. Completaban las instalaciones un gran campo de fútbol de tierra y pistas para el futbito, el baloncesto y el equipo de balonmano, este último el orgullo del colegio.
La formación académica era estricta y sólida, tanto en ciencias como en letras. En retrospectiva, puedo decir que nos proporcionaron una educación excelente. Los profesores sabían de qué hablaban, tenían vocación y se esforzaban para que aprendiéramos. Nos hacían leer mucho y también escribir. El profesor de inglés y de francés era brusco, pero había estado expuesto a ambos idiomas y su magnetofón se oía bien, gracias a lo cual pudimos hacernos a los acentos nativos. Era una EGB que, bien aprovechada, permitía llegar a la secundaria en excelentes condiciones.
Era un concertado y solo de chicos. Había misas de vez en cuando, claro, pero nadie estaba obligado a asistir. La asignatura de religión la dictaba un cura, los lunes por la tarde. Era de los que daban pellizcos en las pantorrillas y hacían cosquillas, aunque sin malicia. No sé por qué, de dónde nos vino la idea, pero los niños pensábamos que todos los curas eran gays (eran otros tiempos), o que les gustaban los niños, lo mismo que los clérigos, así que marcábamos las distancias. Pero era todo muy confuso, porque alguna vez nos sorprendían, como cuando el profesor de gimnasia se ligó a la profesora más guapa del colegio, la de parvulitos. Se salió de la congregación para casarse con ella, pero no le echaron del trabajo, lo que nos llamó la atención. El caso es que el cura de las cosquillas pasaba el resto de su tiempo recorriendo pueblos en busca de chicos con vocación para el seminario que tenía la congregación en un edificio cercano. Por lo que comprendí ya con trece años, se trataba de ofrecer una salida profesional decente a chicos no muy espabilados o pobres. El trato era que entraran de internos para hacer BUP y COU y luego ya, si tenían vocación religiosa, se unieran a la congregación mientras hacían una carrera.
Una vez tuve una conversación privada con él. Siendo yo pobre, aunque de ciudad, mis padres se habían empeñado en que aprovechase la oportunidad de una educación de calidad en su seminario. La entrevista consistía, lo supe después, en calibrar mi vocación. La pifié en una pregunta. El cura me preguntó por el día más feliz de mi vida y le dije que fue el día en que me di cuenta de que pensaba. No sé si me entendió. Mi experiencia, supe años después, era común. Delibes la refleja magistralmente en el capítulo octavo de La sombra del ciprés es alargada. Es el despertar de la conciencia individual, ese instante en que uno se da cuenta de que no repite lo que ha aprendido, sino que razona y que ese proceso es individual. El nacimiento del yo. Al cura no le gustó nada, ni a mí el cura, así que, para decepción de mis padres, no hubo trato.
Había otro cura. Un hombre jovial, grande, expansivo, que siempre estaba de buen humor y que ayudaba a todo el mundo. Cuando murió, le levantaron un monumento cerca del colegio, frente a las casas de los gitanos. Algo habría hecho bien durante aquellos años, porque contaba la anécdota de que nada más llegar al barrio paseó por allí vestido de sotana y que un niño le vio y fue corriendo a su madre:
—¡Mamá, mamá! —gritó el niño—. ¡Un cura! ¿Lo mato?
—No, hijo. No lo mates. Pero tírale piedras —contestó la madre.
Así explicaba él su estrafalaria costumbre de vestir un poncho andino en medio de la estepa castellana. Daba misa con él bajo la estola. Se hizo célebre también por lo distendido de sus ceremonias, en las que invitaba a los padres a compartir impresiones. Eran esas eucaristías que se pusieron de moda en los años setenta y ochenta en las iglesias de ladrillo recién levantadas tras el desarrollismo, con guitarras rasgadas a toda velocidad, canciones de Simon & Garfunkel con letra sacra y una enorme conciencia social postconciliar. Nada de sotanas, rezos, cuadros tenebristas, crucifijos y lúgubres mortificaciones. Por definir el ambiente, las catequesis eran como el famoso anuncio Hilltop del 71, el de Coca-Cola. Nos proyectaban Jesucristo Superstar y Juan Salvador Gaviota; unas catequistas adolescentes nos hablaban a los niños del amor; e íbamos todos juntos de convivencias para reforzar nuestro sentido de comunidad. Era una religiosidad alegre y sana, de sol y aire fresco sobre la hierba.
La congregación no daba abasto con las clases, así que teníamos también laicos, un puñado de profesores recién salidos de las facultades (eran también licenciados, como yo; no maestros), entre los cuales había varias parejas y hermanos. Los jóvenes profesores laicos eran en su mayoría progresistas. Los clérigos, sin embargo, y salvo el director, eran de ultraizquierda nacionalista y no perdían oportunidad para meternos una cuña cuando convenía. No desaprovechaban ninguna oportunidad. El colegio estaba en los arrabales y, de vez en cuando, los tanques pasaban por delante, en su trasiego estacional de un cuartel a otro de la ciudad. En cuanto se escuchaban las orugas batiendo la tierra y las ventanas empezaban a vibrar, los hermanos se ponían histéricos, se quejaban amargamente de que las autoridades locales permitieran aquello y aprovechaban para hablarnos de la paz. Nos urgieron a que un día bajáramos todos juntos a impedir el paso del convoy y, con el tema del holocausto nuclear en ciernes (era 1984, la era de Reagan, Thatcher y la URSS), nos ponían a cantar a coro una canción de Víctor Manuel, «Pronto viviremos en la Luna», cuyo primer verso era «Hijo de Hiroshima y del napalm». Debo decir —perdóneme la digresión— que mi curiosidad y las ganas de hacerse el interesante del profesor se concitaron para que de aquellas aprendiéramos a hacer napalm, tres tipos de pólvora y nitrocelulosa, además de, por supuesto, cócteles molotov. El saber no ocupa lugar. Unos meses después no sé qué nos hicieron «los curas» que nos planteamos volar los pilares del frontón, los que sostenían el segundo piso del colegio, con materiales que sabíamos disponibles en el laboratorio.
Como decía, los clérigos y los curas no desaprovechaban ninguna oportunidad para adoctrinarnos. Una vez tuvimos que hacer una redacción sobre el «conflicto vasco». Ahí ya se empezaron a dar cuenta de que sus esfuerzos por sembrar en nuestras mentes lo bueno, lo justo y lo santo no habían dado los frutos esperados. Quizá el suelo castellano, más de cereal, no era el apropiado para su semilla, o quizá era la falta de agua. Quién sabe. El caso es que las redacciones no fueron de su agrado. Todos sus intentos de meternos en la cabeza sus doctrinas políticas, profesionales y religiosas iban fracasando, porque bastaba que dijeran A para que nosotros pensáramos instintivamente que tenía que ser B.
En el tema de imbuirnos una conciencia social patinaron estrepitosamente. Lo peor en este sentido es que los clérigos no se daban cuenta de lo que les rodeaba, del tipo de gente a la que los habían mandado a predicar. Cuando el penúltimo domingo de octubre venían con las cuestaciones del Domund, el Domingo Mundial de las Misiones, les decíamos que, al igual que aquellos pobres niños africanos, nosotros también vivíamos en un sitio sin asfaltar, así que las huchas de papel volvieron vacías. Lo mismo pasó con el merchandising de la visita del papa, Juan-Pablo-segundo-te-quiere-todo-el-mundo, en 1982. Les devolvimos las postales y zarandajas, que pretendían cobrarnos, con desdén. No sé si aquellos profesores que venían de Vitoria habían tratado alguna vez con católicos pobres, pero creo que no. Eran para nosotros gente muy extraña, con unas mentalidades, morales y maneras que asociábamos a los señorones del centro, los de las consultas de los reputados médicos y notarios de la ciudad, pero con un discurso muy parecido al de los delegados sindicales de las fábricas de nuestros padres. Esa disonancia también nos llamaba mucho la atención.
Los clérigos —y esto hay que reconocérselo— nos enseñaron a discutir. Recuerdo una tarde en octavo de EGB, a punto de salir del colegio. Nos dijeron que Cristo fue un revolucionario que se alzó contra la dominación romana y nosotros les soltamos lo que habíamos oído en alguna misa del centro: que, bueno, que en realidad lo habían matado los judíos y que los romanos no eran tan malos. Nos pasamos toda la clase discutiendo la culpabilidad de Poncio Pilatos, nosotros exculpándolo solo por llevar la contraria y el pobre hermano intentando convencernos de que Pilatos fue un cobarde destinado al infierno, en vez de un soldado que tenía que estar hasta las pelotas de aquellos locos y que lo único que quería era regresar a Roma.
Su intento de adoctrinamiento en el finísimo asunto de la teología no les fue mejor. Como se tenían por buena gente, no nos ocultaban nada. Respondían cándidamente a todas nuestras objeciones. Por alguna razón didáctica suya, nos invitaban a cuestionar las enseñanzas para rebatírnoslas. Pero cometieron el error de subestimar el papel de la nueva biblioteca del barrio, bien nutrida con libros de esos que, sabiendo leer, uno comprende sin más que leer con atención. Los sumimos, pues, en un viacrucis, que empezó cuando descubrimos a Nietzsche y a Voltaire, pero que alcanzó su paroxismo cuando nos dimos cuenta de que lo que más les sacaba de quicio era que les refregáramos el tenor literal de la Biblia. Descubrimos, para su horror, que la mejor estrategia era leerles trozos de la primera mitad de su libro sagrado, esa que no querían que leyéramos porque no la íbamos a entender. Los hermanos de la congregación no eran gente simple, de esa que piensa que la Tierra tiene seis mil quinientos años y fue creada por Dios junto con los animales y las plantas actuales. Varios eran licenciados en ciencias y ya habían asimilado la teoría de la evolución, los descubrimientos geológicos y la radioactividad. Pero su religiosidad tenía una componente afectiva y de comunidad muy fuerte, y les descolocaba discutir con mocosos sobre las hijas de Lot, responder a qué hacían exactamente los gomorritas para enfadar tanto a Yahvé (los sodomitas ya lo sabíamos) o enfrentarse a la banalidad de la traición de Judas apuntada por Borges. Si nos daban teología era por un tema curricular. Ellos no querían que nos convirtiéramos en rabinos adictos a la exégesis, sino en sanos chicos del norte, de los que suben al monte con la cuadrilla, comen juntos los sábados por la mañana y trabajan en las factorías como delineantes o administrativos. Querían socializarnos y darnos un futuro, no salvar nuestras almas. Nuestra renuencia a aceptar el camino que nos abrían para salir del arroyo les enfadaba muchísimo.
Su adoctrinamiento en la cosa social habitaba en una enorme contradicción. Nunca nos lo dijeron, pero su afán era formarnos como cuadros medios. Daban mucha importancia al dibujo técnico y al francés en una ciudad con una industria dominada por una empresa gala de automoción, y nos alentaban a aprender mecanografía e informática, que empezaba por entonces a florecer (a mi promoción le tocaron los primeros ordenadores, pero cuando ya estábamos casi de salida). Se cuidaban mucho de despertar expectativas laborales poco realistas. La idea de que tenían que formarnos para poder llegar a ser el jefe de la Renault en Francia les hubiera parecido risible. El laboratorio en el que aprendimos a hacer explosivos no estaba pensado para que un día ganásemos el premio Nobel de física o de química, sino para que aprendiéramos a ser buenos técnicos de laboratorio, un futuro que entendían más que deseable para nosotros. La orientación para la secundaria era, pues, muy sencilla. La máxima recomendación, para los más capaces, era una carrera técnica de grado medio tras el BUP y el COU. A los alérgicos al estudio, a los que habían renqueado para aprobar séptimo y octavo, les aconsejaban la FP. Entre medias, una variedad de carreras de letras para dar clase en un colegio o instituto. El griego y el latín eran ideales para los que se quedaran en el seminario, pero para nadie más, porque era muy improbable que alguno de nosotros hubiera sido ungido por el Señor para ser catedrático de griego en la Complutense. A los más espabilados, pero díscolos, nos reservaban esa frase mítica de la cartilla amarilla de las notas: «Cuenta con unas aptitudes excelentes para iniciar los estudios que desee, pero nos preocupan mucho sus actitudes».
Me pregunto qué hubiera sido de nosotros si nos hubieran educado los jesuitas, o los agustinos, en vez de esos otros vascos. Pero me da la impresión de que hubiera dado un poco igual, porque lo que le quiero trasladar es que exagera usted la capacidad de adoctrinamiento que tenemos los docentes. Esta es la razón por la que le escribo este correo: para hacerle ver que, a ciertas edades, basta que alguien en una posición de poder diga A para que sea B. El predicamento de un profesor con sus estudiantes se suele limitar a lo técnico de su disciplina. Fuera de ahí, cuando habla de otra cosa, solo genera desconfianza y reacción. Se me dirá que esto es una impresión mía construida a partir de la biografía escolar que acabo de esbozarle, un caso particular del que pretendo extraer una doctrina. Se lo concedo, pero lo que yo he visto en mis años de docencia es que la sombra del ciprés puede ser alargada, afilada y cortante, pero que —al igual que le sucedió a mi tocayo en la novela de Delibes— una educación ideológica solo sirve para sembrar las semillas de su propia destrucción».






