Editorial Tecnología

Google nos vuelve a meter la puntita y nos regala vaselina para que no nos duela lo que viene después

meet joe black a4396988
Imagen promocional de ¿Quién conoce a Joe Black?, 1998

Tengo que reconocerle a los cerebros de Google que, dentro de la maligna filosofía en la que se basan sus estrategias, la forma en que nos la cuelan es siempre indolora; apenas nos apercibimos de que ya están otra vez robándonos la poca privacidad que nos queda hasta que la hemos perdido completamente.

Se preguntarán ustedes de qué hablo y quizás les sorprenda que a la empresa californiana aún le queden espacios de nuestra intimidad a los que no tenga acceso. Pues sí, desde hace un tiempo a esta parte no solo nos dice qué páginas hay que visitar, dónde tenemos que dirigir nuestra atención o qué es moralmente aceptable compartir. Ahora también quiere saber todo lo que compartimos con amigos o enemigos, cuándo lo compartimos y cómo usar toda esa información.

Imaginemos que hemos leído en un medio nacional una iniciativa ciudadana con la que nos sentimos conectados o que, todo lo contrario, nos pone enfermos, y que la compartimos por correo, por WhatsApp o en alguna de nuestras comunidades de Substack, Facebook o TikTok. Esa inocente y continua actividad pertenecía antes al ámbito de nuestra privacidad; ahora ya no. Ahora Google sabe qué compartimos, cuándo lo compartimos y a quién, siempre que la información haya llegado a nosotros a través de un smartphone con Android, de los resultados de búsqueda o de una recomendación de Google Discover.

Los de Mountain View ya guardan nuestro correo en sus servidores, conocen el recorrido que hacemos cada día, condicionan el pensamiento político y social de nuestros hijos a través de YouTube y ahora, además, son conscientes de qué compartimos con nuestras amistades y conocidos. Se preguntarán cómo lo hacen y si de alguna manera podemos evitarlo. Vamos a ello.

Cuando compartimos una noticia desde alguna aplicación relacionada con Google, la dirección original se convierte en un enlace del tipo share.google, un «acortador» que la compañía pone a disposición de los usuarios en un nuevo gesto de esa generosidad digital a la que nos tiene tan acostumbrados. Donde antes aparecía la dirección de un periódico, ahora aparece la de Google, que amablemente nos redirige al contenido. La compañía llama a esto «facilitar que compartamos enlaces», una explicación conmovedora si consideramos que llevamos más de treinta años enviándolos sin necesidad de asistencia.

Cada apertura de uno de esos enlaces deja un rastro en los servidores de la compañía, lo que le permite registrar datos como la dirección IP, el momento de la solicitud y ciertas características del dispositivo. No sabemos qué registros concretos conserva este servicio ni durante cuánto tiempo, aunque nos lo podemos imaginar. Desde luego sabrán qué circula fuera de sus redes y podrán hacer uso de esa información, tanto para cuestiones publicitarias como para servírsela a la oligarquía de turno que esté dispuesta a pagarla o que se la requiera.

Dos personas que se recomiendan un artículo sobre política, salud o sexualidad no están buscando nada en el buscador y ni tan siquiera conectan con Google, y sin embargo las direcciones que intercambian, si en algún momento han pasado por una aplicación de la compañía, la han convertido en un intermediario que lo sabe todo. No hace falta leer el contenido de los mensajes para obtener indicios de lo que les interesa.

Como suele pasar en estos casos, Google nos ofrece la opción de desactivar ese acortamiento; tan solo necesitamos ser conscientes de que esos enlaces existen y averiguar después en qué pestaña, escondida tras no sé qué submenú, hay que pulsar para que deje de funcionar, al menos hasta que se convierta en obligatorio para quien quiera usar sus servicios. Es el modus operandi de Silicon Valley, primero te meten la puntita y luego, si te molesta, te dan la vaselina para que te dejes llevar por el placer que da la comodidad. La vaselina, por supuesto, va siempre incluida con el servicio.

Los medios de comunicación deben de estar contentísimos. Google lleva años ayudándoles a convertirse en irrelevantes, robándoles sus ingresos y devolviéndoles una mínima parte para que puedan agonizar agradecidos. Primero los acostumbró a depender del buscador. Más tarde les enseñó a escribir para satisfacer a sus algoritmos, modelando las normas de estilo y las temáticas que tenían que abordar. Luego llegó Discover, esa tragaperras editorial donde un artículo puede recibir cien mil visitas el martes y desaparecer del universo conocido el miércoles. Finalmente apareció la inteligencia artificial, capaz de responder con información procedente de publicaciones ajenas sin necesidad de enviarles un solo lector. Faltaba conquistar el último refugio, las recomendaciones espontáneas entre personas.

Hasta ahora, cuando alguien compartía un artículo de Jot Down, estaba recomendando Jot Down. Lo hacía voluntariamente, sin que ningún algoritmo le condicionara, en una relación sencilla entre quien escribía, quien leía y quien recomendaba. Tres participantes. Un sacrilegio para una multinacional que se ha convertido en el Gran Hermano y cuyas ansias de omnisciencia no tienen parangón, eso sí, sin el halo de producto adictivo y maligno que arrastran otros ecosistemas como X o TikTok.

En definitiva, Google, que no ha escrito el artículo, no ha pagado al periodista, no ha atendido al ilustrador que reclama su factura ni ha soportado las reuniones de cierre, consigue nuevamente colocar su nombre en la puerta de entrada y cobrar peaje, aunque sea en especie, y además controla el mecanismo que conduce al lector hasta ella. No significa que se quede con la visita, pero sí que otra relación entre un medio y su público pasa a depender de una infraestructura ajena.

Los enlaces abreviados esconden, además, el dominio de destino, algo que la compañía ya lleva un tiempo haciendo en su navegador. Durante años nos han recomendado mirar las direcciones antes de pulsarlas para evitar engaños; ahora ya no hace falta, nosotros pondremos un nombre y Google decidirá adónde llevarnos. ¿Existe una forma más diabólica de ceguera? Supongo que no.

Lo más irritante es la naturalidad con la que aceptamos estas cosas, y no me refiero al ciudadano, que no tiene ni los conocimientos ni la malicia necesarios para percatarse del asunto, sino a unos medios aquiescentes que siguen vendiéndole el alma al diablo para conservar sus cada vez más reducidos feudos de poder. Si una compañía anunciase que todas nuestras cartas deben pasar por sus oficinas para sustituir el sobre por otro con su logotipo, pensaríamos que se ha vuelto loca. Cuando Google hace algo parecido con los enlaces, lo llamamos actualización de producto.

El siguiente paso, porque lo habrá, será aconsejarnos qué debemos compartir y con quién. En ese momento la tendremos metida tan adentro que los ojos nos harán chiribitas, pero no se preocupen, Google nos dará la oportunidad de seguir siendo nosotros mismos; para ello solo tendremos que entrar en Configuración, Privacidad, Servicios personalizados, Experiencias de comunicación, Opciones avanzadas y pulsar «sácamela ya de una puta vez».

Puedes seguir y compartir los artículos de Jot Down en deltha.eu 

Compartir:XWhatsAppTelegramBluesky

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*