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Velódromos, pintores y madrugadas en la Europa de principios del siglo XX

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Léon Georget y Julien Pouchois en el Vel d’Hiv, 1911. Fotografía: Bibliothèque nationale de France (DP).

Ernest Hemingway parpadea con esfuerzo, doloridas las pupilas por el sol que se cuela tras los postigos. Es más memorias y olvidos y palabras y música. Sonríe. Nunca el bien supo tan mal. Así que se despereza poco a poco. Hadley, su Hadley, no está, tiene todo el tiempo del mundo para hacerlo. Recuerda el día anterior, el humo tamizado por los focos, el silbido deliciosamente sensual de tubulares sobre madera. Recuerda, claro, copas, cigarros y risas. Sobre todo copas, no nos engañemos, que por algo París es una fiesta y él… bueno, él es Ernest Hemingway. Vuelve a sonreír, repetirá esta noche. Se adecenta, garabatea dos o tres ideas para artículos, y baja a la calle. El Barrio Latino vive el bullicio rasposo y caótico de los fines de semana. Hemingway, que aún no ha publicado su primera novela, comienza a caminar. Le espera un buen rato andando hasta llegar a su destino. Aquel en el que se reúne toda la bohemia parisina del momento. El sitio al que hay que ir para ver y que te vean. Donde más vivo se siente.

Se llama el Vélodrome d´Hiver. Hemingway volverá esta noche a las carreras.

Es 1889 y a la ciudad de París se le han erizado los paisajes con la Exposición Universal. Promesas de lugares recónditos, de experiencias desconocidas, de aventuras por vivir. Y también un poco de circo, un pelín de diversión facilona para solaz de los europeos, esos esnobs. Algo así debió de pensar Buffalo Bill, que decide instalar su espectáculo ambulante (se pueden imaginar, caballos, pistolas, indios maléficos y vaqueros levemente alcoholizados) en Neuilly, entre la Porte de Villiers y la Porte de Maillot. Se llama la farsa «Exhibición indioamericana del Coronel Cody, alias Buffalo Bill» y se hará tan popular entre los parisinos que acabará dando nombre a los terrenos en los que se asentó. Aquellos en los que se iba a levantar el Velódromo Buffalo.

La del Buffalo es una historia particular, una que mezcla carreras de bicis, apuestas y un ambiente propio de los mejores cabarets. No era deporte, o no solo, sino algo más. Pura vida social, con un puntito de decadente dandismo que hubiera hecho las delicias de un Baudelaire.

Herbert Duncan, ciclista británico de renombre en la época, fue quien olfateó el negocio. Sí, construir el primer velódromo de París, acercar hasta la ciudad ese entretenimiento al alza que arrastraba a las masas tenía que ser, forzosamente, un éxito. Tenía la idea, pero no el dinero. No importa, eso era algo que le sobraba a Clovis Clerc, un amigo de Duncan que regentaba cierto negocio muy boyante del París finisecular. El Folies Bergère, nada menos, un cabaret que acabó convertido en símbolo de toda una época y que congregaba cada noche a un delicioso batiburrillo de alta sociedad, artistas emergentes y calaveras con ganas de medrar y divertirse. Muchos de ellos acudirían también de forma casi religiosa al nuevo local de Clerc.

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4 comentarios

  1. Por artículos como éste merece la pena Jot Down

  2. Una lectura que te sumerge de lleno en otro mundo, fascinantemente contado y documentado, como siempre.

  3. @rroyo_edgar

    Fantástico artículo. Una época fascinante y una narración sublime.

  4. ¡Gracias!

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