
El pintor alemán Wilhelm Amberg retrató en Vorlesung aus Goethes «Werther» (1870), uno de sus cuadros más conocidos y hermosos, a cinco muchachas leyendo Las desventuras del joven Werther, de Goethe, apaciblemente sentadas en medio de un frondoso bosque por el que apenas puede atravesar la luz del sol. Una de ellas lee en voz alta mientras las otras escuchan expectantes las altas exclamaciones de Werther —la del vestido púrpura sujeta un pañuelo húmedo por las lágrimas; otra tiene la mirada puesta más allá en un ademán pensativo—; por sus gestos, seguramente se acercaban a las últimas páginas, justo cuando la tragedia llega al summum. Como hizo Marta Sanz en su novela Susana y los viejos (2006), cuando vi el cuadro me apeteció sacarlas del marco y conversar con ellas; liberarlas quizás —aunque, en el fondo, me conmuevan— de esas poses afectadas y austenianas, de la contención de la mano sobre el pecho, de la mueca angustiosa, de la cabeza lacerante que cae sobre el hombro de la amiga. Basándose en la célebre obra homónima de Tintoretto (aunque también otros como Rubens, Rembrandt, Dalí o Goya han hecho su propia versión), la escritora —que acaba de publicar en Anagrama su duodécima novela, Clavícula— le da la vuelta al lienzo —más bien lo sacude— y lo trae hasta el feroz siglo XXI, haciendo con ello su propia relectura.
La obra representa a la bíblica y piadosa Susana —vive con su esposo Joaquín en el capítulo 13 del Libro de Daniel, Antiguo Testamento—, una bella mujer a la que dos ancianos y lascivos jueces espían y persiguen, tratando de tener relaciones sexuales con ella bajo amenaza de acusarla de adulterio si hace caso omiso de sus apetencias. En un acto agudo y vivaz, Marta Sanz revirtió el orden de la historia: a los viejos los hizo seniles y achacosos y a Susana geriatra y dueña de una residencia para enfermos terminales; de observada a observadora en este juego de voyeurs. Pero ha pasado el tiempo desde que se escribieran los textos sagrados, y los personajes, aunque se han movido en la foto, no han salido del cuadro: Susana padece ahora el sufrimiento con otras formas, siendo juzgada por su particular forma de curar, relacionada precisamente con las prácticas sexuales. La novela es negra en el sentido de las pinturas goyescas, pesimista, realista y sucia; escatológica, poseedora de una erótica enrarecida, decrépita y estridente.
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Los amantes de Teruel, tonta ella y tonto él.