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Era el bebedizo de los infieles mahometanos y era negro: era el brebaje de Satanás. Pero Europa se estaba aficionando a él y los fundamentalistas cristianos comenzaron a clamar exigiendo su prohibición. El papa Clemente VIII, empirista avant la lettre, decidió probar una taza de la poción antes de condenarla y le gustó. Así que, para no privarse del placer y hacerlo potable a los beatos de su parroquia, creyó que bastaba con acristianarlo. Y eso fue lo que hizo exactamente: lo bautizó. Quienes han relatado el caso pasan por alto que aquel potingue católico, apostólico, romano, aguado y amarronado, fue el primer café americano de la historia, un temprano intento de adulteración al que seguirían, hasta el día de hoy, infinitos. En realidad, el espíritu del café siempre fue pagano, ni siquiera su origen consiguió dejarle una impronta musulmana, como ya había advertido Antoine Galland en 1695 al recordar la vieja e inútil pretensión de derviches y sufíes de liquidar entre los suyos la costumbre de tomarlo a deshora, por puro placer, para excitar la conversación. El único consumo permisible para ellos habría sido el nocturno, el que aseguraba una vigilia de oración. El espíritu del café es también, como escribió el poeta turco Belighi, sedicioso. Así lo entendió hasta el mismísimo Johann Sebastian Bach y así lo celebró en la Cantata del café, donde la música se burla del ridículo y rancio autoritarismo de Schlendrian, empeñado en erradicar la afición al café de su hija Lieschen. La joven insumisa sale victoriosa del duelo, gracias al añadido —recitativo y trío últimos— que al parecer hizo el propio compositor al libreto original, de Picander, quien prefería ver doblegada la cafeinomanía femenina.
Sí, el espíritu del café es profano, revoltoso, tostado y feliz. En el corazón de cada grano late una exaltación vitalista que solo los negros han sabido cantar, tal vez solo los negros cubanos. Rita Montaner era de Guanabacoa, pero no tan negra como exigía el papel que iba a interpretar en la zarzuela Niña Rita o La Habana en 1830. Solo con la cara bien, pero que bien tiznada, se transformó en el negro calesero que estrenó en 1927 el célebre tango-congo de Eliseo Grenet: «¡Ay, mamá Inés! ¡Ay, mamá Inés! Todos los negros tomamos café…». A quien no le hizo ninguna falta embadurnarse la cara para cantar la pieza fue a Ignacio Villa. Aquel cubano era negrísimo, como bien decía la magnífica ironía de su nombre artístico: Bola de Nieve. Todo el calor del grano de café tostado estaba en la voz de quien, con toda razón, se presentaba afirmando que él era la canción que cantaba. Lo mismo podría decir Compay Segundo cuando buscaba su calderito pa’ tostar un buen café o cuando añoraba a la negra Tomasa. Claro que esa negra linda, relinda, echó bilongo a cuantos se cruzaron en su camino: ahí están Israel «Cachao» López y todas las Estrellas de Areito completamente seducidos, que nada más les gusta la café que ella les cuela. Eddie Palmieri e Ismael Quintana dieron a conocer en Nueva York la voluptuosidad caribeña de aquella mujer, cuyo secreto es tan inaccesible como el origen del mismo café. En Echando pa’lante-Straight Ahead, aquel disco de 1964, los dos músicos le preguntaban a su abuelita cómo se descubrió la pócima y la respuesta era el encadenamiento rítmico de la única certeza: «Café tostao y colao».
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