
Algún día caerán juntos;
y serán enterrados lado a lado.
Para unos pocos será una desgracia;
para la ley, un alivio.
Pero será la muerte para Bonnie y Clyde.
(Fragmento de «El final del sendero», poema que Bonnie Parker escribió en la cárcel)
No ocurre todos los días que la policía tenga que intervenir para impedir el robo de una oreja.
El miércoles 23 de mayo de 1934, a las nueve y cuarto de la mañana, la pareja de amantes más célebre del mundo del crimen tuvo el encontronazo final con su destino. La prensa los apodaba Romeo and Juliet in a getaway car, «Romeo y Julieta en un coche a la fuga», y sus fotografías, tomadas por ellos mismos en momentos de diversión, habían aparecido en todos los periódicos importantes del país. No había estadounidense que no conociese sus nombres. Durante meses habían protagonizado una intensa persecución a lo largo de varios territorios de los Estados Unidos, alimentando las portadas con los detalles morbosos, reales o inventados, de sus fechorías. Varias veces habían esquivado el cerco llevándose por delante las vidas de ciudadanos y agentes de la ley. Los mandos policiales habían transmitido un claro mensaje a sus subordinados: la pareja era demasiado peligrosa y no se contemplaba una detención sin incidentes. Ya no se trataba de capturarlos para llevarlos ante un juez, sino de darles caza como a animales salvajes.
La autopista estatal 154 de Lousiana, al sur de los Estados Unidos, no es una «autopista» como las que nos sugiere ese nombre en España. Es una carretera secundaria de dos carriles; sus ochenta y cinco kilómetros discurren entre una pedanía insignificante, Elm Grove, poco más que un puñado de casas dispersas, y un pueblo minúsculo, Athens. Poblaciones tan pequeñas que se las cita por su parroquia; en Lousiana, debido a la influencia francesa, el territorio no está dividido en «condados», sino en «parroquias». Viajando desde el norte, a la altura de Mt. Lebanon, la 154 vira hacia la derecha; por allí hay poco más que un par de iglesias baptistas, algunas casas y muchos, muchos árboles. La estrecha carretera sigue atravesando un paraje verde, pintoresco y anodino, todavía flanqueado por espesas arboledas, aunque con los arcenes bien despejados, durante unos ocho kilómetros. Allí, se eleva y vuelve a descender en una larga y suave recta. Junto al carril derecho, a mitad de recta, se erigen dos pequeños monumentos. El primero es una tosca lápida de piedra gris, con pintadas en el frente y los bordes picoteados por los turistas que querían llevarse un pedacito. El segundo, también de piedra, es el soporte de una placa que tiene grabada la imagen de seis hombres con traje, corbata y sombreros fedora. Son los seis policías que, aquella mañana de 1934, tendieron una emboscada en ese mismo punto.
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Qué maravilla de artículo. Una novela en miniatura, un relato delicioso. Lo he leído con gran interés; le doy mi enhorabuena, ya que ha mi me a cautivado.
Muy buena. Atrapante. Mejor que la peli que vi tantos años atrás. Además se evidencia que las mejores escuelas para el delito son las cárceles y la miseria. Gracias por la lectura.
Da gusto leer historias tan bien contadas entre tanta basura por la red.
Espero con ganas la parte 2.
Magnífica y escrupulosa narración.Si publicase de otros personajes, por favor, avísame para poder leerlo.
Muchas gracias.