Una de las funciones históricas del artista ha sido la de escandalizar señoras. Las señoras de toda la vida, abrigo de pieles y perrito en el sobaco. Qué sería del arte sin las señoras. Estas cumplían con su papel a la perfección. Sus maridos pataleaban en los primeros conciertos de Stravinski mientras ellas gritaban como si las estuviesen violando. El arte escandalizaba con solvencia y los escandalizadores ni siquiera necesitaban vestirse de artistas. A los que el arte no les alcanzaba para indignar recurrían a la melena y al ceño fruncido para dar sustos, y entre susto y sablazo iban tirando, en una bohemia estéril que ha dejado alguna biografía y casi ninguna obra.
Ya Cela tuvo que recurrir a la palangana y a la capacidad de absorción de su trasero para llamar la atención. Y eso cuando no se metía en una fuente vestido de frac, para epatar a los presentes que admiraban, parecía, más el desprecio de Cela por las pulmonías que su absoluta falta de sentido del ridículo. A falta de algo mejor que decir, a Cela sólo le quedaba beber con el trasero litros y litros de agua. También podía haber retado al mundo con una palangana llena de coñac o anís, algo así como el reverso oscuro de la embriaguez. Lo de Cela era el funcionariado artístico, la pose obligada por la tradición. Muy amigo del escándalo era Benet. Sabía ya perfectamente que ser visible era estar en contra, o incluso en decir lo que a nadie se le ocurriría decir. En esa recopilación de ensayos que acaba de sacar Lumen encuentro estas palabras: “Yo creo bastante en la eficacia de la impertinencia, sobre todo en la de determinados opiniones impertinentes… En cierto modo esas opiniones son, por impertinentes, las más útiles, las más atractivas.” Cuando le dieron el Premio Nobel a Solzhenitsin, que había denunciado en Archipiélago Gulag la mala vida en los campo de concentración soviéticos, Benet dijo: “Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsin no puedan salir de ellos.” Si ya sonaba mal en 1976, cuando las excursiones a la China de Mao eran el pan de cada día entre la intelectualidad española, no digamos ahora, cuando la izquierda ya ha perdido incluso la razón cubana.
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Es sorprendente como hoy en día sigue siendo tan fácil escandalizar. Se podría esperar que con el tiempo se necesitase más y mayores dosis para lograr el mismo efecto, pero no, un comentario acerca de un tirano, erotismo (desnudez) mezclado con religión, tocar una sensibilidad nacionalista… y listo, escándalo al canto.
La etimología (auténtico oráculo de la verdad) nos lo apunta: escandalizar es poner una trampa… y seguimos cayendo.
(de la web: el castellano.org)
Los pueblos prehistóricos indoeuropeos empleaban la raíz -skand para formar palabras como ‘saltar’, ‘trepar’, ‘escalar’ y en nuestra lengua dio origen a voces como ascender, descender, ascensor, escala, escalera y trascendencia, entre muchas otras.
Los indoeuropeos compusieron con -skand y el sufijo -alo el vocablo skandalo, que significaba ‘obstáculo’, ‘dificultad’, que llegó al griego como skandalon (‘obstáculo’, con el sentido de ‘trampa para hacer caer a alguien’). El latín tardío lo recogió con la denotación de ‘escándalo’, ‘oprobio’, hasta llegar al castellano con su forma actual.
Excelente articulo
Muy bueno. Gracias.
Bravo. Un artículo que ilustra lo pacatos que, pese a todo, seguimos siendo.
Hace poco impartí un curso de literatura teatral del siglo XX. Los alumnos, ya veinteañeros, se escandalizaron notablemente cuando les conté el argumento de «Bajarse al moro», de Alonso de Santos. Lo que en los 80 era un divertimento (con película de Colomo incluida), parece ser hoy motivo de sonrojo entre unos jóvenes que, por definición, deberían sonrojarnos a nosotros con sus modos y sus modas.
Hay escándalos y escándalos, por supuesto. No es lo mismo el portazo final de Nora en «Casa de muñecas» a finales del XIX que el que Angélica Lidell se masturbe (o finja hacerlo) en escena a principios del XXI: el primero supuso una verdadera revolución social y el segundo tan sólo consiguió que tres señoras de abrigos de piel y perrito en el sobaco salieran de la sala.
A fin de cuentas, el narrador de «El buda de los suburbios» de Kureishi ya nos cuenta lo mucho que le aburre, en los años 70, ir a ver otra y otra vez más a jóvenes artistas tocándose en sus happenings supuestamente transgresores.
Bravo de nuevo.