
La música popular en nuestros días se debate entre el estatuto de mercancía degradada y la necesidad de un giro que nos devuelva el horizonte de la emoción compartida. La libertad individual se halla encarrilada por los hábitos de consumo, digitalizada, es decir, sujeta a procesos de cálculo que reducen la información a ceros y unos. Sobrado de las ventajas que el impulso electrónico proporciona, el interés inmediato impone su tónica y la música se iguala con él en dignidad escasa. La insistencia diaria del conflicto político y el protagonismo de la corrupción capturan nuestra atención. Los imputados se las arreglan para sacarle partido a la popularidad. Cada mañana, la información resalta lo que es noticia, la noticia arrima el ascua a su sardina, el engaño se cuela a primera hora en nuestras vidas y los conflictos que generan ansiedad se eternizan.
¿Cómo eludir el lazo que la actualidad nos echa al cuello? Fiados en nuestro destino de androides abocados a la inteligencia artificial, solo nos induce a ejercer la libertad de acción la posibilidad de proyectar la voz más allá de lo que está al alcance de la mano, del mando a distancia que controla los aparatos. La voz expresa órdenes y deseos, preserva relatos ancestrales, convoca a la tribu ante la hoguera o el televisor. Para rememorar su fuego originario, las palabras tienen que escapar a la urgencia diaria de la falsedad, aguardar el momento en que el habla común experimenta la necesidad poética, participar en la danza que celebra el fin de semana o la estación del año. Tienen que aprender del instrumento musical a respetar el silencio antes de ser pulsado. La música es el refugio de las palabras, de nuestra condición de humanos.
Cuando es sublimada y practicada sin humildad, sin embargo, la música se entrega en brazos del señorío y del cálculo. Los príncipes desean su poder de seducción, financian monumentos sonoros y alimentan la soberbia del genio. Todo cerebro está potencialmente superdotado, puesto que sus conexiones neuronales son infinitas, si bien la mayoría se contenta con resolver problemas inmediatos. La superioridad del genio y de su asociada, la razón calculadora, es un mito. Las ciencias exactas requieren como fundamento el vacío, la misma nada de la que el creador extrae el milagro del mundo. Pero el origen de la música no es el cero ni el uno, sino la diversidad de materias que armonizan sus vibraciones tras el choque o el roce. Su cometido más alto no es ratificar el señorío, sino demostrar que los cálculos del poder no son exactos.
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Muy bien dicho.
Trata de cosas más importantes que lo que atañe al titular del artículo; contenido ese que no por desplazado deja abandonado. ¡Vivan las orquestas!
Gracias a Santiago Auserón por este excelente artículo.
La obra citada, Noró, de Xabier Díaz e as Adufeiras do Salitre..una maravilla!