
Los libros están tan sacralizados que descubrir el rastro que dejó alguien en una lectura anterior en forma de nota o garabato nos puede servir de inspiración para trazar un retrato robot del autor de semejante ultraje y estimar el castigo que merece.
Es comprensible la reacción de repulsa que provoca lo que podemos considerar un acto de vandalismo causado al medio de transmisión del conocimiento por excelencia, pero ni todos los libros son intachables ni todo tachón es censurable. Dejar una alerta sobre una mala traducción, señalar un párrafo excelente, apuntar una referencia de otra obra o simplemente dibujar un caracol que amenice una posterior lectura propia o ajena puede convertir un libro en un ejemplar único, distinto a todos los clones que escupió la imprenta, y supone una ventaja del papel frente al lector digital que, sí, admite notas, pero no garabatos de puño y letra.
El hipervínculo analógico en forma de escolios y glosas es tan antiguo como la escritura y, de hecho, los primeros vestigios de una lengua, como el castellano, pueden proceder de la necesidad de añadir una nota de traducción.
La costumbre de anotar en los márgenes de un texto nos ha ido dejando testimonios históricos de escribas, lectores y estudiantes que nos aportan información por capas de la vida de ese escrito y de las manos por las que pasó, lo que demuestra que el mérito del garabato no reside solo en el prestigio de quien lo realiza, sino en el fruto que proporciona en su devenir. ¿Quién nos dice que dentro de unos siglos una lista de la compra improvisada en un margen no servirá para interpretar las costumbres del siglo XXI, cuando ya apenas se escribe a mano? ¿Y que los extraterrestres que presuntamente colonicen la tierra y acaben con nuestra especie no se pasarán años intentando interpretar el caracol que hicimos en una esquina de Alatriste? ¿No sería una revancha de mejor provecho que muchos de los miles de ejemplares que se editan cada año?
Algunos ejemplares de la Edad Media conservan, tanto en los márgenes como en las páginas de cortesía, rastros de pruebas de pluma —con las que el escriba tanteaba la fluidez de la tinta en el cambio de herramienta—, caras con gestos que recuerdan a los emoticonos actuales, garabatos producto del aburrimiento, breves frases para expresar cansancio o lamentarse por la torpeza junto a un borrón, un curioso repertorio de manecillas ☚ artesanales, así como dibujos no tan casuales —elaborados con posterioridad al texto en los espacios en blanco que dejaban los copistas en los códices y los impresores en los incunables a imitación de aquellos— que ilustran obras con todo tipo de imágenes, algunas tan divertidas que chocan con la idea que tenemos de la oscura sociedad medieval, menos lúdica que la actual en el imaginario común, y entre las que podemos encontrar pedos trompeteros, conejitos asesinos que se enfrentan a caballeros armados (inspiradores, respectivamente, de algunas escenas animadas y del sanguinario conejo de Caerbannog en Monty Python and the Holy Grail), monos psicópatas, perretes, personajes grotescos, fantásticos seres híbridos, clérigos impúdicos, un gran número de caracoles a los que los expertos llevan años buscando una explicación y, por supuesto, penes. Esta iconografía acompaña con frecuencia textos religiosos, hecho que resulta más sorprendente y dificulta su interpretación. Puede que no nos encaje el peculiar sentido del humor medieval o que realmente estas imágenes no tuvieran ninguna gracia, puede que fueran travesuras sacrílegas o inocentes paráfrasis simbólicas de las que no tenemos la clave para contextualizarlas.
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Lo leo en una tablet,demoró que mi anotación debe ser aqui:
8=====O
Me ha salido regular
Es imposible no dejarse llevar a la fantasía por la sugestión que presentan estas marginalias, especialmente por aquellas más atrevidas. Parece que no había un ente censor, para mayor fortuna de los estudiosos actuales. Excelente lectura. Muchas gracias.