
Decidí leer tres libros antes de viajar a Berlín: las crónicas germanas de Augusto Assía, el reportaje sobre el nazismo de Manuel Chaves Nogales y los artículos berlineses de Eugeni Xammar. Como hoy en día hay que buscar una buena excusa para leer un libro durante horas, sin que te acusen de perder el tiempo, me planteé utilizar las crónicas de estos tres periodistas, escritas hace noventa años, como una guía con la que orientarme por el Berlín actual. También tenía presente cierta advertencia de Josep Pla: «Antiguamente el viajar era un privilegio de los grandes. Solía ser la coronación normal de los estudios de un hombre. En nuestra época se generalizó y abarató de tal manera que un hombre como yo ha podido vivir durante veinte años en casi todos los países de Europa por cuatro duros. (…). Viajaba, ciertamente, mucha gente, pero quizá el número de personas que se desplazaban para formar su inteligencia y enriquecer su sensibilidad ha sido menor en nuestra época que un siglo o dos atrás». Yo iba a viajar con una aerolínea barata que me costaba lo que un autobús de Barcelona a Zaragoza, y contaba con techo y cama en la ciudad, gracias al éxodo internacional al que se ha sometido mi generación. Pero, siguiendo la reflexión de Pla, no quería parecer tan moderno como los que cogen un vuelo de última hora a una ciudad al azar de la que, por supuesto, no saben nada. Los que hacen eso suelen ser turistas que solo buscan impacto visual, es decir, pura pornografía. Desconfían de los que —como yo— creemos que hay cierto erotismo en entrelazar los conocimientos previos con la experiencia inmediata. Pero, por supuesto, tampoco quería ser un viajero tan antiguo como esos estudiantes románticos que necesitaban varios años para sentirse con el derecho intelectual de salir de su país. En conclusión: una semana y tres libros no estaba tan mal.
Una tropa de hombres de negocios de tipo cosmopolita, encuadrada por capitanes de industria judíos y flanqueada por toda la fauna de arribistas que produjo la posguerra, ha dado el tono a la vida berlinesa desde 1918 hasta la llegada de Hitler. Desde el bar del hotel Adlon hasta la terraza del Eden Hotel —¿conocen ustedes la película Gran Hotel?—, una corriente de humanidad, sedienta de poder y goce, que se lanzaba heroicamente a la especulación y al derroche, ha ido preparando el resurgimiento de Alemania, elaborado a fuerza de despojos feroces en una lucha espantosa en la que triunfaban los aventureros más audaces en la conquista del dinero y los más valientes en el despilfarro.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Qué arrogancia, Javier. Leerte un par de libros antes de pasar un puñado de días en un país nuevo no te hace superior a nadie. Cada uno viaja por lo que quiere y por cuanto quiere, y ya está: ni pornografía ni milongas elitistas.
Me pareció un artículo excelente, una mezcla perfecta de retrospección y análisis contemporáneo. Por supuesto, es legítimo que cada cual viaje por sus propias motivaciones, pero es mucho más noble viajar para cultivarse, que para tomarse una selfie y presumir en Instagram ante conocidos y desconocidos.
Ameno recorrido me ha ofrecido, señor. Realmente acertado interecalar viejas y certeras apreciaciones mientra se visita una capital de la Europa. Muchas gracias por la lectura.