
Sabemos —gran obviedad— que algunos hechos, que devienen decisivos, ocurren de carambola. En la vida cotidiana se nos presenta como coyunturas de la suerte lo que la mitología griega atribuía a la intervención de las Moiras, hiladoras de la hebra de la vida y del destino de los hombres.
Hay circunstancias históricas que son resultado del conjuro de las fuerzas del azar: así se explica que un chico, segundo de tres hermanos de una familia francesa, acabara siendo rey de España y sus posesiones, iniciando una dinastía que perdura en el siglo XXI, y ande todavía en boca de muchos paisanos casi tres siglos después de su muerte. Es el caso de Felipe de Borbón, duque de Anjou, más conocido por Felipe V.
Bien es verdad que no hablamos de una familia cualquiera, era nieto del rey Luis XIV e hijo del Gran Delfín y, si todo hubiera transcurrido con la normalidad esperada en el palacio de Versalles —donde nació—, nada de lo que hubo de afrontar habría ocurrido en su vida.
Su abuelo, el Rey Sol —una fuerza de la naturaleza—, reinaba en Francia por derecho divino, como era propio de las monarquías absolutas. Su abuela, la infanta española M.ª Teresa, era hija de Felipe IV y había renunciado a sus derechos dinásticos en España al casarse con Luis XIV.
Luis, el primogénito de este matrimonio, se casó con M.ª Ana Victoria de Baviera y fueron padres de tres varones: Luis, duque de Borgoña, Felipe, duque de Anjou y Carlos, duque de Berry. Los niños pronto quedaron huérfanos como consecuencia de un sarampión que se llevó a la tumba a los cónyuges con cinco días de diferencia. El abuelo puso a los nietos al cuidado de ayas y preceptores, quienes se ocuparon de su instrucción mientras él les buscaba destinos que sirvieran al engrandecimiento de la propia Francia.
Su cuñado, el rey español Carlos II, que daba muestras de incapacidad para el gobierno, andaba muy flojo de salud y no había podido concebir un heredero. La situación produjo mucho revuelo en las cortes europeas: España era un pastel muy apetitoso y, a pesar de la decadencia y la mala gestión de sus recursos, poseía un imperio en Europa y en tierras lejanas que todos ambicionaban.
Se concertaron alianzas, se llevaron a cabo hipotéticos repartos de territorios y se eligió un futurible que murió antes incluso que el Hechizado; los reyes europeos se frotaban las manos, ajenos a las políticas secretas que el rey francés había puesto en funcionamiento con tal de hacerse con el botín.
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De aquellos polvos, estos lodos
Si no fuera que detrás había mezquinos y criminales intereses de dominio territorial, esa orden del abuelo de adaptarse a ser un buen español suena extraña en estos momentos de nacionalismo exacerbado, pero eran otros tiempos, de los cuales no hay ni rastros en la nobleza de una actitud tolerante y «lungimirante». Y será debido a estos tiempos inciertos que otra casa real asoma sus narices: los Savoia de Italia, cuyo último rey escapó vergonzosamente durante los fines de la II guerra mundial. De los Borbón, los napolitanos tienen buenos recuerdos de su Rey Ferdinando I, que habían bautizado con el nombre del «lazzarone» (gandul, sinvergüenza) a quien solo le importaba cazar, desentendiéndose totalmente de la dirección del reino, a tal punto que durante una de sus batidas de caza vio a sus soldados marchar y ahí se enteró de que iban a la guerra y les deseó buena suerte. Si no fuera que lo documenta Indro Montanelli, un gran periodista e investigador italiano no lo habría creído. Fueron, en su mayoría, personajes nefastos, pero hijos de sus tiempos. Gracias por la lectura.