Cine y TV

Así en el cielo como en la cámara

Akira Kurosawa durante el rodaje de Dersu Uzala.
Akira Kurosawa con Maxim Munzuk durante el rodaje de Dersu Uzala. Imagen: Mosfilm / Atelier 41.

—Sí que le gusta a usted la lluvia.
—¡Sí que ha visto usted mis películas!
(Encuentro entre John Ford y Akira Kurosawa, 1957)

Un hombre y una mujer se balancean en un columpio; en el centro de la imagen, una esplendorosa luna los contempla. Dos hombres conversan sentados en un automóvil; tras ellos, a través del parabrisas, vemos la ciudad latiendo nerviosa, con gente que se mueve de un lado al otro. Un personaje se siente culpable y, cerca de él, un objeto está en llamas. Un personaje se siente agobiado; el calor lo inunda todo y la gente a su alrededor se abanica. Alguien está abrumado por la tristeza y llueve a mares. 

Cuando una vez me preguntaron qué cineasta tenía, al menos en mi opinión, una mirada divina, estaba Akira Kurosawa como la primera opción. A diferencia de casi todos los demás directores, Kurosawa no estaba interesado en mostrarnos su mirada sobre la acción. La lente de su cámara era como un profeta que habla no en su propio nombre, sino en el de fuerzas superiores que el espectador no necesita comprender, solamente contemplar. Rodaba con una perspectiva panteísta que se fue acentuando con los años; la mirada que pretendía captar y transmitir era la del propio universo, que reaccionaba a lo que les sucedía a los personajes. Los escenarios inertes apenas existen en sus películas. Detrás y alrededor de los actores principales, el entorno se comporta de manera acorde con lo que ellos hacen y dicen. El cielo, el horizonte y los objetos reaccionan con empatía, con simpatía o con desaprobación. Su estilo de narración estaba dividido en tres capas: la cámara, la acción principal y un entorno vivo que, como ente consciente y aunque alejado de la acción, es siempre testigo de ella: la luna es un ojo, la ciudad es un corazón, la lluvia son lágrimas. Un estilo olímpico, cenital, ejemplificado en sus películas más famosas. En Rashomon, el sol se asoma entre el follaje de los árboles como la mirada de un dios que juzga desde lo más alto; eso mismo, pero con la luna como notaria, lo veríamos en ¡Vivir!

Kurosawa era un visionario, pero disciplinado. Incluso para su alma de pionero tenía la experimentación un límite: el de la taquilla, y pasó buena parte de su carrera atendiendo a las necesidades comerciales de la industria para la que trabajaba. Sus películas en blanco y negro se adelantaban a sus contemporáneos con asombrosa frecuencia y eran distribuidas por festivales internacionales para provocar el asombro y admiración de la crítica extranjera, pero su potencial creador estaba siendo limitado por las circunstancias, aunque esa idea parezca absurda si solo vemos su ya de por sí revolucionario trabajo en blanco y negro. Se necesitaba una muerte y el milagro de una resurrección para que Kurosawa obtuviese, de verdad, toda la libertad creativa que necesitaba. Todo llegó con su primera película en color, Dodes’ka-den. Era su vigesimocuarta película y se convirtió en un sonado fracaso en la taquilla japonesa, la que más importaba para el futuro del director. Pese a su fama internacional, Kurosawa había cumplido los sesenta años y creyó que no volvería a trabajar en el cine. Parecía, en efecto, condenado al ostracismo profesional en Japón, donde, como sucede en Hollywood y casi todas las industrias cinematográficas del planeta, un fracaso a los sesenta años era sinónimo de jubilación forzosa. Hundido en la depresión, llegó al extremo de intentar suicidarse. 

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4 comentarios

  1. Buena reseña. Realmente entrañable Dersu Uzala.

  2. Las películas de Kurosawa que he visto siempre me han dejado un poso de felicidad, fatalidad y belleza abrumadora. Historias contadas con sencillez, con imágenes evocadoras pero con sentido terrenal y una humanidad presentada desde las entrañas. Como ejemplo, Dersu Uzala: un explorador intelectual que viaja con una mente analítica y que, al final, tiene que reconocer que no sabe nade, que el único sabio que ha conocido es Dersu, su viejo guía. Sin afectación, sin florituras. Con sentido.

  3. Pingback: El dinero y 'Cien años de soledad' - Jot Down Cultural Magazine

  4. RAN es absoluta y los 7 Samurais también. Kurosawa es uno de los GRANDES.

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